28 mayo 2026

La buena muerte

Julio Sánchez Mingo




No todo el mundo muere igual. No es lo mismo expirar dulcemente, en casa, o en una residencia, con cuidados paliativos o incluso sedado, con tratamientos apropiados brindados por profesionales y al calor de la familia, que en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables que se prolongan durante días, incluso semanas. Afortunados son los que fallecen de súbito, inesperadamente, sin llegar a sufrir —por ejemplo a causa de un infarto— aunque ello sea muy traumático y desgarrador para sus deudos.

Lamentablemente, la situación socioeconómica condiciona mucho la calidad del tránsito, tanto por la ayuda y el soporte que profesionales y familiares puedan aportar como por el entorno donde se desarrolla el último viaje. Imaginemos la mansión de un millonario, en un acantilado con vistas al Pacífico, incluso con helipuerto, o un pisito de 50 metros cuadrados en un barrio obrero de Madrid, donde conviven hacinadas tres generaciones, o un piso patera repleto de inmigrantes, con niveles de intimidad, salubridad e higiene mínimas, donde los residentes ni se conocen ni siquiera hablan la misma lengua. No quiero pensar en tantas muertes horribles que se suceden a lo largo y ancho del mundo en lugares de pobreza y miseria infinita o en situaciones límite propias de noticiarios de sucesos, como sesiones de tortura en mazmorras lúgubres e infectas. O en el triste final de los reclusos del manicomio Colonia de Barbacena en Brasil. 

No solo la forma de vivir nos distancia a unos y a otros  sino también la forma de morir.  Como humanos que somos, todos merecemos una buena muerte, lo que se llama una muerte digna, que debería ser un servicio social imprescindible y universal. Nos atienden entre algodones a la llegada, cuando nacemos y, por la misma razón, deberíamos ser mimados cuando nos vamos. Como es una situación por la que indefectiblemente hemos de pasar todos, cuánto nos ayudaríamos a nosotros mismos si las administraciones sanitarias y sociales ofrecieran las prestaciones asistenciales adecuadas a cada caso, de forma plena y bien regulada, independientemente del lugar de residencia o del patrimonio o los ingresos del paciente. Somos tan necios que, en países relativamente ricos como el nuestro, estamos apoyando con nuestro voto la desaparición de un bien preciadísimo: la sanidad pública universal gratuita, un logro social heredado de las sufridas generaciones anteriores. 

Algo que ennegrece mucho el último viaje de una persona es la mala relación personal entre miembros de la familia: padres e hijos que no se ven, hermanos que no se hablan. También la presencia de esos buitres que esperan el óbito para salir corriendo con el dinero o los bienes de la herencia, lo que causa una tensión y un mal ambiente repugnantes. Esos cuchicheos, esas tomas de posición, esas alianzas que hemos contemplado en persona o que hemos leído relatadas o representadas de forma magnífica en un escenario o una pantalla, ¡que deplorables son! En ocasiones, hasta el moribundo capta todos esos movimientos, lo que acrecienta grandemente su malestar.

Una buena muerte, especialmente en su aspecto afectivo, nos la tenemos que trabajar todos los días de nuestra vida con nuestros allegados, manteniendo siempre relaciones afectuosas con todo el mundo. Así nuestro final podrá ser, si no feliz, porque parece que en nuestra cultura ello es imposible, al menos plácido y transcurrir en un ambiente de paz.

08 mayo 2026

Mi maestra

José Luis Chaparro

Nunca pensé que mi vida se quedaría tan callada. Un silencio que pesa, que se mete en lo más profundo de mi ser. Es como si todo lo que tenía sentido se hubiera ido con ella.

Mi madre se fue sin hacer ruido. No molestó a nadie, pidió muy poco y siempre dio mucho. Era muy anciana. Su edad ya no se medía en años sino en historias de vida, en manos arrugadas y en una mirada que lo había visto todo. Aun así, cuando cerró los ojos por última vez, me sentí huérfano. Y eso a mi edad.

Siempre he dicho que soy un hombre justo. No porque la vida me haya tratado muy bien, sino porque ella me enseñó a medir las cosas con el corazón, no con una balanza. Decía que la justicia no está en tener razón sino en saber escuchar, incluso cuando duele. He vivido así, intentando no desviarme del camino.

Trabajador. Eso lo aprendí de ella. Mi madre se levantaba antes del amanecer. No hablaba del esfuerzo que hacía, simplemente lo hacía. Sus manos estaban llenas de arrugas, cada una de ellas era una batalla ganada sin testigos. Yo solo seguí sus pasos.

Honrado. Repetía esta palabra como una oración. «Mírate al espejo sin bajar la cabeza», me decía. Ahora, cuando me miro, no solo me veo a mí mismo, también la veo a ella detrás de mí.

Dicen que tengo carácter. Puede ser. Pero el mío es solo una sombra del suyo. Mi madre era fuerte como un roble en medio de una tormenta. No gritaba ni imponía, su silencio era suficiente para poner orden.

También dicen que soy orgulloso. Y es cierto. Pero no me enorgullezco de lo que tengo sino de lo que soy. Todo lo que soy se lo debo a ella.

Y, sin embargo, también me enseñó a ser humilde. Me enseñó que la vida no es nuestra, que solo estamos de paso. Me enseñó a dar gracias por las cosas pequeñas.

Valiente. Eso me cuesta decirlo. Ahora no me siento valiente. Me siento como un niño que ha perdido su refugio. Pero si alguna vez lo he sido, ha sido por ella.

Mi vida ha sido una prolongación de la suya. Como un río que nace de otro río. Ella fue mi origen y mi camino. Yo solo seguí fluyendo.

Ahora que se ha ido me doy cuenta de que no la he perdido del todo. Está en cada cosa que hago. Pero, a pesar de eso, duele decir adiós a quien te enseñó a vivir.



 

03 mayo 2026

Una de terror

Julio Sánchez Mingo

 


 

Fui a abrir, por fuera, la puerta de un cuarto de baño. El mecanismo hizo clic y se debió partir algo en su interior, de tal manera que, aunque la manilla se podía accionar arriba y abajo, el resbalón no se deslizaba, bloqueando la apertura de la bendita puerta.

Me debatí entre llamar al cerrajero del seguro u otro día desmontar con un destornillador el escudo protector para tratar de manipular la leva. Mi caja de herramientas, con todos mis apreciados instrumentos, una joya para cualquier manitas —yo soy bastante manazas— estaba en otra casa, a veinte kilómetros de distancia.

Afortunadamente la avería no ocurrió en el interior del retrete que, para más inri, no tiene ventanas a la calle, solo un minúsculo respiradero, la toma de lo que llaman un shunt. De lo contrario me hubiera encontrado aislado y encerrado, pues tengo la, no sé si mala o buena, costumbre de ocupar semejante espacio sin el sempiterno teléfono. Conozco a más de uno al que se le ha caído al inodoro, lo que castizamente llamábamos taza en épocas pretéritas. Tampoco guardo en esas insustituibles piezas de las casas ningún destornillador o herramienta multiusos. Me basta con alguna toalla, productos de aseo y el imprescindible rollo de papel higiénico —soy bastante austero y no me gustan trastos y cachivaches—.

¿Cómo hubiera salido del atolladero? De entrada, supongo que me habría puesto muy nervioso. ¿Habría gritado? ¿Me hubiera escuchado alguien que no fuera una señora bastante mayor que vive en el piso inferior? Las vecinas de la planta superior son las estrellas y es un edificio de solo seis vecinos. Era sábado a mediodía. Por supuesto, ninguno de mis próximos sabía que estaba en aquel lugar. ¿Hubiera tenido la serenidad suficiente para esperar a la madrugada y, en el silencio de la noche, redoblar mis gritos con más energía? ¿Cuánto tiempo hubiera sido capaz de aguantar? ¿Habría engrosado la lista oficial de desaparecidos? ¿Me hubieran encontrado los bomberos apergaminado un año después? ¡Qué angustia, qué miedo, qué terror!