11 julio 2024

Finalista del VIII Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2024

Al alba todos los colores

Patrocinio Gil Sánchez

 


 

Quiero contarles esto no con palabras

que con palabras no se entiende a nadie

sino a mi modo oscuro, que es el claro.

Mirta Aguirre


Y sin embargo, nadie supo de qué se trataba. Todos mentían”. Porque con 12 años no era consciente de muchas cosas de la dictadura pero sí de que Teresa, una niña pecosa de ojos verdes que apretaba a su pecho una muñeca de trapo con ojos de alfileres y con la que me bañaba desnudo entre las mansas aguas del Zapardiel dormido cuando salíamos de la escuela, estrenaba, aquel cuatro de otoño, unos pechos divinos, como las primeras naranjas que llegaron a la tienda de la señora Sole, y unos labios de arrope que quitaban el hipo, y tenía que inventarme, cómo gozar de aquello tan hermoso, sin que se diera cuenta. También de que a mi padre, jornalero sin tierras en haciendas ajenas, se le había metido en la cabeza sacarnos del pueblo y llevarnos al norte donde dice Floriano, un vecino del pueblo con bigote de hormigas y una sonrisa tonta, atan los perros con longanizas, se ganan 30 pesetas a la hora y sólo se trabajan 8 o 10 horas cada día librando los domingos, no como aquí, que se trabaja de sol a sol los siete días de la semana y se ganan 25 pesetas al día. En el pueblo la única alternativa es servir a los ricos por cuatro perras, le había dicho a mi madre sin caer en la cuenta de que, en el pueblo, salvo el aceite y el pescado que ella no compraba nunca, prácticamente lo teníamos todo, porque ella se preocupaba de sacar unas gallinas y unos conejos y de cebar un par de cerdos para la matanza y, podría decirse, que con las 25 pesetas nos daba para vivir, justos, pero para vivir. No así en el norte, donde, si bien mi padre ganaría 300 pesetas al día trabajando en la construcción, habrá que pagarlo todo, desde la renta del piso hasta el último huevo y, claro, a mi madre, no le salían las cuentas. Pero a él, cegado por los sueños y las promesas de Floriano, parece ser que sí. Y por eso retolicaba, que no quedaba otra que emigrar y dejar de someterse a los caciques. Que les den por donde amargan los pepinos, decía convencido de que en el norte todo sería distinto porque allí qué cosas estaba la buena suerte de los pobres. Pero mi madre, que nunca daba una puntada sin hilo y, viendo lo que se nos venía encima con esta obsesión de nuestro padre, le espetaba, mirándole a los ojos con los suyos de almendra:

Pobre del pobre por bien que le vaya.

Pero él ya lo había decidido y no escuchaba a nadie. Y el impulso fue lo suficientemente grande como para llevarnos hasta allí. Y me quedé pensando, que el mundo se acababa todos los días y cuando volvía a amanecer hay que vivir en otro nuevo. Reinventárselo.

Recuerdo que abrí los ojos. Me había quedado traspuesto. Estaba cansado y aburrido, decepcionado porque Teresa escurrió el bulto y, aunque le supliqué, que esa sería la última tarde que nos bañaríamos juntos, escondió los pechos duros como cerezas entre los brazos y los labios partidos en una boca hermética y no pude ni tocar los primeros ni besar los segundos. Aunque sí me regaló, con esa sonrisa de oreja a oreja que tiene, 5 pepitas de calabaza para que las guardara en el bolsillo como recuerdo de ella y que, si algún día regresaba, las sembraríamos juntos en la ladera que mira los campos de lavanda. Y entonces me dejaría que la besara los labios y los pechos todo lo que quisiera.

He llegado a contar los días que faltan para dejar el pueblo en el que sólo quedan ya 12 vecinos porque los demás se han ido a la capital, al norte o a Cataluña: 7 días. Las horas de esos días: 168. Los minutos de esas horas: 10.080, dispuestos en fila fermentando la desilusión de un niño de 12 años y la de una madre de 37 que se quedó sumida en la ternura de imaginar que nunca sería cierto, que todo habría sido un mal sueño, una pesadilla. No así la de mis hermanos que, encontraban esa rendija de la felicidad por la que descubrir paisajes nuevos, niños nuevos, a la temprana edad de 7 y 5 años.

Pero nadie se fija en la desilusión de un niño que sólo se reconocía en la infancia llena de golondrinas, la energía que desprenden los charcos de las calles sin nombre y sin jardines, en el sol de la parva, en los surcos abiertos para la sementera, en los columpios, en las aves que regresaban a sus nidos cuando el atardecer, en esos arco iris de una lluvia bendita floreciendo los campos, tantos amaneceres empapados de luz y trinos de los pájaros, en los anocheceres de cantos asombrosos de los grillos entre los arritales y croares de las ranas en la laguna chica, y estrellas titilantes, y en los ojos de lumbre de Teresa. Tanto, que tuve que tomar la decisión de guardar en mi corazón todos aquellos momentos inolvidables para que no se perdieran en el norte, donde dice doña Amalia, la maestra, suele llover casi todos los días, hay mucha humedad y el sol brilla por su ausencia. Tomar la decisión y echar mano de ellos cuando estuviera triste.

Recuerdo que era lunes y 16 de octubre, que en el alba eran todos los colores, que el pueblo se alejaba con sus casas de adobe y los primeros humos de las lumbres de las 5 chimeneas encendidas, que las puertas cerradas del viejo cementerio jugaban a irse abriendo como se abrían las tumbas para florecer manos que agarraban las nuestras en un intento vano por dejarnos allí. También Teresa, con ojos de legañas y un pañuelo de florecillas rojas que agitaba en el aire, estaba entre los hipos de una aurora que saltaba las lágrimas de mi madre, la pobre, a la que me aferraba para unirme a su pena y a ese vestido negro que era como mortaja en la pena más grande y en la despoblación.

Anduvimos a pie los primeros cien metros por esas viejas calles con olor a geranios hasta la curva chica que dicen de los chopos. Mi padre por delante con las manos asidas a mi hermanilla Puri que reía complaciente porque la dulce brisa pintaba sus mejillas de princesa de cuento, y los grajos graznaban al unísono donde los altos álamos doblegaban sus copas como en cruel despedida de cuatro que se iban de un pueblo que se quedaba huérfano y en la pura agonía.

Luego, cuando el pueblo era sólo un punto en la desesperanza con olores a pan recién horneado y lonchas de tocino para freír los torreznos, los labios de Teresa, un rincón escondido susurrando te quieros en los atardeceres, se asomaban detrás de la llanura en el largo camino, el dolor de mi madre y un hipo con el que vomité las sopas de ajo, se torcieron en una especie de elección que equivocó la vida y se iba desarrollando al ritmo disconforme de un sendero de polvo que nos llevaba lejos. Una especie de elección que no era democrática, sino el vano capricho de un padre que se dejó llevar por las palabras de que aquí, en el pueblo, ya no había futuro, olvidando se le nublaron los recuerdos todas aquellas cosas que un día fueron gozo y quedaban atrás como los trastos viejos o la ropa gastada.

Cuando la verde corola de los pinares se perdió para siempre más allá del horizonte, me dio por pensar en esa tierra a la que nuestro padre, en una loca carrera por mejorar de vida, nos llevaba, y mis hermanos aplaudían por ese no sé qué de lo desconocido, ignorando en sus cabecitas lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque tampoco había mucho que pensar, me repetía. Total, vas a llegar como la muerte, piensa en ello. ¿Por qué no se puede conectar la radio y escuchar al locutor decir que el norte ya no existe y nos volvamos al pueblo para evitar la despoblación rural? ¿Por qué mi padre, que siempre ha sido jornalero, un hombre cabal y justo, y vivía feliz trabajando los campos de otros, cambió de repente y va en busca de un oficio del que no sabe si será capaz de desarrollar y al que llaman construcción y se ganan 300 pesetas al día? ¿Por qué…? ¿Es que no sabe que desde esos trabajos ya no disfrutará más de los claros y limpios amaneceres llenos de luz y paisajes azules ni de tantos atardeceres cuando el canto del milano se acune entre los sones de una música suave con el sol ya colándose por la hucha del horizonte, las aves regresando lentamente a sus nidos y las mozas con sus mejores galas departan en la fuente mientras se llenan los cántaros y esperan a los mozos de la ronda? ¿No sabe que yo echaré de menos las pecas de Teresa, sus pechos florecidos y sus labios de arrope, los baños en el río y las noches de julio tumbados en los prados contando las estrellas? ¿Que mi madre, si la sacas de su casa, de esa rebanada de pan con manteca, del cocido de garbanzos e ir a lavar la ropa, cuidar de sus gallinas y conejos, se morirá en dos días?

Mi padre, con 40 años a la espalda, las cuatro reglas mal aprendidas y esa pequeña locura que se le ha incrustado en la cabeza que llevaba agachada, mirando al suelo, como si contara los minutos que faltaban para llegar a la estación y subir a ese tren, sin atreverse a mirar a mi madre, que seguía llorando en puro desconsuelo, ni a mí, que seguía enredado en ese hipo que me rompía la desesperanza.

Luego, en un luego muy largo que entraba hasta los huesos, imaginé que, cuando volviéramos algún verano a pasar unos días, sólo el viento, ululando por entre las callejas, nos daría la bienvenida, porque los pocos que ahora quedaban, se habrán ido muriendo, como se morirá el pequeño pueblo…

 

28 junio 2024

Finalista del VIII Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2024


Reconciliación

Julia Pickman

 


        Nada más entrar en el restaurante, distinguí a mi madre sentada junto a la ventana admirando las vistas de Manhattan, lo que resaltaba su aspecto provinciano de señora de Valladolid. Había llovido durante todo el día y se resbalaban por el cristal largos hilos de lluvia que se me antojaron lágrimas de una muchacha atribulada. Sostenía una copa de vino blanco y con la otra mano, un pitillo imaginario. Nunca abandonará el vicio en su mente genéticamente diseñada para rechazar los cambios. Inspiré, contuve el aire y fruncí los labios. No volverá a hacerme daño.

Mientras acudía a su encuentro, reviví conscientemente todo aquello: psicólogos, terapias, sacerdotes. «Papá te ha conseguido una entrevista en Londres… Cómo vas a dejar el banco… No puedes dedicarte al arte, es lo que faltaba… Sí, quizás estés mejor en otro continente, sin abochornar a la familia». Pero en lugar de enfurecerme como pretendía, experimenté de nuevo los latigazos, uno a uno, y cuando alcancé la mesa solo fui capaz de emitir dos sílabas con voz de niño:

Mamá…

Ella giró la cabeza. Había envejecido considerablemente en los últimos meses. Estaba seria y un rictus amargo enmarcaba la comisura de unos labios afinados, pero conservaba esos ojos burlones que yo he heredado y que Robbie adora. La besé sin permitir que se rozaran nuestros rostros y ella alargó la mano del cigarrillo inexistente para acariciarme la mejilla o arreglarme el flequillo. Era un gesto familiar, ejecutado tantas veces durante mi infancia que permitírselo ahora habría sido brutalmente doloroso.

Me erguí con cierta torpeza y me senté frente a ella, defendido por la mesita redonda adornada con gardenias blancas. Pedí otra copa de vino y hablamos del tiempo, de la nueva exposición de mi galería, de si Trump ganaría de nuevo, del alzhéimer de papá... Ella miraba a través del cristal la mítica metrópolis: se divisaban miles de personas que correteaban como diminutas tijeritas ajetreadas, estelas trazadas por los faros de los coches, edificios gigantescos que invadían verticalmente las grandes avenidas; una auténtica sinapsis cerebral conectando con sus arterias millones de neuronas iluminadas… Comentaba algo sobre la temperatura del vino. La interrumpí y pregunté qué hacía aquí.

Ni siquiera nos saludamos en la boda de tu hermana. Aunque te vi, con ese chico.

De los tres hermanos yo era su favorito. Los sábados me metía en la cama con ella y destripábamos el Hola, le pintaba las uñas me encantaba el rojo Ferrari, le ayudaba a elegir el vestido para las fiestas; cuando todos esquiaban, yo me iba de anticuarios con ella, charlábamos hasta las tantas y, luego, cuando cumplí 16 años y traje a Bruno a merendar… me rechazó. Ahí se despertó la pesadilla.

Mamá, tú tenías que saberlo. Desde siempre. Por tradicional y conservadora que seas.

Lo hice por tu padre. Por no dar mal ejemplo, por moral y religión.

¿Por papá? ¿de verdad? Papá y yo nunca perdimos el contacto. Y cuando estuve en el sur de Francia y su enfermedad todavía no estaba en un estado tan avanzado, conoció a Robbie. Fue entonces cuando además, me contó lo de tío Tomás, su hermano del alma: que aunque se casó con tía Macarena, también era gay, y que no sufrió un accidente de caza como siempre se ha contado en la familia. Se suicidó. Pero claro, supongo que no sabías nada de esto. Dijo que no se atrevería a hablarte de aquel encuentro.

No pareció sorprendida. Aún contemplaba las lágrimas que caían por el cristal.

Sinceramente, mamá. No sé qué haces aquí.

Continuó con los ojos fijos en la ventana y, simplemente, susurró:

Me muero. Ocho meses… un año a lo sumo.

Aquella revelación hundió algo en mi interior derribando de un zarpazo todos los muros que tan trabajosamente había conseguido construir para protegerme durante todos estos años, dejando desnudo y al descubierto al joven de 16 años al que mi madre expulsó de su corazón. Al cabo de unos larguísimos minutos, continuó:

Hay pecados de intransigencia, de egoísmo, de crueldad, de esos que carcomen el alma…

Y hay pecados por amor —interrumpí— como el que yo cometo.

Y como el que yo he cometido contra ti. Y contra Robert. Robbie. De tanto quererte quise protegerte de la ira de Dios y de los hombres.

Oh, mamá… os llevarías tan bien. Podrías hablar y hablar con él, es una persona brillante y sensible. Y tan divertido. Te reirías tanto. Y hace unas fotografías increíbles. Es un enamorado de África y nadie como él atrapa los colores de esos cielos. Puede cocinar el mejor pato a la naranja del mundo. Está aprendiendo a tocar la trompeta. Eso es horrible. Pero os haríais íntimos. Casi puedo imaginaros paseando del brazo por estas calles pegando las narices a los escaparates de las tiendas más caras, tumbados en el sofá, destornillados por algún cotilleo jugoso o eligiendo juntos mi regalo de cumpleaños. Nosotros cuidaríamos de ti. Y estos, podrían ser unos meses maravillosos.

Ella seguía mirando a través de la ventana. Llovía de nuevo. Unas gotitas cristalinas salpicaron el cristal como danzarinas partículas de luz. Continúe:

Y tú y yo… hemos perdido once años.

Tanto que recuperar, en tan poco tiempo.

Mírame, mamá. ¿No comprendes que soy yo? Tu niño. Y estoy aquí. Contigo. Como siempre. Mamá, solo soy yo.

Entonces me miró directamente a los ojos, con esa mirada burlona que los dos tenemos iguales. Se inclinó hacia mí. Me arregló el flequillo rozándome la frente con las yemas de los dedos. Llevaba las uñas impecablemente arregladas: pintadas de rojo. Y casi sin darme cuenta, dejé que me acariciase la mejilla.

 

22 junio 2024

La noche de San Juan

Pedro Navazo

                                                 Sin engaños: la noche de San Juan                                                     es la más corta del año.




La segunda fiesta en importancia en La Aldea, -después de la de Nuestra Señora de La Asunción, el día 15 de agosto, en la que se honraba a la Patrona con una Romería que acogía a todos los clanes familiares y reunía, por la tarde en la verbena, gente de todos los alrededores-, era la Noche de San Juan.

Como no podía ser de otra forma, el gran protagonista de la fiesta era el fuego, cuyo fin no sólo era rendir culto al sol, sino también purificar las malas acciones cometidas durante todo el año.

Todo el pueblo, a partir de las diez de la noche, se reunía en la Plaza frente a la iglesia, y en torno a la hoguera cogidos de la mano y con los ojos brillando como estrellas centinelas, con cánticos y pasos de danza, daban vueltas a su alrededor mientras ardía cualquier tipo de objeto (ropa vieja, papeles, muebles retirados, enseres…) que representara un mal recuerdo, y así poder exorcizar los malos sucesos de los doce meses anteriores:


Señor San Juan ...

Señor San Juan, hoy es noche del Señor San Juan.

¡Viva la danza y los que en ella están!

Señor San Juan …

La flor del agua no la cogerán.

¡Viva la danza y los que en ella están!

Señor San Juan …

En la bodega no se amasa el pan.

¡Viva la danza y los que en ella están!

Señor San Juan …

ya en la hoguera no hay que quemar.

¡Viva la danza y los que en ella están

 

Después de la danza, a medida que las llamas se iban extinguiendo, se daba paso a la tradición de saltar tres veces por encima de la hoguera. Más tarde, cuando todo el mundo había realizado el ritual, se sacaban patatas, que previamente se habían enterrado entre los rescoldos, y se ofrecían de forma simbólica a todos los asistentes como un deseo de que tuvieran alimento suficiente durante todo el año.

Terminada la hoguera, era también costumbre entre las mujeres reunirse en corros de vecinas y esperar en la calle hasta que amaneciera, mientras cantaban, se contaban historias o jugaban a las cartas:


Mañanitas de San Juan

mañanitas sanjuaneras,

antes de salir el sol

en la calle gente espera.


Una de las historias que un año sí y otro también se contabas en aquellos corros, era la del pueblo de La Vega: un pequeño municipio enclavado en el mismo corazón del valle, que tuvo que ser sumergido por las aguas de un pantano que se construyó (hacía casi treinta años) para abastecer a todo el contorno.

La fama de La Vega venía precedida por el original sistema de vida que habían implantado sus vecinos: donde las decisiones asamblearias, el trabajo cooperativo, el trueque como única moneda de cambio y la venta de los productos de su vega (en el mercado que cada jueves se organizaba en el pórtico de la iglesia, y que se encargaban de anunciar las campanas de su torre por todo el valle para atraer a los pueblos vecinos), eran las enseñas de su subsistencia.

Poco antes de que tuvieran que abandonar definitivamente el pueblo, después de una infructuosa y limitada resistencia con la Administración, decidieron adelantar unos meses la fiesta de su Patrón, San Juan. Con una merienda de hermandad y una gran hoguera que duró hasta la madrugada (que no fue capaz de secar las lágrimas de todos ellos), despidieron al pueblo que los vio nacer, y en el que estaban enterrados sus padres, mientras las campanas, que no cesaron de repicar durante toda la noche, transmitían en su eco un gemido de dolor por todo el valle.

Desde entonces, seguía contando la historia, cada noche de San Juan, al amanecer el día, se podían divisar en el pantano, entre la niebla, las siluetas emergentes de las casas de La Vega, y escuchar el sonido de sus campanas, lastimero y lento.


Con la llegada del alba, después de contemplar la salida del sol, porque - según afirmaban- ese día era el único del año que el astro rey lo hacía dando vueltas sobre si mismo, todas las mujeres participaban de la solemnidad misteriosa de lavarse con agua mezclada con pétalos de flores, que habían depositado en palanganas y mantenido a la intemperie: el agua, que se pegaba a su piel con un escalofrío y las envolvía en la suavidad olorosa de los pétalos, las transfería la firme convicción de haber arrancado a las flores su belleza.

Concluida la ceremonia, para empezar bien el día y renovar energías, se daba paso al “tentempié”, que consistía en la degustación de las “Juninas”: unas rosquillas que se hacían para celebrar la ocasión, elaboradas friendo en abundante aceite una masa hecha con harina, azúcar, huevos, aceite y regada con un vaso de coñac, y que se acompañaban con una copita de mistela:


El veinticuatro de junio

le cantamos a San Juan,

celebrando con orgullo

las sanjuaneras están.


Por su parte, una vez que la gente se había recogido ya en sus casas, con la obscuridad de la noche y el sigilo como aliados, los mozos asaltaban todos los jardines y los huertos del pueblo y, con los ramos de flores que después armaban, se encargaban de engalanar las ventanas de las chicas que querían conquistar. Aunque no todo eran flores, pues aquellas que, a ojos de los mozos, rezumaban arrogancia y se las daban de intocables, se levantaban al día siguiente con su balcón repleto de cardos:


Mañanitas de San Juan

madruga, niña, temprano,

a entregar el corazón

al galán que puso el ramo.


Asimismo, de aquella noche, recuerdo la tradición que llevaba a cabo la tía Asunción de colocar en una ventana, al fresco, un vaso con agua y un huevo dentro. Se rezaban luego nueve avemarías, se pedía lo que se quisiera, sin abrir la boca y sin mover los labios (sólo con el pensamiento), y por la mañana, al escarchar el huevo, en el agua quedaba pintada una figura que había que saber interpretar, y relacionarla con el deseo.


El abuelo, por su cuenta, además de presenciar la hoguera y de jactarse de que cuando él era mozo la saltaba cuando la lengua de las llamas aún estaba alta, al día siguiente, en su infalible recorrido de cada madrugada, bebía siete sorbos de agua del primer manantial del monte que encontraba para conservar el cabello.

Y otra anécdota, salpicada de misterio y brujería, era la de Maruja, una vecina del pueblo, viuda y sin hijos, que vivía sola y tenía cierta fama de curandera. Se contaba que esa noche, en la que se suponía también que las puertas de los dos mundos se abrían, se comunicaba con sus familiares fallecidos. Para ello –decían- se ponía frente a un espejo, con la luz apagada y con los ojos cerrados, y cuando los abría, a las doce en punto, quedaba reflejada en el cristal del espejo la imagen de la persona con la que deseaba contactar.A mí, aunque era un niño y no entendía todavía el significado de todos aquellos rituales, aparte de parecerme una fiesta mágica llena de misterios, la noche de San Juan, con el olor a ceniza, con aquellos baños de agua perfumada y con el aroma de las flores y de las rosquillas que salían de la sartén recién hechas, era el inicio del verano: se abría un preámbulo hermoso, que coincidía con las vacaciones y mi veraneo en La Aldea junto al abuelo.


23 de junio de 2014

12 junio 2024

 

Obra ganadora del VIII Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid


YACO

José Luis Chaparro



Buenas tardes ¿puedo sentarme un rato? —pregunté con la convicción de que aceptaría y así fue aunque, como era su costumbre, lo hizo con un leve gesto de su mano temblorosa.

Siempre ocupaba el mismo banco del jardín donde pasaba horas mirando al vacío y, de vez en cuando, manteníamos breves charlas.

Mi hija tiene tu edad. Mi hijo es un poco más joven —dijo mirando al suelo.

¿Usted sabe mi edad?

No —respondió tajante—. Calcular la edad de una mujer nunca fue mi fuerte.

Para nosotros era «Yaco». Un apodo para el viejo más pesado de la residencia, por su manía de repetir siempre la misma frase: «Me metieron aquí para dejarme morir».

Debía ser verdad. En los cinco años que llevaba ingresado, nunca vinieron a visitarle.

¿Se encuentra mal?

No. ¿Sabes? Yo también fui joven una vez y aunque ya había oído algo al respecto, nunca pensé que resultara tan triste saber que no le importas a nadie.

A nosotros nos importa.

Yaco solía dejarme sin argumentos. Yo podría inventar que su hijo era un personaje importante al que le faltaba tiempo porque estaba continuamente de viaje, que su hija ocupaba un cargo de mucha responsabilidad en una empresa multinacional, que ambos estaban tranquilos porque tenían la seguridad de que recibía todo el cuidado

que necesitaba… pero incluso a mí me sonaría a falso, por lo que decidí guardar silencio como cada vez que hablaba de su soledad.

¿Me harías un favor? —dijo mirándome a la cara.

¡Por supuesto!

¿Cualquier favor?

Cualquier favor—respondí con sinceridad—, siempre que no se enfade si ahora le hago una confidencia.

Aunque no respondió, creí que era el momento de hacerle una revelación. Yaco era un viejo entrañable. Jamás representó ningún problema. Solía decir que comprendía que éramos trabajadoras y que, aunque solo fuera por eso, merecíamos todo el respeto.

¿Usted sabe que le pusimos un mote cariñoso? Le llamamos «Yaco», pero si le molesta…

¿Yaco?

Sí. Los yacos son loros muy divertidos y cariñosos, además de ser capaces de establecer lazos sentimentales con las personas que están a su alrededor, pero sobre todo, son capaces de aprender palabras y repetirlas. A alguien se le ocurrió cuando le oyó repetir con insistencia: «Me metieron aquí para dejarme morir».

Yaco sonrió. Era la primera vez que le veía sonreír. Aunque jamás le conocí un mal gesto, solía adoptar una actitud reflexiva y pocas veces expresaba alegría.

Me gusta —dijo moviendo la cabeza para asentir—. Así que Yaco ¿eh?, me gusta.

Y hablando de ese favor que quería pedirme, ¿de qué se trata?

Todo a su tiempo… jovencita. Todo, a su debido tiempo.

¿A qué se dedicaba usted? ¿Cuál era su profesión? —dije, tanto por saciar mi curiosidad, como para proponer un tema de conversación. Su respuesta me dejó perpleja:

Era pintor. No como Goya, ni Picasso, pero aunque no lo creas al observar el temblor de mis manos, llegué a adquirir cierta fama.

Según tengo entendido, los artistas nunca se jubilan. ¿Ya no pinta?

Hace años —respondió—. Justo desde el día en el que…

Intuí lo que diría a continuación y lo pronunciamos al unísono: «¡¡Me metieron aquí para dejarme morir!!».

Antes solo fue una tímida sonrisa. Esta vez soltó una carcajada, al mismo tiempo que conseguía repetir: «Yaco, Yaco…».

Aún con la sonrisa en mi cara, me incorporé del asiento, nos despedimos y me alejé hacia el edificio. Había tomado una decisión y esperaba con ansiedad el momento de hacerla efectiva.

La siguiente tarde encontré a Yaco en el lugar de siempre. Sin pedir permiso, tomé asiento junto a él y le entregué un paquete que aceptó con naturalidad. Con el ímpetu de un niño que no puede reprimir su curiosidad, rasgó el papel que lo envolvía.

Estaba preparada para su negativa, para insistir en que lo aceptara, pero no para sus lágrimas. Yaco me miró y aún con la voz entrecortada, solo acertó a decir: «Gracias».

Se trataba de un modesto maletín de pinturas al óleo, junto con un pequeño lienzo en blanco.

Ya algo repuesto, susurró: «No recuerdo la última vez que se me concedió un deseo». Fueron unas palabras que se me quedaron en el alma.

Hace años, un inglés se enamoró de una de mis obras. Se trataba de un cuadro en el que aparecía mi hija, de espaldas, observando el mar. Quiso comprarlo sin ni siquiera preguntar el precio y me negué. Trabajaba para una galería de Londres y al poco tiempo volvió a contactar conmigo. Quería una trilogía de mujeres observando el mar. Pinté a tres desconocidas y me pagó una fortuna por ellos. A saber dónde estarán ahora esas cuatro mujeres.

¿Cuatro mujeres?

Sí. Mi hija y las otras tres —dijo denotando una profunda tristeza.

Mientras hablaba, acariciaba los tubos con las yemas de sus dedos, una y otra vez, extasiado como si fueran pequeños lingotes de oro. Observé que cuando lo hacía, desaparecía el temblor y su pulso era firme.

Sé que no son de gran calidad, pero… —me excusé.

No te preocupes. La calidad es lo menos importante. Hay detalles que no pueden pagarse con dinero y este es uno de ellos. Imagina que un escultor recibiera como regalo un trozo de madera. A los ojos de los demás se trataría de un obsequio sin ningún valor, pero sus manos podrían convertirlo en una hermosa obra de arte.

Como casi siempre, yo me sentía incapaz de rebatir sus argumentos.

Hay un científico extranjero que afirma que con una simple muestra de sangre puede ver, en el plasma sanguíneo, una especie de reloj de arena que marca la cuenta atrás, con lo que podría predecir la muerte.

¿Eso es cierto? —pregunté sobresaltada.

No lo sé. Supongo que ese científico sabrá si es verdad o si por el contrario solo es un farsante que solo busca protagonismo.

A mí no me gustaría saberlo ¿y a usted?

Tengo la impresión de que, me guste o no, lo sabré algún tiempo antes de que llegue mi hora. En cualquier caso, me metieron aquí para… —se detuvo y sonrió, mientras volvía a acariciar los tubos de óleo.

¿Por qué cree que lo sabrá?

Esperaba una respuesta, pero no la que recibí:

Ya me ocurrió en el pasado. Hace casi veinte años me encontraba en una galería de París a la que había sido invitado. Iba a firmar un contrato muy importante cuando sentí que debía volver a casa. No asistí a la firma, tomé un avión y regresé, aunque no a tiempo. Mi esposa había fallecido de forma repentina en el mismo instante en el que tuve aquella extraña necesidad de volver. Mis hijos nunca me

perdonaron el no haber estado junto a su madre en aquellos momentos. Era ella la que siempre mantuvo unida a la familia.

Lo siento. No debí preguntar.

No te preocupes. Necesitaba hablar de ello. Nunca me consideré culpable, pero eso ya no importa.

Durante varias semanas seguimos conversando sobre temas triviales, hasta que una tarde me sorprendió:

¿Recuerdas que prometiste hacerme un favor? Creo que ha llegado el momento.

Usted dirá.

Quiero que mañana por la tarde, sobre esta hora, me saques de aquí para pasear por un parque cualquiera.

¿Como si fuéramos dos enamorados paseando al atardecer?, —bromeé—. Si se trata de eso, no creo que haya ningún problema.

Asintió con una sonrisa de agradecimiento.

Por una extraña casualidad, ambos coincidimos en la idea de presentarnos vestidos como si fuera un día de fiesta. Yaco llevaba un anticuado pero elegante traje de chaqueta. Yo, el vestido que guardaba para ocasiones muy especiales. No dudé en colgarme de su brazo y salimos a la calle.

Yaco parecía bastante más animado, a pesar de que durante nuestro paseo, mencionó en varias ocasiones a su esposa fallecida y a sus dos hijos a los que no veía desde hacía años.

Tomamos asiento en el mejor asiento del parque, desde donde observamos cómo el sol comenzaba a ser engullido por las copas de los árboles. Yaco sacó de su bolsillo un sobre cerrado y me lo entregó mientras decía: «Es una carta. Confío en ti. Sé que

sabrás quién debe recibirla».

Se recostó en el respaldo del banco, tomó mis manos entre las suyas y sonrió. Su expresión era serena. Instantes después, su corazón dejó de latir y sentí un profundo dolor.

Después de los formalismos regresé a la residencia donde me fue entregado un paquete. Con la misma vehemencia con la que Yaco desenvolvió mi regalo semanas atrás, descubrí el hermoso cuadro que había pintado para mí: era yo misma, sentada en el banco del jardín, con un magnífico ejemplar de loro gris de cola roja posado sobre mi antebrazo. No pude evitar las lágrimas.

Aún conservo el sobre cerrado, con la carta que Yaco me entregó hace meses cuando me aseguró que, llegado el momento, yo sabría quién debería recibirla.

Me gusta pensar que en ella Yaco escribió que, en sus últimas semanas… fue feliz.

01 junio 2024

¿Quién quiero que hoy gane la Champions?

Julio Sánchez Mingo

 


¿Quién quiero que este sábado gane la Champions? ¿El Madrid o el Borussia?

Desde niño fui seguidor de los merengues. La primera vez que acudí al Bernabéu el viejo Bernabéu, con miles de localidades de pie, fue con mi padre. Yo era un chaval y me llevó a ver un Madrid-Córdoba de Liga. Ganaron los madrileños por 5-3 y jugó Di Stefano, que metió alguno de los goles. Un grandísimo jugador, ya entonces en declive, que dio muestras de su excepcional calidad. También un visionario, que llamaba La fábrica al estadio. Con catorce años me hice socio infantil junto con otros compañeros del colegio y aguanté hasta junio del 77, cuando me dí de baja porque los partidos me parecían soporíferos. Fueron más de diez años pasando frío o calor, mojándonos si llovía o nevaba el público llegaba a encender fogatas en las gradas para calentarse, de pie, en el Fondo Sur. Aunque si el campo no estaba muy lleno, en la segunda parte nos colábamos en las localidades de asiento del Segundo Anfiteatro de Preferencia, el graderío que daba a Castellana. Ahora las autoridades y paniaguados ocupan el costado que mira a Padre Damián, donde estaba la demolida piscina. Allí aprendió a nadar, con muy buena técnica, un excelente y cercano amigo, casi un hermano, a lo que ha sacado mucho fruto el resto de su vida. Su madre siempre estuvo orgullosa de haberlo enviado allí, a las instalaciones de un club deportivo de campanillas.

Si por todo ello fuera, por mi amigo César, por Antonio Arias, por la ilusión que albergan tantos niños de todo el mundo, preferiría que ganara el Madrid, aunque lamentaría el disgusto de los críos alemanes.

Pero… ahora todo ha cambiado y los sentimientos de unos y de otros no cuentan.

Lo que es bueno para las arcas y los éxitos del club porque legalmente sigue siendo un club deportivo que dirige el taimado empresario Florentino Pérez, es malo, muy malo para la ciudad y sus habitantes. Y lo es con la colaboración de su lacayo, el alcalde Ameida, y toda la estructura del ayuntamiento puesta a su servicio.

Todo empezó a torcerse en 2001 con la recalificación de la Ciudad Deportiva de la Castellana que Pérez consiguió arteramente gracias a sus influencias políticas hasta Aznar, entonces presidente del Gobierno, intervino. Era un conjunto de instalaciones deportivas y zonas verdes modélicas, un pulmón al norte de Madrid, que a todos beneficiaba y a nadie molestaba. En su lugar se han ido construyendo hasta cinco torres de gran altura, congestionando la zona y disparando los niveles de contaminación. Por aquel entonces ya estaba gestándose en su proximidad la Operación Chamartín, el soterramiento de las vías del mayor nudo ferroviario de España, para levantar sobre ellas miles de oficinas, viviendas y locales comerciales, con unas ridículas zonas verdes como premio de consolación para la ciudadanía. Un auténtico dislate que, si sumamos el pelotazo de Pérez, se convierte en una atrocidad.

Esa recalificación dio alas a nuestro protagonista para convertir un club de fútbol histórico en un gran negocio del espectáculo que pasa por encima de los intereses de los madrileños y altera negativamente la ciudad.

A mí me molestó especialmente que se empezaran a celebrar los triunfos gestas deportivas como reza su histórico himno de la institución en Cibeles. En medio de la histeria colectiva, se agrede un monumento histórico, se pisotean y destrozan los ajardinamientos de los paseos del Prado y Recoletos, la gente se encarama a los árboles. Ninguno de los sucesivos alcaldes, en un alarde de demagogia y populismo, se ha atrevido a plantarse y terminar con ese despropósito. ¿Por qué no acuden en masa a celebrar y divertirse al propio Bernabeu o a la ciudad deportiva de Valdebebas? En mi época de socio, hubo un año en que el equipo ganó la Liga. En el último partido del campeonato, miles de forofos saltamos al terreno de juego a celebrarlo con los jugadores. Los grises no lo impidieron. Eran pocos y, sentados en una banqueta, se entretenían mirando plácidamente el desarrollo de los encuentros. No como hoy en día en que hay centenares de vigilantes de seguridad mirando hacia la grada. Se destrozó el cesped. Al bueno de Calpe, el Carvajal de entonces, le hicimos jirones la camiseta. Conociendo el percal, aguantó la situación con paciencia, cara de susto y, yo creo, de fastidio.

La ambición y codicia de Florentino no tienen límites. Su ampliación del Bernabéu ha convertido ese espacio en un gigantesco recinto dedicado a factoría de música industrial actividad ajena a las prácticas y competiciones deportivas, situada en un barrio residencial, ya de por sí bastante saturado. En cualquier lugar, las industrias nocivas y contaminantes son erradicadas de los núcleos de población. Menos en este caso. El proyecto incluye la construcción de dos aparcamientos y un túnel que implica además la tala de casi un centenar de árboles. Todo trufado de irregularidades en la tramitación urbanística y la ejecución, que huele, por lo menos, a corrupción, prevaricación y tráfico de influencias De momento, la semana pasada, un juzgado ha parado esta parte de la obra a petición de los vecinos damnificados, con frases de la sentencia verdaderamente demoledoras. A pesar de ello, el municipio y el Madrid recurrirán.

Para más inri, un día de mayo de 2023, eldiario.es reveló la existencia de un informe del ayuntamiento donde sus propios técnicos desechaban el proyecto. No es que fuera un análisis muy crítico con sus jefes, pero incluía dos términos, en contradicción e incompatibilidad, que fueron un jarro de agua fría a los planes de la alcaldía. Cuando los vecinos perjudicados solicitaron el expediente, el documento había desaparecido.

Mientras tanto, la planta, la cadena de producción, ha empezado a funcionar. Se celebran conciertos multitudinarios, como los dos de Taylor Swift de esta semana. Las calles adyacentes se ven inundadas de gigantescos camiones que alimentan la fábrica, se cortan las vías cercanas y residentes, oficinistas y escolares tienen dificultades para acceder a sus viviendas, centros de trabajo y aulas. Y… el ruido. Un ruido insoportable que, en los ensayos durante todo el día, en la tarde noche durante las actuaciones, martiriza a todos, a la gente que en sus casas tiene que gritar para poder entenderse y no puede ni ver la televisión ni descansar, a los estudiantes que no pueden concentrarse en las explicaciones de sus profesores y a aquellos que se están ganando el sustento. Las vibraciones son tan intensas que el otro día a un paciente mayor no hubo manera de tomarle la tensión en el centro de salud de la calle Segre, a 200 metros de distancia, porque las ondas acústicas interferían con el tensiómetro.

Según la Ordenanza Municipal de Protección contra la Contaminación Acústica, el máximo permitido de emisiones al exterior durante la noche no puede superar los 58 dB. En horario de mañana o tarde el límite aumenta a los 63 dB. En la calle Concha Espina, 8, frente al Fondo Sur, las mediciones efectuadas durante un concierto ofrecido por Telefónica hace pocos días registraban 84 dB con la ventana abierta y 68 dB con la ventana cerrada. Nótese que la escala del ruido en decibelios es exponencial, lo que implica que cada 3 dB se duplica el nivel de ruido.

El estadio opera con una licencia para uso deportivo privado pero, para los conciertos, el club solicita un permiso especial que el Ayuntamiento de Madrid avala y el Gobierno regional autoriza. ¿No es esto prevaricación?

Hay un detalle muy preocupante. Según informa Jacobo García en El País del pasado lunes 27 de mayo: “… Los cuatro mejores bufetes de abogados de Madrid, despachos con nombre de apellidos compuestos, rechazaron el caso de los vecinos quejosos del Bernabéu en su lucha contra Florentino Pérez y el Ayuntamiento de Madrid, según reconoce Enrique Martínez de Azagra, portavoz de la Asociación de Vecinos Perjudicados por el Bernabéu, que llamó a la puerta de todos esos despachos. Peleaban no solo contra uno de los hombres más poderos de España, sino contra una Administración que ha hecho del nuevo Bernabéu su seña de identidad. La punta de lanza de la Marca Madrid. Tampoco fue fácil movilizar a un barrio madridista por los cuatro costados, acostumbrado a celebrar con su estadio cada victoria blanca… (sic)”.

El colmo del cinismo y la tomadura de pelo lo ha protagonizado esta semana Carabante, concejal, entre otras áreas, de Medio Ambiente.

Según ha declarado, todos los espectáculos que se han celebrado estos días en el Bernabéu han superado los límites sonoros y están expuestos a sanciones. Éstas serán impuestas a los promotores musicales, pues son ellos los que solicitan las autorizaciones. Los importes de las mismas oscilan entre los 600 y los 300.000 €, de acuerdo con el artículo 62 de la Ordenanza de Protección contra la Contaminación Acústica y ha precisado que las multas que se van a proponer, como muy graves, alcanzan los 20.000 euros. Estimando a la baja, la recaudación de un solo concierto de la showwoman gringa, que nos ha visitado esta semana, ha sido de 6.500.000 €, lo que supone castigar con un ridículo 0,38 %. El coste de su alojamiento en una suite del Villamagna ha ascendido a 25.000 € por noche.

El plan del Madrid es ofrecer un mínimo de 200 conciertos al año.

Me pregunto si no nos hemos vuelto locos. ¿Cómo se puede llegar a situaciones como la presente? ¿Es esta la ciudad que queremos y la convivencia que buscamos, a costa del sufrimiento ajeno?

Y me duele que dirigentes que deberían ser modélicos, espejos en los que reflejarse y guías a seguir, manipulen los sentimientos de la gente y, además, enloquezcan y sacrifiquen todo por adorar al becerro de oro.

31 mayo 2024

RESEÑA

Pez de asfalto, de Marimén Ayuso

 


Todas las familias guardan secretos. Todos los secretos guardan la verdad. Amalia, la protagonista, conoce fragmentos, sospecha sin remedio. Su vida es una larga suma de ausencias y desengaños. Su juventud, forjada en una España en transición, marcó su madurez en un país hambriento de cambio.

Tras otro desencanto, Amalia encuentra refugio en Sant Pol de Mar, en la casa de su tía Mercedes, garante de los enigmas familiares, portadora de la llave de la verdad. A veces duele contar aquello que no debe ser contado, pero ellas dos lucharán unidas contra el rencor y la duda. Vejez y juventud, dos generaciones, dos formas de entender el mundo y la realidad, que capearán las tempestades del amor y la esperanza en las convulsas corrientes que discurren por la cotidianeidad de la vida en el asfalto.

Amalia es una joven traumatizada por el accidente o suicidio nunca se sabrá de su madre y los sucesivos abandonos, primero de su padre y luego de su pareja. Evolucionará con el paso de los años y gracias a la ayuda de su tía Mercedes y su propio hijo llegará a aceptar el destino de su vida.

La tía Mercedes es una mujer humilde, hija de pescadores, que representa la estabilidad y el hogar que Amalia tanto necesita. Aun sin estudios, Mercedes posee la sabiduría de la gente llana. Directa, de buen corazón, sorprende por una fuerza y convencimiento que seducen al lector.

La novela está escrita a dos voces, muy diferenciadas. La voz joven de Amalia y la muy característica de tía Mercedes. Está ambientada en Sant Pol, un pueblo costero del Maresme, en la época de la Transición.

Con una prosa exquisita, Marimén Ayuso realiza un análisis narrativo magistralmente estructurado, que atrapa al lector con una cadencia mantenida de principio a fin.


Pez de asfalto

Novela finalista del Premio de Novela Ciudad de Lebrija 2024

La contundente radiografía de una familia, de sus lastres, de sus tabúes, secretos, prejuicios, fragilidades y contradicciones.


Autora: Marimén Ayuso

Editorial: Extravertida Editorial

Fecha de edición: Mayo 2024

Número de páginas: 250 páginas

Medidas: 155 x 215

Acabado: 300 g con solapas

ISBN: 9788412697230

Género: Novela contemporánea

Precio: 19,50 €