El intercambio
José Luis Chaparro
«¡Pobrecito!», pensó Alma mientras, desde la ventana de la quinta planta, observaba al mendigo que cada día ocupaba el mismo soportal frente al hospital, apenas cubierto por unos harapos. No podía comprender cómo la gente que pasaba a su lado no sentía piedad por aquel hombre. En la calle debía de hacer mucho frío.
A veces pensaba que nadie lo notaba. Parecía que pasara desapercibido entre la gente.
Un ruido la apartó de sus pensamientos. Sus padres entraron en la habitación a la hora de siempre. Desde que el médico decidió ingresarla para someterla a unas pruebas muy delicadas, cada mañana comenzaba así. Luego todo se precipitó. Ella lo supo desde el principio. Sus padres le revelaron la gravedad de su enfermedad, así como su intención de luchar hasta el final.
Después de besar a ambos, Alma se dirigió a su padre.
—Mira a aquel hombre, papá —dijo, guiándolo de la mano hasta la ventana.
Debe de tener mucho frío. Me gustaría ayudarle.
—Le llevaré mi abrigo, si quieres.
—A mí me gustaría llevárselo —suplicó, poniendo una carita de «no me lo puedes negar».
Era cierto. No podía negarle nada. Con apenas diez años, solo un milagro podría salvar la vida de su hija. Él no podía hacer milagros, pero sí intentar cumplir sus deseos.
—Está bien. Entonces te acompaño.
Alma se cubrió con el abrigo de su madre y ambos salieron de la habitación. Ya en la puerta del hospital pidió a su padre que la esperara. Cruzó la calle y se acercó al mendigo, que permanecía sentado. El hombre levantó la cabeza al verla llegar. Tenía la barba enmarañada y unos ojos sorprendentemente claros.
—Eres la niña de aquella ventana, ¿verdad? —dijo señalando hacia el edificio—. Me llamo Rafael. ¿Me harías compañía durante unos minutos? —propuso, dando unos suaves golpes sobre la bolsa de rafia que tenía junto a él.
—Yo me llamo Alma —respondió mientras tomaba asiento—. Este abrigo es de mi padre y puedes quedártelo.
—Muchas gracias. ¿Qué tienes, Alma? —preguntó mientras se enfundaba el abrigo sin disimular su satisfacción.
—Tengo algo en la cabeza. Una enfermedad con un nombre rarísimo. Dicen que es grave y que puedo morir si no consigo curarme.
Rafael observó la cabeza de Alma, cubierta con un pañuelo blanco.
—Echo de menos mi pelo —dijo ella con una sonrisa dibujada en la cara—. Y tú, ¿qué echas de menos? ¿Por qué vives en la calle?
—Es una larga historia. Quizá me gustaría tener algún libro… pero no importa.
No debes preocuparte por mí. Te agradezco el abrigo y aún más que me acompañes estos minutos.
—¿Vendrás también mañana?
—¡Por supuesto! Me tomaré el día libre en la oficina —respondió con solemnidad, mirándola a los ojos.
Alma sonrió ante la ocurrencia.
—Vendré todos los días, pero solo si me haces una promesa.
—¿Qué promesa?
—¿Sabes quién fue Walt Disney? Pues dijo una vez: «Si puedes soñarlo, puedes lograrlo». ¿Y Spielberg? ¿El del Parque Jurásico?
Alma asintió.
—Steven Spielberg decía: «Yo no sueño de noche. Yo sueño todos los días.
Yo sueño para vivir». Así que prométeme que a partir de ahora soñarás que tu cabecita se pone bien.
—Lo prometo —contestó Alma, levantando la mano derecha como había visto hacer en las películas.
Se despidió de él y, junto a su padre, volvió al hospital. Al llegar a la habitación compartió con sus padres la conversación con Rafael y terminó diciendo:
—Mañana quiero que traigáis unos libros, por favor. Y también el dinero de mi hucha.
Durante la mañana saludó varias veces a Rafael desde la ventana, hasta que él se marchó. El resto del día se mostró más animada que de costumbre. Al cerrar los ojos para dormir, sorprendió a sus padres con una frase:
—Si puedo soñarlo, puedo lograrlo.
Las noticias médicas eran desalentadoras. El tumor cerebral experimentaba un rápido crecimiento, lo que complicaba aún más el tratamiento. Sin embargo, Alma parecía haber recuperado vitalidad desde aquella charla con su amigo Rafael. Sus padres no pusieron ningún inconveniente a que volviera a verlo, y el doctor tampoco.
—¡Buenos días, Alma! —saludó Rafael al verla llegar.
—¡Hola! Te traigo unos libros y algo de dinero —respondió mientras se sentaba a su lado.
—Muchas gracias. A propósito… en cuanto tengas ocasión, deberías leer a Khalil Gibran. Te gustará. Y lo más importante: tú le habrías gustado mucho a él.
—No sé quién es.
—Murió hace mucho tiempo, pero muy poca gente ha puesto en práctica lo que proponía. Por cierto… ¿cumpliste tu promesa?
—¡Sí! Cerré los ojos antes de dormir para soñar que pronto estaré bien.
—¡Así me gusta! —exclamó Rafael levantando los brazos, como si celebrara una gran victoria.
Alma soltó una carcajada.
Dos lágrimas recorrieron la cara de su padre al verla reír así, con esa expresión de felicidad que parecía perdida desde hacía demasiado tiempo.
—Para que te hagas una idea —continuó Rafael— escucha lo que decía Khalil Gibran: «Generosidad no es dar a otro lo que necesita más que tú, sino entregarle lo que tú necesitas más que él». Tú me das vida, aunque la necesitas más que yo. Eres muy generosa.
Al oír esas palabras, Alma se abrazó a Rafael. Permanecieron así durante unos segundos. Ella no pudo ver cómo él cerraba los ojos y rompía a llorar en silencio. Hacía mucho tiempo que nadie lo abrazaba así.
Las visitas se repitieron durante los días siguientes. El ánimo de Alma parecía mejorar, aunque no la gravedad de su enfermedad, que avanzaba inexorable hacia un desenlace fatal.
Rafael era fiel a su cita diaria y Alma le correspondía. Charlaban de mil cosas, como intentando recuperar un tiempo perdido o como si nunca más fueran a poder hacerlo. La gente que antes ignoraba a Rafael ahora observaba la escena con curiosidad: una niña con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco, sin duda paciente del hospital cercano, sentada junto a un mendigo que incluso olvidaba colocar el recipiente para las limosnas. Parecía no importarles nada
de lo que sucediera alrededor.
—¿Sabes lo que me dijo Rafael cuando vino a despedirse? —preguntó—. Que su nombre significa «medicina de Dios». Para el cuerpo y para el espíritu.
También me dijo que tu intercambio no fue aceptado… pero sí el suyo.
—¿Sabes lo que quería decir?
La madre la abrazó con fuerza.
—Sí, Alma. Ahora lo entiendo.
Desde entonces, cada 29 de septiembre —día de los arcángeles— un matrimonio y su hija, ya adolescente, dejan un ramo de flores en el soportal donde solía sentarse aquel mendigo al que casi nadie veía… hasta que una niña decidió mirarlo de verdad.

Precioso y que maravillosa sería la vida si todos los humanos fuésemos asi
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