03 septiembre 2026

Las Angosturas y el Charco del Canalón

Joaquín Lozano Torres

 

Llega el verano, un año más afortunadamente, pero también un año más sobre mis costillas, siendo esta última una afirmación tan obvia como necesaria de auto recordarme, pues a veces, pareciera que tengo una tendencia algo insensata a olvidar el pequeño detalle.

Las bicicletas hay que ponerlas al día y, este año particularmente, gracias a un estupendo profesional venezolano afincado en estos parajes, la carena ha sido completa, una especial, que decíamos en el argot marítimo. Tres bicis a mi disposición y a la de todo aquel que se aventure a echar un buen rato, pero, además, es que es mi vehículo rápido y práctico para atender cualquier encargo, cualquier mandado de supermercado, banco, chino o lo que menester fuere, que no hay que volverse loco con eso del aparcamiento ni dar demasiados rodeos para llegar a donde se tercie. Y como a fuerza de años de oficio el dominio del medio resulta bastante aceptable, llegado el caso, no hay demasiado problema para circular con dos bolsas cargadas, una en cada lado del manillar. Habilidad esta cercana a la que lucen en sus actuaciones los canadienses del Circo del Sol, pero que yo asumo con la naturalidad del inconsciente.

Para completar el instrumental básico veraniego, gafas de bucear y aletas para echar un rato los días de poniente allí en donde las frías y transparentes aguas de estas proximidades al Estrecho sorprenden a los que creen encontrarse en uno más de los parajes mediterráneos de temperatura que trae a la imaginación el maravilloso caldo del puchero que yo entiendo hay que disfrutarlo, fundamentalmente, cuando los rigores invernales hacen acto de presencia.

El agua de aquí, insisto, cuando el régimen es de poniente, es muy fría y a mí me gusta que la prueben todos esos que hablan de las del Atlántico de Portugal o las de Galicia sin reparar en el infalible termómetro que aquí tenemos, consistente en observar la ausencia de niños en remojo cuando se dan las condiciones antes dichas. Así, resulta que se quedan semi paralizados, más que sorprendidos de la temperatura, sin dar crédito al dolor en piernas y articulaciones, cuando se aventuran a zambullirse atraídos por el increíble color azul que te reclama como lo hacían aquellas sirenas que engatusaban con su engañoso cántico al bueno de Ulises en su travesía de retorno a Ítaca.

Yo sé que soy un poco exagerado, pero alguno me ha terminado dando la razón cuando les aseguro que, después de Terranova y los islotes repletos de pingüinos en el Pacífico del sur de América, estas son las más frías, sin acabar de comprender (a mí cada vez me cuesta más trabajo también entenderlo) cómo puedo ser capaz de echar treinta o cuarenta minutos a pelo, navegando por entre las piedras, sumergiéndome y, a veces, hasta encontrando alguna que otra curiosidad. Y como quiera que procuro no hacer daño alguno a los muchos pequeños habitantes de este entorno, imagino que he terminado por resultarles alguien casi, casi, familiar durante la temporada.

Hay más pilares de la estancia estival, las incursiones por algún huerto cercano en busca de buenos tomates para el imprescindible gazpacho, la frecuente ruta ciclista matinal a esa maravilla tan poco valorada como es la de los baños de La Hedionda, ruta que me hace creer, seguramente con razón, que ya hice el ejercicio del día. Pues son unos siete kilómetros y medio desde casa, gran parte cuesta arriba, de manera que, cuando llego y me recupero en unos pocos minutos, el baño frío de esas aguas recién salida de la piedra, me dejan en perfecto estado para emprender un regreso en popa que suele ser mucho más rápido y confortable.

El resto suele llevar una carga adicional de rutina: la cocina diaria, que en verano es cosa mía, el ratito de playa, o el paseo vespertino con cervecita final en cualquiera de los mil y un sitio que por aquí abundan.

Pero, entre tanta tarea más o menos habitual, siempre hay lugar para algún invento extra, y como durante el mes de julio tengo cómplice necesario encarnado en mi hermano Enrique, rebusco algún destino, más o menos exótico y atractivo, para acompañados por mi querida y valiente pick up, aventurarnos a seguir descubriendo buenos destinos.

Y así, a nuestra larga lista ya de sitios maravillosos escondidos por esas sierras y bosques gaditanos y malagueños, hemos podido añadir un par de ellos verdaderamente dignos de disfrutar siempre desde el cuidado y respeto que merecen.

El primero fue hace una semana o diez días y se encuentra en Istán, esa preciosa localidad de la Sierra de las Nieves que atesora otros varios monumentos dignos de veneración, como lo son su Castaño Santo, maravilloso ejemplar cargado de historias ganadas a pulso a lo largo de sus casi mil años de vida. También la fantástica fuente de aguas cristalinas y muy frías que alimenta una acequia en la que meter la cabeza, después de una larga ruta, proporciona algo parecido al del milagroso Bálsamo de Fierabrás que nos relatara con pasión don Quijote: «Si en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, solo será preciso juntar cuidadosamente las dos mitades antes que la sangre se yele, me darás de beber sólo dos tragos del bálsamo y verasme quedar más sano que una manzana».

La ruta en sí no comenzó con buen pie, en parte, debo reconocerlo, porque no termino de acostumbrarme a eso de que las cosas hay que prepararlas antes de acometerlas. Pero, claro, cómo puede entrar esa idea en una cabeza diseñada desde su origen para la improvisación, al estilo de la que lucen los músicos de jazz que son incapaces, porque tampoco es que les haga mucha falta, repetir de manera clónica cualquiera de esos temas que interpretan.

La otra parte de la culpa, sin embargo, fue claramente achacable al dichoso navegador del móvil que, estoy convencido de ello, me tiene una especial inquina; tal vez por la ingente cantidad de exabruptos que, cada vez que se equivoca, le dedico a la que habla y a la madre que la parió. En fin, soy consciente de que, en eso, la mía es una guerra perdida, y más pronto que tarde, no tendré más remedio que claudicar, aceptando comenzar de cero, aguantándome las ganitas de mentarle sus deudos y obedeciendo de manera ciega a todas sus indicaciones por descabelladas que me suenen...

Dejándonos guiar por tan elemental medio tecnológico, antes de conseguir enfilar la carretera que nos llevaría directos a Istán, hicimos un pequeño tour que nos llevó, de la manera más estúpida, hasta Monda, en donde, por fin, dimos la vuelta una vez reseteado el simpático navegador. Total, veinticinco o treinta kilómetros de nada. ¡Pelillos a la mar!

El río Verde, que así se llama, fluye con un más que aceptable caudal teniendo en cuenta la época del año en la que nos encontramos y esto siempre anima a seguir. Eso sí, a partir de aquí, hay que dejar el coche, vadear una cancela bien dotada de cadena y candado y emprender un camino amplio de tierra y piedras con buenas rampas tanto ascendentes como descendentes. Al principio, poco arbolado y solana dura en el cogote, pero, más o menos pronto, se comienza a disfrutar la reparadora sombra de alcornoques, algarrobos, pinos y algún que otro frutal abandonado a su suerte en antiguos huertos ya desaparecidos. El recorrido es de unos cuarenta minutos hasta que, finalmente, se llega a la añorada meta. Charcas y pozas se van haciendo más atractivas y ya es cuestión de seguir avanzando por el propio cauce. Hay que trepar alguna que otra piedra que, al obstaculizar el paso del agua, hacen que esta aumente la fuerza de su fluir creando pequeños saltos precisamente por entre las dichas peñas.

Un escalón salvado, otro más, y enseguida, entre dos majestuosas paredes de piedra, se remansan unas aguas transparentes y verdes que invitan a la zambullida. Aumenta el calado y hay que nadar en demanda del fresco sonido de una bonita caída de agua que se precipita, desde una altura de unos cinco metros, sobre el pequeño cañón.

No hay bulla, de hecho, estamos solos, y el lugar está limpio. Eso en sí ya es una auténtica maravilla y vale la pena disfrutarlo, pero la hora se nos echó encima y había que deshacer el camino hasta allí realizado.

Entonces, ante la pereza de volver a subir y bajar cuestas, pensamos que una alternativa podría ser hacer el regreso a través del propio cauce, total, más mojados no íbamos a estar y, aunque las piedras resbalan de lo lindo, nos pusimos manos a la obra.

Yo no creo que fuera la mejor idea, pues era más que complicado el avance y los resbalones y las caídas se repetían una y otra vez hasta el punto de que, después de algunos raspones, golpes y sustos, antes de que la cosa fuera a mayores, nos pudimos salir para volver en demanda del camino que antes habíamos querido evitar; pero con salto de la reja, almonteño, que nos encontramos con otra cancela alta y bien asegurada que tuvimos que trepar como Dios nos dio a entender.

Llegados a nuestra pick up, del imprescindible botiquín de primeros auxilios que siempre nos acompaña, sacamos dos cervezas heladas que nos reconciliaron inmediatamente con el mundo para emprender de nuevo nuestro regreso con una escala técnica, eso sí, en la maravillosa fuente a la que antes hice expresa mención.

La segunda vez, seguro, todo resultará mucho más fácil, aunque, probablemente, un poco menos excitante, claro.

Para la otra aventurilla montañera, hacer las hoces del río Guadalmina cerca de Benahavis, en un ataque de clarividencia sobrevenida, decidí que la acometiéramos un lunes por aquello de que, entre semanas, la gente tiene que atender obligaciones, trabajo, familia y demás...

Se ve que la misma clarividencia debió iluminar al mogollón de gente que allí nos encontramos al dejar el coche. Aquello era como el Rocío Chico, pero en versión campestre. Muy poco atractiva aquella primera impresión.

Para colmo, aunque en este caso sí había leído algo para conocer un poco de qué se trataba el reto, nos encontramos con que la mayor parte de los guiris que allí se habían concentrado para emular las hazañas de Indiana Jones, iban pertrechados con neoprenos, mochilas herméticas a prueba de agua, cascos, arneses, cuerdas y botas de suela antideslizante. Nosotros, en cambio, íbamos un poco más informales, esto es, camiseta, bañador, botines y una mochila vulgar y corriente dotada en su interior, eso sí, de dos o tres bolsas de Mercadona para proteger mi móvil que, además iba perfectamente «blindado» en una funda plástica de dos euros comprada exprofeso en un chino, la misma que demostró muy pronto que, para ese propósito, proporcionaba igual eficacia que si me hubiera ahorrado los dos euritos...

Pequeña caminata de un kilómetro y medio, aproximadamente, y ya estábamos en el punto de arranque de un trayecto que discurre enteramente por el lecho del río, a veces con poca agua y a veces con largos tramos a realizar nadando a través del angosto cauce que discurre entre altas paredes de piedra en las que no puedes ni agarrarte pues son lisas y muy resbalosas en su parte que toca la lámina de agua.

Como para entrar en el río lo primero que hay que hacer es deslizarse por una pendiente, tipo tobogán de unos dos metros, que te hace caer en una pequeña poza, fue, a partir de ese mismo momento, que mi mochila comenzó a transportar en su interior una ingente cantidad de agua de la que, supongo, las nobles bolsas de Mercadona intentaban defenderse con mucha voluntad y escaso éxito.

Sin embargo, no éramos los únicos que acometíamos la travesía en condiciones aparentemente precarias y esa circunstancia nos fue dando confianza para proseguir, pues, aunque no estuvieran de más los excelentes equipos que la mayor parte llevaban, también es cierto que había un punto de exageración, sin duda motivado por los monitores y guías que hacen su negocio vendiendo experiencias llenas de adrenalina a los mil y un turista que en esta temporada abarrotan la Costa del Sol.

Al ir ganando esa confianza a medida que íbamos avanzando, comenzamos a apreciar en su justa medida un recorrido hermosísimo, nada fácil, si es que te lanzas a lo desconocido en plan Paco Martínez Soria perdido por Madrid con la cabra y un chorizo en la faltriquera, pero, sin lugar a duda, variado, diferente y más que interesante.

Después de muchas dificultades en forma de peñas que hay que trepar para poder seguir avanzando, largas travesías a nado, resbalones e incertidumbre, la traca final la pone un azud o pequeña presa que retiene el agua haciendo posible que, en ese punto haya una profundidad considerable. Es ahí, en ese punto, en donde cobra todo su sentido lo de las cuerdas, mosquetones, cascos y demás, pues, si bien los que van con su guía y su equipo solo tienen que engancharse y hacer un poco de rapel asesorados por sus respectivos monitores, la clase de tropa, sueldos base varios y populacho en general, debe hacer uso de la opción B para salvar los cinco o seis metros que hay al otro lado del muro del azud.

La dichosa opción B, la nuestra, consistía en que, agarrado fuertemente a una cuerda que algún alma generosa allí dejó instalada en un lateral de la presa, hay que deslizarse con mucho cuidado, suavidad y, en algunos casos, con la ayuda de espontáneos voluntarios, por una especie de tobogán de pendiente muy pronunciada que te lleva a una plataforma intermedia en la que puedes apoyar los pies para, desde ahí y de nuevo como si de un tobogán se tratara, arrastrarte dejándote caer, ya sin el apoyo de cuerda auxiliar, en la enésima poza de agua.

Después, ya todo es muy fácil, hay que nadar otro poco y enseguida se llega a una pequeña playa, final del recorrido, en la que poder hacer balance de los efectos de tanta zambullida. En nuestro caso, la temida comprobación terminó con el feliz resultado de que, incomprensible y afortunadamente, se había salvado mi móvil a pesar de los pesares.

Insisto, el lugar es una auténtica maravilla que, a mí, salvando las distancias, me recordó al llamado de los 27 Charcos de Damajagua, en la provincia de Puerto Plata de mi querida Rep. Dominicana. Eso sí, hay que acometer con bastante precaución este recorrido y, a ser posible, mejor disfrutarlo en una época del año en la que no parezca que uno va en romería. Habrá que repetir haciendo uso de la experiencia ganada.

Y así, otra temporada más, va transcurriendo y consumiéndose el verano. Sin que casi seamos conscientes de que también nosotros mismos vamos a bordo.

¡Otra rayita más al tigre!...


1 de agosto de 2026

20 agosto 2026

Un verano para olvidar

Julio Sánchez Mingo


Comenzamos el verano en la Península Ibérica con una ola de calor asfixiante, cuando todavía no habíamos superado el solsticio de verano.

Unos incendios pavorosos de una extensión nunca vista en este paísse cebaron con grandes masas forestales de las provincias de Ávila y Madrid y de otros lugares de la geografía nacional. Sin olvidar que en Francia ardió una superficie considerable del emblemático bosque de Fontainebleau y que en Los Gallardos (Almería) el fuego causó trece víctimas mortales. Se han escuchado opiniones para todos los gustos pero parece que las políticas seguidas en los últimos años dejando el monte a su deriva por falta de inversiones y cuidados, el cambio habido en las sociedades agrarias y en el uso del territorio y el éxodo de la población rural a las ciudades han conducido a estos desastres. Aunque la causa directa del incendio de Ávila fuera el uso, en un lugar y período prohibidos, de una cierta maquinaria, según informaron algunos medios de comunicación.

La avalancha de más de 70.000 jóvenes y niños marroquíes hacia Ceuta, el enclave español del norte de África, dejaron un saldo de, seguramente, más de 100 muertos. Los turbios manejos del sátrapa magrebí, los intereses de la geopolítica internacional, la reacción a destiempo del gobierno de un país que no marcha donde cada cual rema en una dirección diferente y todo cada vez funciona peor, nadie asume responsabilidades, ni gobernantes ni particulares, y los jóvenes que deberían empujar están instalados en un hedonismo consumista que arrasará el planeta si nadie lo remedia, el deseo de mejora de unos inocentes alentados por unas redes sociales manipuladas y manipuladoras, en las que se invitaba a pasar una frontera que se decía abierta y donde no era necesaria documentación, condujeron a la gran carnicería de los más desvalidos y pobres de la ecuación. ¡Hasta una niña de 12 años se cuenta entre las víctimas! La juventud de Marruecos quiere salir de su país, donde la situación económica y social es muy difícil. Según las estadísticas públicas, hay 1,5 millones de chavales entre 15 y 25 años que ni estudian ni trabajan. Y se alcanza la cifra de 4 millones de desocupados si se incluye la población de hasta 35 años de edad.

En España, la crisis ceutí cogió a muchos ciudadanos haciendo las maletas para salir de vacaciones. Menudo contraste tan aterrador. Unos a disfrutar y otros a la morgue. Sin olvidar a los subsaharianos que vagan por el Magreb huyendo de la miseria, las enfermedades el ébola está descontrolado y las guerras que asolan tantas regiones de África, que aprovecharon la coyuntura para pasar a Ceuta y terminaron durmiendo al raso en la playa del Trampolín, donde empezaron a ser desalojados tres semanas después para ser cobijados en espacios más acordes a la condición humana. Y todo en un ambiente de crispación y enfrentamiento político y social en España que no nos lleva a ninguna parte, a nada positivo, sólo al abismo.

La relación de Marruecos y España es una vieja historia de conquista, colonización, exterminio con agente mostaza y explotación. Romanones y Primo de Rivera esquilmaron sus escasos recursos naturales. El dictador jerezano los hacía gasear mientras se solazaba en Villa Rosa de la plaza de Santa Ana de Madrid. Franco los aprovechó como carne de cañón en la Guerra Civil y para su tristemente famosa Guardia Mora. Ahora los semiesclavizamos bajo los plásticos de El Ejido, en la cosecha de la fresa de Huelva o para las más duras tareas del campo. Pobre pueblo marroquí, siempre víctima de su sultán o de la codicia española.

Bajo el tratamiento informativo de este lamentable y tristísimo suceso subyace un racismo exacerbado, que responde al mismo sentimiento de una parte nada despreciable de la ciudadanía española y del resto de Europa. Parece que sólo importa la integridad nacional y el mantenimiento de nuestro nivel de vida y no nos preocupan nada tantos muertos en la frontera y la pobreza de países paupérrimos, aunque intrínsecamente ricos, cuyos recursos Occidente, Rusia y China no cesan de explotar.

 

2026-08-03 Bernat Armangue - AP Photo - El País. Un menor no acompañado de 12 años es conducido por un militar a la frontera con Marruecos, mientras el adolescente le ruega no ser deportado.

 

Parece que estamos viviendo un fin de época, inmersos en una decadencia que el sistema capitalista extremo no cesa de alimentar y que no sabemos adonde nos conducirá. En muchos aspectos y para grandes bolsas de ciudadanos el futuro no es nada prometedor. Como he escrito más arriba, la juventud se muestra desnortada y pareciera que sólo le interesa el consumismo desaforado. El pesimismo cunde en toda Europa. Este verano en Pavía, el propietario de un hotel de cuatro estrellas me comentaba que en su ciudad, donde me subrayaba que no hay turismo a pesar de albergar una joya arquitectónica como su célebre Cartuja han cerrado en los últimos tiempos doscientas tiendas. ¿Cómo los pequeños propietarios inversores asumen esas pérdidas? Sus empleados que engrosarán las cifras de desempleo ¿encontrarán otra ocupación? Según mi interlocutor, esta capital de provincia, muy cercana a Milán, subsiste gracias a su universidad, una de las más prestigiosas de Italia, con 25.000 estudiantes, y a su magnífico hospital, de referencia para todo el país. A él le va bien su establecimiento, que se alimenta de los viajeros de negocios, pero no cobra por habitación doble más de 175 € por noche, con un abundantísimo desayuno muy rico en magníficas frutas variadas algo insólito en los tiempos que corren, pues generalmente predomina la alimentación para guiris, donde priman las grasas, que son muy baratas—. Pero me remarca que en la cercana Como —que se ha convertido en una meca del turismo desde que se mostrara en redes sociales la mansión de un actor y su mujer a orillas del homónimo lago—, piden 500 € por habitación y noche en un alojamiento de características similares al suyo. El turismo masivo todo lo altera y distorsiona, desde el mercado laboral al mercado inmobiliario, al mismo tiempo que los estándares de calidad de la acogida y la hostelería caen en picado.

Una persona muy cercana a mi, que vive y trabaja en México, que viaja por trabajo y placer por medio mundo, estuvo de vacaciones con su familia en la Costa del Sol y Sotogrande en el mes de julio. Después pasaron al Algarve portugués. Su experiencia como visitante y consumidor en esos lugares tan demandados del sol y playa español ha sido absolutamente negativa. Precios disparatados, baja calidad de la comida en locales, a priori, selectos, mal servicio, camareros desbordados y tensionados, plenos de chulería y falta de amabilidad y educación al dirigirse al cliente. Le llamó la atención que prácticamente todo el personal que hacía gala de ese comportamiento era autóctono. En Portugal todo cambió. Amabilidad a raudales y una comida excelente basada en un pescado magnífico y sabroso. Y, por supuesto, precios asequibles. Algo se está haciendo muy mal en nuestro país, donde los salarios de la hostelería en las grandes ciudades y los polos turísticos son muy bajos y hay empresarios de ese sector que ganan demasiado dinero. La desigualdad galopante que caracteriza la economía española y condiciona su estructura social.

El calor constante y excesivo ha dominado el verano en nuestro entorno peninsular y en otras latitudes y se ha convertido en el protagonista de todas nuestras conversaciones. Ni siquiera le han hecho sombra el eclipse —ejemplo de sombra absoluta— ni los muertos de Ceuta. Lamentablemente, hemos de suponer que su persistencia y desmesura se repetirán los próximos veranos.

Ahora toca esperar un futuro a corto plazo poco prometedor, donde las guerras del ruso, el gringo y el sionista, más los conflictos civiles en tantos lugares, seguirán abonando la tierra de muertos, dañando directa o indirectamente a casi toda la humanidad, para beneficio desmesurado de unos pocos. Y, de propina, la caldera de la mar en ebullición nos traerá unas perniciosas tormentas y lluvias otoñales.


10 agosto 2026

El veraneo de un jubilado

Julio Sánchez Mingo

A Andón, el niño Muñoz y Ughino


J. S. M.

A partir de una cierta edad, según se van cumpliendo años, vuelven a entretenerte aquellas cosas sencillas que ocupaban tu tiempo de joven, adolescente y niño. Supongo que por ello muchos abuelos se entienden tan bien con sus nietos, les gusta jugar con ellos y divertirse con inocentes correrías. Además, importa un bledo lo que diga o piense la gente. Lo que se trata es de ser feliz, como lo eran el otro día unos chavalines con un señor, más que mayor, a los que vi en el puerto pescando pececillos. Me trajo a la memoria cuando, con nuestros trece años, un vecino francés nos llevaba a mi amigo Ugo y a mí a pescar al curri curricán, cacea en el Cantábrico por la bahía de Altea, con su barquita dotada de un motorcillo de un caballo y medio.

En verano, en la playa, íbamos a todas partes andando. No todos teníamos bicicleta. Algunos dieron el salto directo del coche de San Fernando* al vehículo contaminante y ruidoso, dotado de motor de explosión. Ahora, también voy a cualquier lugar andando o en una bicicleta que tiene un solo piñón, no tiene cambio. El trasto contaminante lo reservo para acudir los martes al mercadillo de frutas y verduras y cargar género para toda la semana. El resto del tiempo lo pasa bronceándose todo el día al sol. El pobre ingenio mecánico también tiene derecho a volver tostadito a Madrid.

Una noche, en tiempos de Franco, volvíamos a casa en bici haciendo eses por la parcheada carreterilla de la playa cuando, de improviso, detrás de un cañaveral, nos salieron dos siniestras figuras apuntándonos con una linterna y dándonos el alto. Era una pareja de la Guardia Civil, con sus correspondientes mosquetones colgados al hombro. Nos pidieron la documentación, que no teníamos, y nos preguntaron que adonde íbamos. A casa, ahí al lado respondimos. Yo creo que ante la presunción de poder meterse en camisas de once varas y salir más trasquilados que nosotros, nos dejaron ir. ¡Menudo vecindario teníamos!

Estos días, mi mayor diversión y entretenimiento es plantar árboles y regarlos y cuidarlos. Unos directamente obtenidos de semilla, otros comprados, prácticamente brinzales, en vivero. Cada ejemplar procuro dedicarlo a una persona. Me ayudan en estas lides Andón, un búlgaro fortachón, que aporta fuerza bruta cuando hay que darle a la azada en un terreno duro los demás ya no tenemos la espalda para bromas y el niño Muñoz, que pasa los veranos más cerca del cielo que de la tierra. De hecho, duerme todas las noches a cuarenta y tres metros sobre el suelo. Las tareas que hay que realizar para practicar esta afición son bastante variopintas y en muchas ocasiones hay que desarrollar imaginación y buscarse la vida como cuando de chaval estabas todo el día en la calle, de la ceca a la meca, ojo avizor para tomar y aprovechar cualquier cosa que encontraras y te fuera de utilidad. Así, el almocafre se pide prestado. Los tutores se obtienen de cañas, utilizando un palo viejo de escoba, o, el último, de una rama rectilínea de una odiosa especie de acacia invasora, que alguien había cortado y tirado en la carreterilla que pasa por detrás de casa. A un extremo, para clavarlos en el alcorque, se le da forma puntiaguda con la tijera de podar, con la que también se eliminan, si es preciso, las ramillas laterales de la pieza que sostendrá el arbolillo cuando sople la fuerte brisa de levante que viene de Ifach. Para sujetarlos al tronco se les ata con tiras de goma que se obtienen cortando cámaras viejas de neumático de bicicleta. Son elásticas y, si no se anudan apretándolas fuertemente sin holgura, no dañarán la corteza del tallo de la planta.

Habrá que ver a un jubilado trepar por los bancales bajo el mirador Blanco de Altea, arañándose con los rosales, y deslomarse para conseguir un hoyo de tamaño y profundidad adecuados que acoja una jacaranda con su cepellón, desarrollada de semilla adquirida en los viveros de Chochimilco. Nada de comprar mantillo en un centro de jardinería, un mercadillo, un supermercado o un vivero. El más barato lo ofrece, en su gigantesco bazar, Mateo, un chaval chino de unos treinta años, nacido en Italia, que habla y se expresa en español mejor que la mayoría de sus clientes locales.

A Nikol, la hija pequeña del atlético y fornido búlgaro, le hace mucha gracia el nombre científico del madroño a ella dedicado: Arbutus unedo. Unedo procede de edo, comer en latín, y unus, uno. Es decir, comer sólo uno, que alude a la propiedad de emborracharse con sus frutos si se abusa de ellos o desarrollar una diarrea tremenda. Al madurar fermentan y contienen alcohol. Menudos quebraderos de cabeza nos ha producido el dichoso arbolito. Al plantarlo, en una jardinera de un mirador con espectaculares vistas sobre la bahía que ocupó una palmera seca y talada de la que sólo queda el tocón, descubrimos, al cavar su alojamiento definitivo, los italianos dicen con buen criterio mettere a dimora a la acción de plantar— que salvo el diámetro estricto del ejemplar muerto, toda la tierra reposaba sobre el solado primigenio de ese espacio turístico. Habían construido un murete circular sobre unas baldosas y habían rellenado de tierra su interior. Con treinta centímetros de sustrato, la planta no sería viable por falta de drenaje y de espacio para desarrollar sus raices. Al final, los bañistas que se dirigían el otro sábado a la playa miraban, entre asombro y conmiseración, a una pareja de descerebrados trabajando, bajo un sol de justicia, para perforar el suelo y dotarlo de unos orificios por donde escurra el agua y penetren las raíces. Ello a base de maza, un redondo de acero, a falta de cortafrío, y fuerza física. Realmente, como siempre sucede en España, el jubilado miraba y el búlgaro se dejaba el alma con cada martillazo.

En los primeros años de la vida de un árbol, el riego es fundamental. Especialmente si el verano es tórrido y no llueve ni gota. Así que una de las tareas que ocupa horas al que suscribe y sus desprendidos colaboradores es el riego, con mayor desorden y poca coordinación, de tres algarrobos, una jacaranda y un madroño. Para evitar accidentes y tener que trepar por el lugar que ocuparon los antiguos muros defensivos de Altea, la jacaranda se irriga desde una altura de unos tres metros, en un alarde de puntería y precisión. ¿Qué pensarán los turistas apostados en el mirador Blanco cuando ven a unos vejestorios vaciar una botella de litro y medio de agua en el vacío, porque la planta no es visible desde arriba? Eso sí, lo más reconfortante y anhelado es el desayuno de los sábados, a la vuelta de alguna de las tareas impuestas por esta bonita afición, que me devuelve a los años del zascandileo.


* Coche de San Fernando: Un ratito a pie y otro andando.

04 agosto 2026

La foto del verano

Julio Sánchez Mingo


J. S. M.

Paseo marítimo de Altea, provincia de Alicante, España. Primero de agosto.

Cuatro señoras charlan animada y cordialmente. Creo que lo hacen en árabe. La lengua rifeña me suena más dura y seca. A sus pies, apoyadas en el suelo, las bicis de sus hijos, que ahora juegan al fútbol. Uno de ellos, de alrededor de diez años, se acerca un instante y se dirige a su madre en un español de acento tan castizo como el mío.

Sus tocados no sé si son una imposición machista de sus familias o una herencia cultural. No puedo saberlo, porque no las conozco ni sé de sus circunstancias. Eso sí, todo lo que sea contra su voluntad, malo.

Al ponerse en pie y caminar, muestran una acusada elegancia natural.

Me reconforta admirar esta plácida escena veraniega.

13 julio 2026

Finalista del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

El chico del tren

Alba Rodríguez García



Subí al tren como cualquier otro día, con esa mezcla de urgencia y cansancio que parece venir incluida en la cuota del abono transporte de Madrid. El vagón estaba lleno de esas caras conocidas desde el anonimato: gente mirando el móvil, gente mirando al suelo. Ese silencio peculiar en medio del jaleo del transporte público, donde lo único que compartimos es el espacio.

En la siguiente parada subió un chico que compartía su música en los vagones del tren, pero desde que lo vi entrar supe que no era uno más. Aquel chico moreno, con sus trenzas perfectas y sus dientes blancos, entró en el vagón con una calma luminosa.

Se agarró a la barra, tragó saliva y comenzó a improvisar.

No sé qué tenía su voz, si era el ritmo de la música, la gracia o simplemente la energía, pero algo cambió en aquel vagón. Su entrada fue como si alguien encendiese una luz que nadie sabía que estaba apagada.

Una señora no paraba de reírse y comentó que ojalá hubiese más gente así, llena de alegría. Un chico le dedicó una mirada de complicidad, con la sonrisa puesta. Por una vez, un vagón entero tenía en común algo más que el cansancio. Durante un par de minutos, seguimos hablando como si nos conociéramos de toda la vida y ese chico hubiese despertado nuestra parte más amable.

Y lo más bonito fue que todos nos miramos. Eso, que en Madrid es un acto casi revolucionario.

Mirarnos. Reconocernos. Aceptar que, por un instante, teníamos algo en común.

El chico improvisaba sobre el transporte público, sobre la vida y sobre nosotros; porque sí, ese chico nos dedicó unas rimas a cada uno, provocando carcajadas, y cada verso era una invitación a bajar la guardia. A recordar que seguimos siendo humanos incluso cuando estamos en piloto automático.

Mientras improvisaba, pensé lo peculiar que es la vida, que te regala la sonrisa de un extraño cuando menos la esperamos. En una ciudad donde cada uno va a lo suyo, donde la prisa nos come y el ruido nos anestesia.

No fue un concierto, ni un espectáculo, ni un acto heroico. Fue algo mucho más sencillo y, por eso mismo, más valioso: un momento compartido.

Cuando terminó, algunos aplaudieron tímidamente. Otros le dieron una moneda. Él sonreía agradecido y se bajó en la siguiente estación.

Me has alegrado el día —le dije con una sonrisa que él me devolvió.

Madrid tiene estas cosas: te exige, te empuja, te agota. Pero de vez en cuando te regala un instante así, pequeño y casi luminoso, que te recuerda por qué sigues aquí. Un instante en el que un chico que rima a cambio de unas monedas consigue que un grupo de desconocidos parezca un grupo de amigos riendo, en una comunidad.

Y, en una ciudad como esta, eso es un milagro.

Entonces el vagón volvió a su silencio habitual, como si nada hubiera pasado. Pero si había pasado, yo podía sentirlo en mi pecho y estoy segura de que muchos que allí estaban también.

04 julio 2026

Creadores de dolor

Julio Sánchez Mingo

 


Hoy se cumplen doscientos cincuenta años de la Declaración de Independencia de los EUA. Un documento lleno de hipocresía y contradicciones que no invita, precisamente, a ninguna celebración. En el preámbulo se afirma que todos los hombres son creados iguales y que el Supremo Hacedor los dota de derechos inalienables como son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, la mayoría de los firmantes poseían esclavos. Desde el principio, esa sociedad se sustentó en la apropiación de los recursos y las tierras de los indígenas hasta su casi total exterminio, la explotación de siervos africanos en régimen de esclavitud y el trabajo de inmigrantes europeos pobres. Desde entonces ese grupo de pioneros se ha convertido en una nación que genera infinito dolor a tantísima gente, ya sea dentro de sus fronteras como más allá de ellas. Para defender sus espurios intereses económicos actúan en cualquier lugar del planeta, quinientas veces desde 1776, de las cuales un tercio desde 1999. Para ellos no existe el prójimo igual, al que hay que respetar y dejar vivir en paz. Se creen con derecho a intervenir en países dominados por dictaduras execrables que, al sentirse acorraladas, se radicalizan redoblando la represión sobre sus desgraciados ciudadanos. El ejemplo paradigmático es Cuba, a la que nos unen tantos lazos afectivos.

Las consecuencias de esa máquina de producir dolor las repasé someramente en mi artículo Gringolandia: 250 años, del pasado 23 de febrero. Poco hay ya que añadir.

 

25 junio 2026

Finalista del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

Bajo las aguas

Cristina Manías Fraile

 


Argusino, el pueblo que quedó enterrado bajo las aguas. El lugar cuya sola mención provocaba lágrimas en los ojos de mis abuelos y una inmensa tristeza que les dejaba sin aliento.

A veces, cuando alguien en casa mencionaba esa palabra, mi abuelo se retiraba a su dormitorio y no salía en varias horas. Mi abuela se metía en la cocina y se concentraba en realizar tareas para ahuyentar las penas. Yo me iba tras ella y me sentaba a su lado a hacerle compañía, mientras ella iba desgranando, entre suspiros, pequeños recuerdos de la vida en el pueblo.

Hace años que mis abuelos fallecieron y ya no se había vuelto a hablar en casa de Argusino. Hasta este verano, cuando salió en las noticias que debido a la intensa sequía y a la acción devastadora de las compañías energéticas que vacían los pantanos para obtener mayores ganancias con la generación de electricidad, algunos se habían quedado con las aguas muy bajas, dejando al descubierto los restos de las antiguas poblaciones que habían quedado inundadas. Entre ellos el pantano de Almendra, aquel bajo cuyas aguas yacía el pueblo de Argusino.

Le estuve dando vueltas durante varios días. Era una buena oportunidad para visitar aquel lugar del que tanto había oído hablar, al que mi familia nunca quiso volver porque preferían recordar cómo había sido en el pasado. Pero eran muchos kilómetros y no sabía realmente lo que me iba a encontrar ni qué sentimientos iba a despertar en mí esa visita.

Después de meditarlo, me decidí a ir hasta allí y conocerlo, tal vez para cerrar ese capítulo de la vida de mi familia que aún seguía abierto. Cogí el coche y puse rumbo al sur de la provincia de Zamora, a aquel lugar donde mis abuelos habían crecido, vivido y amado, donde un día las aguas enterraron su pasado.

Tras varias horas al volante llegué a los miradores de la presa de Almendra. El gigantesco pantano había recibido el nombre de una localidad salmantina cercana. Como si quisieran borrar para siempre la memoria del pueblo inundado y desaparecido, ni siquiera le habían dado su nombre a las aguas que lo cubren.

La presa era enorme, sobrecogía su visión. Doscientos dos metros de altura, la más alta de Europa Occidental cuando se construyó en 1967. Cuando el embalse estuviera lleno debía ser todo un espectáculo. Incluso ahora que el nivel estaba bajo mínimos, era impresionante ver una masa tan inmensa de agua.

A continuación, dando un gran rodeo, fui pasando por otros pueblos, carreteras y caminos para acercarme a las ruinas de Argusino. Localicé el punto más cercano, aparqué el coche y me adentré a pie, acercándome a la orilla.

Algunos curiosos, como yo, habían ido a ver los restos emergentes del antiguo pueblo. Allí estaba lo que quedaba de Argusino: los muros semiderruidos de la iglesia, de los corrales y viviendas, los trazos de las calles y la gran losa con la que cubrieron el antiguo cementerio, cuyos restos se negaron a trasladar, por lo que simplemente echaron encima una gruesa capa de hormigón para que los muertos no salieran flotando por las aguas del pantano.

Me adentré en las calles y caminé entre las ruinas, casi con temor reverencial, sin atreverme a tocar nada, como si estuviera profanando un lugar sagrado.

Traté de imaginar cómo serían las casas, los balcones, el pueblo vivo, con gente y animales. Esta pared tal vez sería de un corral, ésa de una vivienda, aquella pertenecería a la taberna o a la tienda de comestibles. Los edificios más grandes serían la iglesia y la escuela. Casi hasta me pareció escuchar los ecos de las risas de los niños al salir de clase.

A la vista de aquellas ruinas decadentes que veían la luz por primera vez en muchos años, comprendí el dolor de mis abuelos. Me senté en unas rocas a la orilla del agua y empecé a hilar aquellos retazos de historias que mi abuela contaba con voz queda, casi hablando para sí misma, tejiendo el lienzo de cómo era la vida en el pueblo. El duro trabajo en el campo, siguiendo las estaciones del año. Cuando sus padres iban a arar la tierra y a sembrar el cereal, ella les ayudaba desde bien pequeña. También aprendió pronto a segar con la hoz y la guadaña. Me contaba recuerdos de dar vueltas encima del trillo, sobre la parva, para separar el grano de la paja. Y moliendo el trigo en el molino, a la orilla del río. El duro trabajo de la huerta, tan agradecido por la generosidad de aquellas tierras regadas con las aguas del Tormes, pero que tantos sudores y esfuerzos precisaban para dar fruto. Y lo que más le agradaba, el pastoreo del ganado, cuidar de las vacas, cabras y ovejas; la rica leche de vaca recién ordeñada, la dulce miel que extraían de las colmenas, el aroma del pan recién amasado en el horno de leña. Una vida muy dura, pero plagada de buenos recuerdos.

Y me hablaba de la escuela, de las misas y procesiones, de los juegos y canciones, de los bailes, de la armonía que existía y la ayuda mutua que se brindaban los vecinos de aquel pequeño pueblo donde todos se conocían.

También me contaba de cuando habían llegado señores de la ciudad a realizar mediciones y fotos del paisaje. Al principio, la gente Argusino no entendía nada. Incluso les guiaban cuando les pedían ayuda para visitar algún paraje, desconocedores de que se estaba decidiendo su destino.

Las noticias llegaron un tiempo más tarde. Avisos de que tenían un plazo ya determinado por las autoridades para abandonar sus tierras y sus hogares, su vida, porque el pueblo iba a desaparecer en beneficio del progreso. Y la miserable cantidad que les daban por sus casas y por sus terrenos. ¿Y por su vida, cuánto les daban por ella? No había posibilidad de quedarse en el pueblo, de trasladarse a una zona más alta y construir una nueva casa. Todo el término iba a ser inundado, así que tenían que emigrar a la fuerza.

Mi familia fue de las que estuvo aguantando hasta el último momento, con el cándido anhelo de que un milagro cambiara los planes y pudieran quedarse en su tierra. Pero el milagro no se produjo y para los que se quedaron hasta el final, les dieron únicamente treinta y dos horas para recoger sus cosas y marcharse. Treinta y dos horas para empaquetar toda una vida, meterla en un carro y salir a buscar un nuevo lugar donde vivir.

Las treinta y dos horas más tristes de su vida, despidiéndose de los vecinos y familiares, sin saber si volverían a verse. Despidiéndose de las casas, de las huertas, de las fuentes y caminos, de los árboles, de cada rincón del pueblo. Despidiéndose de los muertos, de los padres y abuelos enterrados a los que no podían llevarse con ellos, que se quedarían para siempre durmiendo el sueño eterno bajo las aguas del pantano.

Ante la impotencia de los vecinos, la empresa dinamitó la antigua iglesia y derribó los muros de las casas dejando tras de sí un desolado paisaje. Ya no había vuelta atrás.

La caravana de carros partió en silencio para un viaje sin retorno. Solo se oía el estruendo de las ruedas en el camino y de vez en cuando el aullido de los perros, que parecían intuir lo que ocurría y se despedían del valle.

Cada familia había cargado sus escasas pertenencias en un carro tirado por vacas. Los colchones de lana enrollados, alguna silla, mantas, los platos, las cazuelas, la escasa ropa, las azadas, hoces y guadañas. Mi abuela metió también un recuerdo de su infancia, la muñeca de trapo que, años atrás, ella misma había elaborado, el que había sido su único juguete. En algún lugar del camino la muñeca se perdió y no volvió a verla nunca más.

Algunas personas se quedaron en algún pueblo cercano donde tenían familiares. Otras, la mayoría, malvendieron las vacas, los carros y los pocos muebles que habían podido llevarse y compraron billetes de tren para viajar a diversas ciudades, donde les habían dicho que hacía falta mano de obra y podrían empezar una nueva vida.

Una parte del dinero de la indemnización se la gastaron en los billetes. El resto, para intentar abrirse paso en la gran ciudad que eligieron. Tuvieron que empezar de cero. Con poco dinero, sin trabajo, sin conocimientos, sin familia ni amigos cerca. Y lo que es peor, sin un lugar al que poder volver, porque en el sitio donde alguna vez estuvo su hogar, ya solo iba a haber un inmenso mar anegándolo todo.

Eso fue lo más duro, la intensa sensación de desarraigo al no tener un lugar al que poder regresar.

Después de haber oído tantas historias y habiendo transcurrido tantos años, por fin estaba allí, sentada en la orilla del pantano, comprendiendo por primera vez cómo se sentían mis abuelos y por qué nunca habían querido regresar, porque el dolor de ver su tierra desaparecida bajo las aguas era demasiado intenso para poder soportarlo.

Casi sin pensarlo, agarré una pequeña piedra y la lancé fuerte contra el agua. Y luego otra. Y otra.

Y seguí tirando piedras, cada vez con más rabia, con las lágrimas brotando de mis ojos. Le tiraba piedras al dolor, a la tristeza, a la angustia… Y a esa idea del progreso que se suponía que era beneficioso para todos, pero que tanto dolor causaba a algunas personas, a algunos pueblos, ante la indiferencia de los que desde arriba tomaban las decisiones.

Por un momento, sentí que mis abuelos estaban allí conmigo, lanzando piedras al agua para arrojar lejos de sí las penas, las lágrimas, el rencor y la rabia que habían acumulado por toda una vida lejos del que había sido su hogar.

Y llegó un momento en que me quedé tranquila, como si aquella pesadumbre que cargaba mi familia a la espalda hubiera salido despedida con la última de las piedras arrojadas.

Al atardecer, decidí coger el coche y emprender el camino de regreso a casa. Y mientras avanzaba por la carretera, alejándome del pantano, las oí. Al principio creí estar soñando. Paré el coche y bajé la ventanilla. El sonido llegaba lejano, pero claro e inmenso, salvando la distancia, salvando el tiempo, más de cincuenta años después de que el corazón de aquel pueblo dejara de latir.

Eran las antiguas campanas del templo de Argusino que tañían en la distancia despidiéndose.

 

15 junio 2026

 

Obra ganadora del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

 

Torda

Manuel Alejandro del Rosario Urbín



Huele igual. Después de más de medio siglo, el metro huele igual. A hierro caliente, a polvo de cemento, a ese aire que no es aire de verdad porque nunca toca el cielo. La chica de la entrada me ha dicho que la visita empieza en veinte minutos. He bajado el primero. Las piernas ya no bajan escaleras como antes, pero estas las bajo despacio, no por las rodillas: por lo que hay abajo.

Los azulejos blancos de la bóveda brillan como el primer día. Alguien los ha fregado, lijado, vuelto a colocar los que se partieron. Los carteles de cerámica anuncian productos que ya no existen. Colonia Gal. Fajas Madame X. Bombillas Philips, con una V de voltaje. Todo restaurado, impecable, como si el tiempo aquí fuera un decorado. Hay un cartel con las tarifas de finales de los sesenta: tres pesetas el billete sencillo. Debajo, en una vitrina, las planchas de zinc donde se imprimían los abonos.

La gente del grupo se acerca, fotografía, asiente. Yo me quedo al fondo. No he venido a ver azulejos. He venido porque esta estación clausurada es lo único de aquel metro antiguo que han dejado vivo, o que fingen que está vivo. Sé que esto es la línea 1 y yo estaba en las obras de la 5, pero quería comprobar si aquí guardaban algo de lo nuestro. De lo de abajo de abajo. Donde no llegaban los viajeros ni los revisores ni la luz. Donde trabajábamos los muleros.

En el 68 empecé. Diecisiete años. Mi padre conocía a un capataz del tramo de Callao a Carabanchel y me dijo que necesitaban gente para bajar con los animales. Yo no sabía que había animales bajo Madrid. Todavía lo sabe poquísima gente.

Las mulas llegaban en montacargas. Se las subía a una plataforma de madera, se les vendaban los ojos y para abajo. Quince metros, veinte, dependiendo del tajo. En los túneles del método belga las enganchábamos a las vagonetas cargadas de escombro y las guiábamos por las vías provisionales hasta el pozo de extracción. Seis horas. Tres turnos. Catorce mulas. La única luz eran bombillas desnudas colgadas del entibado cada treinta pasos. Lo demás, la linterna del casco y el olor a animal mojado.

El suelo era grava suelta que se te metía en las botas y te destrozaba los pies. A las mulas, entre los cascos. Yo les sacaba las piedras con un gancho después de cada turno, con las manos siempre cortadas.

La que mejor recuerdo se llamaba Torda. Gris ceniza con manchas blancas en la grupa, como si alguien le hubiera echado harina. Era más grande que las otras y más callada. Las mulas hacen ruido cuando están nerviosas: bufan, patean, rozan la cabeza contra la pared. Torda no. Caminaba como si aquello fuera lo único que existía. Supongo que para ella lo era.

Ninguna vio nunca el sol. Bajaban jóvenes, trabajaban a oscuras y cuando ya no podían tirar, las subían y al matadero. Pero Torda tampoco subió nunca. Se desplomó un día de febrero, entre Oporto y la boca del pozo. El polvo que levantó tardó en posarse. La vagoneta seguía enganchada. El veterinario dijo que fue el corazón. Yo digo que los pulmones. Ahí abajo, el aire era polvo con nombre de aire.

La guía del museo explica que Antonio Palacios diseñó la estación en 1919. Azulejo biselado sevillano. Blancos y azul cobalto para dar luminosidad. Habla bien, con fechas, de carrerilla. Sabe lo que pasaba aquí arriba, en la parte bonita. El andén, las taquillas, los tornos. Es joven, lleva una carpeta con el logo de Metro y unas zapatillas blancas que rechinan en los baldosines.

Le pregunto si tienen algo sobre las mulas.

¿Perdone?

Las mulas de carga. Las que arrastraban los escombros en las obras. Hasta finales de los sesenta. Se queda un momento callada, descolocada. Pasa una hoja de la carpeta, como si la respuesta estuviera impresa ahí.

Eh... No. En esta exposición no nos consta. Quizá en la Nave de Motores de Pacífico... ¿Quiere que le busque la dirección?

Le digo que no hace falta.

El grupo avanza. Yo me quedo frente a un panel de Cementos Portland. Sesenta años ahí. Nadie lo arrancó, ni lo tapó, ni lo rompió. Un anuncio de cemento cuidado con mimo. De las catorce mulas, nada.

Me acerco al borde del andén. Las vías están ahí, y cada pocos minutos un tren pasa a toda velocidad sin parar. Un golpe de viento y metal que hace vibrar el suelo. El grupo se aparta riendo. Sacan los móviles para grabar la nada.

Cuando el tren pasa, cierro los ojos. Tres segundos. No oigo el tren. Oigo la vagoneta. El chirrido del eje contra el riel provisional. Los cascos de Torda sobre la grava. Mi voz, diecisiete años, diciéndole arre con un hilo de voz porque en el túnel no se gritaba; los gritos asustaban a las mulas, y una mula asustada en un espacio de tres metros era un problema de verdad.

Abro los ojos. El andén. Los azulejos. La guía. Un hombre de mi edad se inclina hacia mí.

Impresionante, ¿verdad? Como una cápsula del tiempo.

Le miro las manos. Limpias. Uñas recortadas. Le digo que sí, impresionante. Yo todavía sentía aquellos callos en las palmas tantos años después de dejar el túnel.

Al final del turno me quedaba un rato con Torda en el establo improvisado de la galería —cuatro tablones, un cubo de agua, un comedero de chapa— rascándole el morro, porque nadie más lo hacía. Ahí abajo, sin sol y sin ruido, el mundo tenía un tamaño que yo podía entender.

Subo a la calle. El sol de febrero me da en la cara. Me detengo en la acera de Santa Engracia. Una mujer pasa con un cochecito. Un repartidor aparca sobre la acera. Debajo de mis pies, a veinte metros, un tren lleno de gente cruza a ochenta por hora el mismo subsuelo donde Torda caminó a oscuras durante tres años, donde yo caminé detrás de ella, los dos bajo la misma bombilla, haciendo una sola sombra.

 


 

PD. En la proclamación de Torda como texto ganador, Ester Patiño cantó "Los cuatro muleros", canción popular española, que Federico García Lorca recogió, grabó e interpretó al piano acompañando la voz de La Argentinita. La base musical utilizada por Patiño es la de Lorca. Milagros de la digitalización.



28 mayo 2026

La buena muerte

Julio Sánchez Mingo




No todo el mundo muere igual. No es lo mismo expirar dulcemente, en casa, o en una residencia, con cuidados paliativos o incluso sedado, con tratamientos apropiados brindados por profesionales y al calor de la familia, que en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables que se prolongan durante días, incluso semanas. Afortunados son los que fallecen de súbito, inesperadamente, sin llegar a sufrir —por ejemplo a causa de un infarto— aunque ello sea muy traumático y desgarrador para sus deudos.

Lamentablemente, la situación socioeconómica condiciona mucho la calidad del tránsito, tanto por la ayuda y el soporte que profesionales y familiares puedan aportar como por el entorno donde se desarrolla el último viaje. Imaginemos la mansión de un millonario, en un acantilado con vistas al Pacífico, incluso con helipuerto, o un pisito de 50 metros cuadrados en un barrio obrero de Madrid, donde conviven hacinadas tres generaciones, o un piso patera repleto de inmigrantes, con niveles de intimidad, salubridad e higiene mínimas, donde los residentes ni se conocen ni siquiera hablan la misma lengua. No quiero pensar en tantas muertes horribles que se suceden a lo largo y ancho del mundo en lugares de pobreza y miseria infinita o en situaciones límite propias de noticiarios de sucesos, como sesiones de tortura en mazmorras lúgubres e infectas. O en el triste final de los reclusos del manicomio Colonia de Barbacena en Brasil. 

No solo la forma de vivir nos distancia a unos y a otros  sino también la forma de morir.  Como humanos que somos, todos merecemos una buena muerte, lo que se llama una muerte digna, que debería ser un servicio social imprescindible y universal. Nos atienden entre algodones a la llegada, cuando nacemos y, por la misma razón, deberíamos ser mimados cuando nos vamos. Como es una situación por la que indefectiblemente hemos de pasar todos, cuánto nos ayudaríamos a nosotros mismos si las administraciones sanitarias y sociales ofrecieran las prestaciones asistenciales adecuadas a cada caso, de forma plena y bien regulada, independientemente del lugar de residencia o del patrimonio o los ingresos del paciente. Somos tan necios que, en países relativamente ricos como el nuestro, estamos apoyando con nuestro voto la desaparición de un bien preciadísimo: la sanidad pública universal gratuita, un logro social heredado de las sufridas generaciones anteriores. 

Algo que ennegrece mucho el último viaje de una persona es la mala relación personal entre miembros de la familia: padres e hijos que no se ven, hermanos que no se hablan. También la presencia de esos buitres que esperan el óbito para salir corriendo con el dinero o los bienes de la herencia, lo que causa una tensión y un mal ambiente repugnantes. Esos cuchicheos, esas tomas de posición, esas alianzas que hemos contemplado en persona o que hemos leído relatadas o representadas de forma magnífica en un escenario o una pantalla, ¡que deplorables son! En ocasiones, hasta el moribundo capta todos esos movimientos, lo que acrecienta grandemente su malestar.

Una buena muerte, especialmente en su aspecto afectivo, nos la tenemos que trabajar todos los días de nuestra vida con nuestros allegados, manteniendo siempre relaciones afectuosas con todo el mundo. Así nuestro final podrá ser, si no feliz, porque parece que en nuestra cultura ello es imposible, al menos plácido y transcurrir en un ambiente de paz.