29 septiembre 2022

Mafalda, una historia de maldad humana

Julio Sánchez Mingo


Mafalda de Saboya era la segunda hija de Víctor Manuel III, rey de Italia, Albania y emperador de Etiopía. Hombre de carácter introvertido, inseguro, acomplejado medía 1,53 metros de alto, le apodaban Sciaboletta, sablecito, pues hubo que forjar para él un sable de poca longitud que no arrastrara por el suelo, su afición era la numismática. En 1922 rechazó la firma del estado de asedio que hubiera permitido al ejercito frenar con facilidad a las escuadras fascistas de la Marcha sobre Roma unos grupos muy reducidos de exaltados fanáticos, unas pandillas de vándalos violentos y encargó a su líder Mussolini la formación de nuevo gobierno, cediéndole graciosamente el poder. Sobre la testa coronada sobrevolaba el miedo al socialismo y su republicanismo. Le cegaba la obsesión de conservar el trono por encima de todo y todos, la patología que caracteriza a todas las familias reales, temerosas de perder sus privilegios y su poder económico. Tampoco tuvo empacho en 1938 en refrendar las leyes raciales del Duce, en línea con lo dispuesto en Alemania por el régimen de Hitler, al que personalmente detestaba.

La princesa real estaba casada con el príncipe teutón Felipe de Hesse-Kassel, sobrino del káiser Guillermo II de Alemania, con quien tuvo cuatro hijos. Su marido, bisexual, parece que contó entre sus amantes al poeta inglés Siegfried Sassoon. En octubre de 1930 el aristócrata se unió al partido nacionalsocialista y en 1932 a las SA, los camisas pardas, siendo nombrado gobernador de Hesse-Nassau al acceder Hitler al poder en 1933. Miembro del Reichstag, como yerno que era del rey italiano, actuó como intermediario entre Mussolini y el dirigente alemán y como agente artístico de éste para Italia.

Con motivo de la visita de Estado del canciller germano y otros jerarcas nazis, la noche del 4 de mayo de 1938 se celebró en el palacio del Quirinal de Roma una cena de gala ofrecida por el soberano italiano al sátrapa alemán y sus acompañantes. Presidió la mesa el anfitrión, a cuyo lado situaron a la señora Ribbentrop, mujer del ministro de Asuntos Exteriores del III Reich, que suplió la inexistencia de una señora Hitler. Eva Braun viajó con el séquito germano como secretaria personal del Führer. Éste, el invitado de honor, se sentó flanqueado a su izquierda por la reina emperatriz, Elena de Montenegro, y a su derecha por Mafalda, que hablaba alemán, a cuyo lado derecho fue acomodado Mussolini, que no consideró apropiada la presencia en este acto de su mujer, Raquel Guidi, de origen muy humilde, crecida en la miseria, semianalfabeta, con quien estaba legal y canónicamente casado y era la madre de sus hijos legítimos.

 
Visita de Estado a Italia. Banquete en el Quirinal. 1938.

Al día siguiente, 5 de mayo, el régimen fascista brindó en el golfo de Nápoles una espectacular revista naval a sus invitados alemanes. A bordo del acorazado Conte di Cavour, que presidía la parada, el Führer, el monarca y el Duce observaron las exactas maniobras de una fuerza embarcada muy notable, en la que destacaron las legendarias lanchas rápidas torpederas MAS (Motoscafo Armato Silurante) y noventa submarinos que, en formación cerrada, como delfines perfectamente sincronizados, se sumergían y emergían al unísono. En mitad de la exhibición, Joseph Goebbels, reichsminister de Ilustración Pública y Propaganda, siniestro personaje, brillantísimo comunicador infinitas veces imitado ¡hasta en la actualidad!, recibió un telegrama con la buena nueva del nacimiento de su quinta hija, Hedwig Johanna. Muchos presentes, desde las personalidades hasta modestos marineros, se arremolinaron en torno a él para felicitarle y desear a la recién nacida un futuro tan radiante como el de aquel día de cielo luminoso frente a Sorrento, Capri, Ischia y Prócida. Siete años después, esa inocente sería sacrificada por sus fanáticos padres junto a sus hermanos en el búnker subterráneo de la Cancillería de Berlín.

 
Revista naval. Golfo de Nápoles. 5 de mayo de 1938. Primera parte.
 

 
Revista naval. Golfo de Nápoles. 5 de mayo de 1938. Segunda parte.
 

En Florencia, en ese mismo viaje de Estado, Eva Braun adquirió camisones italianos de seda, enaguas de satén, veinticuatro vestidos de noche, una docena de abrigos de piel, de ellos uno de zorro argentino, otro de visón y uno más de marta cibelina, zapatos dorados de noche, negros de Ferragamo, marrones de cuero de diario y sandalias plateadas.

Esos días de mayo de 1938, Goebbels anotó en su diario:

“… La monarquía es una carga. Los alemanes podemos estar contentos por haberla suprimido. La aristocracia es internacionalista. Se nutre de los bienes del pueblo. Y los pueblos deben recuperarlos. El discurso del rey fue absolutamente esotérico, estúpido, insignificante. Después ha hablado el Führer. ¡Qué diferencia! Después parloteo. A continuación me largo. No es algo para un nazi de fe republicana. También Mussolini desprecia todo esto. Pero tiene que poner buena cara a este feo juego”.

“… Dos magníficos actos de Aida. ¡Qué voces, qué música! Y qué espléndido teatro. El rey permanece en su palco sumido en una total indiferencia. Lógico, pues Verdi muestra una realeza que no se transmite por cauces hereditarios…

La monarquía se muestra todavía en su forma más repugnante. Menuda gentuza de viles cortesanos. ¡A la picota! Y esa forma de tratarte de parvenu. Todo ello me produce nauseas. Saltaría de rabia. Es una camarilla principesca que cree que Europa le pertenece”.

El 25 de julio de 1943, Mussolini fue destituido y recluido. A primeros de septiembre se hizo público el armisticio de Italia y los aliados. Para no caer en manos de las tropas alemanas estacionadas en el norte de la península itálica, Víctor Manuel III y su flamante gobierno huyeron de Roma a Brindisi el 9 de septiembre. El 12 de este mismo mes, el Duce fue liberado por una unidad de paracaidistas al mando del oficial de las SS, Otto Skorzeny, un habitual del Rastro madrileño en la época de Franco, al que los chavales mirábamos de reojo mientras vendía parafernalia nazi en un tenderete, rodeado de correligionarios de aspecto temible.

Mientras tanto, tras un accidentado regreso lleno de vicisitudes desde Bulgaria, donde había asistido a los funerales de su cuñado Boris III, el 22 de septiembre Mafalda llegó a Roma para reunirse con sus hijos que habían sido acogidos en el Vaticano bajo la tutela de monseñor Montini, futuro Pablo VI. Un gran papa cuya sepultura, yerma de flores, ignoran todos los visitantes de las tumbas papales en San Pedro, mientras colman de atención, rezos y arreglos vegetales las de otros pontífices de inferior categoría humana e intelectual, aunque de mayor proyección mediática. Su marido Felipe ya había sido recluido en el campo de concentración de Flossenbürg como sospechoso de haber conspirado y colaborado en la caída de Mussolini. Ella, mediante un ardid, fue detenida y trasladada a Alemania, siendo internada en el lager de Buchenwald. ¡Ella, la gentil anfitriona de uno de los mayores criminales de la historia! En ese lugar, tras pasar mil calamidades, fue herida en un bombardeo de la aviación aliada. De resultas contrajo una gangrena y murió desangrada sin recibir la atención adecuada tras una operación para tratar de detener esa afección.

Éste es un breve pero complejo relato de miserias y maldades humanas. En él priman los intereses sobre los sentimientos nobles, la mentira y el engaño son omnipresentes, tu amigo de hoy puede ser tu enemigo de mañana, las circunstancias pueden cambiar de un día para otro y se mide a la gente por distinto rasero, según se trate de amigos o enemigos.

¡Y qué ceguera la de las masas que son capaces de seguir a líderes tan execrables!

P.D. El listado de las compras de Eva Braun en Florencia y los párrafos del diario de Goebbels están tomados de M. Gli ultimi giorni dell’Europa, de Antonio Scurati, publicado por Bompiani en el actual mes de septiembre de 2022.

23 septiembre 2022

 

Perdido en el recuerdo

Pedro Navazo



¡Hola, papá!

¿La conozco yo de algo?

A veces soy tu madre, otras tu hija y otras tu mujer… ¡A ver que toca hoy!

 

Según llegaba ayer por la tarde a casa, me encontré en el portal con mi vecina Inés que volvía ligeramente desmadejada, como cada viernes, de visitar a su padre.

Al interesarme por Josemi así le llamamos en el vecindario, me dijo que seguía, más o menos, como siempre.

Recostado en la cama o en el sillón escuchando música, que es la terapía más efectiva y que más agradece, o durante el buen tiempo, con pasitos cortos, dejándose llevar cogido del brazo de un lado a otro por el jardincito de la residencia.

Con una fina y creciente película de agua cubriendo sus ojos, me explicó que el alzhéimer lo iba reduciendo poco a poco: que su mente operaba de manera discontinua.

Lo mismo pasa unos días callado, con la cabeza caída, incapaz de levantarse solo e incluso haciéndose sus necesidades encima, que comienza a regir de manera repentina remontándose a los veranos pasados en el pinar de su añorado pueblo, y dirigiéndose a mí como si yo fuera parte de sus recuerdos.

Sin importarle que la marea de lágrimas silenciosa rodase en procesión por su rostro, mejillas abajo, me confesó que cada día que iba a verlo era un anillo más en el árbol de su tristeza: que le daba mucha pena ver cómo la enfermedad lo iba envolviendo como una burbuja y reduciendo a una mínima expresión de lo que fue.

Y no es porque lo diga yo, pero mi padre además de ser un marido integro, un padre ejemplar y un buen veterinario, escribía también versos y pintaba que no veas. Si quieres un día te enseño su cuaderno de poemas y sus paisajes para que los juzgues tú mismo.

¿Quién es usted? -asegura Inés que siempre le pregunta al llegar.

Papá, soy Inés.

¡Anda!, como mi hija.

Es que soy tu hija, papá.

¿Y tu madre?... Hace mucho que no viene.

¿Pero no te acuerdas? La enviaste a por el periódico, verás como no tarda en volver le miente una vez más.

Me contó que entonces su padre enmudece, y que una lágrima le rueda por el párpado mientras deja caer la mirada al suelo. Porque, si cierto es que su padre disfrutó mucho con la poesía y la pintura más lo hizo junto a su mujer que apenas si tenía los cincuenta cuando murió: una mujer de rostro bello, con una bailarina sonrisa en los labios y unos ojos grandes y azules del mismo color que el cielo que pintaba en todos sus lienzos.

19 septiembre 2022

Carlitos

Julio Sánchez Mingo

 

Henry Nicholls.

Por sus gestos se lo conoce y adivina. Es un malcriado, un perfecto maleducado, de una soberbia infinita. Cualquier cosa le importuna y hace gala de una impaciencia soberana, mostrando hartazgo en público por nimiedades, sin recato alguno. Se ha pasado la vida jugando al polo y asistiendo a ceremonias vacuas que llamamos actos de representación. Pero eso sí, atesorando los pingües beneficios que ofrece el ducado de Cornualles.

En Madrid, en la boda de uno de sus parientes españoles, dio dos veces la nota. Incapaz de esperar a que un autobús lo rescatara del atrio de la Almudena, donde los invitados se guarecían de la lluvia, convenció a un bobalicón príncipe de opereta para atravesar juntos a pie la plaza de la Armería, bajo un diluvio de los que hacen época. Llegaron calados al banquete nupcial del que después se ausentó sin esperar ni a los brindis ni a despedirse.

Parece mentira que no sepa tampoco sus asistentes y empleados que una pluma estilográfica es un objeto de uso estrictamente personal, que no se comparte, pues de lo contrario el punto se daña y chorrea tinta. Pase que no tenga muchas luces, pero es inadmisible que haga gala en público de tanta soberbia, desconsideración y mala educación por mancharse las manos al firmar, dejando sola a su consternada y muerta de vergüenza consorte ataviada con un vestido y un tocado tales que parecía un beefeater teñido de negro, tras haber mantenido este deplorable diálogo con ella y sus ayudantes: 

¿Sólo tengo que poner que es doce de septiembre?

Trece, señor.

Dios, puse la fecha equivocada. ¿Es trece?

Sí, señor.

Antes firmaste que era doce.

Oh, Dios, odio esto.

Espera que está saliendo (tinta) por todas partes.

No puedo soportar esta maldita cosa. Todo el tiempo igual.

¿De qué se quejaba? Ese es su trabajo y no parece muy edificante que un rey se lamente en público de las tareas que debe realizar. A él lo que le gustaba era ser el tampax de su entonces amante. Las obligaciones para los demás.

Sus finados padres fracasaron estrepitosamente en su educación y en la de su hermano pedófilo. Bastante tenía la pareja real con aparecer continuamente en público, hieráticos, como si se hubieran tragado un sapo. La fallecida reina no sonrió hasta que se convirtió en una venerable ancianita que acarreaba un pequeño y misterioso, por su contenido, bolso. Hay quien dice que este complemento fungía de bandera de señales.

La semana pasada, en su visita a Gales, un ciudadano le espetó:

Mientras luchamos por calentar nuestras casas, tenemos que pagar por su desfile. Los contribuyentes pagan 100 millones por usted. ¿Para qué?

Los anunciados despidos de sus empleados de Clarence House, por parte de quien es multimillonario, tampoco han sentado nada bien. ¡Con la madre de cuerpo presente!

¿Que extraño mecanismo mental tiene mucha gente que admira a este tipo de personajes y pasa por alto todas sus tropelías, incorrecciones y faltas de consideración al prójimo, incluso a los más próximos como su mujer y sus ayudantes? Hay personas que son capaces de hacer una cola de más de doce horas por desfilar frente a un catafalco cubierto de tapices y banderas que, para muchos otros ciudadanos no significan nada, son meros trapos de colorines. Ayer domingo escribía Manuel Vicent que estos fastos someten al público a una hipnosis colectiva, que estas ceremonias son “… una magnífica cáscara vacía en cuyo interior se mueven personajes que sólo son reales porque tienen la necesidad perentoria de ir al cuarto de baño varias veces al día”.

P. D. Esta noche, cuando lo he visto al borde de las lágrimas en el funeral de su madre, he sentido compasión.


 

26 agosto 2022

Calentarnos o abrasarnos. Qué hacer con los biocombustibles agroforestales

Carlos García Delgado


Ante la reciente ola de grandes incendios que estamos registrando en España, surge una cuestión colateral a la más urgente, grave y angustiosa de la perdida de vidas y terribles daños y perjuicios económicos, a los ecosistemas y al tejido social, pero también importante: el desperdicio de una energía especialmente valiosa y escasa.

Aunque la biomasa es biodegradable, no lo es instantáneamente. Si no se retira la que el monte produce en exceso cada año, una vez que ha llegado a su espesura óptima la que permite vivir con buena salud a todos los arboles de un monte con los recursos de agua, minerales y biológicos de su ubicación, los arboles vivirán menos y peor, serán más susceptibles a plagas e incendios y, además, la materia muerta se irá acumulando.

Según los cálculos de los expertos, debido a la sobreacumulación de biomasa en nuestro montes por una insuficiente gestión forestal, que aumenta exponencialmente el riesgo de incendio, la potencia calorífica que se genera en cada metro de frente de llama de un incendio supera ya en muchos casos los 60.000 Kilovatios e incluso, como en el caso del incendio de la Sierra de la Culebra, llega a los 90.000 Kilovatios. Si ese frente de llama persiste durante una semana puede llegar a producir hasta más de 15 Megavatios hora de energía. ¿Cuánta energía es esa? Comparémosla con la que una familia consume en España cada año en promedio, unos 10.000 kilovatios hora. Es decir, la energía producida por ese incendio será equivalente a la que consumen algo más de 1.500 familias… Da que pensar ¿no? Y solo hablo de un metro de frente de llama, si hablamos de varios centenares o incluso varios kilómetros las cifras se disparan...

¿Cuánto se podría aprovechar de esa energía? La tecnología actual de calderas de biomasa permite aprovechar entre un 75%-90%, pero si se utilizan calderas de condensación que recuperan el la energía latente en el el vapor de agua y gases que se desprenden durante el proceso de combustión, el rendimiento puede llegar hasta el 109%.

Evidentemente no se trata de utilizar toda la madera del bosque para este propósito, solo la sobrante por exceso, daño o decrepitud, que puede suponer aproximadamente entre un 3 y un 10% del total de las existencias de un monte rara vez es mayor en España una vez llegado a su plenitud si se dedica a este propósito, e incluso mucho menos si la madera se dedica principalmente a otros fines (construcción, industria etc.). Por otro lado, el monte debe cumplir muchas otras importantes funciones además de producir biocombustibles como sanear el aire, permitir la vida silvestre, proveernos de frutos y madera, disfrutar de su paisaje y entorno, facilitar la caza y la pesca, conservar en buena salud los cursos fluviales y protegernos de la erosión y los corrimientos de tierras, entre otros. Si el monte está bien gestionado y las condiciones climáticas acompañan con olas de calor y sequias como las actuales es muy difícil todo eso se puede conseguir a la vez. Pero para ello es necesario retirar ese pequeño sobrante que el monte no puede reciclar cada año y darle un buen uso.

¿Qué nos cuesta más, dedicar un poco más de recursos a mantener en buena salud nuestros montes, aprovechando además de manera sostenible su biomasa residual para calentarnos, o estar sufriendo todos los años cuantiosísimas perdidas de todo tipo? La naturaleza por si sola no recicla a tiempo, hay que ayudarla para que no lo haga como ha hecho antes de la llegada del hombre a base también de grandes incendios, como demuestran lo registros fósiles y otras técnicas y aprendiendo de nuestros errores del pasado por exceso y por defecto. ¿Queremos calentarnos o abrasarnos? Esa es nuestra decisión.

Carlos García Delgado es responsable técnico del Sector de Edificación y Obra Civil en CTA, Corporación Tecnológica de Andalucía.

 

19 agosto 2022

De árboles y sanidad

Julio Sánchez Mingo

La jacaranda de Helenita. J. S. M.

El pasado martes 10 de agosto leí dos artículos, publicados ese mismo día, sobre sendos temas que desde hace bastante tiempo ocupan mis desvelos. Uno, de Manuel Jabois, versa sobre los árboles, su utilidad, significado y magia. El otro, de Sergio del Molino, glosa las virtudes de la sanidad pública, el milagro social que comporta y las amenazas que la acechan.

Entresaco algunas líneas de ambos textos. Dice del Molino: “Cada dosis del medicamento que me inyecto para mi enfermedad crónica e incurable cuesta 1.246,48 euros. En la primera fase de tratamiento necesito un vial cada semana (luego, uno cada cuatro), por lo que este mes me he inyectado químicos por valor de 4.958,92 euros, de los cuales yo no he abonado ni un céntimo. La farmacia del hospital público donde me tratan me los ha dispensado gratuitamente, añadiendo al paquete mucha amabilidad y un montón de buenos consejos. Nadie me informó del precio, lo he buscado yo para recordarme en qué país vivo, no perder de vista lo importante y armarme de razones para defender un Estado social en tiempos de demolición… y todo ha sido gracias a un consenso social alcanzado hace unas décadas en España: la universalización de la sanidad, un milagro que solo sucede en un club pequeño de países y por el que suspiran cientos de millones de desarrapados en los cinco continentes… Este consenso está amenazado por un populismo de derechas bien conocido, que levanta su ola sobre la amargura y el rencor legítimo de los precarios, de los parados y de todos los marginados. Es decir, de aquellos que no podrían pagar esos 1.246,48 euros y que, en caso de sufrir mi enfermedad, tendrían que resignarse al dolor y a la parálisis. Son los que tampoco podrían pagar un ciclo de quimio cuando el cáncer les visite… “.

Es paradójico e incomprensible que aquellos que menos tienen, muchos desfavorecidos, tiren piedras contra su propio tejado. Este año un vecino mío fue sometido a una intervención para que le fuera sustituida una válvula del corazón. Acudió a un centro no público y su seguro privado corrió con todos los gastos excepto el coste del diminuto dispositivo artificial: 24.500 euros. Afortunadamente, goza de una buena posición económica y pudo hacer frente al inesperado desembolso.

La sanidad pública crea mucha riqueza, puestos de trabajo siempre cualificados —incluso un celador, pieza clave del engranaje de un hospital, requiere un mínimo de formación, desarrolla grandes programas de investigación y sostiene a las industrias farmacéutica y de equipamiento médico y hospitalario. Es una óptima inversión económica para una sociedad. Es una locomotora que remolca un tren que debemos cuidar. Sin embargo, el hospital español que, de largo, más trasplantes de corazón realiza al cabo del año, solo dispone de una máquina capaz de realizar TACs de aorta, por lo que la espera para esta exploración superaba los cuatro meses esta pasada primavera. Una economía como la región de Madrid tiene músculo suficiente para poder ofrecer a la ciudadanía una atención médica pública excelente. Pero hay que invertir, tener voluntad política de hacerlo y, por supuesto, racionalizar el gasto público. Hace unas semanas, una vieja amiga y compañera, durante muchos años jefe de prensa del mayor partido de la derecha, me tachaba de demagogo por censurar el gasto de 100.000 euros en que incurrió el gobierno regional de Madrid por un busto en bronce del jefe del Estado. Pieza que quedará arrumbada en cualquier pasillo o sala del edificio de la Puerta del Sol y cuyo único objetivo era la foto que se tomó la presidente de marras con el monarca. “… Además, cien mil euros no van a ninguna parte… “, me decía. Con ese dinero cualquier grupo de investigación hace gollerías o se cubren ochenta dosis del fármaco que necesita Sergio del Molino. Un grano no hace granero pero ayuda al compañero y muchos pocos de cien mil euros consiguen lo inimaginable.

Escribe Jabois por su lado, a colación de los devastadores incendios forestales de este verano: “… Cada árbol plantado por alguien llevaba parte de su vida: una dedicatoria a alguien fallecido o querido, un trozo de vida desgajado que se decidió que siguiese viviendo de otra manera a través del recuerdo… “. Este mes de julio, le regalé por su cumpleaños a un querido amigo de toda la vida un brinzal de arce negundo en primavera había sido un roble carballo a otro gran amigo, que ejerce de gallego. Creo que le hizo bastante ilusión. Me dice que le trae a la memoria los garbanzos que plantábamos con el profesor Tiberio en el colegio, la progresión de cuyas matas nuestro maestro nos planteaba como tema de odiadas redacciones escolares. Cuando nosotros ya no estemos y el arce esté en su emplazamiento definitivo, su nieta mayor, su ojito derecho, recordará a su abuelo en presencia de ese árbol tan especial. Yo, por mi parte, he plantado junto a la desembocadura del río Aguas, en Almería, una jacaranda dedicada a Helenita, nuestra pequeña mexicana de raices españolas. En primavera, esta especie, originaria de Argentina, inunda las calles de Ciudad de México con sus bellas flores de color añil o morado. Del riego del joven ejemplar se ocupa ahora su abuelo. En marzo de 2020, desde la ventana de su habitación, yo observaba, sobresaliendo por encima de las casas que cierran el vasto patio de manzana, las copas florecidas de las jacarandas, cuyos tonos, tan vivos, contrastaban con la grisura anímica que nos producía el confinamiento de aquellos días. Como narré en un artículo anterior, a la vuelta del verano del año pasado, a orillas del Tirreno, hubo fiesta familiar por la plantación de un madroño y una encina dedicados a Aurora y Leonardo, los pequeños de aquella estirpe. Risas, felicidad, y una sabrosísima lasagna elaborada por nonna Danila, hicieron de aquel día una jornada inolvidable. En septiembre, obsequiaré a una romántica amiga un brinzal de olmo, obtenido de las sámaras de uno de los pocos árboles que quedan en la glorieta del Ángel Caído del parque de El Retiro, tan cercana a su casa. Los árboles, amén de útiles y necesarios, más bien imprescindibles, son bellos, adornan y alegran el camino de nuestra vida y, para más inri, son mágicos. Yo llevo más de cuarenta años plantándolos. ¿Te animas tú, querido lector?



05 agosto 2022

Estas ganas de llorar

Roberto Omar Román



Lo mío es el insomnio. A causa de eso descubrí que Concha habla dormida. No se lo diré, porque de ese modo supe que su padre remeda mi andar patizambo; que su madre me apoda panzón de pulquería; que a Concha la desquicia cómo mastico cucarachas y aborrece que coleccione picos de paloma y crestas de gallo; que le repugnan mis besos salivosos en el cuello y las ásperas caricias de mis manos diminutas en los senos; que no soporta mi olor a patas, el humor avinagrado de mis axilas y mi aliento a monedas de cobre…

No se lo diré, porque de ese modo supe que la nueva inquilina es trapecista; que tiene veintitrés años, es francesa y soltera; que la nombran Paulette aunque se llama María Genoveva; que a eso de las dos de la mañana, a fuerza de padecer sonambulismo, camina desnuda por el pasillo de la vecindad, y como también tiene el mal de urgencia de hombre, abraza y besa al primero que encuentra a su paso; que cuando despierta no recuerda nada…

No se lo diré, porque sospecho que Concha no sólo habla dormida, también miente. Y es que llevo un mes de madrugadas aquí, en el pasillo, esperando con todo el insomnio de mi corazón ver pasar a la trapecista sonámbula, y nada de nada.

No se lo diré, porque no entiendo estas ganas de llorar. No entiendo por qué las lágrimas se niegan a resbalar por mis Cachetes de globero, como me decían de niño en la escuela.

No se lo diré, porque le puede entrar pesar y rasurarse la barba, y entonces el patrón nos correrá, y será muy difícil encontrar colocación. Ya habemos muchos adefesios de circo.



29 julio 2022

Perfume de higos y olivos

José Luis Castellano

 


Era el año 1973, un luminoso día de otoño. Yo tenía 16 años. Llegamos con papá a las puertas de una cochería y casa mortuoria de Santos Lugares, en la provincia de Buenos Aires, a primera hora de la tarde. Del baúl sacó un paquete envuelto prolijamente en papel blanco. Me pidió que lo sostuviera unos segundos para ordenar una documentación y me sorprendió lo frágil y liviano que era. Entramos a la casa de servicios fúnebres y entregamos los restos de mi abuelo, recién trasladados del cementerio de Tandil, para que los depositaran junto a su esposa, en la ciudad de Buenos Aires.

Fue el único contacto que ambos tuvimos con aquel hombre, al que ninguno de los dos había conocido…

El fenómeno de la emigración presenta siempre mil caras, comprende siempre mil historias. Historias que, aun enmarcadas en diferentes épocas o escenarios, parten siempre desde un difícil comienzo: no se suele emigrar por placer. Emigración significa distancia; emigración implica desarraigo. Conlleva además otro sentimiento que, en mayor o menor medida, la hace aún menos llevadera: la soledad.

La soledad de dejar atrás en el camino ciertos pilares fundamentales como la familia, la amistad o el hogar, que son los que nos arropan o nos hacen más fuertes ante las adversidades de la vida. Escribía Isabel Allende que “… al emigrar se pierden las muletas que han servido de sostén hasta entonces, y hay que comenzar desde cero. El pasado se borra de un plumazo y a nadie le importa de dónde uno viene o qué ha hecho antes… ”.

Ésta es la apretada síntesis de la historia de mi abuelo Claro Bonifacio Castellano. La titulé Perfume de higos y olivos. En el final, el bebé mencionado de casi tres meses era mi padre. J. L. C.


A finales de la primavera del año 1884, en Cantoria, España, nacía Claro Bonifacio Castellano. Era una época de privaciones y duro trabajo, también de adversidades trágicas, como las inundaciones. Su infancia no entendía de epidemias, catástrofes naturales o magra economía familiar. Así fue que una caña era una espada, una madera un carro y una hoja un barquillo navegando acequia abajo.

Con los años, Claro aprendió a amar las tradiciones de su pueblo. A soportar el sol abrasador del verano andaluz y a apreciar el perfume dulce de los higos, el aroma de las migas, la sombra fresca debajo del olivo, la brisa cálida y el cielo estrellado del Valle del Almanzora. Ya joven, el objetivo de todos los emigrantes era procurarse un buen dinero para fortalecer la economía familiar. Ilusionado con un pronto y exitoso retorno, tomó la decisión de emigrar, dejando las indicaciones necesarias para sobrellevar su ausencia.

Fue así como, apenas terminada la primera década del siglo XX, con algunas pocas ropas envueltas en humilde fardo al hombro, emprendió la gran travesía. Su familia quedaría presente en lo más profundo de su corazón, plasmada en aquel último beso, la lágrima por la mejilla derramada, el pañuelo que lo despedía, la oración que lo seguía y la incertidumbre que lo acompañaba.

En el horizonte se perdían los mástiles de los barcos anclados en el puerto. Mirando la estela luminosa que dejaba la nave, lo invadía la angustia que le oprimía al corazón. Claro dejaba atrás el sol abrasador del verano andaluz, el perfume dulce de los higos, el aroma de las migas, la sombra fresca debajo del olivo, la brisa cálida y el cielo estrellado del Valle del Almanzora.

Ya en la Argentina, se instaló en Tandil, donde organizó una chacra y se casó con Mercedes Cruz, principal protagonista en el escenario de su vida. Los campos que ocupó el matrimonio estaban ubicados en la intersección de la ruta 226 y la ruta 30. La pareja sufrió la pérdida de su hija de 8 años y, luego de varios años de duro trabajo, la llegada de otros hijos atenuaría aquel dolor.

Pronto, otro golpe sacudiría al noble labrador. Por el lugar pasaba la hacienda que iba al remate y muchas veces los arrieros pedían quedarse estacionados con las vacas, uno o dos días, y le pagaban a don Castellano por ese servicio. En una oportunidad irrumpió la policía e identificó la hacienda estacionada como robada. Claro fue detenido y sufrió el oprobio de la cárcel en la localidad de Azul, hasta que fue esclarecido el hecho e identificado el verdadero responsable.

Sin embargo, la adversidad, la vergüenza y su orgullo herido afectaron a su salud. Si el alma de Claro sufría, su cuerpo suplicaba. Así fue que una implacable enfermedad doblegó la salud del labrador y las manos curtidas por el ámbito rural no tuvieron más fuerzas. Lo atacó una neumonía que era la causa más frecuente de muerte en adultos en aquella época. En aquel duro invierno de 1929, Claro Bonifacio entregó a esta tierra su último aliento. Apenas tenía 45 años. Dejó varias herramientas de campo, algunos animales, una viuda desamparada, cuatro hijos tristes y un bebé de casi tres meses con su mismo nombre.

Se llevó consigo el sol abrasador del verano andaluz, el perfume dulce de los higos, el aroma de las migas, la sombra fresca debajo del olivo, la brisa cálida y el cielo estrellado del Valle del Almanzora.

 

22 julio 2022

Tercer clasificado en el VI Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

Sindedos

Esteban Conde Choya

 

 

Todo el mundo en el pueblo me llama Sindedos, pero muy pocos conocen el verdadero origen de ese apodo. Unos aventuran que me serré los dedos en la carpintería de mi padre, otros que saltaron por los aires cuando jugaba con la pólvora sobrante de los fuegos artificiales, y hasta había quien aseguraba que me los había devorado un cochino cuando sólo era un niño de teta y mi madre me había dejado un rato en la cuna. Hay personas para todo, ¿qué se le va a hacer? Pero la verdad es que las primeras falanges de mis manos las perdí durante la guerra. Recuerdo que cada vez que regresaba al pueblo donde había nacido y volvía a ver el paisaje del monte donde había ocurrido todo, los muñones me escocían. Una noche de febrero, justo la siguiente al intento del golpe de estado en el Parlamento, un poco alegre por el vino que había trasegado en compañía de unos cuantos parroquianos de la taberna del señor Saturnino, se me ocurrió contar lo ocurrido en la carretera vieja que conduce al cementerio. Los ojos de los asistentes parecían brillar con la luz de la incredulidad, y el propio dueño de la cantina, que no había dejado de sonreír durante mi relato, me dijo socarrón mientras golpeaba mi espalda: "Lo que pasa es que a ti te ha envalentonao lo de Tejero, macho."

Sin embargo, y a riesgo de que nadie me llegue a creer, en las líneas que siguen, relato otra vez lo que me ocurrió aquel 21 de julio de 1936, recién declarada nuestra maldita guerra, porque al hacerlo estoy convencido de que cuando termine me sentiré profundamente aliviado. Todo empezó aquella tarde de julio en que media España se convirtió en feroz enemiga de la otra media. Y en mi pueblo pasó lo mismo. Los que juntos habíamos ido a la escuela, los que juntos nos habíamos enamorado, los que juntos habíamos corrido aventuras sin fin en las eras o en el palomar del molino y los que juntos nos habíamos convertido en adultos, de la noche a la mañana estábamos alineados en bandos enemigos. Por tradición familiar yo me quedé en el grupo de los indefensos.

Corrió la voz por el pueblo de que los otros, armados hasta los dientes, recorrían las calles y entraban en nuestras casas para darnos el paseo. La camioneta, el recorrido hasta la tapia del cementerio, la descarga de los fusiles y el luto atroz entre las familias. A unos cuantos les dio tiempo a huir hacia la sierra del norte. Pero al resto ni tiempo nos dio para pensar en ponernos a salvo. Y aquella tarde calurosa de verano dos vecinos, con los que yo había ido a la escuela y jugado de pequeño, irrumpieron en casa y, sin darme tiempo a despedirme de mi mujer —aún estoy oyendo sus gritos y los llantos de nuestra niña—, me sacaron a rastras a la calle. A unos pasos de la puerta de casa aguardaba una camioneta con el motor en marcha. Tengo que decir que al ver el vehículo, no pude retener la orina y me meé en los pantalones. Me obligaron con sus fusiles a subir a la camioneta donde iban otros cinco hombres, todos encogidos de miedo y con la mirada de los corderos que saben adónde los llevan. Allí vi las caras pálidas del Serranillo, del Sordo, del maestro y de dos empleados de la granja de cerdos. Los hombres armados cerraron de golpe la compuerta de la caja de la camioneta dando conmigo en el suelo del vehículo. Mientras intentaba levantarme, la camioneta reanudó la marcha y volví a perder el equilibrio, cayendo esta vez encima del Sordo.

Nos miramos y él no pudo contener las lágrimas. Me senté junto a él e intenté animarlo. A todo esto, mientras la camioneta circulaba por la calle que conducía a las afueras, hasta donde nosotros estábamos no dejaban de llegar los gritos y los llantos de terror que salían de las casas. Los dejamos de oír cuando el vehículo dejó atrás el pueblo y empezó a recorrer los primeros tramos de la carretera vieja del cementerio. Entonces cambié con el maestro unas palabras sobre lo que estaba pasando y él también lloró mientras me decía en voz baja: "Ya ves, hijo, ahora nos toca a nosotros".

Yo le respondí con una seguridad que no era mía: "Yo no voy a morir, señor maestro. No en esta ocasión. Se lo juro.” Yo conocía palmo a palmo aquella carretera. Sabía que el barranco de las zarzamoras se abría en la segunda curva, una curva tan cerrada que la camioneta debía reducir mucho la marcha si no quería salirse de la calzada. Así se lo dije a mis acompañantes y nadie parecía escuchar mis palabras o ninguno era capaz de estar por otra cosa que por la muerte inminente que les esperaba. Por el ventanuco de detrás de la cabina veía a los dos asesinos ir más pendientes de los baches de la descarnada carretera que de la suerte segura que nosotros íbamos a correr. Unos cien metros nos separaban de esa curva. Una vez más les dije infructuosamente a aquellos hombres muertos de miedo que era preferible morir huyendo que caer como ovejas bajo las balas de los mosquetones en las tapias del cementerio. Bajaron los ojos para que no viera en ellos el terror que sentían o para que no me lo contagiaran. Justo en ese momento empezó la camioneta a reducir la marcha. Entonces me despedí de todos ellos, sin recibir respuesta alguna, excepto la del maestro que me dijo entre sollozos: “Reza por todos nosotros.” Lo que ocurrió después duró segundos. La llegada del barranco, la visión de las zarzas, mi salto desde la camioneta, mi cuerpo rodando talud abajo... Y los consiguientes pellizcos de dolor: el arañazo en la nariz de las zarzas, los golpes de las piernas al chocar contra la tierra y las piedras del terraplén. Enseguida dejé que mi cuerpo obedeciera a la inercia, arrastrando en su caída ramas de zarzas, tierra, guijarros… durante un tiempo indeterminado, hasta que se detuvo en una especie de repisa que hacía el terreno. En cuanto a los dolores, ante el instinto perentorio de escapar de la muerte como fuera, habían desaparecido. Las púas de las zarzas, los salientes del áspero relieve, las piedras... Los pinchazos, los hematomas, las múltiples heridas, la sangre caliente chorreándome por todas partes... no eran nada frente al terror de la muerte a tiros. Me limpié la tierra y la sangre mezcladas que nublaban mis ojos para ver dónde estaba. Y descubrí delante de mí en la pequeña pared natural del desnivel un pequeño agujero, una hura de conejo tal vez o de alguna alimaña en el peor de los casos. ¿Qué más daba si me podía servir de escondrijo y posponer al menos la hora de mi muerte? Y empecé, con las ansias y las fuerzas que regala el instinto de la supervivencia, a agrandar con los dedos aquella especie de madriguera. No sé cuánto tiempo estuve empleándome a fondo en aquella operación, pero al fin logré ensanchar el orificio lo suficiente para acurrucarme en él. Y así estaba, cuando escuché una descarga de fusiles, apagada por la distancia pero definida.

Temblé de pies a cabeza al acordarme de los pobres hombres que acababan de morir en las tapias del cementerio. Empeñado como estaba en lograr mi salvación terrena, no me había acordado de rezar por su salvación eterna, que ya la tenían asegurada.

Al instante caí en la cuenta de que yo todavía seguía en peligro. Sin duda, los asesinos, al notar que les faltaba uno, tornarían a por mí. Y volví a temblar de miedo y a mearme en los pantalones mientras oía acercarse el ruido del motor de la camioneta. A los pocos segundos escuché gritar mi nombre en lo alto del talud, al borde de la carretera. Blasfemias. Disparos. Silbidos de balas. Golpes de los proyectiles en las zarzas, en la tierra. Algunos chocaron a unos centímetros de donde yo estaba y arrancaron polvo rojo del suelo. Me acurruqué aún más y recé de un tirón la oración que mi madre me había enseñado de niño, aquella que comienza "Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día..." Más disparos. Más blasfemias. Más gritos con mi nombre y la afrentosa mención de mi santa madre. Luego el silencio. Después el ruido de la camioneta alejándose. Finalmente, un segundo silencio que jamás había oído. Fue entonces cuando respiré profundamente y descubrí lo que les había ocurrido a mis dedos. Eran de repente más cortos, y la sangre y la tierra se amontonaban en sus extremos, en las que habían sido sus primeras falanges en el brevísimo paréntesis que separa la vida de la muerte. Lo que viví a partir de entonces y hasta mi regreso a casa, sólo lo saben dos personas: el pastor que me llevaba algunos trozos de pan y de queso a los zarzales y mi mujer. Mi hijita no porque creyó que había muerto en las tapias del cementerio.

De acuerdo con lo que dije más arriba, he sentido un gran alivio al contar lo que viví aquel día de julio de 1936. Y sin embargo, cada vez que regreso al pueblo y veo el paisaje del monte donde ocurrió todo, me siguen escociendo los muñones de los dedos.

 

15 julio 2022

Montaña adentro. Un camino a tu interior 

Maricarmen Rizo

Maricarmen Rizo: El volcan Popocatépetl (5.452 m) visto desde el Iztaccíhuatl (5.280 m).

En la montaña todo cambia de un momento a otro: el clima, el camino, los paisajes, tu respiración y, a cada paso, un latido más fuerte del corazón. Durante el ascenso la euforia inicial se va transformando en cansancio, sed, calor, frío, en ocasiones mal de altura, vértigo y llega la lucha interior entre seguir o parar.

Hay ocasiones en que la montaña decide por ti; si la neblina se cierra o nieva, no hay manera de continuar, pero cuando solo se trata de un mayor esfuerzo no siempre es sencillo discernir si falta voluntad o realmente el cuerpo no da más y es momento de dejar a un lado el orgullo para no exponer ni a tu equipo ni a ti mismo, porque hay una diferencia entre valentía e imprudencia.

Todo ello lleva a un análisis profundo de nuestros límites y cuando logras sobreponerte al miedo, la fatiga o las lesiones la recompensa de alcanzar el objetivo es inmensa. La satisfacción de contemplar la majestuosidad de la naturaleza desde kilómetros de altitud sobre el nivel del mar no tiene parangón.

La actividad del senderismo, alpinismo, escalada o excursión, según sea la montaña, es una excelente práctica hacia el autoconocimiento, la reflexión y la superación personal. Las lecciones son muchas y variadas dependiendo de cada vivencia.

Recientemente tuve la oportunidad de subir al Refugio de los 100 (4.780 msnm), situado en las laderas del volcán Iztaccíhuatl en náhuatl: Istaksiwatl, Mujer Blanca, de istak, blanco, y siwatl, mujer, también conocido como Mujer dormida, México, con un equipo solidario y experimentados guías que condujeron nuestros pasos por el camino correcto y nos alentaban cuando veían que lo necesitábamos. A continuación, comparto algo de lo que aprendí no solo para la montaña sino también para la vida.

Carga lo que puedas aguantar y elige bien tu compañía

Es imprescindible llevar mochila pero, como en la vida, a veces cargamos cosas que nos dificultan caminar, que no son necesarias e impiden el ascenso. Por ello, lleva sólo lo que te va a ayudar. Los extras estorban y no es que no lo supongas al momento de equiparte, pero hasta que no te enfrentas a los empinados caminos de una montaña no valoras bien lo que realmente era necesario y qué no.

También elige bien tu compañía, porque como en la vida, es quien te impulsará o desalentará cuando equivocas el camino o el peso es excesivo, que a veces puede ser emocional, por lo que quien te acompaña desempeña un papel trascendental. En nuestro equipo al menos a cuatro personas nos ayudaron con la mochila; en mi caso lo hizo mi compañero de aventuras y de vida, Óscar, quien también me dio confianza y aliento. Nuestra guía y amiga, en algún momento, subió con tres mochilas a cuestas. Sobra decir que la fuerza física y mental de Johana es admirable.

Y, por supuesto, cárgate de mucha energía positiva, de pensamientos optimistas, de autoestima, confianza y prudencia. Para quienes creemos en Dios, también ayuda encomendarte y agradecer por la montaña y lo que ésta nos regala y enseña.

La lengua en el paladar

La respiración correcta es un pilar en el camino. Si no logras controlarla, llega el dolor de caballo1, el aire frío entra en tus pulmones y el jadeo te obliga a detenerte. Un truco que ahí aprendí fue poner la lengua en el paladar, lo que ayuda a oxigenarte adecuadamente. Respirar bien, lo cambia todo. No por nada existen varias técnicas de meditación y antiestrés mediante la inhalación y exhalación en ciertas maneras y posturas.

Solidaridad en la montaña

La hermandad que se genera, desde las faldas hasta las alturas de la montaña, es conmovedora y contagiosa. Los alpinistas que al paso van deseándote buen ascenso o descenso, las sonrisas a pesar del cansancio, los consejos y solidaridad de quienes te vas topando, aunque sea la primera y tal vez la última vez que los veas en tu vida, es increíble. Si a esto le sumas que vas con buenos amigos la experiencia se vuelve inolvidable, las emociones se ponen a flor de piel. Basta ver a una Laura llorando por la emoción para que se te contagie. Sin duda, experiencias que alegran el corazón y fortalecen alma y cuerpo.

Equipo adecuado, valora tu vida

Adentrarte en la montaña no es ir al bosque, por tanto, hay que llevar el equipo adecuado, no escatimar en lo requerido e ir con un guía. Ese día en que tuvimos la experiencia en la Mujer dormida, también celebrábamos los 45 años de uno de nuestros guías. Silenciamos el tradicional canto mexicano de Las mañanitas, justo en el Refugio de los 100, porque nos comentaron que momentos antes un joven de 31 años acababa de resbalar y caer por un voladero. Lamentablemente el accidente fue mortal. Su hermano estaba a unos metros de nosotros llorando mientras intentaba hacer una llamada telefónica. No puedo imaginar el dolor que en esa familia se vivió ese día. Hay ocasiones en que la falta de un equipo adecuado o la imprudencia cobra vidas. En otras es que simplemente tocaba.

Para quienes aman este deporte es un riesgo que se asume.

En la montaña cambia todo, cambias tú.

Nos vemos en la próxima, buena suerte, qué tengas buen camino.

1 El dolor de caballo, como se le conoce coloquialmente en México, es el dolor abdominal transitorio asociado al ejercicio (DATAE). Es un dolor intenso y repentino que aparece en el abdomen. En España se le dice flato.