23 febrero 2026

Gringolandia: 250 años

Julio Sánchez Mingo


John Trumbull (1819).

Existe una percepción generalizada de que el papel prepotente y avasallador que vienen practicando los EUA en la actualidad es algo que se ha producido a raíz del ascenso de Trump a la primera magistratura de ese país. Pero no es así. Su comportamiento es el resultado, no la causa, de un proceder que se gestó hace cientos de años y que, según ha ido evolucionando el mundo, ha alcanzado ahora su paroxismo. Este nieto de un inmigrante alemán, casado con una nacida en la bella Eslovenia, se ha limitado a destapar la olla cuyo guiso huele a podrido desde finales del siglo XVIII, a abrir el tarro de las esencias, fecales, que ese país de Norteamérica contiene. Exterminaron, cuando eran todavía unos colonos holandeses e ingleses, a las tribus indias de Nueva Inglaterra. Una vez independizados de sus metrópolis, en breve se cumplirán 250 años de su archipregonada Declaración de Independencia, conquistaron las llanuras del Oeste, edificando su gran epopeya nacional, el genocidio de los nativos de las grandes llanuras. Se apropiaron definitivamente de Texas en 1845 y del resto de gran parte del territorio mexicano, más o menos los actuales estados de California, Nevada, Nuevo México, Arizona y Colorado, entre 1846 y 1853. Eso sí, conservando la esclavitud que los mexicanos habían abolido durante las guerras de Independencia con Miguel Hidalgo, 1810, y José María Morelos, 1813, y ya, desligados de la monarquía hispánica, con el presidente Vicente Guerrero, en 1829. Agredieron a España en 1898, arrebatándole Cuba, Puerto Rico y Filipinas, aprovecharon la Gran Guerra para construir su imperio industrial que consolidaron con la guerra al III Reich y Japón.

Su trayectoria, sobre la base de la desigualdad, el supremacismo blanco, la esclavitud y la explotación del hombre negro, el capitalismo salvaje y el desprecio al diferente, al otro, no tiene desperdicio. Han aplicado cuando les ha convenido y como les ha convenido la Doctrina Monroe para América, saltándose a la torera leyes y tratados internacionales, que no son proclives a firmar. Si lo hacen, no los respetan. La cooperación internacional va contra sus principios y si están en alguna organización supranacional es con carácter de mandamases y con derecho de veto.

Recordemos sus intervenciones en Panamá, Guatemala, República Dominicana o Nicaragua, Honduras y Granada. Eso sí, cuando toparon con gente muy amarrada a un difícil territorio salieron trasquilados, caso de Vietnam y Afganistán, jungla y montañas descarnadas, respectivamente.

Tampoco han respetado nunca los derechos humanos. El bloqueo de Cuba clama al cielo y las detenciones en Guantánamo, sin proceso ni juicio, bajo tortura, desde hace más de veinte años, de sospechosos de terrorismo, retratan su falta de humanidad. Colman aviones de inmigrantes que son recluidos en las siniestras cárceles de Bukele. Son cómplices del genocidio palestino, que, sin su apoyo, no habría tenido lugar. Son maestros en ejecuciones extrajudiciales. Me impactó mucho, produciéndome gran inquietud y desasosiego, la imagen de Obama y adláteres siguiendo en directo la operación de captura y asesinato de Bin Laden, como si asistieran a la proyección de una película de aventuras. Precisamente de Obama escribía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina: “… El simbolismo tan celebrado de que un hombre negro ocupara una Casa Blanca construida con el trabajo de los esclavos no dio mucho de sí. Obama no habría llegado a la presidencia si hubiera sido descendiente de esclavos, o si el color de su piel no viniera corregido por una madre blanca y por el sello de un doctorado en Harvard, gracias al cual los multimillonarios de Wall Street que financian al Partido Demócrata podían verlo casi como uno de los suyos. Obama reanimó a la fiera racista que ha latido siempre en Estados Unidos, pero no se molestó en desmontar el tremendo aparato de vigilancia y represión urdido a partir del 11-S, ni emprendió reformas verdaderas contra la omnipotencia de los tiburones financieros que provocaron la crisis de 2008. Se fue como había llegado, decorativo y cool, aunque con el pelo agrisado, y a continuación él y su esposa, que sí es descendiente de esclavos, se dedicaron a ganar dinero, y a no levantar apenas sus voces contra la grotesca tiranía de su sucesor”.

En los últimos meses, también Trump asiste en directo al bombardeo y hundimiento de las llamadas narcolanchas, donde tantos inocentes, que lo son mientras no se demuestre lo contrario, son eliminados. Es un viejo gagá que responde a las directrices de los representantes de la oligarquía que le rodean, con el aplauso de la ciudadanía blanca. En ese país, que nominalmente es una democracia representativa, lo que manda es el dinero, tanto es así que los altos cargos de la administración se obtienen como compensación a los donativos que se ofrecen a los partidos políticos mayoritarios y que mantienen bien engrasada toda esa estructura simoníaca, en todo lugar y momento. Hace dos semanas, presentó sus cartas credenciales en Madrid su nuevo embajador. Un anciano de origen cubano, propietario de una cadena de hospitales en Miami, donante del Partido Republicano, sin experiencia alguna en relaciones exteriores y diplomáticas. En la Monarquía Hispánica, el fin de la venta de oficios y altos cargos se produjo en 1750.

Hay que reconocer que las clases dirigentes y dominantes gringas han sido a lo largo de los años unos maestros en la construcción del relato de que su país era y es un bastión de la democracia y la libertad. Desde luego nada más lejos de la realidad. Con tanta desigualdad no hay democracia y los más desfavorecidos son esclavos de un sistema social que los asfixia y les impide disfrutar de libertad alguna. Pero todo el mundo, incluso todos sus ciudadanos oprimidos, les hemos comprado ese relato, que impera por todas partes: “Somos la nación de la libertad, la democracia y la justicia”.

La cultura algo allí muy minoritario, la ciencia y la técnica desarrolladas en EUA a lo largo del siglo XX, fueron creadas mayoritariamente por inmigrantes, negros y judíos huidos de la barbarie nazi. En definitiva, por personas pertenecientes a las minorías despreciadas.

¿Qué se puede esperar de un lugar donde en el siglo XXI no existe la sanidad pública universal o donde sobrevolando Las Vegas de norte a sur la vista salta de contemplar barriadas enteras de infraviviendas y caravanas, donde habitan los empleados sin salario, que viven de las propinas, explotados en los rutilantes hoteles casino, a ver estos centros de derroche donde manadas de cuerpos abotargados por la comida basura, las hamburguesas, los chuletones y el alcohol, juegan a las máquinas tragaperras? ¿O donde se abandona a su cruel destino a miles de zombies devorados por el fentanilo que vagan por las calles de San Francisco o Filadelfia?

Magnífico es el análisis que realiza Pablo Bustinduy del momento actual al otro lado del charco: “… es la deriva que sigue Estados Unidos bajo el yugo de unas élites fundamentalistas, milicias parapoliciales descontroladas y una oligarquía de grandes fortunas vinculadas a algunas de las mayores multinacionales tecnológicas del planeta. La acumulación obscena de riqueza en unas pocas manos, que dominan a su vez los nuevos mecanismos de control social y los resortes de un poder político que busca deshacerse de cualquier límite jurídico e institucional, es ya la principal amenaza a nuestras democracias y a la libertad y seguridad de millones de personas”.

Mi primer impacto de la prepotencia y chulería de esa gente lo recibí de chaval. Cerca de casa, había una calle que daba a un descampado, en cuya acera limítrofe los bares de enfrente instalaban sus terrazas con el buen tiempo. Allí sesteaban toda la tarde, bebiendo cerveza, los soldados de la potencia expansionista destacados en la base de Torrejón, que habitaban en una cercana colonia de chalecitos. En una ocasión, un camión de reparto de una industria cervecera paró para descargar su mercancía. Entonces, uno de aquellos indolentes atravesó la calzada, tomó una litrona de vidrio en los primeros 60 ya existían, la abríó de un golletazo y se puso a beber a morro. ¡Qué pena que no se cortara! ¿Para qué iba a llamar a un camarero, pedirle su consumición y abonársela?

Una gran tragedia para muchos habitantes del planeta es la atroz colonización cultural a la que nos someten. Su música, su cinematografía, su televisión, sus redes sociales, su pensamiento político, económico, empresarial y social permean tantas sociedades las cuales, poco a poco, van perdiendo su identidad. A través de sus redes sociales, amén de explotarnos económicamente, nos inoculan odio, soledad y falsedades que erosionan nuestra convivencia. Deberíamos tratar de proteger nuestro territorio, nuestro bien más preciado: nuestra mente.

Y no olvidemos que su actitud negacionista frente al cambio climático puede conducir a un colapso de la vida sobre la superficie terrestre.


09 febrero 2026

Hay que rascarse el bolsillo

Julio Sánchez Mingo


Carretera provincial Algodonales-Coripe (Cádiz). Febrero 2026. Policía local de Algodonales.


Releyendo las propuestas de los partidos políticos de cara a las recientes elecciones regionales de Aragón, no sabes si a los ciudadanos nos toman por estúpidos o si los estúpidos son ellos por incurrir en tantas contradicciones. Lo que lamentablemente es evidente es que gran parte de los votantes somos unos perfectos ignorantes, sin capacidad alguna de análisis, y de ello se aprovechan. Nos mueven el clasismo, que se deriva de nuestra vanidad y soberbia, y una casi omnipresente codicia, los mayores pecados de la especie humana, que se ven aderezados por esa citada ignorancia que todo lo permea.

El accidente ferroviario de Adamuz, con más de cuarenta víctimas mortales, ha puesto en evidencia unas notables faltas de inversión en el mantenimiento de las infraestructuras y en la reposición del material móvil en los últimos años, algo que adquiere tintes dramáticos en los sistemas de trenes de cercanías, especialmente en Cataluña, en sus Rodalies. Lo mismo vale para las carreteras, que las últimas lluvias tanto han dañado.

Para tener todo en orden, a satisfacción de los usuarios y de las exigencias de la sociedad, hace falta dinero, mucho dinero. Y éste solo puede salir de nuestros impuestos o de unas subidas inasumibles de los precios de los billetes en el caso de los transportes o de las tasas por cualquier servicio obtenido. Pero, como siempre, no nos queremos rascar el bolsillo, aunque siempre terminamos pagando lo indecible. Así, ahora, por ejemplo, hay gente que hace noche en destino porque los trenes de alta velocidad no garantizan la ida y vuelta en el día para asistir a una reunión o se pagan unos cientos de euros adicionales al mes para cubrir un seguro médico que nos ofrece algo menos de tiempo de lista de espera, una habitación hospitalaria más confortable, con mejor ración alimenticia, pero una muy menor atención médica y clínica. Al final, ¿no estamos en todos estos casos pagando de más? No dejemos de lado las fortunas que los padres de familia consumen en los colegios de sus hijos o en hacerles cursar una carrera en un centro de calidad más que discutible, tanto que ya todos hablamos de chiringuitos educativos.

A pesar de todo ello, parece chocante que en ciertos programas electorales se propugne “una bajada radical de impuestos” al mismo tiempo que la mejora de la sanidad y de los servicios públicos, denunciando “las listas de espera intolerables”.

La empresa privada no es eficiente en el servicio público. Y no lo puede ser porque la razón de su existencia es el lucro, el beneficio económico. Y en ciertos sectores, como la sanidad, incluso, para subsistir o alcanzar el rendimiento adecuado, se ve obligada a asirse a las ubres de la vaca publica, que ciertas administraciones no tienen empacho en ofrecerles graciosamente.

Mal vamos.

 

27 enero 2026

Los bancos de Barajas

Julio Sánchez Mingo


Aeropuerto de Barajas. Vestíbulo de la sala de llegadas 1, durante la pandemia, cuando había bancos.

 

En los vestíbulos de llegadas del aeropuerto de Madrid Barajas, al menos en los terminales T1 y T4, han sido retirados los bancos allí existentes donde familiares, amigos, proveedores o clientes de los pasajeros aguardaban su llegada, pacientemente sentados, siendo muchos de ellos personas mayores, otros lisiados. Tanto para unos como para otros una espera de más de diez minutos de pie es una tortura. No digamos cuando ésta se extiende a una hora u hora y media, algo frecuente dado el mal funcionamiento del aeropuerto, especialmente de los servicios de la T1, donde, por ejemplo, las recogidas de equipaje se eternizan o los agentes de la Policia Nacional ya se toman a risa que la mayoría de las máquinas de lectura automática de documentación no funcionen.

Al parecer, dicha retirada está motivada porque algunos centenares de personas sin hogar o refugio pernoctaban en los terminales del aeródromo, acomodadas en dichos asientos imposible tumbarse sobre ellos debido a los reposabrazos que los segmentan o tiradas por los suelos.

Para resolver esta lamentable situación, los gestores públicos de las administraciones central, regional y municipal, junto con AENA en un alarde de incompetencia y también de falta de humanidad—, en lugar de ir a la raíz de este problema social, no tan difícil de solucionar, han ido a lo fácil, autoritario y drástico: por una parte no se permite el acceso a las instalaciones a todo aquél que no vaya dotado de billete o tarjeta de embarque o pueda justificar que va a recoger a un viajero y, por otra, se ha optado por la retirada de los referidos bancos curioso e infame proceder: se esconde un problema y así ya no existe. Así se perjudica al usuario que satisface las correspondientes tasas de aeropuerto y a los demás ciudadanos que, con sus impuestos, financiaron la construcción de los recintos aeroportuarios, ahora convertidos en un negocio cuasi privado, que sólo piensa en sus accionistas en lugar de trabajar con vocación de servicio público esencial.

Por todo lo expuesto, he solicitado al Ministerio de Transportes que los bancos indicados sean inmediatamente repuestos y que todos los responsables de este dislate dimitan o sean cesados, comenzando por Mario Otero, director de Barajas.


16 enero 2026

El vertido. Tragedia tras las miserias de la vida cotidiana

Julio Sánchez Mingo



Hace un frío de mil demonios. Son las nueve de la mañana de uno de los primeros días del año, en Madrid. Ya estoy en la calle, paseando a la perrita que cuido por Navidades. Oigo el ruido de la bomba de descarga del camión cisterna que abastece de gasóleo el depósito que alimenta la caldera que da servicio de calefacción y agua caliente sanitaria a los tres edificios que conforman el bloque de 144 viviendas donde habito.

Como la semana pasada hubo un vertido de unos cientos de litros de este combustible tan contaminante cuando se realizaba la misma operación, me acerco a preguntar qué sucedió para que se produjese tan lamentable incidente, que arrasó parte de la pradera de una zona ajardinada y ha dejado una plazoleta impregnada de tan insalubre, maloliente y nocivo elemento. Ante ello, mis vecinos se han encogido de hombros, a pesar de estar directamente afectados, y la administración de la comunidad no ha movido un dedo. Se podía haber procedido a la descontaminación de la tierra afectada y al lavado con detergente adecuado del espacio con bancos donde hasta ahora sesteaban al sol unos ancianos, rara vez jugaba algún niño —especie en extinción— y pelaba la pava de noche alguna parejita ¿Para qué sirven los seguros?

El operario que conduce y manipula el camión y uno de los conserjes del bloque, ambos muy afables, me explican que no funcionaron correctamente los caudalímetros que miden el volumen del combustible dispensado. En bastantes ocasiones fallan, por lo que leo en Internet. Para verificar el volumen realmente suministrado siempre se debe recurrir a la clásica varilla de medición, que nos indica la cantidad de fluido contenido en un tanque depósito. Pero ha desaparecido, no se sabe dónde está. Como la conversación se prolonga y el tufo a gasóleo marea, me despido no sin antes preguntar al operario si lleva muchos años en esa faena, pues la inhalación de esos gases es realmente dañina para la salud. Me quedo pasmado primero y apenado después cuando, sonriendo, me muestra el cuello, señalando una cicatriz, que no quiero mirar, y me dice: "No, si yo un cáncer ya lo he tenido".

¿Qué futuro le espera a ese hombre? ¿Qué pensará para su fuero interno? Creo que hay falta de preocupación en la sociedad por los trabajadores que realizan tareas penosas. ¿Inconsciencia colectiva? ¿Se respetan sus derechos? ¿Cumplen legal y moralmente empresarios y administraciones públicas? ¿Hay suficiente prevención e inversión en ella? Está claro que la codicia mata. Creo que sobran más comentarios.

 

09 enero 2026

Esperpento

Julio Sánchez Mingo


El Libertador de Venezuela. Imagen que se mueve  por las redes sociales de los círculos del exilio venezolano en España.


El espectáculo que se nos ofrece desde el otro lado del Atlántico sólo puede calificarse de esperpento: un jefe de estado asesino, carente de humanidad y de respeto al prójimo, prepotente, que se salta a la torera continuamente todas la normas del derecho internacional y la legislación de su propio país, ordena secuestrar, trasladar con parada técnica en Guantánamo, para que no se nos olvide quien manda y que su plutocrática nación, que presume de democracia, no respeta, ni ha respetado nunca, los derechos humanos ni la legislación internacionaly encarcelar a su homólogo venezolano, un dictador que ha terminado por arruinar a una de las naciones más ricas de la tierra en petróleo, y tantos otros recursos naturales, ejerciendo una represión atroz. Su régimen político ha generado un éxodo sangrante y la miseria azota a los que, sin recursos, no han podido huir de su propia tierra. En la operación han muerto cientos de personas, a sumar a las victimas de los ilegales y arbitrarios ataques a las llamadas narcolanchas. Pero nadie las tiene presente ni se acordará nunca más de ellas.

Como si todo ello no fuera un colosal dislate, el presidente criminal ha entronizado a la cabeza de la sufriente nación venezolana a la camarilla del déspota que gobernaba el país, encabezada por su vicepresidenta. Ésta, al tomar posesión, ha jurado su nuevo cargo sobre la Biblia —los políticos siempre a Dios rogando y con el mazo dando, en un eterno alarde de cinismo e hipocresía que sostenía, pásmese querido lector, Nicolasito, el hijo del propio tirano recluido. La oposición al chavismo, que el pasado sábado 3 de enero se las prometía tan felices con la desaparición del sátrapa, se ha visto ninguneada y postergada, cornuda y apaleada, por el nieto del inmigrante alemán Drumpf —fue un aprendiz de peluquero que hizo fortuna montando negocios de habitaciones para señoritas. De casta le viene al galgo— y se ha plegado a sus deseos. El estrambote adquiere dimensiones colosales cuando la líder de esa oposición, recompensada con el premio Nobel de la Paz de 2025, en lugar de mostrarse humillada y despechada por el que tantos venezolanos, especialmente del exilio, ahora llaman El Libertador de Venezuela, le ha ofrecido compartir su galardón, según ha declarado a la cadena Fox News. "Como este es el premio del pueblo venezolano, ciertamente queremos dárselo y compartirlo con él", ha afirmado.

Según proclama a los cuatro vientos con absoluta desfachatez, el émulo de Hitler solo quiere de Venezuela su petroleo, sus riquezas naturales. No tiene el menor interés en el bienestar del pueblo venezolano, ni siquiera en el restablecimiento de una democracia más o menos formal, con un gobierno de concentración nacional a cargo de tan difícil tarea. Parece que los gringos han aprendido la lección de Vietnam —cerca de 60.000 soldados del Tío Sam muertos— y de Irak —casi 5.000— con sus correspondientes guerras de ocupación. Estremece hablar de las víctimas civiles inocentes que hubo. Si ahora invadieran Venezuela requerirían colaboracionistas, lo que lleva siempre, inevitablemente, a una guerra civil.

La operación del amigo de Stormy Daniels y de Jeffrey Epstein dime con quién andas y te diré quién eres— ha cogido con el paso cambiado a la extrema izquierda española que justificaba a los bolivarianos y a la ultraderecha de VOX y del PP que animaban a la oposición de Machado y Edmundo González y adoran al atacante del Norte. Tanto unos como otros permanecen callados.

¿Qué nos deparará el futuro? ¿Qué sucederá con Groenlandia? Lo único cierto es que los más perjudicados serán los humildes sin recursos.

19 diciembre 2025

Navidades

Julio Sánchez Mingo

A Sydoniia Iakymchuk, cuyo país está asolado por la guerra



Luminarias navideñas 2025 en Gaeta (IT). J. S. M. 


En unos pocos días estaremos de lleno sumergidos nuevamente en las Navidades, que terminan abruptamente tras la festividad de Reyes, dando paso a la fría —por temperatura, en nuestras latitudes, y poca actividad económica— cuesta de enero. Ya desde finales de noviembre estas celebraciones vienen asomando y tomando cuerpo con los encendidos de las luces navideñas de tantos pueblos y ciudades, con un notable incremento de la actividad comercial, y por ende el gasto familiar, y con las comidas y cenas de fraternidad de amigos, compañeros y familiares.

Siempre se ha oído decir que son fiestas para niños pero todos, cualquiera que sea nuestra edad, nos dejamos arrastrar por ese paroxismo consumista que las vertebra y por esa obligada dicha, que es más bien ficticia, que las identifica. Nos felicitamos por doquier, aunque sea nuestro peor enemigo el destinatario de nuestros parabienes. Han perdido casi todo su carácter de celebración religiosa y así han vuelto a parecerse a sus orígenes, las Saturnales de los romanos, donde se decoraban las casas, se intercambiaban regalos, se organizaban banquetes y se transgredía, más o menos, el orden establecido, en un ambiente de juerga y desenfreno.

A muchas personas no les gustan las Navidades. Obligan a divertirse a fecha fija, gastar lo que a veces no se tiene, incluso a acompañarnos de quien aborrecemos. Tantas veces salen a la luz nuestras miserias personales y domésticas, se manifiestan la soledad, las malas relaciones familiares, nuestros fracasos y, sobre todo, nuestra hipocresía y nuestro egoísmo. Y, muy importante, echamos mucho de menos a los ausentes.

El espíritu cristiano, caracterizado por su mandato de compartir y ayudar, revienta echo trizas. ¿Quién se va a acordar, bajo los efluvios del espumoso o los ardores de una cena opulenta —nubladas las entendederas—, de Gaza, de la miseria invisible de las 3.500 personas de los asentamientos irregulares de Níjar —que en las semanas anteriores se habrán afanado en producir las frutas y verduras de nuestro ágape pantagruélico—, o del desalojo de los inmigrantes del antiguo instituto público B9 de Badalona, mientras su alcalde compite con el de Vigo por ver quién planta el árbol de Navidad más alto y voluminoso, imitando a dos inmaduros machitos que rivalizan por mostrar el falo más grande?

Permeados por la cultura dominante que llega desde el otro lado del Atlántico Norte, perdemos nuestra identidad y nuestras esencias, algo que las Navidades evidencian apreciablemente. Mientras, los salvapatrias acusan de ello a los más débiles, indefensos y humildes, los inmigrantes, que comparten con nosotros cultura y tradiciones. ¿Se nos ha olvidado que somos hijos del Mediterráneo, es decir, de Oriente Medio y el norte de África, y padres de casi toda América?

Al igual que los regidores de Badalona y Vigo, todos nuestros gobernantes y dirigentes se afanan en el pan y circo navideños—otra vez los antiguos romanos salen a relucir—, más circo que pan, desviando fondos de inversiones estructurales —Educación, Sanidad, Medio Ambiente, Vivienda, Lucha contra la desigualdad, Ayuda al tercer mundo— a actividades lúdicas desmedidas, ocultando sus propias limitaciones, su incapacidad e incompetencia para satisfacer la necesidades reales de la ciudadanía.

Las Navidades no deben hacernos perder el foco sobre el mundo que nos circunda, con todos sus retos y exigencias.

Qué seáis felices y hagáis felices a los que os rodean. ¡Es lo que importa!



 

13 diciembre 2025

Convocatoria del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

 




Se convoca el X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid, con arreglo a las siguientes bases:


1.- Podrán concurrir todas las personas que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad, con un solo trabajo.


2.- Los escritos presentados deberán reunir las siguientes condiciones:

a) Estar redactados en español.

b) Ser originales e inéditos.
c) No haber sido premiados ni estar participando en ningún otro certamen.

d) Tener una extensión mínima de 1.800 caracteres y máxima de 10.000.

e) Tema: libre.

f) Género: narrativa, divulgación u opinión, a elección del creador.

g) El autor premiado en la IX edición, celebrada en 2025, no podrá presentarse a esta convocatoria, siendo invitado a colaborar en la misma como miembro del jurado.


3.- Los originales se remitirán por correo electrónico en formato pdf antes de las 24:00, hora de Madrid, del domingo 15 de marzo de 2026.
Para ello se enviará un mensaje a la dirección
diariodemadrid@yahoo.com, con la mención en el asunto X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid, que incluya un fichero pdf conteniendo exclusivamente el trabajo presentado a concurso y otro archivo pdf donde deberán constar los siguientes datos: nombre y apellidos, nacionalidad, domicilio, teléfono y dirección de correo electrónico del creador, título del escrito, así como una declaración de su autoría y de satisfacer las condiciones de estas bases. Los menores de edad deberán, además, remitir el consentimiento de sus padres o tutores para poder participar.


4.- El editor de jsanchezmingo.blogspot.com designará el jurado, que estará compuesto por un mínimo de nueve personas y realizará la elección final de la obra ganadora.


5.- Antes del 30 de junio de 2026 se publicará el fallo del jurado en: https://jsanchezmingo.blogspot.com. Previamente será comunicado simultáneamente por teléfono y correo electrónico al autor vencedor, en cuyo momento se le informará también del lugar de entrega del correspondiente trofeo, una obra de un acreditado artista plástico.
El trabajo ganador será publicado en
jsanchezmingo.blogspot.com en los días sucesivos, no devengando su autor derechos por este motivo.


6.- El premio no podrá declararse desierto. La decisión del jurado será inapelable.


7.- No se mantendrá correspondencia con los autores de los trabajos presentados desde la publicación de la convocatoria hasta después del fallo del jurado, excepto para la aclaración de cuestiones relativas a estas bases o a la correcta recepción de los trabajos presentados a concurso. La resolución de todas las cuestiones que puedan surgir o plantearse sobre este certamen son de exclusiva competencia del editor de jsanchezmingo.blogspot.com en calidad de convocante.

8.- La participación en este concurso implica el conocimiento y aceptación de las bases que lo regulan, así como el acatamiento de cuantas decisiones adopte el editor de
jsanchezmingo.blogspot.com en lo relativo a su interpretación y aplicación.


Julio Sánchez Mingo

diariodemadrid@yahoo.com

Madrid, diciembre de 2025

 



06 diciembre 2025

Obra ganadora del III Concurso Literario de Relatos contra la Violencia de Género de Lardero (La Rioja)

El eco de mi nombre

José Luis Chaparro

 


Durante años medí el tiempo no por relojes, sino por costumbres; por rituales silenciosos que marcaban el pulso de los días.

El café de las seis, humeante como un pequeño amanecer en la taza,
el murmullo del agua al comenzar a hervir, el crujido fragante de la tostada dorándose con lentitud, el golpe seco del periódico cayendo sobre la mesa como un sello que confirmaba que el mundo seguía ahí, afuera...

Todo se repetía con una precisión casi sagrada, como una oración aprendida de memoria y susurrada al amanecer. Era una letanía doméstica, sencilla pero poderosa, que me sostenía cuando el tiempo, el verdadero, ese que no marcan los calendarios ni los relojes, parecía escurrirse silencioso por las rendijas de la rutina.

En esos gestos cotidianos encontraba una forma de certeza. Un refugio diminuto frente al vértigo de los días que pasan sin dejar huella, salvo en la memoria de lo que se repite.

Fui contable antes de ser madre, antes incluso de aprender a ser esposa. Me gustaban los números porque no mentían. Si algo no encajaba, siempre había una fórmula. Un error que corregir. Con la vida no fue así. No hubo cuentas claras ni balances finales.

Creí que amar era ceder, que cuidar significaba callar.

Fui dejando cosas. El trabajo, los proyectos, el impulso de independencia… como quien suelta equipaje para no entorpecer el paso de otros. Y me dediqué a mi familia, convencida de que allí, en esa entrega silenciosa, también podía encontrarse una forma de plenitud.

Pero con el tiempo entendí que algunas renuncias no se anotan en ninguna hoja de cálculo, y que hay pérdidas que no hacen ruido, aunque pesen toda la vida.

Julián, mi marido, era entonces un hombre correcto, trabajador, de modales discretos y una severidad que muchos confundían con respeto. Yo también. Creí que su silencio era temple. Que su manera contenida de habitar el mundo era sinónimo de fortaleza. No supe ver que, detrás de esa calma, había una distancia que no hacía ruido, pero que dolía igual.

Con los años, su voz se volvió cuchillo. No necesitaba levantarla. Aprendió a herir en susurros. Bastaba una ceja alzada, un gesto apenas, para recordarme cuál era mi sitio.

«¿Otra vez la comida fría?» «¿No hiciste nada hoy?» «¿Qué harías sin mí?».

Eran frases breves, afiladas, que no dejaban moratones, aunque sí grietas. Palabras que se quedaban flotando en la casa mucho después de haber sido pronunciadas. Yo recogía esas palabras una a una, como quien guarda piedras en el bolsillo sin notar que lo van hundiendo.

Cuando los niños eran pequeños no quería preocuparlos. Sus ojos aún brillaban con la inocencia de un mundo donde todo es posible, y yo me prometí protegerlos de cualquier sombra. Cuando crecieron no quise avergonzarlos. Temía que mis palabras fueran demasiado pesadas para sus hombros jóvenes y orgullosos.

Y así pasaron los años, uno sobre otro, silenciosos y lentos como la luz que se filtra por las cortinas sin hacer ruido. Mi voz se fue apagando poco a poco, hasta convertirse en parte del mobiliario de la casa. Un susurro entre los muebles, un eco que nadie recordaba encender, un hueco donde alguna vez hubo palabras que nunca pronuncié.

Una tarde me vi reflejada en el espejo del salón. No reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Su pelo estaba salpicado de gris, los hombros encogidos como si soportaran un peso invisible, los labios apretados con una rigidez que no parecía mía. La observé como a una sombra extraviada, un fantasma que se había instalado en un cuerpo que nunca pidió habitar.

El primer empujón llegó una noche cualquiera. No hubo discusión, ni motivo evidente. Simplemente lo hice enfadar con una pregunta torpe, fuera de lugar. Me apartó con el dorso de la mano, sin mirarme, como si yo no existiera en ese instante. Caí al suelo, y durante un segundo que se estiró hasta doler, no supe si llorar, disculparme, o desaparecer. El silencio que siguió era pesado, casi sólido, llenando la habitación como un humo invisible que no se disipaba. Y en ese instante comprendí que algo en mí se había roto, sin que nadie gritara, sin que nadie reclamara, solo con la certeza de que mi cuerpo ya no era un refugio seguro.

Al día siguiente me pidió perdón.

No sé qué me pasó. Fue un mal día —dijo.

Y yo lo abracé, creyendo que el amor era eso: soportar las tormentas. Pero las tormentas regresaron. Y cada vez con más viento.

Cuando intenté contárselo a mi hermana, me dijo:

¡Ay, Elena!, todos los matrimonios pasan por altibajos. No dramatices tanto.

Una amiga de juventud me respondió algo parecido:

Julián siempre fue temperamental. Pero te quiere. Eso se nota.

Ahí entendí que la soledad podía tener forma humana e incluso voz familiar.

La noche de nuestro aniversario de bodas cociné su plato favorito. Encendí una vela, puse música... Cuando entró, olió el ambiente y bufó:

¿Otra vez con tus tonterías románticas?

Esa noche, cuando se durmió, bajé a la cocina. Encima de la mesa había un frasco de pastillas, un vaso de agua y un silencio que me pesaba más que cualquier golpe. Pensé en mis hijos. ¿Me echarían de menos? ¿O preferirían no tener que elegir entre su madre y su padre? Pensé en la joven que fui, la que soñaba con viajar, con escribir, con vivir sin miedo. ¿Dónde estaba esa mujer? Y entonces, entre las sombras, escuché algo. No fue una voz real, sino un eco: «Todavía no». No supe de dónde venía, si de mi cabeza o de mi corazón. Pero fue suficiente para apartar las pastillas. Lloré mucho. Lloré como quien se limpia.

A la mañana siguiente me puse una blusa que hacía años no usaba, azul con flores pequeñas, como un pequeño desafío a la rutina que me había ido apagando. Me miré al espejo y por un instante casi no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Había líneas de cansancio en su rostro, sí, y un temblor sutil en las manos, pero también algo más, algo que antes había olvidado. Vi a una mujer que aún podía moverse, que aún podía decidir, que aún podía reconstruirse, aunque el miedo temblara junto a ella.

Cuando Julián salió de casa, yo también lo hice. Caminé durante horas, sin rumbo, dejándome arrastrar por las calles vacías de mi propio cansancio, hasta llegar a un parque donde solía llevar a los niños. Me senté en el mismo banco que tantas veces había ocupado con ellos, y por un instante, todo me pareció extraño y familiar a la vez.

El aire olía a tierra húmeda, mezclado con el perfume de los árboles y la memoria de los juegos infantiles. Escuché el crujido de las hojas bajo mis pies y el canto lejano de un pájaro, y por primera vez en mucho tiempo, respiré sin miedo.

El corazón, aún nervioso, empezó a reconocer algo que había olvidado. Que había un mundo fuera de la casa, un mundo donde podía existir para mí misma, aunque fuera solo por un momento. Y en ese momento, sentí que el silencio que me acompañaba se convertía en algo distinto. No era vacío, sino un espacio donde podía volver a empezar.

Saqué el móvil y marqué un número que había guardado en secreto durante meses. El de un centro de apoyo a mujeres. Cada dígito que pulsaba me parecía un acto de coraje pequeño, casi imperceptible, y a la vez enorme. No sabía qué decir. Me temblaba la voz, como si cada palabra que quisiera pronunciar estuviera atrapada en la garganta.

Pero hablé. Y del otro lado, una mujer me escuchó. No me interrumpió, no me juzgó, no me ofreció soluciones rápidas. Solo escuchó. Sus silencios eran firmes, su voz cálida, y por primera vez sentí que alguien me devolvía el derecho a existir sin miedo.

Aquella llamada no me salvó por completo, no borró los años de dolor ni las cicatrices invisibles, pero abrió una rendija de luz en una habitación que llevaba demasiado tiempo sin ventanas.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el aire podía entrar de nuevo. Que mi voz, temblorosa pero presente, podía recorrer un camino que antes me había parecido cerrado para siempre.

Las semanas siguientes fueron una guerra muda. Cada gesto, cada palabra contenida, cada silencio, era un campo de batalla. Julián empezó a notar el cambio. Me observaba con recelo, como si no entendiera qué pieza de aquel mecanismo que creía perfecto había dejado de obedecer. Sus ojos, antes seguros y dominantes, buscaban el fallo en mí, aquel lugar donde volver a tomar control.

Cuando me insultaba, yo lo miraba fijo. No respondía, pero tampoco bajaba la cabeza. Era un desafío silencioso, un muro invisible que me protegía sin que él pudiera tocarme. Cada palabra suya rebotaba contra mi determinación, y yo empezaba a comprender que la fuerza no siempre se mide con gritos ni golpes. A veces se mide en la calma que no se quiebra.

¿Qué te pasa? —me preguntó una noche, con esa mezcla de desconcierto y furia contenida que lo caracterizaba.

Nada —respondí, con voz firme—. Ya no me pasa nada contigo.

Esa frase fue un trueno silencioso, una sacudida que resonó en cada rincón de la casa. Por primera vez, sentí que el poder no estaba en él, sino en la elección de mis palabras y mis silencios. Era un comienzo, pequeño pero irrefutable, de un territorio que ya no me podía ser arrebatado.

Empecé a ir a un grupo de apoyo. Al principio, escuchar las historias de otras mujeres, tan parecidas a la mía, me dolía más de lo que me consolaba. Cada relato era un espejo que me devolvía miedos y cicatrices que creía dormidos. Pero poco a poco, algo comenzó a cambiar. Comprendí que no estaba sola. Que éramos muchas. Que el dolor compartido, aunque intenso, no pesa tanto cuando alguien más lo sostiene a tu lado. Las risas tímidas, los silencios cómplices, los abrazos al final de cada reunión me recordaban que la vulnerabilidad también podía ser un acto de fuerza.

Con el tiempo, y con un impulso que ya no podía ignorar, me atreví a actualizar mi currículum. Hacía más de veinte años que no lo tocaba. Cada sección me exigía memoria y paciencia. Había palabras que me costaba recordar, logros que había olvidado, experiencias que sentía ajenas a la persona que era ahora. Pero cada frase recuperada, cada dato escrito con mi propia mano, era un pedazo de mí que regresaba, un testimonio silencioso de que aún podía construir mi vida fuera de las sombras que me habían intentado aprisionar.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro podía pertenecerme, no como un sueño lejano, sino como un camino que empezaba a desplegarse bajo mis pies, firme y real.

Mis hijos no lo entendieron.

Pablo me llamó una tarde:

Papá dice que estás exagerando, mamá. Que estás confundida.

¿Y tú qué piensas? —le pregunté.

No sé. No quiero meterme.

Lucía fue más dura:

Mamá, no provoques a papá. Lo conoces. Puede ponerse peor.

Colgué con el corazón encogido. Pero, por primera vez, no sentí culpa. Ellos también estaban presos del miedo, aunque no lo supieran.

Esa noche escribí una carta para ambos. No era una despedida. Era una declaración:

«No me voy de casa por huir de vuestro padre. Me voy para volver a mí misma. No me fui de vosotros, sino de mi silencio».

El día que decidí marcharme, llovía. La lluvia caía con una dulzura obstinada, persistente y fría, como si quisiera lavar no solo las calles, sino también los rincones oscuros de mi vida. Cada gota golpeaba los cristales con un ritmo pausado, acompasado a los latidos de mi corazón, recordándome que, a veces, incluso lo que parece inmutable puede cambiar.

Llené una maleta pequeña: algo de ropa, un libro que había dejado olvidado en la mesita de noche, una foto de cuando los niños eran pequeños, sonrientes y despreocupados, y una libreta en blanco, vacía, como un pacto silencioso conmigo misma para escribir la vida que todavía no me había permitido vivir. Cada objeto que colocaba dentro parecía cargarme de valor, como si en su sencillez guardara toda la fuerza que necesitaba para dar el primer paso.

Al cerrar la maleta, sentí un vértigo extraño. Miedo, sí, pero también un alivio profundo, como si por fin hubiera abierto una puerta que había estado cerrada demasiado tiempo. La lluvia seguía cayendo, y por primera vez en años, respiré sin apretar los hombros, sin contener la emoción que me inundaba. Era el principio de algo incierto, pero mío.

Julián dormía. Lo miré una última vez. Ya no sentía miedo ni odio. Solo una distancia inmensa, como si estuviera viendo a alguien que fue importante en otra vida.

Cerré la puerta despacio y salí bajo la lluvia. No abrí el paraguas. Dejé que el agua me empapara. Cada gota parecía lavar una palabra hiriente, una culpa antigua.

Caminé hasta el parque. Me senté en el banco. Cerré los ojos.

Por primera vez, dije en voz alta:

Me llamo Elena.

Mi nombre resonó en el aire húmedo, libre, como si por fin pudiera pronunciarlo sin que nada ni nadie lo encadenara. Era una sensación extraña y maravillosa, como escuchar música después de una eternidad de ruido ensordecedor. Cada sílaba que salía de mis labios parecía devolverme un pedazo de mí misma que había estado apagado durante años.

Los primeros meses fueron difíciles. Dormía poco, comía mal, me despertaba sobresaltada por pesadillas que traían recuerdos que intentaba enterrar. La soledad, al principio, pesaba como un manto frío que no podía quitarme de encima. Pero con cada amanecer, al abrir los ojos y sentir la luz filtrarse por la ventana, aparecía algo nuevo, delicado pero poderoso: posibilidad. La posibilidad de tomar decisiones solo para mí, de volver a dibujar mis días, de explorar quién era ahora sin miedo ni culpa.

Poco a poco, los pequeños gestos fueron reconstruyéndome: preparar un desayuno sin prisa, leer un libro en silencio, caminar bajo la lluvia sin apuro. Cada instante me enseñaba que la libertad no siempre grita. A veces llega como un susurro, persistente, y que incluso en la fragilidad hay fuerza.

Encontré trabajo en una pequeña oficina contable. Al principio, mis manos temblaban sobre el teclado, pero poco a poco los números volvieron a ser mis aliados. Me sentía viva cuando todo encajaba.

Una compañera, al poco tiempo, me dijo:

Tienes una serenidad extraña. Como si hubieras pasado por un incendio y aún olieras a humo, pero ya no te quemaras.

Sonreí. No le expliqué nada. Pero sí, algo así era.

A veces me asaltaban los recuerdos: su voz que antes me hacía temblar, los portazos que sacudían la casa, los silencios que pesaban como muros invisibles. Me dolían todavía, punzantes y familiares, pero ya no me gobernaban. Había aprendido a mirarlos como sombras del pasado que no podían seguir definiendo mi presente.

Había comprendido que la fortaleza no consiste en no caer nunca, sino en elegir levantarse cada vez que se cae, aunque las manos tiemblen, aunque el cuerpo dude, aunque el corazón recuerde con miedo. Era un acto silencioso, íntimo, que no necesitaba reconocimiento. Un compromiso conmigo misma de no permitir que la vida de otro dictara la mía.

Con cada caída y cada levantada, sentía crecer algo que antes había estado dormido: confianza, autonomía, la certeza de que podía caminar por mis propios pasos, aunque fueran inseguros, aunque fueran lentos. Y en ese descubrimiento, hallé una libertad inesperada: la libertad de ser dueña de mi tiempo, de mi cuerpo y de mis emociones.

Un día recibí una carta de Lucía.

«Perdóname, mamá. No entendí. Ojalá hubiera tenido tu valor antes».

La leí despacio, varias veces. No lloré. No había rencor en mí. Solo una ternura profunda, casi maternal hacia ella y hacia mí misma.

Guardé la carta en mi libreta y escribí debajo: «El perdón es aprender a respirar sin el peso del pasado».

Aquella noche salí a caminar. La ciudad brillaba con las luces del invierno, reflejándose en los charcos y en los escaparates, como si todo quisiera recordarme que la vida seguía adelante, incluso después del dolor. El aire olía a frío y a humedad, y cada bocanada me hacía sentir despierta, presente, dueña de mis pasos.

Pasé frente a una librería y me detuve un instante, atraída por el calor que parecía emanar de su interior. Me vi reflejada en el cristal. La mujer que caminaba sola bajo la noche, con la respiración entrecortada por la emoción y la libertad, era a la vez extraña y familiar. Y detrás de mi reflejo creí ver a la mujer que fui. La callada, la sumisa, la invisible.

Pero ya no me miraba con reproche, ni con miedo, ni con tristeza. Me miraba con comprensión, casi con ternura. Y por primera vez sentí que podía reconciliarme con esa versión de mí misma, reconocerla sin culpa y dejarla descansar, mientras yo avanzaba hacia un presente que podía ser mío, luminoso y sin cadenas.

Cada paso sobre la acera mojada era un acto de afirmación. Estaba aquí, seguía de pie, y por fin me pertenecía la noche, la ciudad, y mi propia historia.

Entré y compré una libreta nueva. En la primera página escribí: «Hoy empiezo de nuevo. Mi nombre es Elena, y me lo devuelvo».

Ahora vivo sola en un pequeño apartamento. Las paredes son blancas, limpias, y el silencio ya no me asusta; más bien se ha vuelto un aliado que me permite escuchar mi propia respiración, mi propio latido. En la mesa hay siempre una taza de café humeante, un cuaderno abierto, y un bolígrafo que espera, paciente, mis palabras. Cada mañana siento que esas páginas en blanco me ofrecen un lugar seguro donde volver a mí misma.

A veces despierto antes del amanecer y dejo que la luz se filtre por la ventana. El polvo dorado baila en el aire con una calma que me conmueve, y me parece que cada partícula lleva una palabra que no dije a tiempo, pero que aún puede existir, que aún puedo pronunciar o escribir sin miedo. Respiro hondo y siento cómo la casa, el aire, el silencio, se convierten en un refugio donde cada recuerdo se transforma en enseñanza y cada emoción hallada, en libertad.

Ya no necesito que nadie me escuche para sentirme real. Mi voz existe en mí misma, sólida y honesta. Cada gesto, cada decisión, cada café tomado con calma se convierte en un acto de afirmación: estoy aquí, de pie, completa en mi propia compañía, reconstruyéndome a mi ritmo y celebrando la vida que, finalmente, me pertenece.

He comprendido que no fui cobarde, ni tonta, ni débil. Fui educada para sostener a los demás, hasta que recordé que también podía sostenerme a mí.

El eco de mi nombre ya no me duele.

Suena a promesa.

A renacimiento.

Y cuando lo digo —Elena—, siento que todo el silencio del mundo se convierte en música.


14 noviembre 2025

La niña de Masaryk

Julio Sánchez Mingo

 


Se llama María Fernanda. Tiene ocho años. Con su caja de chicles y otras chucherías a la venta colgada del cuello, como las antiguas cerilleras, suele estar apostada frente a uno de los locales de moda de Polanco, a medio camino entre bar de copas y restaurante exclusivo para clientes de alto poder adquisitivo. Entre semana, destacan, en un elevado porcentaje, las parejas de hombre mayor y atractiva mujer joven. Los fines de semana son frecuentes los grupos familiares.

Aprovecha el breve lapso de tiempo que emplean los aparcacoches para recibir o entregar los desmesurados automóviles de la clientela para pedir una colaboración. Ellos suelen ser más generosos que ellas.

Acude al lugar, tras un trayecto de dos horas y media desde Chimalhuacán, donde vive. Su madre la recoge jueves y viernes a la salida de la escuela y, junto a su hermanita pequeña, se dirigen a la zona capitalina caracterizada por sus tiendas de lujo y su hostelería para concurrencia pudiente. Su madre, Mari, 29 años, con su benjamina entre los brazos, se sitúa junto a una acreditada y popular taquería, a unos cien metros del emplazamiento que suele ocupar su hija. Cuando le surge, completa los ingresos familiares limpiando pisos y oficinas. Los sábados se une al grupo Tadeo, su hijo mayor, de nueve años, al que no gusta nada esta actividad a la que se ve abocado. Algunos domingos también los dedican a esta actividad de subsistencia. Esos grupos familiares del fin de semana suelen ser terreno abonado para obtener unos pesos de más.

La figura paterna no existe.

En el colegio, lo que más le gusta estudiar son las cuentas. Desde luego maneja con desparpajo billetes y monedas.

Si nada ni nadie lo remedia, con quince años será madre. No lucirá el vaporoso vestido de Cenicienta o de princesa, con miriñaque o crinolina, que portan las adolescentes en México en las fiestas que les organizan al alcanzar esa edad.

Lamentablemente, hay demasiados niños como María Fernanda en el mundo. El fenómeno de la explotación infantil está muy extendido. Sorprende que un país como México, una bella tierra de gran riqueza e inmenso capital humano, sea un paraíso de la más bien debería escribir un infierno de desigualdad. Hace unos sábados en unos servicios sanitarios de la soberbia y moderna Biblioteca Vasconcelos, un chaval de catorce años, junto con un niño de unos diez, descansaba, tirado por el suelo, de su labor de venta en el cercano El Chopo, un popular tianguis de cultura alternativa y contracultural. Es el recurso de tantas familias humildes: dedicar a sus hijos a la mendicidad o a la venta ambulante.

Todo ello es algo tan normal y asumido que no nos llama la atención a los transeúntes. Las comitivas de uno hasta seis vehículos policiales todoterreno de caja abierta, donde de pie se aferran a unas barras dos o tres agentes con metralleta lista para el disparo, pasan continuamente a pocos metros de distancia de nuestra protagonista sin prestarle la mínima atención. Su único objetivo es mantener la siempre mal entendida seguridad ciudadana, ahuyentando delincuentes hacia otros barrios, y cuidar del patrimonio de vecinos, comerciantes y hosteleros, ensordeciendo con los aullidos de sus sirenas y cegando con los destellos de sus luces multicolores.

¡Qué impotencia! ¿Cómo se la podría ayudar para desviarla de un futuro previsiblemente tan negro?