16 enero 2026

El vertido. Tragedia tras las miserias de la vida cotidiana

Julio Sánchez Mingo



Hace un frío de mil demonios. Son las nueve de la mañana de uno de los primeros días del año, en Madrid. Ya estoy en la calle, paseando a la perrita que cuido por Navidades. Oigo el ruido de la bomba de descarga del camión cisterna que abastece de gasóleo el depósito que alimenta la caldera que da servicio de calefacción y agua caliente sanitaria a los tres edificios que conforman el bloque de 144 viviendas donde habito.

Como la semana pasada, hubo un vertido de unos cientos de litros de este combustible tan contaminante cuando se realizaba la misma operación, me acerco a preguntar qué sucedió para que se produjese tan lamentable incidente, que arrasó parte de la pradera de una zona ajardinada y ha dejado una plazoleta impregnada de tan insalubre, maloliente y nocivo elemento. Ante ello, mis vecinos se han encogido de hombros, a pesar de estar directamente afectados, y la administración de la comunidad no ha movido un dedo. Se podía haber procedido a la descontaminación de la tierra afectada y al lavado con detergente adecuado del espacio con bancos donde hasta ahora sesteaban al sol unos ancianos, rara vez jugaba algún niño —especie en extinción— y pelaba la pava de noche alguna parejita ¿Para qué sirven los seguros?

El operario que conduce y manipula el camión y uno de los conserjes del bloque, ambos muy afables, me explican que no funcionaron correctamente los caudalímetros que miden el volumen del combustible dispensado. En bastantes ocasiones fallan, por lo que leo en Internet. Para verificar el volumen realmente suministrado siempre se debe recurrir a la clásica varilla de medición, que nos indica la cantidad de fluido contenido en un tanque depósito. Pero ha desaparecido, no se sabe dónde está. Como la conversación se prolonga y el tufo a gasóleo marea, me despido no sin antes preguntar al operario si lleva muchos años en esa faena, pues la inhalación de esos gases es realmente dañina para la salud. Me quedo pasmado primero y apenado después cuando, sonriendo, me muestra el cuello, señalando una cicatriz, que no quiero mirar, y me dice: "No, si yo un cáncer ya lo he tenido".

¿Qué futuro le espera a ese hombre? ¿Qué pensará para su fuero interno? Creo que hay falta de preocupación en la sociedad por los trabajadores que realizan tareas penosas. ¿Inconsciencia colectiva? ¿Se respetan sus derechos? ¿Cumplen legal y moralmente empresarios y administraciones públicas? ¿Hay suficiente prevención e inversión en ella? Está claro que la codicia mata. Creo que sobran más comentarios.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios de este blog están sujetos a moderación. No serán visibles hasta que el administrador los valide. Muchas gracias por su participación.