Un verano para olvidar
Julio Sánchez Mingo
Comenzamos el verano en la Península Ibérica con una ola de calor asfixiante, cuando todavía no habíamos superado el solsticio de verano.
Unos incendios pavorosos ―de una extensión nunca vista en este país― se cebaron con grandes masas forestales de las provincias de Ávila y Madrid y de otros lugares de la geografía nacional. Sin olvidar que en Francia ardió una superficie considerable del emblemático bosque de Fontainebleau y que en Los Gallardos (Almería) el fuego causó trece víctimas mortales. Se han escuchado opiniones para todos los gustos pero parece que las políticas seguidas en los últimos años dejando el monte a su deriva por falta de inversiones y cuidados, el cambio habido en las sociedades agrarias y en el uso del territorio y el éxodo de la población rural a las ciudades han conducido a estos desastres. Aunque la causa directa del incendio de Ávila fuera el uso, en un lugar y período prohibidos, de una cierta maquinaria, según informaron algunos medios de comunicación.
La avalancha de más de 70.000 jóvenes y niños marroquíes hacia Ceuta, el enclave español del norte de África, dejaron un saldo de, seguramente, más de 100 muertos. Los turbios manejos del sátrapa magrebí, los intereses de la geopolítica internacional, la reacción a destiempo del gobierno de un país que no marcha —donde cada cual rema en una dirección diferente y todo cada vez funciona peor, nadie asume responsabilidades, ni gobernantes ni particulares, y los jóvenes que deberían empujar están instalados en un hedonismo consumista que arrasará el planeta si nadie lo remedia—, el deseo de mejora de unos inocentes alentados por unas redes sociales manipuladas y manipuladoras, en las que se invitaba a pasar una frontera que se decía abierta y donde no era necesaria documentación, condujeron a la gran carnicería de los más desvalidos y pobres de la ecuación. ¡Hasta una niña de 12 años se cuenta entre las víctimas! La juventud de Marruecos quiere salir de su país, donde la situación económica y social es muy difícil. Según las estadísticas públicas, hay 1,5 millones de chavales entre 15 y 25 años que ni estudian ni trabajan. Y se alcanza la cifra de 4 millones de desocupados si se incluye la población de hasta 35 años de edad.
En España, la crisis ceutí cogió a muchos ciudadanos haciendo las maletas para salir de vacaciones. Menudo contraste tan aterrador. Unos a disfrutar y otros a la morgue. Sin olvidar a los subsaharianos que vagan por el Magreb huyendo de la miseria, las enfermedades —el ébola está descontrolado— y las guerras que asolan tantas regiones de África, que aprovecharon la coyuntura para pasar a Ceuta y terminaron durmiendo al raso en la playa del Trampolín, donde empezaron a ser desalojados tres semanas después para ser cobijados en espacios más acordes a la condición humana. Y todo en un ambiente de crispación y enfrentamiento político y social en España que no nos lleva a ninguna parte, a nada positivo, sólo al abismo.
La relación de Marruecos y España es una vieja historia de conquista, colonización, exterminio con agente mostaza y explotación. Romanones y Primo de Rivera esquilmaron sus escasos recursos naturales. El dictador jerezano los hacía gasear mientras se solazaba en Villa Rosa de la plaza de Santa Ana de Madrid. Franco los aprovechó como carne de cañón en la Guerra Civil y para su tristemente famosa Guardia Mora. Ahora los semiesclavizamos bajo los plásticos de El Ejido, en la cosecha de la fresa de Huelva o para las más duras tareas del campo. Pobre pueblo marroquí, siempre víctima de su sultán o de la codicia española.
Bajo el tratamiento informativo de este lamentable y tristísimo suceso subyace un racismo exacerbado, que responde al mismo sentimiento de una parte nada despreciable de la ciudadanía española y del resto de Europa. Parece que sólo importa la integridad nacional y el mantenimiento de nuestro nivel de vida y no nos preocupan nada tantos muertos en la frontera y la pobreza de países paupérrimos, aunque intrínsecamente ricos, cuyos recursos Occidente, Rusia y China no cesan de explotar.

2026-08-03 Bernat Armangue - AP Photo - El País. Un
menor no acompañado de 12 años es conducido por un militar a la
frontera con Marruecos, mientras el adolescente le ruega no ser
deportado.
Parece que estamos viviendo un fin de época, inmersos en una decadencia que el sistema capitalista extremo no cesa de alimentar y que no sabemos adonde nos conducirá. En muchos aspectos y para grandes bolsas de ciudadanos el futuro no es nada prometedor. Como he escrito más arriba, la juventud se muestra desnortada y pareciera que sólo le interesa el consumismo desaforado. El pesimismo cunde en toda Europa. Este verano en Pavía, el propietario de un hotel de cuatro estrellas me comentaba que en su ciudad, donde me subrayaba que no hay turismo —a pesar de albergar una joya arquitectónica como su célebre Cartuja— han cerrado en los últimos tiempos doscientas tiendas. ¿Cómo los pequeños propietarios inversores asumen esas pérdidas? Sus empleados que engrosarán las cifras de desempleo ¿encontrarán otra ocupación? Según mi interlocutor, esta capital de provincia, muy cercana a Milán, subsiste gracias a su universidad, una de las más prestigiosas de Italia, con 25.000 estudiantes, y a su magnífico hospital, de referencia para todo el país. A él le va bien su establecimiento, que se alimenta de los viajeros de negocios, pero no cobra por habitación doble más de 175 € por noche, con un abundantísimo desayuno muy rico en magníficas frutas variadas —algo insólito en los tiempos que corren, pues generalmente predomina la alimentación para guiris, donde priman las grasas, que son muy baratas—. Pero me remarca que en la cercana Como —que se ha convertido en una meca del turismo desde que se mostrara en redes sociales la mansión de un actor y su mujer a orillas del homónimo lago—, piden 500 € por habitación y noche en un alojamiento de características similares al suyo. El turismo masivo todo lo altera y distorsiona, desde el mercado laboral al mercado inmobiliario, al mismo tiempo que los estándares de calidad de la acogida y la hostelería caen en picado.
Una persona muy cercana a mi, que vive y trabaja en México, que viaja por trabajo y placer por medio mundo, estuvo de vacaciones con su familia en la Costa del Sol y Sotogrande en el mes de julio. Después pasaron al Algarve portugués. Su experiencia como visitante y consumidor en esos lugares tan demandados del sol y playa español ha sido absolutamente negativa. Precios disparatados, baja calidad de la comida en locales, a priori, selectos, mal servicio, camareros desbordados y tensionados, plenos de chulería y falta de amabilidad y educación al dirigirse al cliente. Le llamó la atención que prácticamente todo el personal que hacía gala de ese comportamiento era autóctono. En Portugal todo cambió. Amabilidad a raudales y una comida excelente basada en un pescado magnífico y sabroso. Y, por supuesto, precios asequibles. Algo se está haciendo muy mal en nuestro país, donde los salarios de la hostelería en las grandes ciudades y los polos turísticos son muy bajos y hay empresarios de ese sector que ganan demasiado dinero. La desigualdad galopante que caracteriza la economía española y condiciona su estructura social.
El calor constante y excesivo ha dominado el verano en nuestro entorno peninsular y en otras latitudes y se ha convertido en el protagonista de todas nuestras conversaciones. Ni siquiera le han hecho sombra el eclipse —ejemplo de sombra absoluta— ni los muertos de Ceuta. Lamentablemente, hemos de suponer que su persistencia y desmesura se repetirán los próximos veranos.
Ahora toca esperar un futuro a corto plazo poco prometedor, donde las guerras del ruso, el gringo y el sionista, más los conflictos civiles en tantos lugares, seguirán abonando la tierra de muertos, dañando directa o indirectamente a casi toda la humanidad, para beneficio desmesurado de unos pocos. Y, de propina, la caldera de la mar en ebullición nos traerá unas perniciosas tormentas y lluvias otoñales.











