Obra ganadora del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid
Torda
Manuel Alejandro del Rosario Urbín
Huele igual. Después de más de medio siglo, el metro huele igual. A hierro caliente, a polvo de cemento, a ese aire que no es aire de verdad porque nunca toca el cielo. La chica de la entrada me ha dicho que la visita empieza en veinte minutos. He bajado el primero. Las piernas ya no bajan escaleras como antes, pero estas las bajo despacio, no por las rodillas: por lo que hay abajo.
Los azulejos blancos de la bóveda brillan como el primer día. Alguien los ha fregado, lijado, vuelto a colocar los que se partieron. Los carteles de cerámica anuncian productos que ya no existen. Colonia Gal. Fajas Madame X. Bombillas Philips, con una V de voltaje. Todo restaurado, impecable, como si el tiempo aquí fuera un decorado. Hay un cartel con las tarifas de finales de los sesenta: tres pesetas el billete sencillo. Debajo, en una vitrina, las planchas de zinc donde se imprimían los abonos.
La gente del grupo se acerca, fotografía, asiente. Yo me quedo al fondo. No he venido a ver azulejos. He venido porque esta estación clausurada es lo único de aquel metro antiguo que han dejado vivo, o que fingen que está vivo. Sé que esto es la línea 1 y yo estaba en las obras de la 5, pero quería comprobar si aquí guardaban algo de lo nuestro. De lo de abajo de abajo. Donde no llegaban los viajeros ni los revisores ni la luz. Donde trabajábamos los muleros.
En el 68 empecé. Diecisiete años. Mi padre conocía a un capataz del tramo de Callao a Carabanchel y me dijo que necesitaban gente para bajar con los animales. Yo no sabía que había animales bajo Madrid. Todavía lo sabe poquísima gente.
Las mulas llegaban en montacargas. Se las subía a una plataforma de madera, se les vendaban los ojos y para abajo. Quince metros, veinte, dependiendo del tajo. En los túneles del método belga las enganchábamos a las vagonetas cargadas de escombro y las guiábamos por las vías provisionales hasta el pozo de extracción. Seis horas. Tres turnos. Catorce mulas. La única luz eran bombillas desnudas colgadas del entibado cada treinta pasos. Lo demás, la linterna del casco y el olor a animal mojado.
El suelo era grava suelta que se te metía en las botas y te destrozaba los pies. A las mulas, entre los cascos. Yo les sacaba las piedras con un gancho después de cada turno, con las manos siempre cortadas.
La que mejor recuerdo se llamaba Torda. Gris ceniza con manchas blancas en la grupa, como si alguien le hubiera echado harina. Era más grande que las otras y más callada. Las mulas hacen ruido cuando están nerviosas: bufan, patean, rozan la cabeza contra la pared. Torda no. Caminaba como si aquello fuera lo único que existía. Supongo que para ella lo era.
Ninguna vio nunca el sol. Bajaban jóvenes, trabajaban a oscuras y cuando ya no podían tirar, las subían y al matadero. Pero Torda tampoco subió nunca. Se desplomó un día de febrero, entre Oporto y la boca del pozo. El polvo que levantó tardó en posarse. La vagoneta seguía enganchada. El veterinario dijo que fue el corazón. Yo digo que los pulmones. Ahí abajo, el aire era polvo con nombre de aire.
La guía del museo explica que Antonio Palacios diseñó la estación en 1919. Azulejo biselado sevillano. Blancos y azul cobalto para dar luminosidad. Habla bien, con fechas, de carrerilla. Sabe lo que pasaba aquí arriba, en la parte bonita. El andén, las taquillas, los tornos. Es joven, lleva una carpeta con el logo de Metro y unas zapatillas blancas que rechinan en los baldosines.
Le pregunto si tienen algo sobre las mulas.
—¿Perdone?
Las mulas de carga. Las que arrastraban los escombros en las obras. Hasta finales de los sesenta. Se queda un momento callada, descolocada. Pasa una hoja de la carpeta, como si la respuesta estuviera impresa ahí.
—Eh... No. En esta exposición no nos consta. Quizá en la Nave de Motores de Pacífico... ¿Quiere que le busque la dirección?
Le digo que no hace falta.
El grupo avanza. Yo me quedo frente a un panel de Cementos Portland. Sesenta años ahí. Nadie lo arrancó, ni lo tapó, ni lo rompió. Un anuncio de cemento cuidado con mimo. De las catorce mulas, nada.
Me acerco al borde del andén. Las vías están ahí, y cada pocos minutos un tren pasa a toda velocidad sin parar. Un golpe de viento y metal que hace vibrar el suelo. El grupo se aparta riendo. Sacan los móviles para grabar la nada.
Cuando el tren pasa, cierro los ojos. Tres segundos. No oigo el tren. Oigo la vagoneta. El chirrido del eje contra el riel provisional. Los cascos de Torda sobre la grava. Mi voz, diecisiete años, diciéndole arre con un hilo de voz porque en el túnel no se gritaba; los gritos asustaban a las mulas, y una mula asustada en un espacio de tres metros era un problema de verdad.
Abro los ojos. El andén. Los azulejos. La guía. Un hombre de mi edad se inclina hacia mí.
—Impresionante, ¿verdad? Como una cápsula del tiempo.
Le miro las manos. Limpias. Uñas recortadas. Le digo que sí, impresionante. Yo todavía sentía aquellos callos en las palmas tantos años después de dejar el túnel.
Al final del turno me quedaba un rato con Torda en el establo improvisado de la galería —cuatro tablones, un cubo de agua, un comedero de chapa— rascándole el morro, porque nadie más lo hacía. Ahí abajo, sin sol y sin ruido, el mundo tenía un tamaño que yo podía entender.
Subo a la calle. El sol de febrero me da en la cara. Me detengo en la acera de Santa Engracia. Una mujer pasa con un cochecito. Un repartidor aparca sobre la acera. Debajo de mis pies, a veinte metros, un tren lleno de gente cruza a ochenta por hora el mismo subsuelo donde Torda caminó a oscuras durante tres años, donde yo caminé detrás de ella, los dos bajo la misma bombilla, haciendo una sola sombra.

