25 junio 2026

Finalista del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

Bajo las aguas

Cristina Manías Fraile

 


Argusino, el pueblo que quedó enterrado bajo las aguas. El lugar cuya sola mención provocaba lágrimas en los ojos de mis abuelos y una inmensa tristeza que les dejaba sin aliento.

A veces, cuando alguien en casa mencionaba esa palabra, mi abuelo se retiraba a su dormitorio y no salía en varias horas. Mi abuela se metía en la cocina y se concentraba en realizar tareas para ahuyentar las penas. Yo me iba tras ella y me sentaba a su lado a hacerle compañía, mientras ella iba desgranando, entre suspiros, pequeños recuerdos de la vida en el pueblo.

Hace años que mis abuelos fallecieron y ya no se había vuelto a hablar en casa de Argusino. Hasta este verano, cuando salió en las noticias que debido a la intensa sequía y a la acción devastadora de las compañías energéticas que vacían los pantanos para obtener mayores ganancias con la generación de electricidad, algunos se habían quedado con las aguas muy bajas, dejando al descubierto los restos de las antiguas poblaciones que habían quedado inundadas. Entre ellos el pantano de Almendra, aquel bajo cuyas aguas yacía el pueblo de Argusino.

Le estuve dando vueltas durante varios días. Era una buena oportunidad para visitar aquel lugar del que tanto había oído hablar, al que mi familia nunca quiso volver porque preferían recordar cómo había sido en el pasado. Pero eran muchos kilómetros y no sabía realmente lo que me iba a encontrar ni qué sentimientos iba a despertar en mí esa visita.

Después de meditarlo, me decidí a ir hasta allí y conocerlo, tal vez para cerrar ese capítulo de la vida de mi familia que aún seguía abierto. Cogí el coche y puse rumbo al sur de la provincia de Zamora, a aquel lugar donde mis abuelos habían crecido, vivido y amado, donde un día las aguas enterraron su pasado.

Tras varias horas al volante llegué a los miradores de la presa de Almendra. El gigantesco pantano había recibido el nombre de una localidad salmantina cercana. Como si quisieran borrar para siempre la memoria del pueblo inundado y desaparecido, ni siquiera le habían dado su nombre a las aguas que lo cubren.

La presa era enorme, sobrecogía su visión. Doscientos dos metros de altura, la más alta de Europa Occidental cuando se construyó en 1967. Cuando el embalse estuviera lleno debía ser todo un espectáculo. Incluso ahora que el nivel estaba bajo mínimos, era impresionante ver una masa tan inmensa de agua.

A continuación, dando un gran rodeo, fui pasando por otros pueblos, carreteras y caminos para acercarme a las ruinas de Argusino. Localicé el punto más cercano, aparqué el coche y me adentré a pie, acercándome a la orilla.

Algunos curiosos, como yo, habían ido a ver los restos emergentes del antiguo pueblo. Allí estaba lo que quedaba de Argusino: los muros semiderruidos de la iglesia, de los corrales y viviendas, los trazos de las calles y la gran losa con la que cubrieron el antiguo cementerio, cuyos restos se negaron a trasladar, por lo que simplemente echaron encima una gruesa capa de hormigón para que los muertos no salieran flotando por las aguas del pantano.

Me adentré en las calles y caminé entre las ruinas, casi con temor reverencial, sin atreverme a tocar nada, como si estuviera profanando un lugar sagrado.

Traté de imaginar cómo serían las casas, los balcones, el pueblo vivo, con gente y animales. Esta pared tal vez sería de un corral, ésa de una vivienda, aquella pertenecería a la taberna o a la tienda de comestibles. Los edificios más grandes serían la iglesia y la escuela. Casi hasta me pareció escuchar los ecos de las risas de los niños al salir de clase.

A la vista de aquellas ruinas decadentes que veían la luz por primera vez en muchos años, comprendí el dolor de mis abuelos. Me senté en unas rocas a la orilla del agua y empecé a hilar aquellos retazos de historias que mi abuela contaba con voz queda, casi hablando para sí misma, tejiendo el lienzo de cómo era la vida en el pueblo. El duro trabajo en el campo, siguiendo las estaciones del año. Cuando sus padres iban a arar la tierra y a sembrar el cereal, ella les ayudaba desde bien pequeña. También aprendió pronto a segar con la hoz y la guadaña. Me contaba recuerdos de dar vueltas encima del trillo, sobre la parva, para separar el grano de la paja. Y moliendo el trigo en el molino, a la orilla del río. El duro trabajo de la huerta, tan agradecido por la generosidad de aquellas tierras regadas con las aguas del Tormes, pero que tantos sudores y esfuerzos precisaban para dar fruto. Y lo que más le agradaba, el pastoreo del ganado, cuidar de las vacas, cabras y ovejas; la rica leche de vaca recién ordeñada, la dulce miel que extraían de las colmenas, el aroma del pan recién amasado en el horno de leña. Una vida muy dura, pero plagada de buenos recuerdos.

Y me hablaba de la escuela, de las misas y procesiones, de los juegos y canciones, de los bailes, de la armonía que existía y la ayuda mutua que se brindaban los vecinos de aquel pequeño pueblo donde todos se conocían.

También me contaba de cuando habían llegado señores de la ciudad a realizar mediciones y fotos del paisaje. Al principio, la gente Argusino no entendía nada. Incluso les guiaban cuando les pedían ayuda para visitar algún paraje, desconocedores de que se estaba decidiendo su destino.

Las noticias llegaron un tiempo más tarde. Avisos de que tenían un plazo ya determinado por las autoridades para abandonar sus tierras y sus hogares, su vida, porque el pueblo iba a desaparecer en beneficio del progreso. Y la miserable cantidad que les daban por sus casas y por sus terrenos. ¿Y por su vida, cuánto les daban por ella? No había posibilidad de quedarse en el pueblo, de trasladarse a una zona más alta y construir una nueva casa. Todo el término iba a ser inundado, así que tenían que emigrar a la fuerza.

Mi familia fue de las que estuvo aguantando hasta el último momento, con el cándido anhelo de que un milagro cambiara los planes y pudieran quedarse en su tierra. Pero el milagro no se produjo y para los que se quedaron hasta el final, les dieron únicamente treinta y dos horas para recoger sus cosas y marcharse. Treinta y dos horas para empaquetar toda una vida, meterla en un carro y salir a buscar un nuevo lugar donde vivir.

Las treinta y dos horas más tristes de su vida, despidiéndose de los vecinos y familiares, sin saber si volverían a verse. Despidiéndose de las casas, de las huertas, de las fuentes y caminos, de los árboles, de cada rincón del pueblo. Despidiéndose de los muertos, de los padres y abuelos enterrados a los que no podían llevarse con ellos, que se quedarían para siempre durmiendo el sueño eterno bajo las aguas del pantano.

Ante la impotencia de los vecinos, la empresa dinamitó la antigua iglesia y derribó los muros de las casas dejando tras de sí un desolado paisaje. Ya no había vuelta atrás.

La caravana de carros partió en silencio para un viaje sin retorno. Solo se oía el estruendo de las ruedas en el camino y de vez en cuando el aullido de los perros, que parecían intuir lo que ocurría y se despedían del valle.

Cada familia había cargado sus escasas pertenencias en un carro tirado por vacas. Los colchones de lana enrollados, alguna silla, mantas, los platos, las cazuelas, la escasa ropa, las azadas, hoces y guadañas. Mi abuela metió también un recuerdo de su infancia, la muñeca de trapo que, años atrás, ella misma había elaborado, el que había sido su único juguete. En algún lugar del camino la muñeca se perdió y no volvió a verla nunca más.

Algunas personas se quedaron en algún pueblo cercano donde tenían familiares. Otras, la mayoría, malvendieron las vacas, los carros y los pocos muebles que habían podido llevarse y compraron billetes de tren para viajar a diversas ciudades, donde les habían dicho que hacía falta mano de obra y podrían empezar una nueva vida.

Una parte del dinero de la indemnización se la gastaron en los billetes. El resto, para intentar abrirse paso en la gran ciudad que eligieron. Tuvieron que empezar de cero. Con poco dinero, sin trabajo, sin conocimientos, sin familia ni amigos cerca. Y lo que es peor, sin un lugar al que poder volver, porque en el sitio donde alguna vez estuvo su hogar, ya solo iba a haber un inmenso mar anegándolo todo.

Eso fue lo más duro, la intensa sensación de desarraigo al no tener un lugar al que poder regresar.

Después de haber oído tantas historias y habiendo transcurrido tantos años, por fin estaba allí, sentada en la orilla del pantano, comprendiendo por primera vez cómo se sentían mis abuelos y por qué nunca habían querido regresar, porque el dolor de ver su tierra desaparecida bajo las aguas era demasiado intenso para poder soportarlo.

Casi sin pensarlo, agarré una pequeña piedra y la lancé fuerte contra el agua. Y luego otra. Y otra.

Y seguí tirando piedras, cada vez con más rabia, con las lágrimas brotando de mis ojos. Le tiraba piedras al dolor, a la tristeza, a la angustia… Y a esa idea del progreso que se suponía que era beneficioso para todos, pero que tanto dolor causaba a algunas personas, a algunos pueblos, ante la indiferencia de los que desde arriba tomaban las decisiones.

Por un momento, sentí que mis abuelos estaban allí conmigo, lanzando piedras al agua para arrojar lejos de sí las penas, las lágrimas, el rencor y la rabia que habían acumulado por toda una vida lejos del que había sido su hogar.

Y llegó un momento en que me quedé tranquila, como si aquella pesadumbre que cargaba mi familia a la espalda hubiera salido despedida con la última de las piedras arrojadas.

Al atardecer, decidí coger el coche y emprender el camino de regreso a casa. Y mientras avanzaba por la carretera, alejándome del pantano, las oí. Al principio creí estar soñando. Paré el coche y bajé la ventanilla. El sonido llegaba lejano, pero claro e inmenso, salvando la distancia, salvando el tiempo, más de cincuenta años después de que el corazón de aquel pueblo dejara de latir.

Eran las antiguas campanas del templo de Argusino que tañían en la distancia despidiéndose.

 

15 junio 2026

 

Obra ganadora del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

 

Torda

Manuel Alejandro del Rosario Urbín



Huele igual. Después de más de medio siglo, el metro huele igual. A hierro caliente, a polvo de cemento, a ese aire que no es aire de verdad porque nunca toca el cielo. La chica de la entrada me ha dicho que la visita empieza en veinte minutos. He bajado el primero. Las piernas ya no bajan escaleras como antes, pero estas las bajo despacio, no por las rodillas: por lo que hay abajo.

Los azulejos blancos de la bóveda brillan como el primer día. Alguien los ha fregado, lijado, vuelto a colocar los que se partieron. Los carteles de cerámica anuncian productos que ya no existen. Colonia Gal. Fajas Madame X. Bombillas Philips, con una V de voltaje. Todo restaurado, impecable, como si el tiempo aquí fuera un decorado. Hay un cartel con las tarifas de finales de los sesenta: tres pesetas el billete sencillo. Debajo, en una vitrina, las planchas de zinc donde se imprimían los abonos.

La gente del grupo se acerca, fotografía, asiente. Yo me quedo al fondo. No he venido a ver azulejos. He venido porque esta estación clausurada es lo único de aquel metro antiguo que han dejado vivo, o que fingen que está vivo. Sé que esto es la línea 1 y yo estaba en las obras de la 5, pero quería comprobar si aquí guardaban algo de lo nuestro. De lo de abajo de abajo. Donde no llegaban los viajeros ni los revisores ni la luz. Donde trabajábamos los muleros.

En el 68 empecé. Diecisiete años. Mi padre conocía a un capataz del tramo de Callao a Carabanchel y me dijo que necesitaban gente para bajar con los animales. Yo no sabía que había animales bajo Madrid. Todavía lo sabe poquísima gente.

Las mulas llegaban en montacargas. Se las subía a una plataforma de madera, se les vendaban los ojos y para abajo. Quince metros, veinte, dependiendo del tajo. En los túneles del método belga las enganchábamos a las vagonetas cargadas de escombro y las guiábamos por las vías provisionales hasta el pozo de extracción. Seis horas. Tres turnos. Catorce mulas. La única luz eran bombillas desnudas colgadas del entibado cada treinta pasos. Lo demás, la linterna del casco y el olor a animal mojado.

El suelo era grava suelta que se te metía en las botas y te destrozaba los pies. A las mulas, entre los cascos. Yo les sacaba las piedras con un gancho después de cada turno, con las manos siempre cortadas.

La que mejor recuerdo se llamaba Torda. Gris ceniza con manchas blancas en la grupa, como si alguien le hubiera echado harina. Era más grande que las otras y más callada. Las mulas hacen ruido cuando están nerviosas: bufan, patean, rozan la cabeza contra la pared. Torda no. Caminaba como si aquello fuera lo único que existía. Supongo que para ella lo era.

Ninguna vio nunca el sol. Bajaban jóvenes, trabajaban a oscuras y cuando ya no podían tirar, las subían y al matadero. Pero Torda tampoco subió nunca. Se desplomó un día de febrero, entre Oporto y la boca del pozo. El polvo que levantó tardó en posarse. La vagoneta seguía enganchada. El veterinario dijo que fue el corazón. Yo digo que los pulmones. Ahí abajo, el aire era polvo con nombre de aire.

La guía del museo explica que Antonio Palacios diseñó la estación en 1919. Azulejo biselado sevillano. Blancos y azul cobalto para dar luminosidad. Habla bien, con fechas, de carrerilla. Sabe lo que pasaba aquí arriba, en la parte bonita. El andén, las taquillas, los tornos. Es joven, lleva una carpeta con el logo de Metro y unas zapatillas blancas que rechinan en los baldosines.

Le pregunto si tienen algo sobre las mulas.

¿Perdone?

Las mulas de carga. Las que arrastraban los escombros en las obras. Hasta finales de los sesenta. Se queda un momento callada, descolocada. Pasa una hoja de la carpeta, como si la respuesta estuviera impresa ahí.

Eh... No. En esta exposición no nos consta. Quizá en la Nave de Motores de Pacífico... ¿Quiere que le busque la dirección?

Le digo que no hace falta.

El grupo avanza. Yo me quedo frente a un panel de Cementos Portland. Sesenta años ahí. Nadie lo arrancó, ni lo tapó, ni lo rompió. Un anuncio de cemento cuidado con mimo. De las catorce mulas, nada.

Me acerco al borde del andén. Las vías están ahí, y cada pocos minutos un tren pasa a toda velocidad sin parar. Un golpe de viento y metal que hace vibrar el suelo. El grupo se aparta riendo. Sacan los móviles para grabar la nada.

Cuando el tren pasa, cierro los ojos. Tres segundos. No oigo el tren. Oigo la vagoneta. El chirrido del eje contra el riel provisional. Los cascos de Torda sobre la grava. Mi voz, diecisiete años, diciéndole arre con un hilo de voz porque en el túnel no se gritaba; los gritos asustaban a las mulas, y una mula asustada en un espacio de tres metros era un problema de verdad.

Abro los ojos. El andén. Los azulejos. La guía. Un hombre de mi edad se inclina hacia mí.

Impresionante, ¿verdad? Como una cápsula del tiempo.

Le miro las manos. Limpias. Uñas recortadas. Le digo que sí, impresionante. Yo todavía sentía aquellos callos en las palmas tantos años después de dejar el túnel.

Al final del turno me quedaba un rato con Torda en el establo improvisado de la galería —cuatro tablones, un cubo de agua, un comedero de chapa— rascándole el morro, porque nadie más lo hacía. Ahí abajo, sin sol y sin ruido, el mundo tenía un tamaño que yo podía entender.

Subo a la calle. El sol de febrero me da en la cara. Me detengo en la acera de Santa Engracia. Una mujer pasa con un cochecito. Un repartidor aparca sobre la acera. Debajo de mis pies, a veinte metros, un tren lleno de gente cruza a ochenta por hora el mismo subsuelo donde Torda caminó a oscuras durante tres años, donde yo caminé detrás de ella, los dos bajo la misma bombilla, haciendo una sola sombra.

 


 

PD. En la proclamación de Torda como texto ganador, Ester Patiño cantó "Los cuatro muleros", canción popular española, que Federico García Lorca recogió, grabó e interpretó al piano acompañando la voz de La Argentinita. La base musical utilizada por Patiño es la de Lorca. Milagros de la digitalización.



28 mayo 2026

La buena muerte

Julio Sánchez Mingo




No todo el mundo muere igual. No es lo mismo expirar dulcemente, en casa, o en una residencia, con cuidados paliativos o incluso sedado, con tratamientos apropiados brindados por profesionales y al calor de la familia, que en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables que se prolongan durante días, incluso semanas. Afortunados son los que fallecen de súbito, inesperadamente, sin llegar a sufrir —por ejemplo a causa de un infarto— aunque ello sea muy traumático y desgarrador para sus deudos.

Lamentablemente, la situación socioeconómica condiciona mucho la calidad del tránsito, tanto por la ayuda y el soporte que profesionales y familiares puedan aportar como por el entorno donde se desarrolla el último viaje. Imaginemos la mansión de un millonario, en un acantilado con vistas al Pacífico, incluso con helipuerto, o un pisito de 50 metros cuadrados en un barrio obrero de Madrid, donde conviven hacinadas tres generaciones, o un piso patera repleto de inmigrantes, con niveles de intimidad, salubridad e higiene mínimas, donde los residentes ni se conocen ni siquiera hablan la misma lengua. No quiero pensar en tantas muertes horribles que se suceden a lo largo y ancho del mundo en lugares de pobreza y miseria infinita o en situaciones límite propias de noticiarios de sucesos, como sesiones de tortura en mazmorras lúgubres e infectas. O en el triste final de los reclusos del manicomio Colonia de Barbacena en Brasil. 

No solo la forma de vivir nos distancia a unos y a otros  sino también la forma de morir.  Como humanos que somos, todos merecemos una buena muerte, lo que se llama una muerte digna, que debería ser un servicio social imprescindible y universal. Nos atienden entre algodones a la llegada, cuando nacemos y, por la misma razón, deberíamos ser mimados cuando nos vamos. Como es una situación por la que indefectiblemente hemos de pasar todos, cuánto nos ayudaríamos a nosotros mismos si las administraciones sanitarias y sociales ofrecieran las prestaciones asistenciales adecuadas a cada caso, de forma plena y bien regulada, independientemente del lugar de residencia o del patrimonio o los ingresos del paciente. Somos tan necios que, en países relativamente ricos como el nuestro, estamos apoyando con nuestro voto la desaparición de un bien preciadísimo: la sanidad pública universal gratuita, un logro social heredado de las sufridas generaciones anteriores. 

Algo que ennegrece mucho el último viaje de una persona es la mala relación personal entre miembros de la familia: padres e hijos que no se ven, hermanos que no se hablan. También la presencia de esos buitres que esperan el óbito para salir corriendo con el dinero o los bienes de la herencia, lo que causa una tensión y un mal ambiente repugnantes. Esos cuchicheos, esas tomas de posición, esas alianzas que hemos contemplado en persona o que hemos leído relatadas o representadas de forma magnífica en un escenario o una pantalla, ¡que deplorables son! En ocasiones, hasta el moribundo capta todos esos movimientos, lo que acrecienta grandemente su malestar.

Una buena muerte, especialmente en su aspecto afectivo, nos la tenemos que trabajar todos los días de nuestra vida con nuestros allegados, manteniendo siempre relaciones afectuosas con todo el mundo. Así nuestro final podrá ser, si no feliz, porque parece que en nuestra cultura ello es imposible, al menos plácido y transcurrir en un ambiente de paz.

08 mayo 2026

Mi maestra

José Luis Chaparro

Nunca pensé que mi vida se quedaría tan callada. Un silencio que pesa, que se mete en lo más profundo de mi ser. Es como si todo lo que tenía sentido se hubiera ido con ella.

Mi madre se fue sin hacer ruido. No molestó a nadie, pidió muy poco y siempre dio mucho. Era muy anciana. Su edad ya no se medía en años sino en historias de vida, en manos arrugadas y en una mirada que lo había visto todo. Aun así, cuando cerró los ojos por última vez, me sentí huérfano. Y eso a mi edad.

Siempre he dicho que soy un hombre justo. No porque la vida me haya tratado muy bien, sino porque ella me enseñó a medir las cosas con el corazón, no con una balanza. Decía que la justicia no está en tener razón sino en saber escuchar, incluso cuando duele. He vivido así, intentando no desviarme del camino.

Trabajador. Eso lo aprendí de ella. Mi madre se levantaba antes del amanecer. No hablaba del esfuerzo que hacía, simplemente lo hacía. Sus manos estaban llenas de arrugas, cada una de ellas era una batalla ganada sin testigos. Yo solo seguí sus pasos.

Honrado. Repetía esta palabra como una oración. «Mírate al espejo sin bajar la cabeza», me decía. Ahora, cuando me miro, no solo me veo a mí mismo, también la veo a ella detrás de mí.

Dicen que tengo carácter. Puede ser. Pero el mío es solo una sombra del suyo. Mi madre era fuerte como un roble en medio de una tormenta. No gritaba ni imponía, su silencio era suficiente para poner orden.

También dicen que soy orgulloso. Y es cierto. Pero no me enorgullezco de lo que tengo sino de lo que soy. Todo lo que soy se lo debo a ella.

Y, sin embargo, también me enseñó a ser humilde. Me enseñó que la vida no es nuestra, que solo estamos de paso. Me enseñó a dar gracias por las cosas pequeñas.

Valiente. Eso me cuesta decirlo. Ahora no me siento valiente. Me siento como un niño que ha perdido su refugio. Pero si alguna vez lo he sido, ha sido por ella.

Mi vida ha sido una prolongación de la suya. Como un río que nace de otro río. Ella fue mi origen y mi camino. Yo solo seguí fluyendo.

Ahora que se ha ido me doy cuenta de que no la he perdido del todo. Está en cada cosa que hago. Pero, a pesar de eso, duele decir adiós a quien te enseñó a vivir.



 

03 mayo 2026

Una de terror

Julio Sánchez Mingo

 


 

Fui a abrir, por fuera, la puerta de un cuarto de baño. El mecanismo hizo clic y se debió partir algo en su interior, de tal manera que, aunque la manilla se podía accionar arriba y abajo, el resbalón no se deslizaba, bloqueando la apertura de la bendita puerta.

Me debatí entre llamar al cerrajero del seguro u otro día desmontar con un destornillador el escudo protector para tratar de manipular la leva. Mi caja de herramientas, con todos mis apreciados instrumentos, una joya para cualquier manitas —yo soy bastante manazas— estaba en otra casa, a veinte kilómetros de distancia.

Afortunadamente la avería no ocurrió en el interior del retrete que, para más inri, no tiene ventanas a la calle, solo un minúsculo respiradero, la toma de lo que llaman un shunt. De lo contrario me hubiera encontrado aislado y encerrado, pues tengo la, no sé si mala o buena, costumbre de ocupar semejante espacio sin el sempiterno teléfono. Conozco a más de uno al que se le ha caído al inodoro, lo que castizamente llamábamos taza en épocas pretéritas. Tampoco guardo en esas insustituibles piezas de las casas ningún destornillador o herramienta multiusos. Me basta con alguna toalla, productos de aseo y el imprescindible rollo de papel higiénico —soy bastante austero y no me gustan trastos y cachivaches—.

¿Cómo hubiera salido del atolladero? De entrada, supongo que me habría puesto muy nervioso. ¿Habría gritado? ¿Me hubiera escuchado alguien que no fuera una señora bastante mayor que vive en el piso inferior? Las vecinas de la planta superior son las estrellas y es un edificio de solo seis vecinos. Era sábado a mediodía. Por supuesto, ninguno de mis próximos sabía que estaba en aquel lugar. ¿Hubiera tenido la serenidad suficiente para esperar a la madrugada y, en el silencio de la noche, redoblar mis gritos con más energía? ¿Cuánto tiempo hubiera sido capaz de aguantar? ¿Habría engrosado la lista oficial de desaparecidos? ¿Me hubieran encontrado los bomberos apergaminado un año después? ¡Qué angustia, qué miedo, qué terror!

25 abril 2026

Esos viejos miserables

Argimiro Rubio Cuadrado

 

Jugando a churro, media manga, manga entera. 

Cuando yo era niño, en los años 50, se estaba siempre en la calle, donde entonces se podía jugar sin peligro. Los mayores cuidaban de los pequeños y, además, te conocía todo el mundo. Así que las madres entonces casi todas se dedicaban a sus labores, es decir, al cuidado de la casa y de la prole no se preocupaban porque sabían que los críos no corrían más riesgo que el de caerse. Los coches en mi pueblo eran escasos, circulaban despacio y había calles sin asfaltar. Cuando no estábamos en el colegio, estábamos en la calle, todo el día, en invierno y en verano, a menos que lloviese. Entonces te entretenías en casa jugando al parchís o leyendo, sobre todo tebeos, porque tener una tele en casa aún no estaba al alcance de todo el mundo, ni mucho menos.

En los juegos nos mezclábamos niños y niñas, salvo en algunos juegos brutos a los que sólo jugábamos los chicos, como churro, media manga, mangantera, como decíamos nosotros. Consistía en que unos saltábamos sobre otros que, en igual número, estaban en fila, inclinados con la cabeza entre las nalgas del siguiente. El primero de la fila se apoyaba en un amigo que permanecía recostado contra la pared y que, además de hacer de colchón para que el otro no se rompiese la crisma, tenía la importantísima función de ejercer de juez para que los de arriba no engañasen a los de abajo. Había, claro, otros muchos juegos: a la comba, al escondite, al rescate. En fin, como en todas partes. Cada año se repetía un fenómeno que a mi me intrigaba y es que, de pronto, había que jugar a algo determinado, ya fuera a las bolas (canicas), al peón (peonza), a las tabas o a clavar una punta en el suelo. El caso es que de repente todos los niños en todos los barrios jugábamos a lo mismo. Quién decretaba a qué se debía jugar en cada momento ha sido siempre un misterio insondable para mí. Debe ser un fenómeno de comunicación extrasensorial parecido al de las bandadas de pájaros que, de repente, sin motivo aparente, cambian súbitamente de dirección, haciendo todos la misma maniobra, una y otra vez.

Los niños jugando montan siempre algarabía, ya sea corriendo detrás de un balón o persiguiéndose sin descanso, por el simple placer de correr y de tocarse. Los vecinos lo soportaban con paciencia y, cuando les estorbabas el paso , te esquivaban con condescendencia. ¿Todos los adultos? No, todos no. En cada calle, en cada barrio siempre había una casa a la que mejor no acercarse porque había un viejo faltón, malencarado y resentido que salía a la puerta pegando voces y profiriendo mil amenazas si nos acercábamos. Esos viejos amargados, malos vecinos, con pendencias con todo el mundo, que lo mismo te tiraban agua desde una ventana, si el juego te llevaba junto a su puerta, que no te devolvían el balón si tenías la mala suerte de que cayese en su patio. O, peor aún, te lo rajaban y te lo devolvían diciendo: “Para que os enteréis, cabrones”.

Esos viejos torvos, miserables y resentidos que hacían daño sin provecho, movidos solo por el rencor y por el placer de desahogarse son a quienes me recuerda la conducta errática, vengativa y miserable de Donald Trump y su gabinete de lunáticos.

 

Jugando al gua (canicas).

 

 

 





16 abril 2026

El intercambio

José Luis Chaparro



«¡Pobrecito!», pensó Alma mientras, desde la ventana de la quinta planta, observaba al mendigo que cada día ocupaba el mismo soportal frente al hospital, apenas cubierto por unos harapos. No podía comprender cómo la gente que pasaba a su lado no sentía piedad por aquel hombre. En la calle debía de hacer mucho frío.

A veces pensaba que nadie lo notaba. Parecía que pasara desapercibido entre la gente.

Un ruido la apartó de sus pensamientos. Sus padres entraron en la habitación a la hora de siempre. Desde que el médico decidió ingresarla para someterla a unas pruebas muy delicadas, cada mañana comenzaba así. Luego todo se precipitó. Ella lo supo desde el principio. Sus padres le revelaron la gravedad de su enfermedad, así como su intención de luchar hasta el final.

Después de besar a ambos, Alma se dirigió a su padre.

Mira a aquel hombre, papá —dijo, guiándolo de la mano hasta la ventana.

Debe de tener mucho frío. Me gustaría ayudarle.

Le llevaré mi abrigo, si quieres.

A mí me gustaría llevárselo —suplicó, poniendo una carita de «no me lo puedes negar».

Era cierto. No podía negarle nada. Con apenas diez años, solo un milagro podría salvar la vida de su hija. Él no podía hacer milagros, pero sí intentar cumplir sus deseos.

Está bien. Entonces te acompaño.

Alma se cubrió con el abrigo de su madre y ambos salieron de la habitación. Ya en la puerta del hospital pidió a su padre que la esperara. Cruzó la calle y se acercó al mendigo, que permanecía sentado. El hombre levantó la cabeza al verla llegar. Tenía la barba enmarañada y unos ojos sorprendentemente claros.

Eres la niña de aquella ventana, ¿verdad? —dijo señalando hacia el edificio—. Me llamo Rafael. ¿Me harías compañía durante unos minutos? —propuso, dando unos suaves golpes sobre la bolsa de rafia que tenía junto a él.

Yo me llamo Alma —respondió mientras tomaba asiento—. Este abrigo es de mi padre y puedes quedártelo.

Muchas gracias. ¿Qué tienes, Alma? —preguntó mientras se enfundaba el abrigo sin disimular su satisfacción.

Tengo algo en la cabeza. Una enfermedad con un nombre rarísimo. Dicen que es grave y que puedo morir si no consigo curarme.

Rafael observó la cabeza de Alma, cubierta con un pañuelo blanco.

Echo de menos mi pelo —dijo ella con una sonrisa dibujada en la cara—. Y tú, ¿qué echas de menos? ¿Por qué vives en la calle?

Es una larga historia. Quizá me gustaría tener algún libro… pero no importa.

No debes preocuparte por mí. Te agradezco el abrigo y aún más que me acompañes estos minutos.

¿Vendrás también mañana?

¡Por supuesto! Me tomaré el día libre en la oficina —respondió con solemnidad, mirándola a los ojos.

Alma sonrió ante la ocurrencia.

Vendré todos los días, pero solo si me haces una promesa.

¿Qué promesa?

¿Sabes quién fue Walt Disney? Pues dijo una vez: «Si puedes soñarlo, puedes lograrlo». ¿Y Spielberg? ¿El del Parque Jurásico?

Alma asintió.

Steven Spielberg decía: «Yo no sueño de noche. Yo sueño todos los días.

Yo sueño para vivir». Así que prométeme que a partir de ahora soñarás que tu cabecita se pone bien.

Lo prometo —contestó Alma, levantando la mano derecha como había visto hacer en las películas.

Se despidió de él y, junto a su padre, volvió al hospital. Al llegar a la habitación compartió con sus padres la conversación con Rafael y terminó diciendo:

Mañana quiero que traigáis unos libros, por favor. Y también el dinero de mi hucha.

Durante la mañana saludó varias veces a Rafael desde la ventana, hasta que él se marchó. El resto del día se mostró más animada que de costumbre. Al cerrar los ojos para dormir, sorprendió a sus padres con una frase:

Si puedo soñarlo, puedo lograrlo.

Las noticias médicas eran desalentadoras. El tumor cerebral experimentaba un rápido crecimiento, lo que complicaba aún más el tratamiento. Sin embargo, Alma parecía haber recuperado vitalidad desde aquella charla con su amigo Rafael. Sus padres no pusieron ningún inconveniente a que volviera a verlo, y el doctor tampoco.

¡Buenos días, Alma! —saludó Rafael al verla llegar.

¡Hola! Te traigo unos libros y algo de dinero —respondió mientras se sentaba a su lado.

Muchas gracias. A propósito… en cuanto tengas ocasión, deberías leer a Khalil Gibran. Te gustará. Y lo más importante: tú le habrías gustado mucho a él.

No sé quién es.

Murió hace mucho tiempo, pero muy poca gente ha puesto en práctica lo que proponía. Por cierto… ¿cumpliste tu promesa?

¡Sí! Cerré los ojos antes de dormir para soñar que pronto estaré bien.

¡Así me gusta! —exclamó Rafael levantando los brazos, como si celebrara una gran victoria.

Alma soltó una carcajada.

Dos lágrimas recorrieron la cara de su padre al verla reír así, con esa expresión de felicidad que parecía perdida desde hacía demasiado tiempo.

Para que te hagas una idea —continuó Rafael— escucha lo que decía Khalil Gibran: «Generosidad no es dar a otro lo que necesita más que tú, sino entregarle lo que tú necesitas más que él». Tú me das vida, aunque la necesitas más que yo. Eres muy generosa.

Al oír esas palabras, Alma se abrazó a Rafael. Permanecieron así durante unos segundos. Ella no pudo ver cómo él cerraba los ojos y rompía a llorar en silencio. Hacía mucho tiempo que nadie lo abrazaba así.

Las visitas se repitieron durante los días siguientes. El ánimo de Alma parecía mejorar, aunque no la gravedad de su enfermedad, que avanzaba inexorable hacia un desenlace fatal.

Rafael era fiel a su cita diaria y Alma le correspondía. Charlaban de mil cosas, como intentando recuperar un tiempo perdido o como si nunca más fueran a poder hacerlo. La gente que antes ignoraba a Rafael ahora observaba la escena con curiosidad: una niña con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco, sin duda paciente del hospital cercano, sentada junto a un mendigo que incluso olvidaba colocar el recipiente para las limosnas. Parecía no importarles nada

de lo que sucediera alrededor.

¿Sabes lo que me dijo Rafael cuando vino a despedirse? —preguntó—. Que su nombre significa «medicina de Dios». Para el cuerpo y para el espíritu.

También me dijo que tu intercambio no fue aceptado… pero sí el suyo.

¿Sabes lo que quería decir?

La madre la abrazó con fuerza.

Sí, Alma. Ahora lo entiendo.

Desde entonces, cada 29 de septiembre —día de los arcángeles— un matrimonio y su hija, ya adolescente, dejan un ramo de flores en el soportal donde solía sentarse aquel mendigo al que casi nadie veía… hasta que una niña decidió mirarlo de verdad.

 

07 abril 2026

El miliciano

Julio Sánchez Mingo

En el texto Pequeñas historias que me contaron. El siglo XX en Madrid, publicado en este medio el 27 de mayo de 2016, se incluyó una versión reducida de este relato.

 

Largo Caballero rodeado por milicianos.

Otoño de 1936. Madrid. Calle Colón, 3, semiesquina a Fuencarral, a dos pasos de la iglesia de San Ildefonso, usada como polvorín en la contienda civil. Es el período de los paseos, las sacas de las cárceles, los fusilamientos masivos, las detenciones arbitrarias, las farsas procesales, las ejecuciones extrajudiciales, la tortura en las checas, las represalias, las venganzas personales, los crímenes sin justificación política ni militar. Los registros domiciliarios son frecuentes.

Unos milicianos aporrean con estrépito la puerta de la casa de Concha, en el cuarto y último piso de ese céntrico inmueble. Vestidos con monos azules de trabajo y ceñidos con correajes, al hombro cargan con sus correspondientes fusiles.

Se les franquea la entrada al piso. Se dispersan por las habitaciones. Buscan fugitivos contrarios a la República y miembros de la quinta columna.

Son carcas —grita uno de ellos, señalando a los habitantes de la vivienda—. Mirar lo que he encontrado —al tiempo que agita con su manaza la figura tallada de una Inmaculada.

Hijo, ¿acaso su madre no tiene una imagen de la Virgen en su dormitorio?— le pregunta Concha suave, dulce, casi maternalmente, al joven armado.

Sí, señora —responde el hombretón bajando la cabeza avergonzado, deposita la efigie sobre la mesilla de noche y, dirigiéndose a sus compañeros, brama— Vámonos.

Ella es una mujer mesurada y serena, castigada por la vida, que ha tenido doce hijos, algunos ya fallecidos a esas alturas. Como una de sus hijas mayores, a la que unas fiebres puerperales se habían llevado unos pocos años antes, dejando una criaturita de pocas semanas, la mayor de sus nietas. En el transcurso de la guerra, perderá de muerte natural a su marido y al hermano soltero de éste, que vive con ellos. Al poco de comenzar la conflagración, morirán asesinados, víctimas de la violencia política, su hermano Pepe —regente del acreditado negocio familiar de fabricación y venta de artículos religiosos situado en la calle Bordadores que fundara su padre y donde ella trabajara antes de casarse— y su sobrino Juan, un joven estudiante.

En los primeros 50, a la salida de una durísima posguerra, Concha vive en la misma casa de la calle Colón con una de sus hijas pequeñas, el marido de ésta y los dos hijitos de la pareja, una niñita de poco más de dos años de edad y un niño todavía de cuna. A la pequeña le gusta tomar la talla de la Purísima en brazos y pasearse por la casa acunándola, como si fuera un muñeco. Su madre la reconviene, temerosa de que se le caiga al suelo pero su abuela la disculpa diciendo: —Déjala, no se le va a escapar de las manos.

En la actualidad, aquella niñita, con dos nietos ya, conserva orgullosa en su alcoba la imagen de la Inmaculada Concepción de su abuela Concha.

31 marzo 2026

 

El poder verdadero

Julio Sánchez Mingo



La idea no es mía. La he tomado prestada de una entrevista hecha a Josep María Pou, el actor, el gigantón de las tablas, que con sus más de uno noventa de estatura y más de 80 años, todavía se sube al escenario y arranca los aplausos de los espectadores.

La idea es suya y es demoledora: el poder real, verdadero, auténtico, es tener la posibilidad y la capacidad de poder hacer el bien. Hacer el bien a la comunidad que te rodea, a tu entorno, a aquellos que, de una manera u otra, dependen de ti. Verlos felices es algo muy reconfortante que genera una infinita satisfacción.

Por ello, un individuo como Trump es un fracasado, un débil que sólo genera dolor a su alrededor y despierta los bajos instintos de los que le siguen, que nunca serán dichosos, y que a su vez, van conformando una bola de nieve que crece y crece y que, lamentablemente, alcanza a tanta gente. Tampoco un capitán de empresa como Fink, que dirige Blackrock, es un espejo en el que mirarse, al tratarse de un hombre cuyo único objetivo es impulsar la codicia humana y que las personas sólo piensen en el dinero. Basta observar el semblante de ambos para percibir que la alegría no les invade.

El camino a la felicidad está en los demás y en lo que ellos nos transmiten y proporcionan. La satisfacción personal circunscrita a nuestro ego no es el mejor camino para lograr el bienestar y la alegría.

09 marzo 2026

Una Dolorosa del siglo XXI

Julio Sánchez Mingo

 


La vida es para una persona, para un humano, su único bien absoluto. El derecho a vivir debería ser siempre respetado, en todo momento y lugar. Por ello, quien desata una guerra, un enfrentamiento que causa muertes, independientemente de cualquier justificación, de los argumentos aportados —siempre refutables—, se convierte automáticamente en un asesino, al igual que el gobernante de cualquier país que reprime a su ciudadanía y quita la vida a cualquiera de sus connacionales. Lo vemos a diario en Darfur, Minneapolis, Teherán, Managua y tantísimos otros lugares del planeta.

Si además la víctima es un menor, un niño, ¿qué podemos decir? No hay pretexto alguno para cercenar el futuro de una criaturita como la que aparece en la fotografía que muestra, en la imagen de portada, una pobre mujer, rota por el dolor. Es una de las tantas víctimas de Minab a la que se ha arrebatado una adolescencia presumiblemente feliz, una juventud llena de ilusiones, aunque sobre ella planeara la amenaza de la represión del truculento régimen de su país. Querido lector, ¿no se te quiebra el corazón? ¿No maldices al que se arroga el derecho de decidir sobre la vida y la muerte de sus prójimos, siempre tan vil que no es capaz de confesar sus intereses reales, descargando la culpa de sus execrables actos en los demás?

 

Recreación componiendo la bandera gringa de Enrique Flores de la fotografía aérea que muestra las fosas preparadas para dar sepultura a las víctimas de Minab.


23 febrero 2026

Gringolandia: 250 años

Julio Sánchez Mingo


John Trumbull (1819).

Existe una percepción generalizada de que el papel prepotente y avasallador que vienen practicando los EUA en la actualidad es algo que se ha producido a raíz del ascenso de Trump a la primera magistratura de ese país. Pero no es así. Su comportamiento es el resultado, no la causa, de un proceder que se gestó hace cientos de años y que, según ha ido evolucionando el mundo, ha alcanzado ahora su paroxismo. Este nieto de un inmigrante alemán, casado con una nacida en la bella Eslovenia, se ha limitado a destapar la olla cuyo guiso huele a podrido desde finales del siglo XVIII, a abrir el tarro de las esencias, fecales, que ese país de Norteamérica contiene. Exterminaron, cuando eran todavía unos colonos holandeses e ingleses, a las tribus indias de Nueva Inglaterra. Una vez independizados de sus metrópolis, en breve se cumplirán 250 años de su archipregonada Declaración de Independencia, conquistaron las llanuras del Oeste, edificando su gran epopeya nacional, el genocidio de los nativos de las grandes llanuras. Se apropiaron definitivamente de Texas en 1845 y del resto de gran parte del territorio mexicano, más o menos los actuales estados de California, Nevada, Nuevo México, Arizona y Colorado, entre 1846 y 1853. Eso sí, conservando la esclavitud que los mexicanos habían abolido durante las guerras de Independencia con Miguel Hidalgo, 1810, y José María Morelos, 1813, y ya, desligados de la monarquía hispánica, con el presidente Vicente Guerrero, en 1829. Agredieron a España en 1898, arrebatándole Cuba, Puerto Rico y Filipinas, aprovecharon la Gran Guerra para construir su imperio industrial que consolidaron con la guerra al III Reich y Japón.

Su trayectoria, sobre la base de la desigualdad, el supremacismo blanco, la esclavitud y la explotación del hombre negro, el capitalismo salvaje y el desprecio al diferente, al otro, no tiene desperdicio. Han aplicado cuando les ha convenido y como les ha convenido la Doctrina Monroe para América, saltándose a la torera leyes y tratados internacionales, que no son proclives a firmar. Si lo hacen, no los respetan. La cooperación internacional va contra sus principios y si están en alguna organización supranacional es con carácter de mandamases y con derecho de veto.

Recordemos sus intervenciones en Panamá, Guatemala, República Dominicana o Nicaragua, Honduras y Granada. Eso sí, cuando toparon con gente muy amarrada a un difícil territorio salieron trasquilados, caso de Vietnam y Afganistán, jungla y montañas descarnadas, respectivamente.

Tampoco han respetado nunca los derechos humanos. El bloqueo de Cuba clama al cielo y las detenciones en Guantánamo, sin proceso ni juicio, bajo tortura, desde hace más de veinte años, de sospechosos de terrorismo, retratan su falta de humanidad. Colman aviones de inmigrantes que son recluidos en las siniestras cárceles de Bukele. Son cómplices del genocidio palestino, que, sin su apoyo, no habría tenido lugar. Son maestros en ejecuciones extrajudiciales. Me impactó mucho, produciéndome gran inquietud y desasosiego, la imagen de Obama y adláteres siguiendo en directo la operación de captura y asesinato de Bin Laden, como si asistieran a la proyección de una película de aventuras. Precisamente de Obama escribía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina: “… El simbolismo tan celebrado de que un hombre negro ocupara una Casa Blanca construida con el trabajo de los esclavos no dio mucho de sí. Obama no habría llegado a la presidencia si hubiera sido descendiente de esclavos, o si el color de su piel no viniera corregido por una madre blanca y por el sello de un doctorado en Harvard, gracias al cual los multimillonarios de Wall Street que financian al Partido Demócrata podían verlo casi como uno de los suyos. Obama reanimó a la fiera racista que ha latido siempre en Estados Unidos, pero no se molestó en desmontar el tremendo aparato de vigilancia y represión urdido a partir del 11-S, ni emprendió reformas verdaderas contra la omnipotencia de los tiburones financieros que provocaron la crisis de 2008. Se fue como había llegado, decorativo y cool, aunque con el pelo agrisado, y a continuación él y su esposa, que sí es descendiente de esclavos, se dedicaron a ganar dinero, y a no levantar apenas sus voces contra la grotesca tiranía de su sucesor”.

En los últimos meses, también Trump asiste en directo al bombardeo y hundimiento de las llamadas narcolanchas, donde tantos inocentes, que lo son mientras no se demuestre lo contrario, son eliminados. Es un viejo gagá que responde a las directrices de los representantes de la oligarquía que le rodean, con el aplauso de la ciudadanía blanca. En ese país, que nominalmente es una democracia representativa, lo que manda es el dinero, tanto es así que los altos cargos de la administración se obtienen como compensación a los donativos que se ofrecen a los partidos políticos mayoritarios y que mantienen bien engrasada toda esa estructura simoníaca, en todo lugar y momento. Hace dos semanas, presentó sus cartas credenciales en Madrid su nuevo embajador. Un anciano de origen cubano, propietario de una cadena de hospitales en Miami, donante del Partido Republicano, sin experiencia alguna en relaciones exteriores y diplomáticas. En la Monarquía Hispánica, el fin de la venta de oficios y altos cargos se produjo en 1750.

Hay que reconocer que las clases dirigentes y dominantes gringas han sido a lo largo de los años unos maestros en la construcción del relato de que su país era y es un bastión de la democracia y la libertad. Desde luego nada más lejos de la realidad. Con tanta desigualdad no hay democracia y los más desfavorecidos son esclavos de un sistema social que los asfixia y les impide disfrutar de libertad alguna. Pero todo el mundo, incluso todos sus ciudadanos oprimidos, les hemos comprado ese relato, que impera por todas partes: “Somos la nación de la libertad, la democracia y la justicia”.

La cultura algo allí muy minoritario, la ciencia y la técnica desarrolladas en EUA a lo largo del siglo XX, fueron creadas mayoritariamente por inmigrantes, negros y judíos huidos de la barbarie nazi. En definitiva, por personas pertenecientes a las minorías despreciadas.

¿Qué se puede esperar de un lugar donde en el siglo XXI no existe la sanidad pública universal o donde sobrevolando Las Vegas de norte a sur la vista salta de contemplar barriadas enteras de infraviviendas y caravanas, donde habitan los empleados sin salario, que viven de las propinas, explotados en los rutilantes hoteles casino, a ver estos centros de derroche donde manadas de cuerpos abotargados por la comida basura, las hamburguesas, los chuletones y el alcohol, juegan a las máquinas tragaperras? ¿O donde se abandona a su cruel destino a miles de zombies devorados por el fentanilo que vagan por las calles de San Francisco o Filadelfia?

Magnífico es el análisis que realiza Pablo Bustinduy del momento actual al otro lado del charco: “… es la deriva que sigue Estados Unidos bajo el yugo de unas élites fundamentalistas, milicias parapoliciales descontroladas y una oligarquía de grandes fortunas vinculadas a algunas de las mayores multinacionales tecnológicas del planeta. La acumulación obscena de riqueza en unas pocas manos, que dominan a su vez los nuevos mecanismos de control social y los resortes de un poder político que busca deshacerse de cualquier límite jurídico e institucional, es ya la principal amenaza a nuestras democracias y a la libertad y seguridad de millones de personas”.

Mi primer impacto de la prepotencia y chulería de esa gente lo recibí de chaval. Cerca de casa, había una calle que daba a un descampado, en cuya acera limítrofe los bares de enfrente instalaban sus terrazas con el buen tiempo. Allí sesteaban toda la tarde, bebiendo cerveza, los soldados de la potencia expansionista destacados en la base de Torrejón, que habitaban en una cercana colonia de chalecitos. En una ocasión, un camión de reparto de una industria cervecera paró para descargar su mercancía. Entonces, uno de aquellos indolentes atravesó la calzada, tomó una litrona de vidrio en los primeros 60 ya existían, la abríó de un golletazo y se puso a beber a morro. ¡Qué pena que no se cortara! ¿Para qué iba a llamar a un camarero, pedirle su consumición y abonársela?

Una gran tragedia para muchos habitantes del planeta es la atroz colonización cultural a la que nos someten. Su música, su cinematografía, su televisión, sus redes sociales, su pensamiento político, económico, empresarial y social permean tantas sociedades las cuales, poco a poco, van perdiendo su identidad. A través de sus redes sociales, amén de explotarnos económicamente, nos inoculan odio, soledad y falsedades que erosionan nuestra convivencia. Deberíamos tratar de proteger nuestro territorio, nuestro bien más preciado: nuestra mente.

Y no olvidemos que su actitud negacionista frente al cambio climático puede conducir a un colapso de la vida sobre la superficie terrestre.