26 septiembre 2026

Maricarmen y su barrio

Julio Sánchez Mingo



Supongo que habremos coincidido en la frutería de Narváez o me habré cruzado con ella más de una vez, una de tantas ancianas que pululan, especialmente por las mañanas, por los dos bulevares del barrio de Ibiza, que arrancan en el Retiro y llegan hasta las Rondas. Los bancos para sentarse no abundan. Nuestro infame ayuntamiento los tiene limitados al costado de los impares. No son suficientes y por ello suelen estar permanentemente ocupados. Prima la hostelería con sus terrazas, que en ocasiones dificultan el paso de los transeúntes, y utiliza las aceras como trasteros de su propiedad. Lamentablemente muchos vecinos no se pueden permitir el lujo de frecuentar con asiduidad esos establecimientos. Han desaparecido muchos árboles y sus correspondientes alcorques han sido cubiertos o eliminados. Las calles están sucias, mal cuidadas. Denotan abandono. Como subsiste a duras penas el comercio tradicional a pesar de la invasión hostelera, la zona tiene innegable atractivo gracias al contiguo parque del Retiro y a su centralidad y se ha convertido en una pieza suculenta para los especuladores. Es un barrio muy desigual sociológicamente, construido después de la guerra, de población envejecida, catalogado de clase media, pero con abundancia de pobres vergonzantes o gente que a duras penas llega a fin de mes, donde coexisten edificios magníficos, de portales lujosos y notables fachadas, con otros bastante modestos, con escasos balcones y sin terrazas, una sucesión anodina de ventanas. Es el caso de la casa de Maricarmen, una de las más sencillas de su calle. En su día, muchas de ellas las construyeron entidades oficiales para albergar a empleados, militares y funcionarios de escalas medias e inferiores. Son las que se llamaban casas populares, que ya no se promueven y construyen.

A la vista de los precios de los alquileres de los pisos del barrio y sus actuales valores de compraventa, creo que el mercado inmobiliario es el reflejo de una locura colectiva donde las cifras no cuadran. Según la prensa, exigían a Maricarmen, con una pensión de 1.350 euros, una cuota mensual de 2.650 euros, que luego redujeron a 1.650. Ella venía pagando una renta antigua de 500 euros mensuales. La pensión mensual neta máxima en España, satisfecha en catorce pagas anuales, es de 2.580 euros, aproximadamente, a la que accede una minoría de cotizantes, la élite de los trabajadores de la empresa y la función pública del país. Hoy, en Madrid, los integrantes de este colectivo no pueden acceder, de nuevas, a una modesta morada de 94 m² como la de esta anciana de 87 años. Y el resto de trabajadores y pensionistas con menores ingresos, que son la mayoría, ¿donde se van a alojar si ahora aterrizan en esta ciudad? De pesadilla.

No entiendo la postura radical e inamovible de la propiedad del inmueble, a la que, a lo largo de estos últimos ocho años, se han acercado tantas personas a mediar y a ofrecerle soluciones económicas muy ventajosas. ¿Por qué el ser humano es capaz de llegar a hacer tanto daño? ¿Por que se ensañan siempre con gente buena y sencilla? ¿Acaso la soberbia les tiene nublado el raciocinio a los Alonso de Urbagestión? ¿Quién querrá hacer negocio en el futuro con esta empresa? ¿No les hará su entorno el vacío? Aducirán que la ley está de su parte, pero las leyes humanas se modifican tanto cuanto sea necesario. Las leyes morales son inmutables. Me pregunto quién alquilará o adquirirá la vivienda de la disputa. Como nos muestra la novela negra, ¿quién compra una casa donde se ha cometido un asesinato? En este caso, un barrio entero ha sido testigo de un crimen moral, de alguna forma cometido con la complicidad de toda la sociedad.

¿Cuántas Maricarmen hay que no saldrán a la luz? Confiemos que su dolor y sacrificio no hayan sido en vano.

PD. Viernes, 25 de septiembre, 16:00. Cuando el mal ya está hecho y Maricarmen está ingresada en el hospital recuperándose del brutal trauma sufrido a sus 87 años tras el lanzamiento judicial ejecutado por ¡50! policías antidisturbios, salta a las portadas y avances de la prensa una noticia de última hora. Urbagestión ofrece al Ayuntamiento una fórmula para que la anciana pueda volver a su domicilio en breve. A continuación, esta Institución se apresura a puntualizar que la propuesta es jurídicamente inviable. Todas las partes se sentarán a negociar el lunes. Veremos, porque el caso empieza a entrar en una fase de sainete, a la vista de todo lo ya sucedido en los últimos ocho años y el cambio de registro de los hermanos Alonso de las últimas horas.


03 septiembre 2026

Las Angosturas y el Charco del Canalón

Joaquín Lozano Torres

 

Llega el verano, un año más afortunadamente, pero también un año más sobre mis costillas, siendo esta última una afirmación tan obvia como necesaria de auto recordarme, pues a veces, pareciera que tengo una tendencia algo insensata a olvidar el pequeño detalle.

Las bicicletas hay que ponerlas al día y, este año particularmente, gracias a un estupendo profesional venezolano afincado en estos parajes, la carena ha sido completa, una especial, que decíamos en el argot marítimo. Tres bicis a mi disposición y a la de todo aquel que se aventure a echar un buen rato, pero, además, es que es mi vehículo rápido y práctico para atender cualquier encargo, cualquier mandado de supermercado, banco, chino o lo que menester fuere, que no hay que volverse loco con eso del aparcamiento ni dar demasiados rodeos para llegar a donde se tercie. Y como a fuerza de años de oficio el dominio del medio resulta bastante aceptable, llegado el caso, no hay demasiado problema para circular con dos bolsas cargadas, una en cada lado del manillar. Habilidad esta cercana a la que lucen en sus actuaciones los canadienses del Circo del Sol, pero que yo asumo con la naturalidad del inconsciente.

Para completar el instrumental básico veraniego, gafas de bucear y aletas para echar un rato los días de poniente allí en donde las frías y transparentes aguas de estas proximidades al Estrecho sorprenden a los que creen encontrarse en uno más de los parajes mediterráneos de temperatura que trae a la imaginación el maravilloso caldo del puchero que yo entiendo hay que disfrutarlo, fundamentalmente, cuando los rigores invernales hacen acto de presencia.

El agua de aquí, insisto, cuando el régimen es de poniente, es muy fría y a mí me gusta que la prueben todos esos que hablan de las del Atlántico de Portugal o las de Galicia sin reparar en el infalible termómetro que aquí tenemos, consistente en observar la ausencia de niños en remojo cuando se dan las condiciones antes dichas. Así, resulta que se quedan semi paralizados, más que sorprendidos de la temperatura, sin dar crédito al dolor en piernas y articulaciones, cuando se aventuran a zambullirse atraídos por el increíble color azul que te reclama como lo hacían aquellas sirenas que engatusaban con su engañoso cántico al bueno de Ulises en su travesía de retorno a Ítaca.

Yo sé que soy un poco exagerado, pero alguno me ha terminado dando la razón cuando les aseguro que, después de Terranova y los islotes repletos de pingüinos en el Pacífico del sur de América, estas son las más frías, sin acabar de comprender (a mí cada vez me cuesta más trabajo también entenderlo) cómo puedo ser capaz de echar treinta o cuarenta minutos a pelo, navegando por entre las piedras, sumergiéndome y, a veces, hasta encontrando alguna que otra curiosidad. Y como quiera que procuro no hacer daño alguno a los muchos pequeños habitantes de este entorno, imagino que he terminado por resultarles alguien casi, casi, familiar durante la temporada.

Hay más pilares de la estancia estival, las incursiones por algún huerto cercano en busca de buenos tomates para el imprescindible gazpacho, la frecuente ruta ciclista matinal a esa maravilla tan poco valorada como es la de los baños de La Hedionda, ruta que me hace creer, seguramente con razón, que ya hice el ejercicio del día. Pues son unos siete kilómetros y medio desde casa, gran parte cuesta arriba, de manera que, cuando llego y me recupero en unos pocos minutos, el baño frío de esas aguas recién salida de la piedra, me dejan en perfecto estado para emprender un regreso en popa que suele ser mucho más rápido y confortable.

El resto suele llevar una carga adicional de rutina: la cocina diaria, que en verano es cosa mía, el ratito de playa, o el paseo vespertino con cervecita final en cualquiera de los mil y un sitio que por aquí abundan.

Pero, entre tanta tarea más o menos habitual, siempre hay lugar para algún invento extra, y como durante el mes de julio tengo cómplice necesario encarnado en mi hermano Enrique, rebusco algún destino, más o menos exótico y atractivo, para acompañados por mi querida y valiente pick up, aventurarnos a seguir descubriendo buenos destinos.

Y así, a nuestra larga lista ya de sitios maravillosos escondidos por esas sierras y bosques gaditanos y malagueños, hemos podido añadir un par de ellos verdaderamente dignos de disfrutar siempre desde el cuidado y respeto que merecen.

El primero fue hace una semana o diez días y se encuentra en Istán, esa preciosa localidad de la Sierra de las Nieves que atesora otros varios monumentos dignos de veneración, como lo son su Castaño Santo, maravilloso ejemplar cargado de historias ganadas a pulso a lo largo de sus casi mil años de vida. También la fantástica fuente de aguas cristalinas y muy frías que alimenta una acequia en la que meter la cabeza, después de una larga ruta, proporciona algo parecido al del milagroso Bálsamo de Fierabrás que nos relatara con pasión don Quijote: «Si en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, solo será preciso juntar cuidadosamente las dos mitades antes que la sangre se yele, me darás de beber sólo dos tragos del bálsamo y verasme quedar más sano que una manzana».

La ruta en sí no comenzó con buen pie, en parte, debo reconocerlo, porque no termino de acostumbrarme a eso de que las cosas hay que prepararlas antes de acometerlas. Pero, claro, cómo puede entrar esa idea en una cabeza diseñada desde su origen para la improvisación, al estilo de la que lucen los músicos de jazz que son incapaces, porque tampoco es que les haga mucha falta, repetir de manera clónica cualquiera de esos temas que interpretan.

La otra parte de la culpa, sin embargo, fue claramente achacable al dichoso navegador del móvil que, estoy convencido de ello, me tiene una especial inquina; tal vez por la ingente cantidad de exabruptos que, cada vez que se equivoca, le dedico a la que habla y a la madre que la parió. En fin, soy consciente de que, en eso, la mía es una guerra perdida, y más pronto que tarde, no tendré más remedio que claudicar, aceptando comenzar de cero, aguantándome las ganitas de mentarle sus deudos y obedeciendo de manera ciega a todas sus indicaciones por descabelladas que me suenen...

Dejándonos guiar por tan elemental medio tecnológico, antes de conseguir enfilar la carretera que nos llevaría directos a Istán, hicimos un pequeño tour que nos llevó, de la manera más estúpida, hasta Monda, en donde, por fin, dimos la vuelta una vez reseteado el simpático navegador. Total, veinticinco o treinta kilómetros de nada. ¡Pelillos a la mar!

El río Verde, que así se llama, fluye con un más que aceptable caudal teniendo en cuenta la época del año en la que nos encontramos y esto siempre anima a seguir. Eso sí, a partir de aquí, hay que dejar el coche, vadear una cancela bien dotada de cadena y candado y emprender un camino amplio de tierra y piedras con buenas rampas tanto ascendentes como descendentes. Al principio, poco arbolado y solana dura en el cogote, pero, más o menos pronto, se comienza a disfrutar la reparadora sombra de alcornoques, algarrobos, pinos y algún que otro frutal abandonado a su suerte en antiguos huertos ya desaparecidos. El recorrido es de unos cuarenta minutos hasta que, finalmente, se llega a la añorada meta. Charcas y pozas se van haciendo más atractivas y ya es cuestión de seguir avanzando por el propio cauce. Hay que trepar alguna que otra piedra que, al obstaculizar el paso del agua, hacen que esta aumente la fuerza de su fluir creando pequeños saltos precisamente por entre las dichas peñas.

Un escalón salvado, otro más, y enseguida, entre dos majestuosas paredes de piedra, se remansan unas aguas transparentes y verdes que invitan a la zambullida. Aumenta el calado y hay que nadar en demanda del fresco sonido de una bonita caída de agua que se precipita, desde una altura de unos cinco metros, sobre el pequeño cañón.

No hay bulla, de hecho, estamos solos, y el lugar está limpio. Eso en sí ya es una auténtica maravilla y vale la pena disfrutarlo, pero la hora se nos echó encima y había que deshacer el camino hasta allí realizado.

Entonces, ante la pereza de volver a subir y bajar cuestas, pensamos que una alternativa podría ser hacer el regreso a través del propio cauce, total, más mojados no íbamos a estar y, aunque las piedras resbalan de lo lindo, nos pusimos manos a la obra.

Yo no creo que fuera la mejor idea, pues era más que complicado el avance y los resbalones y las caídas se repetían una y otra vez hasta el punto de que, después de algunos raspones, golpes y sustos, antes de que la cosa fuera a mayores, nos pudimos salir para volver en demanda del camino que antes habíamos querido evitar; pero con salto de la reja, almonteño, que nos encontramos con otra cancela alta y bien asegurada que tuvimos que trepar como Dios nos dio a entender.

Llegados a nuestra pick up, del imprescindible botiquín de primeros auxilios que siempre nos acompaña, sacamos dos cervezas heladas que nos reconciliaron inmediatamente con el mundo para emprender de nuevo nuestro regreso con una escala técnica, eso sí, en la maravillosa fuente a la que antes hice expresa mención.

La segunda vez, seguro, todo resultará mucho más fácil, aunque, probablemente, un poco menos excitante, claro.

Para la otra aventurilla montañera, hacer las hoces del río Guadalmina cerca de Benahavis, en un ataque de clarividencia sobrevenida, decidí que la acometiéramos un lunes por aquello de que, entre semanas, la gente tiene que atender obligaciones, trabajo, familia y demás...

Se ve que la misma clarividencia debió iluminar al mogollón de gente que allí nos encontramos al dejar el coche. Aquello era como el Rocío Chico, pero en versión campestre. Muy poco atractiva aquella primera impresión.

Para colmo, aunque en este caso sí había leído algo para conocer un poco de qué se trataba el reto, nos encontramos con que la mayor parte de los guiris que allí se habían concentrado para emular las hazañas de Indiana Jones, iban pertrechados con neoprenos, mochilas herméticas a prueba de agua, cascos, arneses, cuerdas y botas de suela antideslizante. Nosotros, en cambio, íbamos un poco más informales, esto es, camiseta, bañador, botines y una mochila vulgar y corriente dotada en su interior, eso sí, de dos o tres bolsas de Mercadona para proteger mi móvil que, además iba perfectamente «blindado» en una funda plástica de dos euros comprada exprofeso en un chino, la misma que demostró muy pronto que, para ese propósito, proporcionaba igual eficacia que si me hubiera ahorrado los dos euritos...

Pequeña caminata de un kilómetro y medio, aproximadamente, y ya estábamos en el punto de arranque de un trayecto que discurre enteramente por el lecho del río, a veces con poca agua y a veces con largos tramos a realizar nadando a través del angosto cauce que discurre entre altas paredes de piedra en las que no puedes ni agarrarte pues son lisas y muy resbalosas en su parte que toca la lámina de agua.

Como para entrar en el río lo primero que hay que hacer es deslizarse por una pendiente, tipo tobogán de unos dos metros, que te hace caer en una pequeña poza, fue, a partir de ese mismo momento, que mi mochila comenzó a transportar en su interior una ingente cantidad de agua de la que, supongo, las nobles bolsas de Mercadona intentaban defenderse con mucha voluntad y escaso éxito.

Sin embargo, no éramos los únicos que acometíamos la travesía en condiciones aparentemente precarias y esa circunstancia nos fue dando confianza para proseguir, pues, aunque no estuvieran de más los excelentes equipos que la mayor parte llevaban, también es cierto que había un punto de exageración, sin duda motivado por los monitores y guías que hacen su negocio vendiendo experiencias llenas de adrenalina a los mil y un turista que en esta temporada abarrotan la Costa del Sol.

Al ir ganando esa confianza a medida que íbamos avanzando, comenzamos a apreciar en su justa medida un recorrido hermosísimo, nada fácil, si es que te lanzas a lo desconocido en plan Paco Martínez Soria perdido por Madrid con la cabra y un chorizo en la faltriquera, pero, sin lugar a duda, variado, diferente y más que interesante.

Después de muchas dificultades en forma de peñas que hay que trepar para poder seguir avanzando, largas travesías a nado, resbalones e incertidumbre, la traca final la pone un azud o pequeña presa que retiene el agua haciendo posible que, en ese punto haya una profundidad considerable. Es ahí, en ese punto, en donde cobra todo su sentido lo de las cuerdas, mosquetones, cascos y demás, pues, si bien los que van con su guía y su equipo solo tienen que engancharse y hacer un poco de rapel asesorados por sus respectivos monitores, la clase de tropa, sueldos base varios y populacho en general, debe hacer uso de la opción B para salvar los cinco o seis metros que hay al otro lado del muro del azud.

La dichosa opción B, la nuestra, consistía en que, agarrado fuertemente a una cuerda que algún alma generosa allí dejó instalada en un lateral de la presa, hay que deslizarse con mucho cuidado, suavidad y, en algunos casos, con la ayuda de espontáneos voluntarios, por una especie de tobogán de pendiente muy pronunciada que te lleva a una plataforma intermedia en la que puedes apoyar los pies para, desde ahí y de nuevo como si de un tobogán se tratara, arrastrarte dejándote caer, ya sin el apoyo de cuerda auxiliar, en la enésima poza de agua.

Después, ya todo es muy fácil, hay que nadar otro poco y enseguida se llega a una pequeña playa, final del recorrido, en la que poder hacer balance de los efectos de tanta zambullida. En nuestro caso, la temida comprobación terminó con el feliz resultado de que, incomprensible y afortunadamente, se había salvado mi móvil a pesar de los pesares.

Insisto, el lugar es una auténtica maravilla que, a mí, salvando las distancias, me recordó al llamado de los 27 Charcos de Damajagua, en la provincia de Puerto Plata de mi querida Rep. Dominicana. Eso sí, hay que acometer con bastante precaución este recorrido y, a ser posible, mejor disfrutarlo en una época del año en la que no parezca que uno va en romería. Habrá que repetir haciendo uso de la experiencia ganada.

Y así, otra temporada más, va transcurriendo y consumiéndose el verano. Sin que casi seamos conscientes de que también nosotros mismos vamos a bordo.

¡Otra rayita más al tigre!...


1 de agosto de 2026