Una de terror
Julio Sánchez Mingo
Fui a abrir, por fuera, la puerta de un cuarto de baño. El mecanismo hizo clic y se debió partir algo en su interior, de tal manera que, aunque la manilla se podía accionar arriba y abajo, el resbalón no se deslizaba, bloqueando la apertura de la bendita puerta.
Me debatí entre llamar al cerrajero del seguro u otro día desmontar con un destornillador el escudo protector para tratar de manipular la leva. Mi caja de herramientas, con todos mis apreciados instrumentos, una joya para cualquier manitas —yo soy bastante manazas— estaba en otra casa, a veinte kilómetros de distancia.
Afortunadamente la avería no ocurrió en el interior del retrete que, para más inri, no tiene ventanas a la calle, solo un minúsculo respiradero, la toma de lo que llaman un shunt. De lo contrario me hubiera encontrado aislado y encerrado, pues tengo la, no sé si mala o buena, costumbre de ocupar semejante espacio sin el sempiterno teléfono. Conozco a más de uno al que se le ha caído al inodoro, lo que castizamente llamábamos taza en épocas pretéritas. Tampoco guardo en esas insustituibles piezas de las casas ningún destornillador o herramienta multiusos. Me basta con alguna toalla, productos de aseo y el imprescindible rollo de papel higiénico —soy bastante austero y no me gustan trastos y cachivaches—.
¿Cómo hubiera salido del atolladero? De entrada, supongo que me habría puesto muy nervioso. ¿Habría gritado? ¿Me hubiera escuchado alguien que no fuera una señora bastante mayor que vive en el piso inferior? Las vecinas de la planta superior son las estrellas y es un edificio de solo seis vecinos. Era sábado a mediodía. Por supuesto, ninguno de mis próximos sabía que estaba en aquel lugar. ¿Hubiera tenido la serenidad suficiente para esperar a la madrugada y, en el silencio de la noche, redoblar mis gritos con más energía? ¿Cuánto tiempo hubiera sido capaz de aguantar? ¿Habría engrosado la lista oficial de desaparecidos? ¿Me hubieran encontrado los bomberos apergaminado un año después? ¡Qué angustia, qué miedo, qué terror!
