Finalista del X Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid
Bajo las aguas
Cristina Manías Fraile
Argusino, el pueblo que quedó enterrado bajo las aguas. El lugar cuya sola mención provocaba lágrimas en los ojos de mis abuelos y una inmensa tristeza que les dejaba sin aliento.
A veces, cuando alguien en casa mencionaba esa palabra, mi abuelo se retiraba a su dormitorio y no salía en varias horas. Mi abuela se metía en la cocina y se concentraba en realizar tareas para ahuyentar las penas. Yo me iba tras ella y me sentaba a su lado a hacerle compañía, mientras ella iba desgranando, entre suspiros, pequeños recuerdos de la vida en el pueblo.
Hace años que mis abuelos fallecieron y ya no se había vuelto a hablar en casa de Argusino. Hasta este verano, cuando salió en las noticias que debido a la intensa sequía y a la acción devastadora de las compañías energéticas que vacían los pantanos para obtener mayores ganancias con la generación de electricidad, algunos se habían quedado con las aguas muy bajas, dejando al descubierto los restos de las antiguas poblaciones que habían quedado inundadas. Entre ellos el pantano de Almendra, aquel bajo cuyas aguas yacía el pueblo de Argusino.
Le estuve dando vueltas durante varios días. Era una buena oportunidad para visitar aquel lugar del que tanto había oído hablar, al que mi familia nunca quiso volver porque preferían recordar cómo había sido en el pasado. Pero eran muchos kilómetros y no sabía realmente lo que me iba a encontrar ni qué sentimientos iba a despertar en mí esa visita.
Después de meditarlo, me decidí a ir hasta allí y conocerlo, tal vez para cerrar ese capítulo de la vida de mi familia que aún seguía abierto. Cogí el coche y puse rumbo al sur de la provincia de Zamora, a aquel lugar donde mis abuelos habían crecido, vivido y amado, donde un día las aguas enterraron su pasado.
Tras varias horas al volante llegué a los miradores de la presa de Almendra. El gigantesco pantano había recibido el nombre de una localidad salmantina cercana. Como si quisieran borrar para siempre la memoria del pueblo inundado y desaparecido, ni siquiera le habían dado su nombre a las aguas que lo cubren.
La presa era enorme, sobrecogía su visión. Doscientos dos metros de altura, la más alta de Europa Occidental cuando se construyó en 1967. Cuando el embalse estuviera lleno debía ser todo un espectáculo. Incluso ahora que el nivel estaba bajo mínimos, era impresionante ver una masa tan inmensa de agua.
A continuación, dando un gran rodeo, fui pasando por otros pueblos, carreteras y caminos para acercarme a las ruinas de Argusino. Localicé el punto más cercano, aparqué el coche y me adentré a pie, acercándome a la orilla.
Algunos curiosos, como yo, habían ido a ver los restos emergentes del antiguo pueblo. Allí estaba lo que quedaba de Argusino: los muros semiderruidos de la iglesia, de los corrales y viviendas, los trazos de las calles y la gran losa con la que cubrieron el antiguo cementerio, cuyos restos se negaron a trasladar, por lo que simplemente echaron encima una gruesa capa de hormigón para que los muertos no salieran flotando por las aguas del pantano.
Me adentré en las calles y caminé entre las ruinas, casi con temor reverencial, sin atreverme a tocar nada, como si estuviera profanando un lugar sagrado.
Traté de imaginar cómo serían las casas, los balcones, el pueblo vivo, con gente y animales. Esta pared tal vez sería de un corral, ésa de una vivienda, aquella pertenecería a la taberna o a la tienda de comestibles. Los edificios más grandes serían la iglesia y la escuela. Casi hasta me pareció escuchar los ecos de las risas de los niños al salir de clase.
A la vista de aquellas ruinas decadentes que veían la luz por primera vez en muchos años, comprendí el dolor de mis abuelos. Me senté en unas rocas a la orilla del agua y empecé a hilar aquellos retazos de historias que mi abuela contaba con voz queda, casi hablando para sí misma, tejiendo el lienzo de cómo era la vida en el pueblo. El duro trabajo en el campo, siguiendo las estaciones del año. Cuando sus padres iban a arar la tierra y a sembrar el cereal, ella les ayudaba desde bien pequeña. También aprendió pronto a segar con la hoz y la guadaña. Me contaba recuerdos de dar vueltas encima del trillo, sobre la parva, para separar el grano de la paja. Y moliendo el trigo en el molino, a la orilla del río. El duro trabajo de la huerta, tan agradecido por la generosidad de aquellas tierras regadas con las aguas del Tormes, pero que tantos sudores y esfuerzos precisaban para dar fruto. Y lo que más le agradaba, el pastoreo del ganado, cuidar de las vacas, cabras y ovejas; la rica leche de vaca recién ordeñada, la dulce miel que extraían de las colmenas, el aroma del pan recién amasado en el horno de leña. Una vida muy dura, pero plagada de buenos recuerdos.
Y me hablaba de la escuela, de las misas y procesiones, de los juegos y canciones, de los bailes, de la armonía que existía y la ayuda mutua que se brindaban los vecinos de aquel pequeño pueblo donde todos se conocían.
También me contaba de cuando habían llegado señores de la ciudad a realizar mediciones y fotos del paisaje. Al principio, la gente Argusino no entendía nada. Incluso les guiaban cuando les pedían ayuda para visitar algún paraje, desconocedores de que se estaba decidiendo su destino.
Las noticias llegaron un tiempo más tarde. Avisos de que tenían un plazo ya determinado por las autoridades para abandonar sus tierras y sus hogares, su vida, porque el pueblo iba a desaparecer en beneficio del progreso. Y la miserable cantidad que les daban por sus casas y por sus terrenos. ¿Y por su vida, cuánto les daban por ella? No había posibilidad de quedarse en el pueblo, de trasladarse a una zona más alta y construir una nueva casa. Todo el término iba a ser inundado, así que tenían que emigrar a la fuerza.
Mi familia fue de las que estuvo aguantando hasta el último momento, con el cándido anhelo de que un milagro cambiara los planes y pudieran quedarse en su tierra. Pero el milagro no se produjo y para los que se quedaron hasta el final, les dieron únicamente treinta y dos horas para recoger sus cosas y marcharse. Treinta y dos horas para empaquetar toda una vida, meterla en un carro y salir a buscar un nuevo lugar donde vivir.
Las treinta y dos horas más tristes de su vida, despidiéndose de los vecinos y familiares, sin saber si volverían a verse. Despidiéndose de las casas, de las huertas, de las fuentes y caminos, de los árboles, de cada rincón del pueblo. Despidiéndose de los muertos, de los padres y abuelos enterrados a los que no podían llevarse con ellos, que se quedarían para siempre durmiendo el sueño eterno bajo las aguas del pantano.
Ante la impotencia de los vecinos, la empresa dinamitó la antigua iglesia y derribó los muros de las casas dejando tras de sí un desolado paisaje. Ya no había vuelta atrás.
La caravana de carros partió en silencio para un viaje sin retorno. Solo se oía el estruendo de las ruedas en el camino y de vez en cuando el aullido de los perros, que parecían intuir lo que ocurría y se despedían del valle.
Cada familia había cargado sus escasas pertenencias en un carro tirado por vacas. Los colchones de lana enrollados, alguna silla, mantas, los platos, las cazuelas, la escasa ropa, las azadas, hoces y guadañas. Mi abuela metió también un recuerdo de su infancia, la muñeca de trapo que, años atrás, ella misma había elaborado, el que había sido su único juguete. En algún lugar del camino la muñeca se perdió y no volvió a verla nunca más.
Algunas personas se quedaron en algún pueblo cercano donde tenían familiares. Otras, la mayoría, malvendieron las vacas, los carros y los pocos muebles que habían podido llevarse y compraron billetes de tren para viajar a diversas ciudades, donde les habían dicho que hacía falta mano de obra y podrían empezar una nueva vida.
Una parte del dinero de la indemnización se la gastaron en los billetes. El resto, para intentar abrirse paso en la gran ciudad que eligieron. Tuvieron que empezar de cero. Con poco dinero, sin trabajo, sin conocimientos, sin familia ni amigos cerca. Y lo que es peor, sin un lugar al que poder volver, porque en el sitio donde alguna vez estuvo su hogar, ya solo iba a haber un inmenso mar anegándolo todo.
Eso fue lo más duro, la intensa sensación de desarraigo al no tener un lugar al que poder regresar.
Después de haber oído tantas historias y habiendo transcurrido tantos años, por fin estaba allí, sentada en la orilla del pantano, comprendiendo por primera vez cómo se sentían mis abuelos y por qué nunca habían querido regresar, porque el dolor de ver su tierra desaparecida bajo las aguas era demasiado intenso para poder soportarlo.
Casi sin pensarlo, agarré una pequeña piedra y la lancé fuerte contra el agua. Y luego otra. Y otra.
Y seguí tirando piedras, cada vez con más rabia, con las lágrimas brotando de mis ojos. Le tiraba piedras al dolor, a la tristeza, a la angustia… Y a esa idea del progreso que se suponía que era beneficioso para todos, pero que tanto dolor causaba a algunas personas, a algunos pueblos, ante la indiferencia de los que desde arriba tomaban las decisiones.
Por un momento, sentí que mis abuelos estaban allí conmigo, lanzando piedras al agua para arrojar lejos de sí las penas, las lágrimas, el rencor y la rabia que habían acumulado por toda una vida lejos del que había sido su hogar.
Y llegó un momento en que me quedé tranquila, como si aquella pesadumbre que cargaba mi familia a la espalda hubiera salido despedida con la última de las piedras arrojadas.
Al atardecer, decidí coger el coche y emprender el camino de regreso a casa. Y mientras avanzaba por la carretera, alejándome del pantano, las oí. Al principio creí estar soñando. Paré el coche y bajé la ventanilla. El sonido llegaba lejano, pero claro e inmenso, salvando la distancia, salvando el tiempo, más de cincuenta años después de que el corazón de aquel pueblo dejara de latir.
Eran las antiguas campanas del templo de Argusino que tañían en la distancia despidiéndose.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios de este blog están sujetos a moderación. No serán visibles hasta que el administrador los valide. Muchas gracias por su participación.