13 julio 2026

Finalista del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

El chico del tren

Alba Rodríguez García



Subí al tren como cualquier otro día, con esa mezcla de urgencia y cansancio que parece venir incluida en la cuota del abono transporte de Madrid. El vagón estaba lleno de esas caras conocidas desde el anonimato: gente mirando el móvil, gente mirando al suelo. Ese silencio peculiar en medio del jaleo del transporte público, donde lo único que compartimos es el espacio.

En la siguiente parada subió un chico que compartía su música en los vagones del tren, pero desde que lo vi entrar supe que no era uno más. Aquel chico moreno, con sus trenzas perfectas y sus dientes blancos, entró en el vagón con una calma luminosa.

Se agarró a la barra, tragó saliva y comenzó a improvisar.

No sé qué tenía su voz, si era el ritmo de la música, la gracia o simplemente la energía, pero algo cambió en aquel vagón. Su entrada fue como si alguien encendiese una luz que nadie sabía que estaba apagada.

Una señora no paraba de reírse y comentó que ojalá hubiese más gente así, llena de alegría. Un chico le dedicó una mirada de complicidad, con la sonrisa puesta. Por una vez, un vagón entero tenía en común algo más que el cansancio. Durante un par de minutos, seguimos hablando como si nos conociéramos de toda la vida y ese chico hubiese despertado nuestra parte más amable.

Y lo más bonito fue que todos nos miramos. Eso, que en Madrid es un acto casi revolucionario.

Mirarnos. Reconocernos. Aceptar que, por un instante, teníamos algo en común.

El chico improvisaba sobre el transporte público, sobre la vida y sobre nosotros; porque sí, ese chico nos dedicó unas rimas a cada uno, provocando carcajadas, y cada verso era una invitación a bajar la guardia. A recordar que seguimos siendo humanos incluso cuando estamos en piloto automático.

Mientras improvisaba, pensé lo peculiar que es la vida, que te regala la sonrisa de un extraño cuando menos la esperamos. En una ciudad donde cada uno va a lo suyo, donde la prisa nos come y el ruido nos anestesia.

No fue un concierto, ni un espectáculo, ni un acto heroico. Fue algo mucho más sencillo y, por eso mismo, más valioso: un momento compartido.

Cuando terminó, algunos aplaudieron tímidamente. Otros le dieron una moneda. Él sonreía agradecido y se bajó en la siguiente estación.

Me has alegrado el día —le dije con una sonrisa que él me devolvió.

Madrid tiene estas cosas: te exige, te empuja, te agota. Pero de vez en cuando te regala un instante así, pequeño y casi luminoso, que te recuerda por qué sigues aquí. Un instante en el que un chico que rima a cambio de unas monedas consigue que un grupo de desconocidos parezca un grupo de amigos riendo, en una comunidad.

Y, en una ciudad como esta, eso es un milagro.

Entonces el vagón volvió a su silencio habitual, como si nada hubiera pasado. Pero si había pasado, yo podía sentirlo en mi pecho y estoy segura de que muchos que allí estaban también.

04 julio 2026

Creadores de dolor

Julio Sánchez Mingo

 


Hoy se cumplen doscientos cincuenta años de la Declaración de Independencia de los EUA. Un documento lleno de hipocresía y contradicciones que no invita, precisamente, a ninguna celebración. En el preámbulo se afirma que todos los hombres son creados iguales y que el Supremo Hacedor los dota de derechos inalienables como son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, la mayoría de los firmantes poseían esclavos. Desde el principio, esa sociedad se sustentó en la apropiación de los recursos y las tierras de los indígenas hasta su casi total exterminio, la explotación de siervos africanos en régimen de esclavitud y el trabajo de inmigrantes europeos pobres. Desde entonces ese grupo de pioneros se ha convertido en una nación que genera infinito dolor a tantísima gente, ya sea dentro de sus fronteras como más allá de ellas. Para defender sus espurios intereses económicos actúan en cualquier lugar del planeta, quinientas veces desde 1776, de las cuales un tercio desde 1999. Para ellos no existe el prójimo igual, al que hay que respetar y dejar vivir en paz. Se creen con derecho a intervenir en países dominados por dictaduras execrables que, al sentirse acorraladas, se radicalizan redoblando la represión sobre sus desgraciados ciudadanos. El ejemplo paradigmático es Cuba, a la que nos unen tantos lazos afectivos.

Las consecuencias de esa máquina de producir dolor las repasé someramente en mi artículo Gringolandia: 250 años, del pasado 23 de febrero. Poco hay ya que añadir.