20 septiembre 2019


El último entrenamiento
Carmen Picazo
Piscina La Isla. 1932-1954. Madrid
Me subí al podio para que Rafa, mi entrenador, me cronometrase por última vez. Él, claro, no lo sabía, pero yo, aún con la incertidumbre latente de mis trece años y faltándome solo unos días, pocos, para cumplir los catorce, estaba segura de ello.
—¡Vamos, que no tenemos toda la tarde!— decía Rafa, con esa energía y dominio de adolescentes que por fuerza tenía que tener. —Si quieres que se te considere para los Campeonatos de España en Canarias, debes dar el máximo, pero ya mismo.
Yo sabía que eso era agua pasada. Y que por mucho que me hubiese esforzado, nunca me elegirían a mí para ir a Canarias porque para eso estaba Isabel, cuyo padre pertenecía a la Federación y era directivo del Club con el que nadábamos. Como me entrenaba con ella, sabía que yo estaba haciendo mejores tiempos, pero que no serviría de nada. Yo había sido en dos ocasiones campeona de Castilla infantil tanto en crawl como en espalda, había llegado la primera en la travesía de la Laguna de Peñalara, y ése sería todo mi palmarés. Lo que tampoco me importaba mucho, porque yo nadaba por complacer a mi padre.
Mi padre. Él había sido muy deportista de joven, participando en competiciones ciclistas, jugando al fútbol como amateur y siendo de los pioneros en ir a la Sierra de Guadarrama a esquiar con un grupito de chicos y chicas que eran tomados por chalados por la gente.
Subida al podio, doblé los dedos de los pies sobre su borde, flexioné las rodillas y puse los brazos en vertical, todo ello para darme impulso. Al sonar el silbato de Rafa, me estiré todo lo que pude e hice una buena salida.
Los 100 metros libres que me estaban cronometrando duraban poco más de un minuto, pero un minuto puede ser muy largo cuando no recibes ningún estímulo externo, cuando estás sola contigo misma, viendo únicamente que te rodea una masa azulada y que en el fondo de la piscina hay pintada una raya negra que es lo que te permite nadar sin torcerte.
Al llegar a la mitad del recorrido hice la vuelta japonesa, que me salió muy bien. Me alegré de que así fuera. Mejor despedirse con lo mejor que uno pueda dar, pensé para mí.
—¡Has rebajado tu tiempo dos segundos! Eso está bien, muy bien.
Sí que estaba bien. Me habían enseñado mi padre, —siempre él— que lo importante no era llegar la primera o la segunda, sino rebajar mi tiempo. Ése era el verdadero triunfo, que aún hoy considero una de las mejores lecciones del deporte.
Como ya había entrenado antes, no me quedaba nada por hacer. La noche se echaba encima y teníamos que atravesar el parque hasta la salida principal porque ese año había Feria del Campo y estaba, por tanto, cerrado nuestro acceso habitual desde la piscina al Alto de Extremadura, donde cogíamos el tranvía que nos llevaría al centro. Hablé con mi mejor amiga y con el resto de la pandilla y todos decidimos irnos a vestir para marcharnos a casa. Mi amiga era la única que sabía que yo no iba a volver y por qué razón.
Todos ellos, durante el recorrido, iban contando chistes, riendo y haciendo planes para un futuro más o menos inmediato. Menos yo. Yo no podía hacer plan alguno.
Llegué a casa. Subí las escaleras —era una casa antigua sin ascensor— y llamé a la puerta. Me abrió mi madre. La miré con detenimiento y vi lo que temía: un dolor escondido, que sólo afloraba conmigo y con otras personas de la familia. Entré a ver a mi padre. Me pareció mentira verle más demacrado que el día anterior.
—¿Qué tal te ha ido hoy? ¿Has rebajado tu tiempo?
—Pues sí, un par de segundos.
—Fenomenal. Tienes que seguir rebajándolo.
Él era así. Ni se planteaba hablar de cosas irremediables. Siempre procuraba animar a todo el mundo y sus palabras encerraban una lección, de lo que creo que ni siquiera él era consciente. No imaginaba que el de hoy había sido mi último día.
La cena estaba lista. Mi madre me llamó y fui a la cocina para ayudar a poner la mesa. La vi llorando sin hacer ruido alguno y me enfrenté a ella:
—Sécate enseguida las lágrimas, no debe darse cuenta. Tienes que poder, tienes que poder hacerlo.
Mi madre recompuso su apariencia, mojándose los ojos con agua del grifo del fregadero y secándoselos con un paño limpio. Suspiró hondo y me dijo lo que tenía que ir llevando a la mesa.
Cenamos con las palabras y la música de fondo de la radio, el flamante aparato que mi padre había comprado poco antes en espera de que bajase el astronómico precio de las televisiones, una novedad en una sola tienda de la Gran Vía. Había sido su sueño algunos meses atrás, un sueño que por el momento le estaba vedado, como algunas otras cosas.
Cuando me acosté vino a verme, como siempre hacía cuando era pequeña. Luego había interrumpido esas visitas cuando crecí prácticamente de sopetón.
—Hasta mañana. Puede que todavía duerma cuando te vayas a la piscina por la mañana.
—No, verás, mañana no tengo que ir. Rafa me ha dicho que conviene que no vayamos ninguno de sus chicos porque él se marcha a no sé qué campamento y no volverá hasta dentro de al menos dos semanas.
—Pero eso te va a perjudicar de cara a tus entrenamientos...
—Ha dicho que luego lo recuperaremos. Y, además, puedo ir alguna que otra vez a entrenarme aunque no esté él.
Mi padre me cree, o hace como que me cree, me da un beso y se despide, de momento, hasta mañana. Ya llegará, lo sé, otra despedida. Qué será muy dolorosa y que siempre recordaré.

13 septiembre 2019


Negocios

Luis M. de Blas Muela



Llegaron de las tierras altas. Traían en las alforjas viejos pellejos cubiertos con pieles de oveja. Miraban a su alrededor con una mezcla de temor y curiosidad que denotaba su desconocimiento de las tierras y gentes de la lejana región a donde llegaban.
Cuando preguntaron a un lugareño, éste indicó una construcción de grandes piedras y recia mampostería al otro lado del pueblo. Al llegar al lugar y traspasar el gran arco de piedra de la entrada se encontraron en un gran patio recorrido por una galería de soportales de madera con columnas y capiteles y un curioso artesonado con motivos florales y geométricos que llamó poderosamente su atención.
Fueron recibidos por el mayoral de la hacienda que los condujo a través de las cuadras y cocheras hasta una empinada escalinata de piedra que descendía hasta los sótanos, en un recorrido apenas iluminado por gruesos velones. Tras descender el último peldaño encontraron una larga galería abovedada en cuyo final se adivinaban las gruesas formas de una multitud de barricas y tinajas. Al acercarse a ellas, un olor ácido se hizo notar en el aire mientras les conducían hasta una larga mesa de madera donde ya se hallaban dispuestos unos vasos y a la que se encontraban sentados varios hombres.
Tras una mínima presentación, los avispados vendedores se dedicaron a alabar la calidad de sus caldos, famosos en la región, dando por supuesto que su oferta sería aceptada sin discusión por aquellos arrieros que, sin duda, apenas entendían de las mercancías que traían y llevaban de un lugar a otro, y a los que podrían sacar un buen precio y colocarles los vinos que más les interesara sin ofrecer calidad alguna, solo con la fama de los productos de la región.
Los viajeros no tuvieron reparo en aceptar el precio pero, en lo que pareció algo entre humilde y curioso, solicitaron ver la heredad donde cultivaban y probar un poco de cada barrica antes de decidir el género que deseaban adquirir. Seguro de su ventaja el amo de la hacienda llamó al mayoral para que acompañara a uno de los invitados y le enseñara los cultivos. Le extrañó que, cuando hubieron salido, los demás le indicaran que, si no tenía inconveniente, preferían esperar el regreso de su compañero antes de seguir con la operación.
Cuando volvieron, el arriero llevaba en sus manos tres bolsas de fina tela, las abrió con cuidado y las vació en tres lugares separados de la mesa. Los demás compradores se acercaron a cada uno, estudiaron la tierra de cada montón, la mesaron entre sus dedos y la olisquearon repetidamente. Cuando terminaron, dos de ellos apartaron los vasos que habían dispuesto los dueños, abrieron sus petates, sacaron de ellos unos cuencos de loza y unas jarras de metal mientras los otros disponían sobre la mesa varias tablas de madera. En una colocaron un par de manzanas que cortaron en gajos, en otras varias cazuelas con distintas clases de uvas en cada una, en otra más cazuelas con diversas clases de aceitunas y en la última un gran trozo de queso añejo envuelto en hojas de parra.
Cuando todo estuvo dispuesto, uno de los recién llegados, que no había abierto la boca en todo el tiempo, se levantó y dijo:
Estamos preparados para la cata. Cuando los señores deseen pueden traer los vinos.

30 agosto 2019


El legado

Juan Sánchez Martín

unicef.es

He visto que en tu testamento dejas todo tu dinero a UNICEF. ¿Estás loco? Ya estás yendo al notario a modificarlo.

Yo he sido muy afortunado y la vida me ha dado de todo. Lo menos que puedo hacer es devolver a la sociedad parte de lo que he recibido. Vosotros, ¿para qué queréis más? ¿No os basta con los dos pisos que os dejo? Además, tú estás muy bien situado, ganas un dineral, tienes más que de sobra para mantener a tu mujer y a tus dos niños y recibirás la herencia de tus padres: mucho dinero y las casas de Madrid y de la playa. ¿No te parece suficiente?

Tú lo que eres es un agarrao, que no gastas nada y no paras de atesorar pasta.

Vivo como un marqués. No me falta de nada. Viajo. Voy a todo tipo de espectáculos. No me compro ropa de grandes marcas ni relojes de lujo. Me traslado andando y en metro. Acudo a locales sencillos y no derrocho. No tengo necesidad de presumir ni de alardear frente a nadie. Y ahorro para que el legado a UNICEF sea lo mayor posible.

23 agosto 2019


El abuelo de Carmen

Julio Sánchez Mingo

J. S. M.

Se llama Mariano. Tiene setenta y pocos años. Está jubilado. Era maestro, como a él le gusta decir con orgullo, nada de profesor de Primaria, como se estila denominar ahora a este oficio tan antiguo y noble. Ahí es nada desasnar infantes.
Camina todas las tardes por el paseo, al borde del mar, junto a la playa, donde los chavales juegan a balonvolea. Arriba y abajo, empuja el carrito de Carmen, su nieta de nueve meses.

Es el protagonista, junto a su mujer, Carmen, y su hija, Carmen, de esta bonita y sencilla historia de comprensión y amor por los hijos.
Carmen hija, que ronda los cuarenta, no había sido afortunada con las sucesivas parejas que había tenido y no había cuajado con ninguna de ellas. Su mayor deseo: tener una criatura. Su madre la animó a seguir un programa de inseminación artificial mediante donación anónima de esperma. Los dos abuelos se ofrecieron a acogerla en su casa y colaborar en todo, ayudándola en los cuidados y educación del bebé.
Y, para alegría de todos, ha llegado Carmen nieta.

Nadie puede imaginar la felicidad que irradia la cara de Mariano y sus Cármenes.

09 agosto 2019


Nacionalismos

Argimiro Rubio Cuadrado


No había vuelto a saber de él desde que acabaron los estudios, hacía ya, y al pensarlo no pudo evitar sentir un pellizquito de congoja, cerca de treinta años. La verdad es que, a pesar de que eran pocos los que elegían aquella especialidad de la carrera, lo que hacía que la relación entre todos fuera bastante cercana, les había perdido la pista a la mayoría de ellos, así que se alegró mucho cuando gracias a las llamadas redes sociales volvió a tener noticias suyas.
Se pusieron al día de las circunstancias de cada uno, familiares, profesionales y personales; así pudo saber que estaba superando una de esas enfermedades que eufemísticamente se llama larga y que estaba estudiando un grado de Literatura Española en la Universidad.
Por una feliz coincidencia, su amigo residía no demasiado lejos del pueblo donde todos los años él iba a pasar unos días, así que quedaron en que se llamarían para charlar y darse un abrazo.
Por una razón o por otra, el encuentro no se produjo. Mientras tanto, el contacto no se había perdido. Su amigo era muy activo en una de esas redes sociales donde publicaba toda clase de noticias, enlaces y relatos. A él le gustaban mucho aquellos relatos llenos de imaginación, sensibilidad e inteligencia inteligente su amigo lo había sido siempre, lo recordaba bien de aquellos años de la carrera. Como él nunca había tenido imaginación para inventar y construir una historia, admiraba a los que sí la tenían y, además, su amigo escribía muy bien, por eso solía dar me gusta y hacer comentarios elogiosos a casi todos aquellos relatos que su amigo publicaba.
Se dio cuenta, además, por las noticias y enlaces que su amigo ponía en su página, de que tenían sensibilidades sociales y políticas próximas en muchas cosas, aunque más radicales las de su amigo. Discrepaban a veces y lo comentaban. A él le gustaba la confrontación con su amigo porque sus réplicas eran argumentadas, ausentes de descalificaciones apriorísticas que él siempre había detestado en una discusión, y que con frecuencia observaba en otros foros de la red.
Poco a poco, sin embargo, los relatos y enlaces a eventos culturales y artísticos fueron
disminuyendo en la página de su amigo y, en cambio, las noticias, enlaces y comentarios sobre sucesos de actualidad fueron ocupando más y más espacio y fueron tomando un sesgo más y más maniqueo.
Cada vez se fue haciendo más evidente, constató con disgusto, que en el imaginario de su amigo solo había un Nosotros y un Ellos. ¿Quiénes eran Nosotros?, pues el Pueblo Elegido, constituido, como todos los Pueblos Elegidos, por hombres justos y virtuosos, injustamente oprimidos por Ellos, pueblos ajenos, innobles y, sin duda, rencorosos que envidian las virtudes de los Elegidos y que les impiden desarrollarse a su libre albedrío.
Los enlaces y comentarios que se publicaban en la página eran ya tan burdamente tendenciosos e impropios de la sensibilidad e inteligencia que sin duda su amigo tenía que así se lo comentó, como había hecho en las otras ocasiones en que habían discrepado, pero su amigo, se dio cuenta entonces, ya solo veía la realidad a través del prisma deformante del nacionalismo y esta vez, por toda respuesta, lo borró de su página.

02 agosto 2019


El mal paso

Antonio Pablo Bueno Velilla


Era algo tarde cuando bordeaba los contrafuertes de los picos de Pallás, entre el caos de la morrena frontal del desaparecido glaciar. La nieve de primavera rellenaba huecos entre las rocas y ocultaba pozos en los que resultaba fácil romperse una pierna, o al menos llevarse un buen susto. El perro zigzagueaba por delante entre las rocas, desapareciendo y apareciendo, volviéndose a mirar a su amo que se retrasaba extraviado. Al llegar al fondo del alto valle, relleno por los arrastres de caliza de las cumbres, apreció el color de humildes flores que apuntaban entre las rocas, y las últimas nieves, que se derretían llenando aguas abajo, los ibones oscuros y callados.
Las marmotas alarmadas, asomaban sus caras delgadas del invierno, por entre montículos de hierba quemada por los hielos; observaban a los intrusos con temor e inquietud, lanzándose entre ellas gritos de aviso, parecidos a risas.
Haciendo un alto llamó al perro que se despistaba con las novedades. El cansancio y el sudor le empapaban la espalda, las risas nerviosas de las marmotas que se escondían ante la llegada del perro o de la suya propia, empezaban a molestarle con sus chillidos, parecía como si se burlaran de su camino errante y extraviado desde ya hacía horas. No conseguía hallar la vía de regreso hacia el valle de abajo y las últimas luces de la tarde, empezaban a declinar hacia el oeste; el camino entre el caos acababa abruptamente en un precipicio por el que se despeñaban hacia un fondo oscuro las aguas desbordadas del deshielo; llegaban hasta él los broncos sonidos del agua estallando entre las rocas del fondo y una especie de mareo parecía tirar de su cabeza hacia el abismo.
Descansó un rato dudando entre la decisión de si vivaquear, o de seguir a tientas, aunque fuese, hasta la seguridad y la cena del albergue. Pasó un largo rato con el perro jadeante a su lado, el temblor que sintió de pronto, le recorrió todo el cuerpo en un escalofrío mientras que el hambre acuchillaba su estómago. Ante la perspectiva de pasar una noche gélida y sin un mal alimento que llevarse a la boca, y por el otro la posibilidad, aunque peligrosa, de bajar hasta el valle y tras unas horas llegar al refugio, inclinaron la balanza de su indecisión.
Sintiéndose reconfortado con la certeza de lo que iba a hacer, se levantó dolorosamente, las piernas frías ahora le pesaban como el plomo, y los pies magullados después de caminar casi desde el amanecer parecían no coordinarse con la intención de marchar que les enviaba el cerebro; le miraba el perro como inquiriendo con su mirada qué hacer.
Vamos, vamos, a casa, —y el perro se movió inquieto dando saltos de alegría como si tratase de animar a su amo.
Volvieron sobre sus pasos otra vez al caos, y a los tropiezos constantes que amenazaban con la rotura de algún hueso. Las sombras pronto alcanzarían las altas crestas de los picos, los últimos rayos coloreaban el gris de las cumbres, la escasa luz doraba un poco más abajo las paredes donde anidaban los quebrantahuesos, y bajo aquellos, iban oscureciendo inexorable y paulatinamente todo lo que estas tocaban, hacia un pardo que se confundía con las rocas por las que caminaba; el apagado reflejo de las manchas de nieve, le ayudaba a discernir entre sombras cada vez más espesas la ruta segura para alcanzar el borde de salida de aquella cubeta glaciar.
Ya no se veía claramente más allá de diez o doce pasos de distancia, pero el hecho de haber salido del caos le dio energías renovadas, y una esperanza incierta de que aquella noche llegaría al refugio; bajaba a trompicones, resbalando, y bajo sus pies salían rodando multitud de piedras, que rebotaban pendiente abajo hasta el fondo.
Intentaba, aguzando la vista, no dar un mal paso, tanteaba con el bastón previamente, los puntos seguros en los que apoyarse sin riesgo de caída; el perro ya casi debía estar en el pie de aquella bajada —pensó—, hacía rato que no lo distinguía parado, esperándole de vez en cuando a lo largo del declive. Al final de la pedriza y las gravas sueltas encontró, o creyó encontrar, una senda que descendía desde su izquierda, por encima de su cabeza, que le ayudó definitivamente a bajar. Menudeaban en este sendero las hierbas y los erizones, y algunos enebros arrastrándose entre la aridez del camino que, al abrigo de rocas grandes, comunicaban algo de la proximidad de un ser vivo. En la penumbra del escaso paisaje que acertaba a ver, oía el fragor del río como un clamor muy abajo, mucho más debajo del lugar en que se encontraba y que poco a poco se fue convirtiendo en cercano y amenazador.
Acabó la cuesta casi con sorpresa, pues al tantear con el bastón, comprobó que el siguiente paso estaba mucho más cercano que los anteriores, y el siguiente más y más hasta encontrarse en un llano.
Apareció la luna por encima de las cumbres con lo que pudo descubrir el amplio prado sobre el que se encontraba; frente a él, saltaba rumoroso el río; en la otra orilla reinaba la oscuridad, a su espalda las altas laderas, y hacia su derecha comenzaba un espeso bosque de pinos y hayas, entre los que se adivinaba, al final del herbazal y principio del bosque, la claridad de un espacio libre de vegetación que indicaba el camino a través de los árboles.
No sin cierta aprensión descubrió, al reconocer el entorno, que se encontraba a unas dos buenas horas de alcanzar el camino viejo de los contrabandistas; frente a él se extendía el bosque de hayas, al final del cual, por el Paso del Oso, alcanzaría de nuevo el río que buen trecho después, siguiendo en su compañía, le habría de llevar hasta el camino viejo, y de allí, al tan anhelado albergue del pueblo.
Silbó dos veces y se le incorporó el perro, alegre de verle, apoyándole las patas sobre el pecho; lo saludó con palabras cariñosas, demostrándole también su alegría por el encuentro y comenzaron a caminar hacia el bosque. Dejó al animal que fuera por delante, quedando desamparado en cuanto se internó en la oscuridad de la espesura, no obstante, siguió oyendo su jadeo y adivinando que caminaba unos diez pasos por delante. Al principio el camino era bastante evidente, después la luz de la luna se filtraba afortunadamente por entre las ramas de las hayas, que desnudas de hojas, permitían el paso de la claridad de la señora de la noche.
La pista serpenteaba con alegría hacia abajo, provocando que sus pasos se convirtieran en zancadas, por lo que de vez en cuando, si no era capaz de frenar el ritmo, tropezaba con raíces que más de una vez estuvieron a punto de dar con sus huesos en el suelo.
Llamaba al perro a menudo para que no se alejara, y normalmente volvía sobre sus pasos atento a la voz. Se iban espesando las sombras, y a las hayas se les incorporaban áreas en las que dominaban los abetos y otras especies de hoja perenne haciendo más difícil la entrada de la luminosidad. Se alejó una vez más el perro y dejó de oírlo, por lo que caminaba con más cuidado escuchando el ruido amortiguado de sus pasos.
En medio de las zonas más oscuras, volvía hacia atrás de vez en cuando la mirada, sin ver nada más que las siluetas oscuras de los troncos o las masas de hojas difuminadas sobre un fondo negro. Comenzaba a sentir temor de lo desconocido, era una tontería volverse, no había nada, nadie a quien preguntar, ninguno a quien discernir si hubiera habido la iluminación suficiente.
Volvía de vez en cuando a llamar al perro, pero no acudía a su llamada; al menos su cercanía y su buen olfato le podrían hacer compañía, e incluso servirle de lazarillo en medio de aquella situación. ¡El muy perro…! —nunca mejor dicho—, habría encontrado el rastro del buen camino, seguro que ya le llevaría buena ventaja y estaría casi en el camino viejo, o habría ido hasta el río a beber, o se habría despistado con algún ratón, o quién sabe si estaría más lejos, tras de algún animal nocturno al que perseguir con ánimo de alcanzarlo.
Estaba en estos pensamientos y a buen paso otra vez, rodeado de nuevo por las hayas que dejaban pasar una plateada luz, que arrancaba reflejos argentados de sus troncos y ramas, cuando escuchó en la lejanía unos ladridos muy hondos, de allá abajo, tal vez de donde se estrecha el bosque junto al cañón del río, en el Paso del Oso. Volvió a oírlos al cabo de un rato, después su propia voz se perdió entre el bosque llamando a su perro. Seguía adelante atento al regreso del animal, pero nada notable sucedió durante un buen rato, excepto que se había ido añadiendo al silencio, el clamor apagado del río.
Más adelante creyó discernir entre los ruidos, arriba hacia su derecha, como un arrastrar o crujir de hojarascas secas. La brisa nocturna que subía del valle no le traía otra cosa, que el olor de los prados y de los bojes frescos de las umbrías. Lo que fuera se volvía a escuchar otra vez como si viniera de delante y por encima, en la ladera. Retrasó el paso aguzando el oído, y de nuevo inconfundiblemente, volvió a percibir que algo se desplazaba entre la maleza aplastando las hojas secas y desgarrando zarzas y espinos; su dirección se adivinaba que iba a confluir con el camino que seguía él, en algún punto indefinido más adelante. Seguía en silencio pausadamente, adivinando los ruidos, el desbroce de la espesura, las piedrecillas que rodaban cuesta abajo, rebotando sobre las hojas secas con el mismo sonido que hubieran producido las gotas de un aguacero repentino, cuando oyó un oscuro y corto rugido que le paralizó en medio de la senda, que le impidió seguir adelante, que le aceleró las palpitaciones del corazón y le puso en la boca un gusto raro y amargo.
Un bulto, casi una sombra intuida, atravesó el camino más adelante perdiéndose en la oscuridad.
Habría pasado tal vez una hora apoyado en un árbol, temblorosas las piernas, con el ánimo aprensivo y receloso, cuando felizmente apareció el perro y en su compañía llegó al camino viejo y más tarde al pueblo.
Sus luces, calles solitarias y puertas cerradas, le parecieron en el silencio de la madrugada, una entrada triunfal. ¡La mejor!



26 julio 2019


La alacena

Jesús Ramos Alonso


¿Sigues dando vueltas al asunto? — me dice Verónica, mi mujer, al verme mirar al rincón ensimismado.
Pues la verdad es que sí, no acabo de ver la ventaja de echar abajo este tabique y cambiar la escalera de sitio.
Hombre, está clarísimo— responde cargada de razón—la habitación queda mucho más despejada y puedo poner mi secreter en el rincón.
¡¿Y donde ponemos los bollos de canela?! — salto como un resorte.
¿Pero qué dices cariño?, ¿te has tomado la pastilla?—me acaricia la mejilla— anda vístete y date un paseo mientras yo voy a hacer unas compras...y ven pronto que hoy viene nuestra nieta a comer.
El hueco de la escalera me recuerda a otro que había en casa de mi abuela. Ese rincón es la línea de comunicación con mi infancia y todo lo que significa: la inocencia, la sucesión interminable de días felices...
La casa de mi abuela Tina era pura fantasía, tan grande que yo apenas alcanzaba a ver lo qué había encima de la mesa. Estaba llena de recovecos y cuartos cerrados que eran como puertas de entrada al misterio, territorios en los que me internaba como un explorador, con el corazón encogido, el oído alerta y los ojos muy abiertos. Uno de mis rincones favoritos era la alacena que estaba en una esquina, bajo la escalera que subía al sobrado. La alacena tenía vasares con paños blancos que mi abuela tejía por las tardes con el tiempo suspendido en la aguja de hacer puntilla. En cuanto me acercaba ya notaba el olor que se filtraba por los agujeros de la celosía, mezclado con los otros aromas: el de los chorizos de la matanza todavía tiernos, el del pan, el de los restos del cocido del mediodía…Pero entre todos esos olores sobresalía
triunfante la canela.
Llegar a los bollos era toda una aventura: primero, sin hacer ruido, tenía que abrir una puerta desvencijada cuyos goznes estaban siempre en guardia, listos a dar la voz de alarma con aquel crujido que me decía: “Hasta el domingo no se tocan, que cuestan muy caros”
Mi abuela era una malabarista con el dinero. Ni se sabe los esfuerzos que debió hacer para darme el placer que suponía este juego diario. Entonces, la imaginaba roncando en su cama tras la comida y el fregoteo de los cacharros, pero ahora que conozco el dormir ligero de los viejos, estoy seguro de que oía todo y se reía por dentro.
Superado el obstáculo de la puerta, me extasiaba con el dibujo que decoraba la lata, una mujer sentada con el mar al fondo, y un faro, y un barco echando humo por las cuatro chimeneas; un dibujo de intensos colores azules y rojos, que contrastaban con los tonos pardos de Castilla y me hacían soñar con otras
tierras. Tras la puerta venía lo peor; temblando, subido a un taburete con las patas flojas y apoyado en un cesto de patatas, extendía mi mano hasta la lata, mientras el tinglado amenazaba con venirse abajo. Pero el suculento premio valía la pena; y el placer de tocar el tesoro y comprobar su abundancia no tenía precio.
...
Me visto y salgo a la calle. Voy derecho a una pastelería de las de toda la vida que hay cerca de casa. Me atiende una muchacha ecuatoriana que pone cara de sota cuando le describo los bollos de canela con forma de doble llama; se los estoy dibujando en una servilleta de papel cuando sale una mujer mayor, casi de mi edad, y dice que esos bollos ya no se hacen. Como alternativa, me ofrece unos dulces industriales, empaquetados en una bolsa de plástico. Los rechazo decepcionado.
De ahí cojo un taxi y voy al rastro. Me pierdo en las tiendas de antigüedades. Con los pies destrozados y sin resuello me pregunto qué hago yo allí. Estoy a punto de abandonar cuando un anticuario muy amable se interesa por lo que busco. Se retira a la trastienda y le oigo revolver, imagino un montón de cachivaches polvorientos.
Al rato sale con una lata antigua de pimentón de La Vera.
Esto es lo que tengo— me dice.
Pero esta es muy pequeña, la que busco tenía una tapa redonda y era más grande, roja y azul.
¿Pero de que era, de galletas o de qué? ¿Tenía algo escrito?
No lo sé— contesto— entonces no sabía leer.
Le va a ser difícil encontrarla— ablanda la repuesta con una media sonrisa—quizá en Internet.
Cuando por fin llego a casa sale a abrirme mi nieta.
Ven Tinita —le digo—ayudame a buscar una cosa en internet, que si me pongo yo solo me pueden dar las cuatro de la mañana.
Saca su móvil y sus dedos teclean a una velocidad de mareo; en un periquete empieza a enseñarme fotos de una página de antigüedades.
Esa no— le digo—, era más grande y no tan cuadrada… esa tampoco, la que te digo era roja y azul y tenía un barco echando humo por las chimeneas…
Tras un buen rato viendo fotos aparece al fin:
ANTIGUA CAJA DE HOJALATA LITOGRAFIADA DE CHOCOLATES LA ESPAÑOLA - VIUDA DE CUNILL - PASEO DE
ARENEROS. BUEN ESTADO CON ALGUNOS PEQUEÑOS ARAÑAZOS
¡Esa es! —salto eufórico—, ¿Cuánto cuesta Tinita?
Ciento cincuenta pavos, abu.
Cómprala hija, cómprala —digo mientras le doy un beso.
¡Verónica!—grito—ya puedes llamar al de la obra.
¡Ciento cincuenta euros!, ¡veinticinco mil pesetas!...Si mi abuela levantara la cabeza.

19 julio 2019


Carta abierta al nuevo alcalde de Madrid

Julio Sánchez Mingo

Puerta de Alcalá. Detalle. J. S. M.

Señor Martínez-Almeida:

La función de un ayuntamiento, y por tanto de su alcalde, es trabajar por el bienestar de sus vecinos y el cuidado de la ciudad. Tarea nada fácil por la gran cantidad de intereses creados, pretensiones y opiniones encontradas, asignación de prioridades de acuerdo con un presupuesto siempre limitado, que no fue el caso de un antecesor suyo de infausto recuerdo; sin olvidar las ideas peregrinas que anidan en la cabeza de muchos gestores faltos de sentido común, que sus responsables políticos asumen con entusiasmo, espoleados por el prurito de que hay que hacer cosas. También pesa como una losa el cáncer de la política española actual, es decir, plegarse, por encima de todo, a las necesidades y demandas del propio partido y de chocantes compañeros de viaje.
Es una pena que su estreno en el cargo haya sido tan desafortunado por la medida tomada en relación con Madrid Central. Supone un ataque a la salud de los madrileños para dar satisfacción a usuarios egoístas e ignorantes que no ven más allá de sus narices, a reclamaciones sectoriales de unas minorías y a un programa electoral que, en lo medioambiental, no concreta nada. Y ello, a pesar de las amenazas de multas de Bruselas que, de sustanciarse, deberíamos cubrir entre todos. A los votantes nos hace pensar que el bien común y el bienestar de la ciudadanía no cuentan. ¡Cornudos y apaleados!
No se debería suspender ni revocar Madrid Central hasta que haya otra opción anticontaminación mucho más eficiente.
Por cierto, en la ciudad hay miles de alcorques esperando su correspondiente árbol de reposición, tanto en el centro como en la periferia.

He coexistido, no sé si debería decir he sufrido, porque, en gran parte, de un sufrimiento se ha tratado, con quince alcaldes de Madrid, incluyendo tres interinos. La mayoría fueron francamente malos, tanto que parecieron enemigos de la ciudad y sus habitantes. Aquellos que gozaron de un poder omnímodo no supieron o quisieron aprovecharlo de forma positiva. Mayalde y Arias desmantelaron los bulevares y las rondas en aras de la modernidad provinciana que traía la popularización del automóvil privado. Ello en una ciudad cuyo trazado era anterior al siglo XX. En esa dinámica seguimos cincuenta años después. ¿Le suena?
El frenético constructor y dilapidador de caudales públicos, Gallardón, es el paradigma de grandes desaguisados y derroche sin freno. Su obra magna, el Madrid Río, es un ejemplo de buena idea mal ejecutada y peor resuelta, que hasta los tribunales de Justicia censuraron.

Nunca se ha planteado en Madrid un proyecto de ciudad, definir cómo se quiere que evolucione a lo largo de las próximas generaciones. Ningún alcalde, como líder de la urbe, ha propuesto, con proyección de futuro, un destino, al menos una ruta, para este gran pueblo manchego, crecido sin orden ni control, donde la voz cantante la ha llevado la iniciativa privada y todo ha respondido a una especulación desmesurada, donde lo único que vale es tener un metro cuadrado para poder edificar. Y si no se tiene, se construye encima, o se arrasa el jardincito del solar para levantar un aparcamiento o un nuevo pabellón.
Tras los resultados de los PAUs, la Ciudad Deportiva del Real Madrid, el Parque de Automovilismo del Ejército de Villaverde... miedo me da lo que vaya a suceder con el solar de la cárcel de Carabanchel, la operación Campamento o, a punto de arrancar, la operación Chamartín, donde, para más inri, el Estado es el especulador de turno, haciendo papel mojado el artículo 47 de la Constitución Española(1). ¿Qué harían las fuerzas vivas madrileñas en una población como París, sin espacio disponible y donde prácticamente todo está protegido?
¿Su idea de desarrollo para esta ciudad va en una línea economicista, como la mantenida hasta ahora, o, por el contrario, pretende convertirla en una capital donde vivir plácidamente, sin grandes pretensiones, sea una delicia? La palabra la tiene usted.

No quiero dejar de citar la situación de muchos barrios, los grandes abandonados, dejados a su suerte, que quedan lejos de Cibeles. ¿Por ejemplo, los automóviles pasan a un metro largo de las fachadas de las viviendas del paseo de Extremadura, la A-5. Imagine el ruido y la contaminación atmosférica que soportan los vecinos del lugar. Y no lo abandonan porque sus viviendas son imposibles de vender y no se pueden utilizar como moneda de cambio. Con premisas similares a éstas, no es de extrañar que ciertas zonas se conviertan en guetos, como está sucediendo.
Una propuesta divertida, un paseo por los barrios, la mejor forma de conocer una población, sus necesidades y sus miserias: le reto a que vayamos caminando desde Cibeles a la calle Pradoluengo, en el barrio del Aeropuerto, una isla residencial rodeada de autopistas. ¿Se podrá hacer a pie todo el recorrido? ¿Perderá nuestro alcalde la vida a manos de un moderno becerro de oro?

Ante la llegada de un nuevo regidor se depositan muchas ilusiones y esperanzas de cambios positivos. ¿Nos defraudará usted?

Atentamente,

Julio Sánchez Mingo

(1) Artículo 47 CE

Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.

PD. Esta carta abierta ha sido remitida a la dirección de correo electrónico del gabinete del alcalde de Madrid.

12 julio 2019

Hoja suelta del diario que nunca existió
Fernando Moya

R. Vázquez: Faro de Vigo.
Son días difíciles para los escolares. Se acercan los temidos exámenes de las distintas asignaturas. Las bibliotecas públicas se llenan de ellos en un último esprint que les conduzca a la victoria total o parcial.
En mi labor docente, como jefe de departamento he participado en la elaboración exámenes de evaluaciones parciales, de muchas pruebas finales de junio y las correspondientes pruebas extraordinarias de septiembre.
Voy a compartir con los lectores de este blog la visión particular de un alumno de segundo de bachillerato LOGSE de un examen final de recuperación de la asignatura de matemáticas de primero de bachillerato, en la convocatoria ordinaria de junio. Este alumno, no cursaba matemáticas en el curso de segundo, porque se había pasado al bachillerato humanístico. Había aprobado todo el curso y le quedaba pendiente la asignatura de matemáticas de primero que le impedía poder examinarse de Selectividad. Era el examen de recuperación final de junio. Si suspendía, tendría otra oportunidad en septiembre.
No creo que las preguntas del examen fueran particularmente difíciles ya que se habían consensuado con los profesores del departamento, intentando que fueran reflejo de los contenidos mínimos que el estudiante debe demostrar conocer para pasar de curso o superar su etapa escolar final. No obstante, el concepto de difícil o fácil es algo muy subjetivo que muchas veces depende de si conocen o no las respuestas.
A continuación, transcribo lo que el alumno en cuestión contestó, sin añadir ni quitar los oportunos signos ortográficos como comas, punto y coma... dejando el documento tal como llegó a mis manos.
Hoja suelta del diario que nunca existió
17:30. Me encontré en un aula inmensa con centenares de mesas uniplaza con silla incorporada, casi todas vacías, menos 10, incluida la mía. Tres profesores para diez poco aplicados alumnos que deberían responder ocho de 10 preguntas para aprobar las matemáticas.
Se dejaban notar todos aquellos que habían estudiado, como también lo hacían los que no se la habían preparado demasiado bien; no solo porque ellos no centraban los sentidos en aquellos problemas irreales, sino que incluso hubo alguien que se puso a escribir su folio blanco, para dar a luz un diario inoportuno. Quizá porque esas letras con símbolos, signos y números perdidos le parecían chino, o porque su propia frustración le exigía no dejar pasar el tiempo en blanco.
De los profesores sólo uno era mujer, con el pelo corto, bajita y vestida con ropa informal. De repente un chico levantó el dedo y dijo con voz alta y nerviosa “Marisa ¿puedes venir?”, enseguida la profesora se acercó presurosa a saciar sus dudas. Cuando hubo terminado se fue a charlar con los dos hombres.
17:53. Tengo la oportunidad de copiar de una compañera de clase, pero no lo haré puesto que no lo encuentro honesto. ¡Qué tontería!, llegué a pensar, tengo la oportunidad de aprobar, otros lo hacen y se ahorran bastantes disgustos. No quiero engañarme, he decidido no hacerlo.
A mi derecha, dejando una silla con mesa incorporada vacía, se encuentra Yoko, la novia de mi amigo Keso. De vez en cuando me mira y se queda con un gesto risueño y de extrañeza a la vez, debe de pensar –Qué hace este tío escribiendo en un examen de mates; en vez de intentar aprobar o de copiar, se dedica tranquilamente a rellenar un folio-.
Yo también lo pienso.
18:00. He intentado hacer algún ejercicio, pero sólo he sido capaz de plantear el número 6. Qué mal me siento…, pero pensándolo mejor no se puede cambiar lo inevitable. A menos que estire el cuello hasta hacerlo crujir y que mis ojos se desorbiten de sus huecos para postrarse en otro examen.
18:10. Qué tiempo más desperdiciado dirían mis padres, qué vago, qué soñador, qué gilipollas. Aun así sólo puedo arrepentirme de lo que no hago.
Hace mucho calor, tanto que el boli se resbala entre mis dedos y mis axilas dejan deslizar sus gotas refrescantes sobre mis frágiles costillas. Me gustaría llegar aquí otro día, más lejano, pero esta vez preparado e irme tan pronto como la chica de la gorra blanca o la del jersey con lunares, también blancos.
En septiembre seré el primero en marcharme, pero esta vez con la sonrisa del satisfecho, con la veracidad de los versos de un poeta muerto y decir hasta luego al profesor con el sentimiento irónico de uno vivo.
18:15. Acaba de sonar el timbre, estoy nervioso, quiero marcharme pero me da pena dejar de escribir en tu cuerpo plano y frágil que tan poco significa para otros.
Es la primera vez que te conozco y probablemente sea la última. También lamento que sea en una situación incómoda, inoportuna pero sincera.
Al lado de la puerta a mano izquierda según entras hay una planta; nunca me había fijado…cuántos exámenes habrá vigilado, cómo habrá sentido el sudor frio de un alumno que se queda en blanco, seguro que añora su rocío. Cuantas veces cómplices de alguna chuleta, o de algún chivatazo, incluso de los nervios de algún profesor con ganas de irse a casa.
Me apetece un cigarrillo.
Se me olvidaba, al entrar al examen me di cuenta de que mi calculadora científica no se encontraba en el bolsillo pequeño de mi mochila, perdida o robada. Tuve que pedir una a la conserje, pero era un cacharro enorme que casi no me dejaba escribir en esas pequeñas mesas uniplaza.
De todos modos poco la he usado…

Epílogo.
El alumno suspendió, por supuesto.
Días después pude mantener una entrevista personal con él a fin de averiguar sus problemas con las matemáticas. Era un muchacho del montón que no destacaba particularmente en una clase y que cuando comienzan las dificultades y no se subsanan a tiempo, se va creando poco a poco una gran montaña de un grano de arena.
Me ofrecí a ayudarle y ,tras aceptar, pude constatar que sus dificultades se debían en gran medida al abandono de los alumnos que van mal, producto de la masificación de las clases y de nuestro sistema educativo, a lo que se añade la escasa o nula motivación que tienen los escolares.
En septiembre superó la prueba.

06 julio 2019


Hoy es el chupinazo y mañana San Fermín

A nuestra amiga Chon


Otro punto de vista

Jesús Ramos Alonso

Racve

¡Me tienen harto los mozos con tanto cántico! Muuuu...
Déjalos, nos distraen de la escabechina. Muuuu...
¿Escabechina? ¿qué escabechina?
¡Estás en la inopia, toro!, ¿no has oído a los cabestros...? ¿Te acuerdas de Cuba, ese torete que se lo llevó un camión y no volvió? Dicen que le hicieron perrerías antes de atravesarlo con un estoque...
¡Qué animalada!
...y que nosotros correremos la misma suerte.
¡Qué horror!, atravesados por un estoque.
Cuba, ya agonizando, corneó al diestro en el muslo. Le dieron un premio por bravo: ¡eso que se llevó!
Pues yo tampoco me voy de vacío; antes de espicharla ensarto tres o cuatro mozos.
Eso será si te deja San Fermín, el de la música.
¡No me ha de dejar! En la curva de Estafeta me zampo al primero, y al resto en el callejón: amontonados, se les pincha mejor.
¡Es un diablo ese Fermín! En cuanto le rezan esa letanía no hay quien pille cacho.
¿¡Cómo se las apañará para aguarnos la fiesta!?
Para mí que es un trilero, solo que con un capote rojo en lugar de cubiletes.
¡Qué bonito es el rojo!
¡Ya te digo!, nos pierde el rojo.
¡El cohete!, ¡corre!
Muuuuuuuuuuu...


El milagro de San Fermín

Julio Sánchez Mingo


Villar López (EFE).

Dice mi amiga Campo que al creer intensa y apasionadamente en algo que no existe, lo creamos.
Ginés Morata, el prestigioso científico, afirma: "Dios no nos ha creado a nosotros: los humanos hemos creado a Dios”.
Son milagros que obra la mente humana.

En la cuesta de Santo Domingo, antes de la suelta de los morlacos desde los corrales, los mozos, casi todos ellos descreídos o no practicantes, presos de la tensión, recitan con fervor:
"A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición. ¡Viva San Fermín!".
Un escalofrío de emoción sacude a todos, corredores y espectadores. Es el momento más intenso de toda la fiesta, el instante previo a enfrentarse a un peligro cierto, con un triste periódico enrollado como única arma.
Y se manifiesta el prodigio de la mente humana y todos creen en el santo y su intercesión. Es el milagro de San Fermín, el capotico que a todos cubre.