Las
Angosturas y el Charco del Canalón
Joaquín Lozano Torres
Llega el verano, un año más
afortunadamente, pero también un año más sobre mis costillas,
siendo esta última una afirmación tan obvia como necesaria de auto
recordarme, pues a veces, pareciera que tengo una tendencia algo
insensata a olvidar el pequeño detalle.
Las
bicicletas hay que ponerlas al día y, este año particularmente,
gracias a un estupendo profesional venezolano afincado en estos
parajes, la carena ha sido completa, una especial, que decíamos en
el argot marítimo. Tres bicis a mi disposición y a la de todo aquel
que se aventure a echar un buen rato, pero, además, es que es mi
vehículo rápido y práctico para atender cualquier encargo,
cualquier mandado de supermercado, banco, chino o lo que menester
fuere, que no hay que volverse loco con eso del aparcamiento ni dar
demasiados rodeos para llegar a donde se tercie. Y como a fuerza de
años de oficio el dominio del medio resulta bastante aceptable,
llegado el caso, no hay demasiado problema para circular con dos
bolsas cargadas, una en cada lado del manillar. Habilidad esta
cercana a la que lucen en sus actuaciones los canadienses del Circo
del Sol, pero que yo asumo con la naturalidad del inconsciente.
Para
completar el instrumental básico veraniego, gafas de bucear y aletas
para echar un rato los días de poniente allí en donde las frías y
transparentes aguas de estas proximidades al Estrecho sorprenden a
los que creen encontrarse en uno más de los parajes mediterráneos
de temperatura que trae a la imaginación el maravilloso caldo del
puchero que yo entiendo hay que disfrutarlo, fundamentalmente, cuando
los rigores invernales hacen acto de presencia.
El
agua de aquí, insisto, cuando el régimen es de poniente, es muy
fría y a mí me gusta que la prueben todos esos que hablan de las
del Atlántico de Portugal o las de Galicia sin reparar en el
infalible termómetro que aquí tenemos, consistente en observar la
ausencia de niños en remojo cuando se dan las condiciones antes
dichas. Así, resulta que se quedan semi paralizados, más que
sorprendidos de la temperatura, sin dar crédito al dolor en piernas
y articulaciones, cuando se aventuran a zambullirse atraídos por el
increíble color azul que te reclama como lo hacían aquellas sirenas
que engatusaban con su engañoso cántico al bueno de Ulises en su
travesía de retorno a Ítaca.
Yo
sé que soy un poco exagerado, pero alguno me ha terminado dando la
razón cuando les aseguro que, después de Terranova y los islotes
repletos de pingüinos en el Pacífico del sur de América, estas son
las más frías, sin acabar de comprender (a mí cada vez me cuesta
más trabajo también entenderlo) cómo puedo ser capaz de echar
treinta o cuarenta minutos a pelo, navegando por entre las piedras,
sumergiéndome y, a veces, hasta encontrando alguna que otra
curiosidad. Y como quiera que procuro no hacer daño alguno a los
muchos pequeños habitantes de este entorno, imagino que he terminado
por resultarles alguien casi, casi, familiar durante la temporada.
Hay
más pilares de la estancia estival, las incursiones por algún
huerto cercano en busca de buenos tomates para el imprescindible
gazpacho, la frecuente ruta ciclista matinal a esa maravilla tan poco
valorada como es la de los baños de La Hedionda, ruta que me hace
creer, seguramente con razón, que ya hice el ejercicio del día.
Pues son unos siete kilómetros y medio desde casa, gran parte cuesta
arriba, de manera que, cuando llego y me recupero en unos pocos
minutos, el baño frío de esas aguas recién salida de la piedra, me
dejan en perfecto estado para emprender un regreso en popa que suele
ser mucho más rápido y confortable.
El
resto suele llevar una carga adicional de rutina: la cocina diaria,
que en verano es cosa mía, el ratito de playa, o el paseo vespertino
con cervecita final en cualquiera de los mil y un sitio que por aquí
abundan.
Pero,
entre tanta tarea más o menos habitual, siempre hay lugar para algún
invento extra, y como durante el mes de julio tengo cómplice
necesario encarnado en mi hermano Enrique, rebusco algún destino,
más o menos exótico y atractivo, para acompañados por mi querida y
valiente pick up, aventurarnos a seguir descubriendo buenos destinos.
Y
así, a nuestra larga lista ya de sitios maravillosos escondidos por
esas sierras y bosques gaditanos y malagueños, hemos podido añadir
un par de ellos verdaderamente dignos de disfrutar siempre desde el
cuidado y respeto que merecen.
El
primero fue hace una semana o diez días y se encuentra en Istán,
esa preciosa localidad de la Sierra de las Nieves que atesora otros
varios monumentos dignos de veneración, como lo son su Castaño
Santo, maravilloso ejemplar cargado de historias ganadas a pulso a lo
largo de sus casi mil años de vida. También la fantástica fuente
de aguas cristalinas y muy frías que alimenta una acequia en la que
meter la cabeza, después de una larga ruta, proporciona algo
parecido al del milagroso Bálsamo de Fierabrás que nos relatara con
pasión don Quijote: «Si en alguna batalla me han partido por medio
del cuerpo, solo será preciso juntar cuidadosamente las dos mitades
antes que la sangre se yele, me darás de beber sólo dos tragos del
bálsamo y verasme quedar más sano que una manzana».
La
ruta en sí no comenzó con buen pie, en parte, debo reconocerlo,
porque no termino de acostumbrarme a eso de que las cosas hay que
prepararlas antes de acometerlas. Pero, claro, cómo puede entrar esa
idea en una cabeza diseñada desde su origen para la improvisación,
al estilo de la que lucen los músicos de jazz que son incapaces,
porque tampoco es que les haga mucha falta, repetir de manera clónica
cualquiera de esos temas que interpretan.
La
otra parte de la culpa, sin embargo, fue claramente achacable al
dichoso navegador del móvil que, estoy convencido de ello, me tiene
una especial inquina; tal vez por la ingente cantidad de exabruptos
que, cada vez que se equivoca, le dedico a la que habla y a la madre
que la parió. En fin, soy consciente de que, en eso, la mía es una
guerra perdida, y más pronto que tarde, no tendré más remedio que
claudicar, aceptando comenzar de cero, aguantándome las ganitas de
mentarle sus deudos y obedeciendo de manera ciega a todas sus
indicaciones por descabelladas que me suenen...
Dejándonos
guiar por tan elemental medio tecnológico, antes de conseguir
enfilar la carretera que nos llevaría directos a Istán, hicimos un
pequeño tour que nos llevó, de la manera más estúpida, hasta
Monda, en donde, por fin, dimos la vuelta una vez reseteado el
simpático navegador. Total, veinticinco o treinta kilómetros de
nada. ¡Pelillos a la mar!
El
río Verde, que así se llama, fluye con un más que aceptable caudal
teniendo en cuenta la época del año en la que nos encontramos y
esto siempre anima a seguir. Eso sí, a partir de aquí, hay que
dejar el coche, vadear una cancela bien dotada de cadena y candado y
emprender un camino amplio de tierra y piedras con buenas rampas
tanto ascendentes como descendentes. Al principio, poco arbolado y
solana dura en el cogote, pero, más o menos pronto, se comienza a
disfrutar la reparadora sombra de alcornoques, algarrobos, pinos y
algún que otro frutal abandonado a su suerte en antiguos huertos ya
desaparecidos. El recorrido es de unos cuarenta minutos hasta que,
finalmente, se llega a la añorada meta. Charcas y pozas se van
haciendo más atractivas y ya es cuestión de seguir avanzando por el
propio cauce. Hay que trepar alguna que otra piedra que, al
obstaculizar el paso del agua, hacen que esta aumente la fuerza de su
fluir creando pequeños saltos precisamente por entre las dichas
peñas.
Un
escalón salvado, otro más, y enseguida, entre dos majestuosas
paredes de piedra, se remansan unas aguas transparentes y verdes que
invitan a la zambullida. Aumenta el calado y hay que nadar en demanda
del fresco sonido de una bonita caída de agua que se precipita,
desde una altura de unos cinco metros, sobre el pequeño cañón.
No
hay bulla, de hecho, estamos solos, y el lugar está limpio. Eso en
sí ya es una auténtica maravilla y vale la pena disfrutarlo, pero
la hora se nos echó encima y había que deshacer el camino hasta
allí realizado.
Entonces,
ante la pereza de volver a subir y bajar cuestas, pensamos que una
alternativa podría ser hacer el regreso a través del propio cauce,
total, más mojados no íbamos a estar y, aunque las piedras resbalan
de lo lindo, nos pusimos manos a la obra.
Yo
no creo que fuera la mejor idea, pues era más que complicado el
avance y los resbalones y las caídas se repetían una y otra vez
hasta el punto de que, después de algunos raspones, golpes y sustos,
antes de que la cosa fuera a mayores, nos pudimos salir para volver
en demanda del camino que antes habíamos querido evitar; pero con
salto de la reja, almonteño, que nos encontramos con otra cancela
alta y bien asegurada que tuvimos que trepar como Dios nos dio a
entender.
Llegados
a nuestra pick up, del imprescindible botiquín de primeros auxilios
que siempre nos acompaña, sacamos dos cervezas heladas que nos
reconciliaron inmediatamente con el mundo para emprender de nuevo
nuestro regreso con una escala técnica, eso sí, en la maravillosa
fuente a la que antes hice expresa mención.
La
segunda vez, seguro, todo resultará mucho más fácil, aunque,
probablemente, un poco menos excitante, claro.
Para
la otra aventurilla montañera, hacer las hoces del río Guadalmina
cerca de Benahavis, en un ataque de clarividencia sobrevenida, decidí
que la acometiéramos un lunes por aquello de que, entre semanas, la
gente tiene que atender obligaciones, trabajo, familia y demás...
Se
ve que la misma clarividencia debió iluminar al mogollón de gente
que allí nos encontramos al dejar el coche. Aquello era como el
Rocío Chico, pero en versión campestre. Muy poco atractiva aquella
primera impresión.
Para
colmo, aunque en este caso sí había leído algo para conocer un
poco de qué se trataba el reto, nos encontramos con que la mayor
parte de los guiris que allí se habían concentrado para emular las
hazañas de Indiana Jones, iban pertrechados con neoprenos, mochilas
herméticas a prueba de agua, cascos, arneses, cuerdas y botas de
suela antideslizante. Nosotros, en cambio, íbamos un poco más
informales, esto es, camiseta, bañador, botines y una mochila vulgar
y corriente dotada en su interior, eso sí, de dos o tres bolsas de
Mercadona para proteger mi móvil que, además iba perfectamente
«blindado» en una funda plástica de dos euros comprada exprofeso
en un chino, la misma que demostró muy pronto que, para ese
propósito, proporcionaba igual eficacia que si me hubiera ahorrado
los dos euritos...
Pequeña
caminata de un kilómetro y medio, aproximadamente, y ya estábamos
en el punto de arranque de un trayecto que discurre enteramente por
el lecho del río, a veces con poca agua y a veces con largos tramos
a realizar nadando a través del angosto cauce que discurre entre
altas paredes de piedra en las que no puedes ni agarrarte pues son
lisas y muy resbalosas en su parte que toca la lámina de agua.
Como
para entrar en el río lo primero que hay que hacer es deslizarse por
una pendiente, tipo tobogán de unos dos metros, que te hace caer en
una pequeña poza, fue, a partir de ese mismo momento, que mi mochila
comenzó a transportar en su interior una ingente cantidad de agua de
la que, supongo, las nobles bolsas de Mercadona intentaban defenderse
con mucha voluntad y escaso éxito.
Sin
embargo, no éramos los únicos que acometíamos la travesía en
condiciones aparentemente precarias y esa circunstancia nos fue dando
confianza para proseguir, pues, aunque no estuvieran de más los
excelentes equipos que la mayor parte llevaban, también es cierto
que había un punto de exageración, sin duda motivado por los
monitores y guías que hacen su negocio vendiendo experiencias llenas
de adrenalina a los mil y un turista que en esta temporada abarrotan
la Costa del Sol.
Al
ir ganando esa confianza a medida que íbamos avanzando, comenzamos a
apreciar en su justa medida un recorrido hermosísimo, nada fácil,
si es que te lanzas a lo desconocido en plan Paco Martínez Soria
perdido por Madrid con la cabra y un chorizo en la faltriquera, pero,
sin lugar a duda, variado, diferente y más que interesante.
Después
de muchas dificultades en forma de peñas que hay que trepar para
poder seguir avanzando, largas travesías a nado, resbalones e
incertidumbre, la traca final la pone un azud o pequeña presa que
retiene el agua haciendo posible que, en ese punto haya una
profundidad considerable. Es ahí, en ese punto, en donde cobra todo
su sentido lo de las cuerdas, mosquetones, cascos y demás, pues, si
bien los que van con su guía y su equipo solo tienen que engancharse
y hacer un poco de rapel asesorados por sus respectivos monitores, la
clase de tropa, sueldos base varios y populacho en general, debe
hacer uso de la opción B para salvar los cinco o seis metros que hay
al otro lado del muro del azud.
La
dichosa opción B, la nuestra, consistía en que, agarrado
fuertemente a una cuerda que algún alma generosa allí dejó
instalada en un lateral de la presa, hay que deslizarse con mucho
cuidado, suavidad y, en algunos casos, con la ayuda de espontáneos
voluntarios, por una especie de tobogán de pendiente muy pronunciada
que te lleva a una plataforma intermedia en la que puedes apoyar los
pies para, desde ahí y de nuevo como si de un tobogán se tratara,
arrastrarte dejándote caer, ya sin el apoyo de cuerda auxiliar, en
la enésima poza de agua.
Después,
ya todo es muy fácil, hay que nadar otro poco y enseguida se llega a
una pequeña playa, final del recorrido, en la que poder hacer
balance de los efectos de tanta zambullida. En nuestro caso, la
temida comprobación terminó con el feliz resultado de que,
incomprensible y afortunadamente, se había salvado mi móvil a pesar
de los pesares.
Insisto,
el lugar es una auténtica maravilla que, a mí, salvando las
distancias, me recordó al llamado de los 27 Charcos de Damajagua, en
la provincia de Puerto Plata de mi querida Rep. Dominicana. Eso sí,
hay que acometer con bastante precaución este recorrido y, a ser
posible, mejor disfrutarlo en una época del año en la que no
parezca que uno va en romería. Habrá que repetir haciendo uso de la
experiencia ganada.
Y
así, otra temporada más, va transcurriendo y consumiéndose el
verano. Sin que casi seamos conscientes de que también nosotros
mismos vamos a bordo.
¡Otra rayita
más al tigre!...
1 de agosto de
2026