28 octubre 2022

Inmigrantes

Julio Sánchez Mingo

Mi reconocimiento a los que levantaron y enriquecieron este país desde la emigración y a los de fuera que contribuyen ahora a nuestra mayor renta y superior bienestar


En España, en general, se los desprecia. Se les adjudican epítetos absolutamente despectivos e insultantes, como panchitos, chinchetas, sudacas de mierda o moros. En los campos de fútbol les hacen burla y les dicen monos. Se nos ha olvidado que durante cuatro siglos este país colmó América de emigrantes de toda ralea y condición, honestos y ladrones, virtuosos y criminales, violentos y pacíficos, trabajadores y vagos, lo propio de cualquier colectivo humano, que, para más inri, se apropiaron de mucho de lo que no era suyo, mujeres, tierras y recursos naturales, además de hacer siervos y esclavos. Tampoco tenemos presente que nuestros abuelos, bajitos, morenos, cetrinos, inundaron Francia y Suiza de mano de obra barata y obraron el milagro alemán de posguerra.

Un muy querido amigo, de origen andaluz, me contaba que sus padres, en los años 50, tuvieron que abandonar con sus niños pequeños un pueblo de la provincia de Sevilla porque se morían de hambre. Se vinieron a Madrid. Aquí la única posibilidad era encontrar sustento en el tajo. Su padre caminaba todos los días de Majadahonda a la capital, a ver si lo contrataban en una obra. No había ni dinero para transporte público. La distancia entre las dos poblaciones era de 15,3 km a pie y de 20 km por carretera. La experiencia fue muy negativa y hubieron de emigrar a Alemania. Mi amigo estudió allí, aprendió alemán e inglés y se casó con una simpatiquísima extremeña. Volvieron pasados unos años y, hasta su jubilación, él ha sido un acreditado y respetado profesional del sector informático.

Detrás del rechazo al inmigrante subyace mucho clasismo de unos y miedo al competidor o a lo desconocido de otros.

Los culpables del empobrecimiento de las clases medias en todo Occidente, incluida España, no son los venidos de fuera sino las élites financieras con sus políticas económicas y su capitalismo salvaje, amén de la globalización que se ha desarrollado como competencia entre estados, que grandes multinacionales han sabido aprovechar arteramente. Ante el descontento y la desconfianza es más fácil atacar al débil, al pobre, al desvalido, al que vemos por la calle, que a un milmillonario al que sólo conoceremos por la televisión o las secciones de economía de los periódicos.

En una sociedad como la española, muy envejecida, que se enfrenta al despoblamiento de gran parte de su territorio, los inmigrantes son muy necesarios y deberían ser muy bien recibidos. Ellos cuidan de nuestras abuelitas, llevan a los niños al colegio, nos limpian las casas, oficinas y escaleras, nos sirven el café en el bar y nos cocinan en el restaurante, recogen la fresa, las sandías bajo un sol de justicia, y las verduras en esos hornos asfixiantes e inhumanos que son los invernaderos. Algunos han de realizar recorridos de más de 200 kilómetros en furgonetas infames, los más afortunados en autocares, para acudir a la faena agrícola, como muchos braceros en Lorca. Todos los operarios que estos días asfaltan las calzadas y renuevan las aceras de mi barrio son gente joven, venida de la América española. Yo hablo con ellos. Unos son simpáticos, otros huraños, unos callados, otros parlanchines. Hay de todo, como en botica. Son más siesos y retorcidos, terriblemente cerriles, sus capataces españoles, con los que el diálogo es imposible.

Los inmigrantes contribuyen con mucho más de lo que reciben. En general son jóvenes, están sanos y en edad de trabajar. No son consumidores de recursos, aportan riqueza y, además, ayudan al desarrollo de sus lugares de origen. Las carencias de este país no son culpa de ellos. Es mucho más fácil señalarles, pues son distinguibles por sus rasgos físicos, que buscar a los verdaderos culpables, nosotros mismos, que no hemos sido capaces en cuarenta años de construir suficiente vivienda social o acometer una verdadera reforma fiscal, justa y equitativa.

Se habla mucho de paguitas, subsidios y caraduras entre los inmigrantes. Pero, ¿acaso no sucede lo mismo con los locales y de forma mucho más acusada porcentualmente? ¿Nos olvidamos de los nacionales que contratan a inmigrantes conculcando sus derechos sociales, con salarios de miseria, sin cotizar por ellos a la Seguridad Social, en condiciones de explotación inadmisible, aprovechándose de la necesidad ajena?

USA es un país de inmigrantes, que prácticamente exterminaron a las poblaciones autóctonas. Así logró posicionarse en la cima de la economía mundial. Sin embargo no hay nación más xenófoba, con un discurso antiinmigración más exacerbado y una políticas migratorias que rozan lo inhumano, donde millones de personas de México y Centroamérica trabajan en la economía sumergida. Si pararan, todo se vendría abajo. Eso sí, los más intransigentes en esos aspectos suelen ser los propios inmigrantes ya legalizados y asentados, o sus hijos. Igual sucede en Gran Betraña, donde, para pasmo de muchos, ha sido elegido primer ministro un ciudadano de padres hindúes de clase media, casado con una señora hasta hace pocos meses no residentepor tanto no pagaba impuestos en Reino Unido, cuando su marido era, canciller del Exchequer, ministro de Economía y Hacienda—, hija de uno de los hombres más ricos de la tierra, el fundador de Infosys, el gigante de la informática que da trabajo, entre la India y otros países, a más de cien mil personas. Sus colegas conservadores le perdonan su origen porque estudió en Oxford y es muy rico. Lo dicho, clasismo y xenofobia van de la mano. Si eres un potentado tu proveniencia no importa y en todas partes serás bienvenido, aunque con tu actividad crees desigualdad, pobreza y dolor. Los hoteles de lujo están repletos de narcotraficantes. Sunak orilla la polémica de sus orígenes. No le quitan el sueño los parias del subcontinente, aquel que fue explotado por sus actuales connacionales. Partidario de primera hora del Brexit, es un halcón en lo relativo a política migratoria y siempre reclamó un mayor control de fronteras. Ahora, el dinero manda, tendrá que flexibilizar las reglas de entrada a las islas, pues la economía británica requiere apremiantemente mano de obra barata, eso sí en muchos sectores. Lo ayudará con denuedo la recalcitrante antiinmigración Suella Braverman, de padre keniano y madre mauriciana, la secretaria del Home Office, el ministerio del Interior británico.

21 octubre 2022

La pirámide

Roberto Omar Román

 


Los sábados, a eso de las cinco, cuando el sol termina de tatemar los aires del valle, dejando ese olor a jengibre seco, y las piedras del camino, azuleadas por el cielo asemejan pan dorado en manteca, los hombres vuelven de la mina. En cada casa, las mujeres cumplen con el deber y tradición ancestral de asomarse a la puerta teniendo a mano un plato con arroz o frijoles, otro de pollo y un jarro con agua de tamarindo o jamaica, por si alguno de aquellos mineros tiene gusto en entrar a saciar su hambre y sed.

Los hombres jóvenes marchan con el pecho desnudo, altivo y velloso como si lo ofrecieran a un pelotón de fusilamiento; su mirar tiene ese brillo desafiante y socarrón de la gente recia, acostumbrada a distinguir sin equivocarse el negro del gris en la absoluta oscuridad; levantan las narices como perros bravucones venteando en barrio ajeno. Bien se sabe que rastrean los olores de las mujeres solteras; si alguna es de su interés entrarán a compartir su mesa, y más tarde, si se entienden, su cama.

Los mineros viejos caminan desguanzados, se relamen los labios resecos como si del aire quisieran lamer las sales y los sebos de la tierra. De vez en vez, alzan la mirada; prefieren ir cabizbajos, sea porque están encorvados, o porque no tienen ánimo de gozarse en las hembras entradas en carnes y años.

A Eleuterio se le ocurrió ahorcarse, el muy zoquete, un sábado al regresar de la mina. Según dijo Macarena, su mujer, llegó bastante serio, porque era de un serio hosco de nacimiento y eso a nadie de los que lo conocían le era extrañó. Le dijo que pusiera a calentar a lumbre baja la comida porque se iba a tardar en bañar, traía mucha tierra prieta en el cuerpo, de esa tierra terca de las profundidades que ni los muertos sepultados conocen y que se unta al cuerpo como costra y cuesta trabajo desprenderse aun con los corajudos tallones de zacate. Algunos aseguran que esa tierra hace loca a la gente.

Así hizo la mujer, puso a fuego lento el guiso de pollo y los frijoles negros. Los niños estaban en lo suyo empalmando latas rellenas de tierra no tierra negra, tierra café, tierra buena a modo de pirámide en el patio, para luego derrumbarlas a pedradas. A eso de los cuarenta minutos, Macarena le fue a tocar la puerta para preguntar a Eleuterio si ya mero salía de bañar. Ya no se oía caer el chorro de agua. Los niños ya estaban con cara de hambre en la mesa, listos para comer. Pasaban de las seis. Macarena azotó con puños y pies la puerta, y nada. Le comenzó a hormiguear por la espalda el miedo, pero era una mujer de carácter y mantuvo la calma. Encargó a la hija mayor que les sirviera de comer a sus dos hermanos; le dijo que tenía que salir a un asunto urgente.

¿Y mi papá?

No hagas preguntasrespondió molesta—, se está bañando, niña.

Al rato, Macarena regresó con Salvador, su compadre, padrino de bautizo de los tres hijos del matrimonio. Ellos corrieron a encontrarlo gritando alegres: “Padrino, padrino”. Él les pasó la mano con prisa, a modo de saludo, por la cabeza, y con un guiño dio a entender a su comadre que lo dejaran solo. Salieron al patio Macarena participó a lo del juego de tumbar la pirámide. Dentro se escuchaba el frotar de metales en la chapa del baño. Salvador, herrero de oficio, bien sabía de forzar puertas sin maltratarlas. Era alto y fornido, nunca le entró la gana de ser minero, dicen que porque tenía un pulmón más chico que otro y era riesgoso para su salud. Es probable que así fuera, y a causa de eso no era casado ni se le conocía trato amoroso con mujeres. Cuando Salvador regresó al lado de su comadre la encontró con los ojos perdidos en el horizonte contemplando las luces de las casas vecinas que iban apareciendo como lunares güeros. Salvador tomó su mano, la apretó entre las suyas con una delicadeza inusual para la rudeza de su oficio.

Ahorcado, comadre dijo calmudo, con palabras sonoras como si descargara marro en yunque. Bien tieso el pobre compadre.

Macarena recargó la cabeza en el pecho de Salvador, y éste, ni tardo ni perezoso, la abrazo con enjundia. En ese momento, Tomás, el hijo menor, derrumbaba de un certero tiro la pirámide y bailaba de gusto dando fuertes gritos de alegría.

Cerré la puerta con llave, comadre, no vayan a ir a mirar los ahijados le murmuró al oído.

Esa noche, mientras cenaban el pollo y los frijoles, Salvador y Macarena discutían el orden para comunicar el suicido de Eleuterio; si primero daban razón en la comisaría, después a los patrones de la mina y por último a los niños, o al contrario.

Les entró el cansancio de tanto palabrear a los compadres, se entiende que la muerte no es un tema agradable de tratar, comenzaron a bostezar sabroso. Macarena se encaminó al dormitorio seguida por Salvador. En la cama, luego de comportarse como marido y mujer, continuaron alegando del asunto hasta que los agarró el sueño.

Ya de mañana, como no hubieran llegado a ningún acuerdo, salieron al patio a levantar la pirámide de latas rellenas de tierra, conviniendo en que, quien la derribara, decidía el orden de dar a conocer la noticia del ahorcado.

14 octubre 2022

Malditas simetrías

Arturo Martínez González


Siempre le habían atraído los objetos inútiles y pequeños. Su primer tesoro fue un taco terminado de billetes de tranvía; aún era un niño cuando se lo regaló un cobrador del 3 en su trayecto diario desde casa hasta la escuela. Faltaban años para que sucediera aquello que lo convirtió, también a él, en algo inútil y pequeño. Esperó un buen rato en la parada, aún no se atrevía a subirse en marcha. Se puso de puntillas para asomar la cabeza sobre el mostrador de acero que parapetaba al cobrador y le alargó la moneda. El gigante de gorra de visera y chapa de latón en el pecho arrancó el último billete y se lo entregó junto con el taco terminado. Se estiró un poco más para alcanzar el regalo y lo escondió en el fondo de la cartera, temeroso de que se lo arrebatara alguno de los mayores.

En los años siguientes, inició otras colecciones de objetos igualmente inútiles y minúsculos. Una bala del 7 1/2 vacía de pólvora, regalo de un primo recién llegado de la mili, ocupó un lugar de honor en su estantería, junto a otras balas, cartuchos y casquillos de menor calibre, recogidos a escondidas en el campo de tiro, y hasta un par de balines de plomo robados en una caseta de la feria. Un viejo plumier se fue llenando lentamente de cabos de lápices agotados; no había mayor satisfacción para él que terminar un lápiz y guardar los restos en aquel ataúd, pero, a pesar de estos nuevos intereses, nunca pensó en abandonar su colección de billetes de tranvía.

La pregunta “¿Tiene tacos?”, formulada en todos los viajes, le permitió reunir en un par de años los seis colores que llenaban el billetero de latón del revisor: verde, azul, rojo, naranja, amarillo y blanco, el primero que había conseguido. Luego fue añadiendo billetes capicúa, tarea casi inacabable. Calculaba que, sin trampas, para terminar la colección necesitaría unos cien años a razón de dos trayectos diarios.

Sin embargo, por muchas colecciones que iniciase, por muy especiales que le pareciesen las piezas que iba consiguiendo, nunca era capaz de atraer el interés de sus compañeros. Sus cabos de lápiz trocados en vellocinos de oro o sus billetes de tranvía convertidos en pura cábala eran para los demás simples pasatiempos, juegos indignos de alguien como ellos.

Tenía doce años cuando una pasajera le ofreció su billete, blanco y con un capicúa casi imposible de conseguir: 43634, serie K. No fue la sonrisa de la niña ni su melena meticulosamente cepillada lo que lo atrajeron, ni a ella las pecas o la expresión de inocencia que adornaban la cara de él, sino una casi imposible coincidencia: ambos amaban lo inútil. Antes de apearse ya sabían que él coleccionaba billetes usados, balas sin pólvora y lápices acabados y que lo de ella era pasión por los botones de nácar y las chapas de cerveza.

Aquella mañana los charcos del parque estaban congelados. Él, bien envuelto en su abrigo de lana, esperaba en la parada el tranvía que transportaba a Emma cuando observó una mancha roja entre las vías, sobre la nieve grisácea de la víspera. Era un billete, un posible capicúa. No se distinguían más que los tres últimos dígitos: 888. El paso que dio él para recogerlo fue el más corto y el más largo de su vida. Ha olvidado el grito de los que esperaban junto a él en la parada, el chirrido de los frenos y el golpe sordo de sus huesos al romperse, pero Emma sí recuerda la cara torcida de dolor que musitaba desde el suelo: “88888”.

Aquel número perfecto, el rey de los capicúas, el de las dos simetrías completas y cinco individuales, se convirtió en su mayor oprobio. Cuando, después de superar media docena de operaciones y pasar varios meses sin salir de casa, se acercó con la ayuda de Emma y de un par de muletas al café más cercano, el veredicto del catedrático de Cristalografía que mataba allí las mañanas de su jubilación fue inmediato y se plasmó en un grito que resonó en todo el salón: “¡Triclínico!”.

Algo formado sobre tres ejes desiguales que se cortan en ángulos no rectos, un cuerpo sin la menor apariencia de simetría, en la mente del profesor no encajaba en ningún otro sistema cristalino. Era triclínico y lo sería para siempre.

La empresa, una vez quedó clara su ausencia de responsabilidad y la imprudencia del atropellado, le ofreció un puesto de trabajo acorde con sus nuevas capacidades. Hasta su jubilación, el Triclínico se dedicó a vender billetes en la línea 3. Nunca volvió a mirar un número. Por sus manos pasarían, ahora sí, todos los posibles capicúas, pero de su amplia colección de objetos minúsculos e inútiles solo conservó dos billetes: 43634, serie K y el 88888, serie N.

06 octubre 2022

Impuestos

Julio Sánchez Mingo

 


Artículo 31.1 Constitución española.

Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio.

La deuda pública española gira alrededor del 120% del PIB. Todos los años machaconamente se repite un déficit de un 4%, tanto si la economía crece como si se contrae. La presión fiscal en España está un 6% por debajo de la media europea. Nuestro sistema tributario no es eficiente, ni redistributivo y tampoco es progresivo, por lo que la Constitución se convierte en papel mojado. Según datos publicados, el 20% de los colectivos más pobres sólo reciben el 12% de las transferencias del sector público. Se prima mucho a la gran empresa, cuya fiscalidad, con deducciones y desgravaciones varias, roza lo ridículo. La contribución al impuesto de sociedades de las grandes compañías españolas que cotizan en Bolsa (que el pasado año obtuvieron los mayores beneficios de su historia) se ha visto reducida, desde 2007, a menos de la mitad. Según Capgemini, los ricos son cada vez más ricos. Sus activos alcanzaron el año pasado 686.000 millones de euros, lo que supone un 5,3% más que en 2020. Estas cifras españolas son parecidas a las de los países de Europa del Este e impropias de la que se supone es la cuarta economía de la zona euro. Y, sin embargo, tampoco se reducen gastos superfluos como, por ejemplo, obras sin sentido, las millonarias subvenciones a los partidos políticos, que deberían vivir de las cuotas de sus militantes, o los ingentes salarios de los asesores que cada facción política nombra cuando ocupa el poder. Un ejemplo. Del gobierno catalán dependen 500 cargos, directivos de entes públicos y asesores que se embolsan 45 millones de euros anuales, unos 90.000 euros por puesto, por encima del salario del presidente del Gobierno o los ministros. Parte de ese dinero va a engrosar las arcas del partido que los elige, que recibe un porcentaje del salario de los afortunados que ocupan poltrona tras ser elegidos por la cúpula de la formación correspondiente. Siempre se recortan los servicios públicos críticos para el bienestar de los ciudadanos o la naturaleza, los que realmente importan, como el número de bomberos forestales, que además están muy mal pagados, a pesar de los incendios del verano pasado. O no se contrata a las más de 100.000 enfermeras que el sistema requiere. Las administraciones públicas tienen una tendencia desmedida al gasto a muy corto plazo, pan para hoy y hambre para mañana, en lugar de promover inversiones que creen riqueza. Tampoco manejan el concepto del buen mantenimiento de infraestructuras e instalaciones. Algo bien cuidado dura una eternidad y no hay que recurrir a onerosas sustituciones prematuras. Yo estoy escandalizado con las absurdas obras del ayuntamiento de Madrid.

La triste realidad es ésta. A pesar de ello, seguimos discutiendo unos y otros sobre si lo más apropiado es bajar o subir impuestos, una polémica más ideológica que racional, cuando lo propio es tener claro lo que se quiere hacer y hasta donde se quiere llegar, ver lo que cuesta y ajustar la fiscalidad de forma consecuente. ¿Aspiramos a vivir como en el norte de Europa o, por el contrario, mantener a duras penas el estado del bienestar y reducir algo la terrorífica y perversa desigualdad que empieza a abrumarnos? No debemos olvidar que la deuda hay que pagarla y que, con la inflación desbocada, cada día su carga es mayor.

Miremos un poco atrás. Nuestro Aznar, el ínclito e inefable hombre de las Azores, basándose en la curva de Laffer, siempre ha defendido, incluso en los últimos días, reducciones de impuestos. Según dicha teoría, al haber más capital circulando, se favorece la inversión, la creación de riqueza y puestos de trabajo, en definitiva, el crecimiento económico, lo que redunda a la larga en una mayor recaudación tributaria. La experiencia ha puesto de manifiesto que ese planteamiento, que aplicaron Reagan y Thatcher, se mostró ineficaz para mejorar los ingresos públicos y desembocó en déficits y deudas astronómicas y en un notable aumento del desempleo. Y Rajoy hubo de subir impuestos en 2012 a pesar de haber prometido en la campaña electoral previa que los bajaría.

Con todo ello, varias comunidades autónomas españolas, de distinto signo político, han emprendido una loca carrera por la reducción de tributos, donde las gobernadas por la derecha destacan por su apoyo descarado a las rentas y patrimonios altos. Y en Reino Unido, la semana pasada, Truss anunció una salvaje disminución de la carga fiscal, que beneficiaba muy especialmente a las clases más pudientes, lo que provocó un desplome de la libra, que hubo de ser rescatada por el Banco de Inglaterra, protestas generalizadas y una dura reprimenda del FMI. En paralelo, Philip Lane, el economista jefe del BCE, propugnaba subir impuestos a los más ricos, a aquellos con mayores ingresos y a las empresas más rentables y proteger a los más vulnerables. Resultado: esta semana la inquilina del 10 de Downing St. ha tenido que desdecirse, aunque lo ha hecho sólo en parte. A principios de esta semana, el consejero delegado de Shell, la mayor petrolera del mundo, ha animado a los Gobiernos europeos a imponer gravámenes adicionales a las empresas del sector para, con lo recaudado, ayudar a los segmentos más débiles de la sociedad.

Conociendo el percal, dada la calidad de nuestros gobernantes y la mala gestión de nuestras administraciones central, regionales y locales, creo que los servicios públicos serán peores y que, de una manera u otra, nos tocará pagar más por todo1. Sánchez, Calviño y Montero, chicos obedientes y aplicados, harán lo que les indiquen desde el BCE y la Comisión Europea. De lo contrario, la debacle podría ser absoluta.

P. D. No es lo mismo tener ingresos muy elevados que atesorar un gran patrimonio. Gravar ambos no es doble imposición.

1 Sigue teniendo vigencia mi artículo de abril de 2021 Bájenme los impuestos que quiero pagar más.

 

29 septiembre 2022

Mafalda, una historia de maldad humana

Julio Sánchez Mingo


Mafalda de Saboya era la segunda hija de Víctor Manuel III, rey de Italia, Albania y emperador de Etiopía. Hombre de carácter introvertido, inseguro, acomplejado medía 1,53 metros de alto, le apodaban Sciaboletta, sablecito, pues hubo que forjar para él un sable de poca longitud que no arrastrara por el suelo, su afición era la numismática. En 1922 rechazó la firma del estado de asedio que hubiera permitido al ejercito frenar con facilidad a las escuadras fascistas de la Marcha sobre Roma unos grupos muy reducidos de exaltados fanáticos, unas pandillas de vándalos violentos y encargó a su líder Mussolini la formación de nuevo gobierno, cediéndole graciosamente el poder. Sobre la testa coronada sobrevolaba el miedo al socialismo y su republicanismo. Le cegaba la obsesión de conservar el trono por encima de todo y todos, la patología que caracteriza a todas las familias reales, temerosas de perder sus privilegios y su poder económico. Tampoco tuvo empacho en 1938 en refrendar las leyes raciales del Duce, en línea con lo dispuesto en Alemania por el régimen de Hitler, al que personalmente detestaba.

La princesa real estaba casada con el príncipe teutón Felipe de Hesse-Kassel, sobrino del káiser Guillermo II de Alemania, con quien tuvo cuatro hijos. Su marido, bisexual, parece que contó entre sus amantes al poeta inglés Siegfried Sassoon. En octubre de 1930 el aristócrata se unió al partido nacionalsocialista y en 1932 a las SA, los camisas pardas, siendo nombrado gobernador de Hesse-Nassau al acceder Hitler al poder en 1933. Miembro del Reichstag, como yerno que era del rey italiano, actuó como intermediario entre Mussolini y el dirigente alemán y como agente artístico de éste para Italia.

Con motivo de la visita de Estado del canciller germano y otros jerarcas nazis, la noche del 4 de mayo de 1938 se celebró en el palacio del Quirinal de Roma una cena de gala ofrecida por el soberano italiano al sátrapa alemán y sus acompañantes. Presidió la mesa el anfitrión, a cuyo lado situaron a la señora Ribbentrop, mujer del ministro de Asuntos Exteriores del III Reich, que suplió la inexistencia de una señora Hitler. Eva Braun viajó con el séquito germano como secretaria personal del Führer. Éste, el invitado de honor, se sentó flanqueado a su izquierda por la reina emperatriz, Elena de Montenegro, y a su derecha por Mafalda, que hablaba alemán, a cuyo lado derecho fue acomodado Mussolini, que no consideró apropiada la presencia en este acto de su mujer, Raquel Guidi, de origen muy humilde, crecida en la miseria, semianalfabeta, con quien estaba legal y canónicamente casado y era la madre de sus hijos legítimos.

 
Visita de Estado a Italia. Banquete en el Quirinal. 1938.

Al día siguiente, 5 de mayo, el régimen fascista brindó en el golfo de Nápoles una espectacular revista naval a sus invitados alemanes. A bordo del acorazado Conte di Cavour, que presidía la parada, el Führer, el monarca y el Duce observaron las exactas maniobras de una fuerza embarcada muy notable, en la que destacaron las legendarias lanchas rápidas torpederas MAS (Motoscafo Armato Silurante) y noventa submarinos que, en formación cerrada, como delfines perfectamente sincronizados, se sumergían y emergían al unísono. En mitad de la exhibición, Joseph Goebbels, reichsminister de Ilustración Pública y Propaganda, siniestro personaje, brillantísimo comunicador infinitas veces imitado ¡hasta en la actualidad!, recibió un telegrama con la buena nueva del nacimiento de su quinta hija, Hedwig Johanna. Muchos presentes, desde las personalidades hasta modestos marineros, se arremolinaron en torno a él para felicitarle y desear a la recién nacida un futuro tan radiante como el de aquel día de cielo luminoso frente a Sorrento, Capri, Ischia y Prócida. Siete años después, esa inocente sería sacrificada por sus fanáticos padres junto a sus hermanos en el búnker subterráneo de la Cancillería de Berlín.

 
Revista naval. Golfo de Nápoles. 5 de mayo de 1938. Primera parte.
 

 
Revista naval. Golfo de Nápoles. 5 de mayo de 1938. Segunda parte.
 

En Florencia, en ese mismo viaje de Estado, Eva Braun adquirió camisones italianos de seda, enaguas de satén, veinticuatro vestidos de noche, una docena de abrigos de piel, de ellos uno de zorro argentino, otro de visón y uno más de marta cibelina, zapatos dorados de noche, negros de Ferragamo, marrones de cuero de diario y sandalias plateadas.

Esos días de mayo de 1938, Goebbels anotó en su diario:

“… La monarquía es una carga. Los alemanes podemos estar contentos por haberla suprimido. La aristocracia es internacionalista. Se nutre de los bienes del pueblo. Y los pueblos deben recuperarlos. El discurso del rey fue absolutamente esotérico, estúpido, insignificante. Después ha hablado el Führer. ¡Qué diferencia! Después parloteo. A continuación me largo. No es algo para un nazi de fe republicana. También Mussolini desprecia todo esto. Pero tiene que poner buena cara a este feo juego”.

“… Dos magníficos actos de Aida. ¡Qué voces, qué música! Y qué espléndido teatro. El rey permanece en su palco sumido en una total indiferencia. Lógico, pues Verdi muestra una realeza que no se transmite por cauces hereditarios…

La monarquía se muestra todavía en su forma más repugnante. Menuda gentuza de viles cortesanos. ¡A la picota! Y esa forma de tratarte de parvenu. Todo ello me produce nauseas. Saltaría de rabia. Es una camarilla principesca que cree que Europa le pertenece”.

El 25 de julio de 1943, Mussolini fue destituido y recluido. A primeros de septiembre se hizo público el armisticio de Italia y los aliados. Para no caer en manos de las tropas alemanas estacionadas en el norte de la península itálica, Víctor Manuel III y su flamante gobierno huyeron de Roma a Brindisi el 9 de septiembre. El 12 de este mismo mes, el Duce fue liberado por una unidad de paracaidistas al mando del oficial de las SS, Otto Skorzeny, un habitual del Rastro madrileño en la época de Franco, al que los chavales mirábamos de reojo mientras vendía parafernalia nazi en un tenderete, rodeado de correligionarios de aspecto temible.

Mientras tanto, tras un accidentado regreso lleno de vicisitudes desde Bulgaria, donde había asistido a los funerales de su cuñado Boris III, el 22 de septiembre Mafalda llegó a Roma para reunirse con sus hijos que habían sido acogidos en el Vaticano bajo la tutela de monseñor Montini, futuro Pablo VI. Un gran papa cuya sepultura, yerma de flores, ignoran todos los visitantes de las tumbas papales en San Pedro, mientras colman de atención, rezos y arreglos vegetales las de otros pontífices de inferior categoría humana e intelectual, aunque de mayor proyección mediática. Su marido Felipe ya había sido recluido en el campo de concentración de Flossenbürg como sospechoso de haber conspirado y colaborado en la caída de Mussolini. Ella, mediante un ardid, fue detenida y trasladada a Alemania, siendo internada en el lager de Buchenwald. ¡Ella, la gentil anfitriona de uno de los mayores criminales de la historia! En ese lugar, tras pasar mil calamidades, fue herida en un bombardeo de la aviación aliada. De resultas contrajo una gangrena y murió desangrada sin recibir la atención adecuada tras una operación para tratar de detener esa afección.

Éste es un breve pero complejo relato de miserias y maldades humanas. En él priman los intereses sobre los sentimientos nobles, la mentira y el engaño son omnipresentes, tu amigo de hoy puede ser tu enemigo de mañana, las circunstancias pueden cambiar de un día para otro y se mide a la gente por distinto rasero, según se trate de amigos o enemigos.

¡Y qué ceguera la de las masas que son capaces de seguir a líderes tan execrables!

P.D. El listado de las compras de Eva Braun en Florencia y los párrafos del diario de Goebbels están tomados de M. Gli ultimi giorni dell’Europa, de Antonio Scurati, publicado por Bompiani en el actual mes de septiembre de 2022.

23 septiembre 2022

 

Perdido en el recuerdo

Pedro Navazo



¡Hola, papá!

¿La conozco yo de algo?

A veces soy tu madre, otras tu hija y otras tu mujer… ¡A ver que toca hoy!

 

Según llegaba ayer por la tarde a casa, me encontré en el portal con mi vecina Inés que volvía ligeramente desmadejada, como cada viernes, de visitar a su padre.

Al interesarme por Josemi así le llamamos en el vecindario, me dijo que seguía, más o menos, como siempre.

Recostado en la cama o en el sillón escuchando música, que es la terapía más efectiva y que más agradece, o durante el buen tiempo, con pasitos cortos, dejándose llevar cogido del brazo de un lado a otro por el jardincito de la residencia.

Con una fina y creciente película de agua cubriendo sus ojos, me explicó que el alzhéimer lo iba reduciendo poco a poco: que su mente operaba de manera discontinua.

Lo mismo pasa unos días callado, con la cabeza caída, incapaz de levantarse solo e incluso haciéndose sus necesidades encima, que comienza a regir de manera repentina remontándose a los veranos pasados en el pinar de su añorado pueblo, y dirigiéndose a mí como si yo fuera parte de sus recuerdos.

Sin importarle que la marea de lágrimas silenciosa rodase en procesión por su rostro, mejillas abajo, me confesó que cada día que iba a verlo era un anillo más en el árbol de su tristeza: que le daba mucha pena ver cómo la enfermedad lo iba envolviendo como una burbuja y reduciendo a una mínima expresión de lo que fue.

Y no es porque lo diga yo, pero mi padre además de ser un marido integro, un padre ejemplar y un buen veterinario, escribía también versos y pintaba que no veas. Si quieres un día te enseño su cuaderno de poemas y sus paisajes para que los juzgues tú mismo.

¿Quién es usted? -asegura Inés que siempre le pregunta al llegar.

Papá, soy Inés.

¡Anda!, como mi hija.

Es que soy tu hija, papá.

¿Y tu madre?... Hace mucho que no viene.

¿Pero no te acuerdas? La enviaste a por el periódico, verás como no tarda en volver le miente una vez más.

Me contó que entonces su padre enmudece, y que una lágrima le rueda por el párpado mientras deja caer la mirada al suelo. Porque, si cierto es que su padre disfrutó mucho con la poesía y la pintura más lo hizo junto a su mujer que apenas si tenía los cincuenta cuando murió: una mujer de rostro bello, con una bailarina sonrisa en los labios y unos ojos grandes y azules del mismo color que el cielo que pintaba en todos sus lienzos.

19 septiembre 2022

Carlitos

Julio Sánchez Mingo

 

Henry Nicholls.

Por sus gestos se lo conoce y adivina. Es un malcriado, un perfecto maleducado, de una soberbia infinita. Cualquier cosa le importuna y hace gala de una impaciencia soberana, mostrando hartazgo en público por nimiedades, sin recato alguno. Se ha pasado la vida jugando al polo y asistiendo a ceremonias vacuas que llamamos actos de representación. Pero eso sí, atesorando los pingües beneficios que ofrece el ducado de Cornualles.

En Madrid, en la boda de uno de sus parientes españoles, dio dos veces la nota. Incapaz de esperar a que un autobús lo rescatara del atrio de la Almudena, donde los invitados se guarecían de la lluvia, convenció a un bobalicón príncipe de opereta para atravesar juntos a pie la plaza de la Armería, bajo un diluvio de los que hacen época. Llegaron calados al banquete nupcial del que después se ausentó sin esperar ni a los brindis ni a despedirse.

Parece mentira que no sepa tampoco sus asistentes y empleados que una pluma estilográfica es un objeto de uso estrictamente personal, que no se comparte, pues de lo contrario el punto se daña y chorrea tinta. Pase que no tenga muchas luces, pero es inadmisible que haga gala en público de tanta soberbia, desconsideración y mala educación por mancharse las manos al firmar, dejando sola a su consternada y muerta de vergüenza consorte ataviada con un vestido y un tocado tales que parecía un beefeater teñido de negro, tras haber mantenido este deplorable diálogo con ella y sus ayudantes: 

¿Sólo tengo que poner que es doce de septiembre?

Trece, señor.

Dios, puse la fecha equivocada. ¿Es trece?

Sí, señor.

Antes firmaste que era doce.

Oh, Dios, odio esto.

Espera que está saliendo (tinta) por todas partes.

No puedo soportar esta maldita cosa. Todo el tiempo igual.

¿De qué se quejaba? Ese es su trabajo y no parece muy edificante que un rey se lamente en público de las tareas que debe realizar. A él lo que le gustaba era ser el tampax de su entonces amante. Las obligaciones para los demás.

Sus finados padres fracasaron estrepitosamente en su educación y en la de su hermano pedófilo. Bastante tenía la pareja real con aparecer continuamente en público, hieráticos, como si se hubieran tragado un sapo. La fallecida reina no sonrió hasta que se convirtió en una venerable ancianita que acarreaba un pequeño y misterioso, por su contenido, bolso. Hay quien dice que este complemento fungía de bandera de señales.

La semana pasada, en su visita a Gales, un ciudadano le espetó:

Mientras luchamos por calentar nuestras casas, tenemos que pagar por su desfile. Los contribuyentes pagan 100 millones por usted. ¿Para qué?

Los anunciados despidos de sus empleados de Clarence House, por parte de quien es multimillonario, tampoco han sentado nada bien. ¡Con la madre de cuerpo presente!

¿Que extraño mecanismo mental tiene mucha gente que admira a este tipo de personajes y pasa por alto todas sus tropelías, incorrecciones y faltas de consideración al prójimo, incluso a los más próximos como su mujer y sus ayudantes? Hay personas que son capaces de hacer una cola de más de doce horas por desfilar frente a un catafalco cubierto de tapices y banderas que, para muchos otros ciudadanos no significan nada, son meros trapos de colorines. Ayer domingo escribía Manuel Vicent que estos fastos someten al público a una hipnosis colectiva, que estas ceremonias son “… una magnífica cáscara vacía en cuyo interior se mueven personajes que sólo son reales porque tienen la necesidad perentoria de ir al cuarto de baño varias veces al día”.

P. D. Esta noche, cuando lo he visto al borde de las lágrimas en el funeral de su madre, he sentido compasión.


 

26 agosto 2022

Calentarnos o abrasarnos. Qué hacer con los biocombustibles agroforestales

Carlos García Delgado


Ante la reciente ola de grandes incendios que estamos registrando en España, surge una cuestión colateral a la más urgente, grave y angustiosa de la perdida de vidas y terribles daños y perjuicios económicos, a los ecosistemas y al tejido social, pero también importante: el desperdicio de una energía especialmente valiosa y escasa.

Aunque la biomasa es biodegradable, no lo es instantáneamente. Si no se retira la que el monte produce en exceso cada año, una vez que ha llegado a su espesura óptima la que permite vivir con buena salud a todos los arboles de un monte con los recursos de agua, minerales y biológicos de su ubicación, los arboles vivirán menos y peor, serán más susceptibles a plagas e incendios y, además, la materia muerta se irá acumulando.

Según los cálculos de los expertos, debido a la sobreacumulación de biomasa en nuestro montes por una insuficiente gestión forestal, que aumenta exponencialmente el riesgo de incendio, la potencia calorífica que se genera en cada metro de frente de llama de un incendio supera ya en muchos casos los 60.000 Kilovatios e incluso, como en el caso del incendio de la Sierra de la Culebra, llega a los 90.000 Kilovatios. Si ese frente de llama persiste durante una semana puede llegar a producir hasta más de 15 Megavatios hora de energía. ¿Cuánta energía es esa? Comparémosla con la que una familia consume en España cada año en promedio, unos 10.000 kilovatios hora. Es decir, la energía producida por ese incendio será equivalente a la que consumen algo más de 1.500 familias… Da que pensar ¿no? Y solo hablo de un metro de frente de llama, si hablamos de varios centenares o incluso varios kilómetros las cifras se disparan...

¿Cuánto se podría aprovechar de esa energía? La tecnología actual de calderas de biomasa permite aprovechar entre un 75%-90%, pero si se utilizan calderas de condensación que recuperan el la energía latente en el el vapor de agua y gases que se desprenden durante el proceso de combustión, el rendimiento puede llegar hasta el 109%.

Evidentemente no se trata de utilizar toda la madera del bosque para este propósito, solo la sobrante por exceso, daño o decrepitud, que puede suponer aproximadamente entre un 3 y un 10% del total de las existencias de un monte rara vez es mayor en España una vez llegado a su plenitud si se dedica a este propósito, e incluso mucho menos si la madera se dedica principalmente a otros fines (construcción, industria etc.). Por otro lado, el monte debe cumplir muchas otras importantes funciones además de producir biocombustibles como sanear el aire, permitir la vida silvestre, proveernos de frutos y madera, disfrutar de su paisaje y entorno, facilitar la caza y la pesca, conservar en buena salud los cursos fluviales y protegernos de la erosión y los corrimientos de tierras, entre otros. Si el monte está bien gestionado y las condiciones climáticas acompañan con olas de calor y sequias como las actuales es muy difícil todo eso se puede conseguir a la vez. Pero para ello es necesario retirar ese pequeño sobrante que el monte no puede reciclar cada año y darle un buen uso.

¿Qué nos cuesta más, dedicar un poco más de recursos a mantener en buena salud nuestros montes, aprovechando además de manera sostenible su biomasa residual para calentarnos, o estar sufriendo todos los años cuantiosísimas perdidas de todo tipo? La naturaleza por si sola no recicla a tiempo, hay que ayudarla para que no lo haga como ha hecho antes de la llegada del hombre a base también de grandes incendios, como demuestran lo registros fósiles y otras técnicas y aprendiendo de nuestros errores del pasado por exceso y por defecto. ¿Queremos calentarnos o abrasarnos? Esa es nuestra decisión.

Carlos García Delgado es responsable técnico del Sector de Edificación y Obra Civil en CTA, Corporación Tecnológica de Andalucía.

 

19 agosto 2022

De árboles y sanidad

Julio Sánchez Mingo

La jacaranda de Helenita. J. S. M.

El pasado martes 10 de agosto leí dos artículos, publicados ese mismo día, sobre sendos temas que desde hace bastante tiempo ocupan mis desvelos. Uno, de Manuel Jabois, versa sobre los árboles, su utilidad, significado y magia. El otro, de Sergio del Molino, glosa las virtudes de la sanidad pública, el milagro social que comporta y las amenazas que la acechan.

Entresaco algunas líneas de ambos textos. Dice del Molino: “Cada dosis del medicamento que me inyecto para mi enfermedad crónica e incurable cuesta 1.246,48 euros. En la primera fase de tratamiento necesito un vial cada semana (luego, uno cada cuatro), por lo que este mes me he inyectado químicos por valor de 4.958,92 euros, de los cuales yo no he abonado ni un céntimo. La farmacia del hospital público donde me tratan me los ha dispensado gratuitamente, añadiendo al paquete mucha amabilidad y un montón de buenos consejos. Nadie me informó del precio, lo he buscado yo para recordarme en qué país vivo, no perder de vista lo importante y armarme de razones para defender un Estado social en tiempos de demolición… y todo ha sido gracias a un consenso social alcanzado hace unas décadas en España: la universalización de la sanidad, un milagro que solo sucede en un club pequeño de países y por el que suspiran cientos de millones de desarrapados en los cinco continentes… Este consenso está amenazado por un populismo de derechas bien conocido, que levanta su ola sobre la amargura y el rencor legítimo de los precarios, de los parados y de todos los marginados. Es decir, de aquellos que no podrían pagar esos 1.246,48 euros y que, en caso de sufrir mi enfermedad, tendrían que resignarse al dolor y a la parálisis. Son los que tampoco podrían pagar un ciclo de quimio cuando el cáncer les visite… “.

Es paradójico e incomprensible que aquellos que menos tienen, muchos desfavorecidos, tiren piedras contra su propio tejado. Este año un vecino mío fue sometido a una intervención para que le fuera sustituida una válvula del corazón. Acudió a un centro no público y su seguro privado corrió con todos los gastos excepto el coste del diminuto dispositivo artificial: 24.500 euros. Afortunadamente, goza de una buena posición económica y pudo hacer frente al inesperado desembolso.

La sanidad pública crea mucha riqueza, puestos de trabajo siempre cualificados —incluso un celador, pieza clave del engranaje de un hospital, requiere un mínimo de formación, desarrolla grandes programas de investigación y sostiene a las industrias farmacéutica y de equipamiento médico y hospitalario. Es una óptima inversión económica para una sociedad. Es una locomotora que remolca un tren que debemos cuidar. Sin embargo, el hospital español que, de largo, más trasplantes de corazón realiza al cabo del año, solo dispone de una máquina capaz de realizar TACs de aorta, por lo que la espera para esta exploración superaba los cuatro meses esta pasada primavera. Una economía como la región de Madrid tiene músculo suficiente para poder ofrecer a la ciudadanía una atención médica pública excelente. Pero hay que invertir, tener voluntad política de hacerlo y, por supuesto, racionalizar el gasto público. Hace unas semanas, una vieja amiga y compañera, durante muchos años jefe de prensa del mayor partido de la derecha, me tachaba de demagogo por censurar el gasto de 100.000 euros en que incurrió el gobierno regional de Madrid por un busto en bronce del jefe del Estado. Pieza que quedará arrumbada en cualquier pasillo o sala del edificio de la Puerta del Sol y cuyo único objetivo era la foto que se tomó la presidente de marras con el monarca. “… Además, cien mil euros no van a ninguna parte… “, me decía. Con ese dinero cualquier grupo de investigación hace gollerías o se cubren ochenta dosis del fármaco que necesita Sergio del Molino. Un grano no hace granero pero ayuda al compañero y muchos pocos de cien mil euros consiguen lo inimaginable.

Escribe Jabois por su lado, a colación de los devastadores incendios forestales de este verano: “… Cada árbol plantado por alguien llevaba parte de su vida: una dedicatoria a alguien fallecido o querido, un trozo de vida desgajado que se decidió que siguiese viviendo de otra manera a través del recuerdo… “. Este mes de julio, le regalé por su cumpleaños a un querido amigo de toda la vida un brinzal de arce negundo en primavera había sido un roble carballo a otro gran amigo, que ejerce de gallego. Creo que le hizo bastante ilusión. Me dice que le trae a la memoria los garbanzos que plantábamos con el profesor Tiberio en el colegio, la progresión de cuyas matas nuestro maestro nos planteaba como tema de odiadas redacciones escolares. Cuando nosotros ya no estemos y el arce esté en su emplazamiento definitivo, su nieta mayor, su ojito derecho, recordará a su abuelo en presencia de ese árbol tan especial. Yo, por mi parte, he plantado junto a la desembocadura del río Aguas, en Almería, una jacaranda dedicada a Helenita, nuestra pequeña mexicana de raices españolas. En primavera, esta especie, originaria de Argentina, inunda las calles de Ciudad de México con sus bellas flores de color añil o morado. Del riego del joven ejemplar se ocupa ahora su abuelo. En marzo de 2020, desde la ventana de su habitación, yo observaba, sobresaliendo por encima de las casas que cierran el vasto patio de manzana, las copas florecidas de las jacarandas, cuyos tonos, tan vivos, contrastaban con la grisura anímica que nos producía el confinamiento de aquellos días. Como narré en un artículo anterior, a la vuelta del verano del año pasado, a orillas del Tirreno, hubo fiesta familiar por la plantación de un madroño y una encina dedicados a Aurora y Leonardo, los pequeños de aquella estirpe. Risas, felicidad, y una sabrosísima lasagna elaborada por nonna Danila, hicieron de aquel día una jornada inolvidable. En septiembre, obsequiaré a una romántica amiga un brinzal de olmo, obtenido de las sámaras de uno de los pocos árboles que quedan en la glorieta del Ángel Caído del parque de El Retiro, tan cercana a su casa. Los árboles, amén de útiles y necesarios, más bien imprescindibles, son bellos, adornan y alegran el camino de nuestra vida y, para más inri, son mágicos. Yo llevo más de cuarenta años plantándolos. ¿Te animas tú, querido lector?