25 abril 2026

Esos viejos miserables

Argimiro Rubio Cuadrado

 

Jugando a churro, media manga, manga entera. 

Cuando yo era niño, en los años 50, se estaba siempre en la calle, donde entonces se podía jugar sin peligro. Los mayores cuidaban de los pequeños y, además, te conocía todo el mundo. Así que las madres entonces casi todas se dedicaban a sus labores, es decir, al cuidado de la casa y de la prole no se preocupaban porque sabían que los críos no corrían más riesgo que el de caerse. Los coches en mi pueblo eran escasos, circulaban despacio y había calles sin asfaltar. Cuando no estábamos en el colegio, estábamos en la calle, todo el día, en invierno y en verano, a menos que lloviese. Entonces te entretenías en casa jugando al parchís o leyendo, sobre todo tebeos, porque tener una tele en casa aún no estaba al alcance de todo el mundo, ni mucho menos.

En los juegos nos mezclábamos niños y niñas, salvo en algunos juegos brutos a los que sólo jugábamos los chicos, como churro, media manga, mangantera, como decíamos nosotros. Consistía en que unos saltábamos sobre otros que, en igual número, estaban en fila, inclinados con la cabeza entre las nalgas del siguiente. El primero de la fila se apoyaba en un amigo que permanecía recostado contra la pared y que, además de hacer de colchón para que el otro no se rompiese la crisma, tenía la importantísima función de ejercer de juez para que los de arriba no engañasen a los de abajo. Había, claro, otros muchos juegos: a la comba, al escondite, al rescate. En fin, como en todas partes. Cada año se repetía un fenómeno que a mi me intrigaba y es que, de pronto, había que jugar a algo determinado, ya fuera a las bolas (canicas), al peón (peonza), a las tabas o a clavar una punta en el suelo. El caso es que de repente todos los niños en todos los barrios jugábamos a lo mismo. Quién decretaba a qué se debía jugar en cada momento ha sido siempre un misterio insondable para mí. Debe ser un fenómeno de comunicación extrasensorial parecido al de las bandadas de pájaros que, de repente, sin motivo aparente, cambian súbitamente de dirección, haciendo todos la misma maniobra, una y otra vez.

Los niños jugando montan siempre algarabía, ya sea corriendo detrás de un balón o persiguiéndose sin descanso, por el simple placer de correr y de tocarse. Los vecinos lo soportaban con paciencia y, cuando les estorbabas el paso , te esquivaban con condescendencia. ¿Todos los adultos? No, todos no. En cada calle, en cada barrio siempre había una casa a la que mejor no acercarse porque había un viejo faltón, malencarado y resentido que salía a la puerta pegando voces y profiriendo mil amenazas si nos acercábamos. Esos viejos amargados, malos vecinos, con pendencias con todo el mundo, que lo mismo te tiraban agua desde una ventana, si el juego te llevaba junto a su puerta, que no te devolvían el balón si tenías la mala suerte de que cayese en su patio. O, peor aún, te lo rajaban y te lo devolvían diciendo: “Para que os enteréis, cabrones”.

Esos viejos torvos, miserables y resentidos que hacían daño sin provecho, movidos solo por el rencor y por el placer de desahogarse son a quienes me recuerda la conducta errática, vengativa y miserable de Donald Trump y su gabinete de lunáticos.

 

Jugando al gua (canicas).

 

 

 





16 abril 2026

El intercambio

José Luis Chaparro



«¡Pobrecito!», pensó Alma mientras, desde la ventana de la quinta planta, observaba al mendigo que cada día ocupaba el mismo soportal frente al hospital, apenas cubierto por unos harapos. No podía comprender cómo la gente que pasaba a su lado no sentía piedad por aquel hombre. En la calle debía de hacer mucho frío.

A veces pensaba que nadie lo notaba. Parecía que pasara desapercibido entre la gente.

Un ruido la apartó de sus pensamientos. Sus padres entraron en la habitación a la hora de siempre. Desde que el médico decidió ingresarla para someterla a unas pruebas muy delicadas, cada mañana comenzaba así. Luego todo se precipitó. Ella lo supo desde el principio. Sus padres le revelaron la gravedad de su enfermedad, así como su intención de luchar hasta el final.

Después de besar a ambos, Alma se dirigió a su padre.

Mira a aquel hombre, papá —dijo, guiándolo de la mano hasta la ventana.

Debe de tener mucho frío. Me gustaría ayudarle.

Le llevaré mi abrigo, si quieres.

A mí me gustaría llevárselo —suplicó, poniendo una carita de «no me lo puedes negar».

Era cierto. No podía negarle nada. Con apenas diez años, solo un milagro podría salvar la vida de su hija. Él no podía hacer milagros, pero sí intentar cumplir sus deseos.

Está bien. Entonces te acompaño.

Alma se cubrió con el abrigo de su madre y ambos salieron de la habitación. Ya en la puerta del hospital pidió a su padre que la esperara. Cruzó la calle y se acercó al mendigo, que permanecía sentado. El hombre levantó la cabeza al verla llegar. Tenía la barba enmarañada y unos ojos sorprendentemente claros.

Eres la niña de aquella ventana, ¿verdad? —dijo señalando hacia el edificio—. Me llamo Rafael. ¿Me harías compañía durante unos minutos? —propuso, dando unos suaves golpes sobre la bolsa de rafia que tenía junto a él.

Yo me llamo Alma —respondió mientras tomaba asiento—. Este abrigo es de mi padre y puedes quedártelo.

Muchas gracias. ¿Qué tienes, Alma? —preguntó mientras se enfundaba el abrigo sin disimular su satisfacción.

Tengo algo en la cabeza. Una enfermedad con un nombre rarísimo. Dicen que es grave y que puedo morir si no consigo curarme.

Rafael observó la cabeza de Alma, cubierta con un pañuelo blanco.

Echo de menos mi pelo —dijo ella con una sonrisa dibujada en la cara—. Y tú, ¿qué echas de menos? ¿Por qué vives en la calle?

Es una larga historia. Quizá me gustaría tener algún libro… pero no importa.

No debes preocuparte por mí. Te agradezco el abrigo y aún más que me acompañes estos minutos.

¿Vendrás también mañana?

¡Por supuesto! Me tomaré el día libre en la oficina —respondió con solemnidad, mirándola a los ojos.

Alma sonrió ante la ocurrencia.

Vendré todos los días, pero solo si me haces una promesa.

¿Qué promesa?

¿Sabes quién fue Walt Disney? Pues dijo una vez: «Si puedes soñarlo, puedes lograrlo». ¿Y Spielberg? ¿El del Parque Jurásico?

Alma asintió.

Steven Spielberg decía: «Yo no sueño de noche. Yo sueño todos los días.

Yo sueño para vivir». Así que prométeme que a partir de ahora soñarás que tu cabecita se pone bien.

Lo prometo —contestó Alma, levantando la mano derecha como había visto hacer en las películas.

Se despidió de él y, junto a su padre, volvió al hospital. Al llegar a la habitación compartió con sus padres la conversación con Rafael y terminó diciendo:

Mañana quiero que traigáis unos libros, por favor. Y también el dinero de mi hucha.

Durante la mañana saludó varias veces a Rafael desde la ventana, hasta que él se marchó. El resto del día se mostró más animada que de costumbre. Al cerrar los ojos para dormir, sorprendió a sus padres con una frase:

Si puedo soñarlo, puedo lograrlo.

Las noticias médicas eran desalentadoras. El tumor cerebral experimentaba un rápido crecimiento, lo que complicaba aún más el tratamiento. Sin embargo, Alma parecía haber recuperado vitalidad desde aquella charla con su amigo Rafael. Sus padres no pusieron ningún inconveniente a que volviera a verlo, y el doctor tampoco.

¡Buenos días, Alma! —saludó Rafael al verla llegar.

¡Hola! Te traigo unos libros y algo de dinero —respondió mientras se sentaba a su lado.

Muchas gracias. A propósito… en cuanto tengas ocasión, deberías leer a Khalil Gibran. Te gustará. Y lo más importante: tú le habrías gustado mucho a él.

No sé quién es.

Murió hace mucho tiempo, pero muy poca gente ha puesto en práctica lo que proponía. Por cierto… ¿cumpliste tu promesa?

¡Sí! Cerré los ojos antes de dormir para soñar que pronto estaré bien.

¡Así me gusta! —exclamó Rafael levantando los brazos, como si celebrara una gran victoria.

Alma soltó una carcajada.

Dos lágrimas recorrieron la cara de su padre al verla reír así, con esa expresión de felicidad que parecía perdida desde hacía demasiado tiempo.

Para que te hagas una idea —continuó Rafael— escucha lo que decía Khalil Gibran: «Generosidad no es dar a otro lo que necesita más que tú, sino entregarle lo que tú necesitas más que él». Tú me das vida, aunque la necesitas más que yo. Eres muy generosa.

Al oír esas palabras, Alma se abrazó a Rafael. Permanecieron así durante unos segundos. Ella no pudo ver cómo él cerraba los ojos y rompía a llorar en silencio. Hacía mucho tiempo que nadie lo abrazaba así.

Las visitas se repitieron durante los días siguientes. El ánimo de Alma parecía mejorar, aunque no la gravedad de su enfermedad, que avanzaba inexorable hacia un desenlace fatal.

Rafael era fiel a su cita diaria y Alma le correspondía. Charlaban de mil cosas, como intentando recuperar un tiempo perdido o como si nunca más fueran a poder hacerlo. La gente que antes ignoraba a Rafael ahora observaba la escena con curiosidad: una niña con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco, sin duda paciente del hospital cercano, sentada junto a un mendigo que incluso olvidaba colocar el recipiente para las limosnas. Parecía no importarles nada

de lo que sucediera alrededor.

¿Sabes lo que me dijo Rafael cuando vino a despedirse? —preguntó—. Que su nombre significa «medicina de Dios». Para el cuerpo y para el espíritu.

También me dijo que tu intercambio no fue aceptado… pero sí el suyo.

¿Sabes lo que quería decir?

La madre la abrazó con fuerza.

Sí, Alma. Ahora lo entiendo.

Desde entonces, cada 29 de septiembre —día de los arcángeles— un matrimonio y su hija, ya adolescente, dejan un ramo de flores en el soportal donde solía sentarse aquel mendigo al que casi nadie veía… hasta que una niña decidió mirarlo de verdad.

 

07 abril 2026

El miliciano

Julio Sánchez Mingo

En el texto Pequeñas historias que me contaron. El siglo XX en Madrid, publicado en este medio el 27 de mayo de 2016, se incluyó una versión reducida de este relato.

 

Largo Caballero rodeado por milicianos.

Otoño de 1936. Madrid. Calle Colón, 3, semiesquina a Fuencarral, a dos pasos de la iglesia de San Ildefonso, usada como polvorín en la contienda civil. Es el período de los paseos, las sacas de las cárceles, los fusilamientos masivos, las detenciones arbitrarias, las farsas procesales, las ejecuciones extrajudiciales, la tortura en las checas, las represalias, las venganzas personales, los crímenes sin justificación política ni militar. Los registros domiciliarios son frecuentes.

Unos milicianos aporrean con estrépito la puerta de la casa de Concha, en el cuarto y último piso de ese céntrico inmueble. Vestidos con monos azules de trabajo y ceñidos con correajes, al hombro cargan con sus correspondientes fusiles.

Se les franquea la entrada al piso. Se dispersan por las habitaciones. Buscan fugitivos contrarios a la República y miembros de la quinta columna.

Son carcas —grita uno de ellos, señalando a los habitantes de la vivienda—. Mirar lo que he encontrado —al tiempo que agita con su manaza la figura tallada de una Inmaculada.

Hijo, ¿acaso su madre no tiene una imagen de la Virgen en su dormitorio?— le pregunta Concha suave, dulce, casi maternalmente, al joven armado.

Sí, señora —responde el hombretón bajando la cabeza avergonzado, deposita la efigie sobre la mesilla de noche y, dirigiéndose a sus compañeros, brama— Vámonos.

Ella es una mujer mesurada y serena, castigada por la vida, que ha tenido doce hijos, algunos ya fallecidos a esas alturas. Como una de sus hijas mayores, a la que unas fiebres puerperales se habían llevado unos pocos años antes, dejando una criaturita de pocas semanas, la mayor de sus nietas. En el transcurso de la guerra, perderá de muerte natural a su marido y al hermano soltero de éste, que vive con ellos. Al poco de comenzar la conflagración, morirán asesinados, víctimas de la violencia política, su hermano Pepe —regente del acreditado negocio familiar de fabricación y venta de artículos religiosos situado en la calle Bordadores que fundara su padre y donde ella trabajara antes de casarse— y su sobrino Juan, un joven estudiante.

En los primeros 50, a la salida de una durísima posguerra, Concha vive en la misma casa de la calle Colón con una de sus hijas pequeñas, el marido de ésta y los dos hijitos de la pareja, una niñita de poco más de dos años de edad y un niño todavía de cuna. A la pequeña le gusta tomar la talla de la Purísima en brazos y pasearse por la casa acunándola, como si fuera un muñeco. Su madre la reconviene, temerosa de que se le caiga al suelo pero su abuela la disculpa diciendo: —Déjala, no se le va a escapar de las manos.

En la actualidad, aquella niñita, con dos nietos ya, conserva orgullosa en su alcoba la imagen de la Inmaculada Concepción de su abuela Concha.