24 junio 2022

Relato ganador del VI Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2022

Los párpados de la vida, de José Luis Chaparro González, de Salvatierra de los Barros (Badajoz, España), ha resultado vencedor del VI Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2022. 

Al mísmo han concurrido 173 textos que han sido enjuiciados por un jurado compuesto por 35 miembros, de México, Italia y España, a los que se agradece su labor. Sin ellos este certamen no hubiera sido posible. A todos los autores participantes, de América, Italia y España, muchas gracias por su esfuerzo y contribución y una efusiva enhorabuena al triunfador. 

El correspondiente trofeo, una obra gráfica del reconocido pintor Antonio Lago Rivera (1916-1990), le será remitido en breve al autor ganador.

Los párpados de la vida

José Luis Chaparro González

—Lo de siempre, Melenas

Era nuestra rutina diaria: él se acercaba cuando yo aún no había terminado de sentarme en el taburete, le pedía, y el Melenas se largaba sin abrir la boca, para volver con el whisky y se quedaba mirándome. Era una especie de reproche. El médico me tenía prohibido el alcohol y él me lo recordaba con su mirada silenciosa. 

Lo único que el Melenas conservaba de cuando éramos jóvenes era el apodo. Tenía barriga y en lugar de aquel pelo largo de entonces, hacía ya muchos años que lucía una brillante calva. Nos hicimos mayores demasiado pronto. Yo casi llegué a dominar el bajo y él, con su guitarra eléctrica, ejecutaba con dignidad los míticos temas de Santana. 

Con nuestros instrumentos de segunda mano y con la cabeza puesta en las grandes bandas, tocábamos pasodobles en las verbenas de los pueblos de la comarca y soñábamos, primero con actuar de teloneros de Santana, para después recorrer el mundo entero llenando estadios de fútbol.

El Melenas, Chick, Charly y el Case, que era yo. Fue Charly el que me adjudicó el apodo, por mi manía de devorar a todas horas quesitos en porciones El Caserío. Charly los traía a los ensayos para que nunca me faltaran. 

Aparte de esporádicas llamadas telefónicas, el Melenas y yo, apenas coincidíamos con Chick y Charly, desde que abandonamos la idea de llegar a ser estrellas del rock. Y todo, porque un día cualquiera, la realidad nos golpeó en la nuca con nocturnidad y alevosía. Cuando despertamos ya teníamos más de treinta, y cada uno tiró por su lado como una banda de forajidos, tras cruzar la frontera, después de consumado su crimen. 

El bar del Melenas era tan grande que siempre parecía vacío. Compró a buen precio una parcela donde había un puticlub abandonado y convirtió el local en un restaurante para camioneros, que incluso disponía de una pista de baile. Él vivía en las habitaciones de arriba. Fue lo único que quiso conservar tras su divorcio, hacía más de quince años, cuando su mujer lo sorprendió liado con la camarera. Sus dos hijos también le dieron la espalda aunque, al cabo de algunos años, la relación con su ex y sus hijos se suavizó hasta quedar como si los cuatro fueran viejos amigos. Colgadas en las paredes del bar, tenía varias guitarras eléctricas de distintas marcas. 

Allí me gustaba aterrizar cada tarde, después de atender al último candidato a cliente de la maldita inmobiliaria donde debía pasar los pocos meses que me faltaban para la jubilación, obligado a oír toda clase de excusas tontas: “Nos gusta la casa pero… demasiado pequeña, demasiado grande, demasiado cara, demasiado cerca del centro, demasiado lejos… “. 

—Los bares son confesionarios, pero los camareros no estamos sujetos al secreto de confesión —soltó el Melenas, casi murmurando.  

—¿De qué coño estás hablando? —pregunté observando cómo a través de los cubitos de hielo sumergidos en el whisky, parecían cobrar vida los cuatro botones de la Les Paul, la guitarra favorita del Melenas.

La gente confiaba en el Melenas. Se decía que oía mucho y hablaba poco.

—Ayer por la noche, pasó por aquí Chick.

Chick. Cuando consiguió hacerse con un Roland usado de casi un metro y medio, dormía abrazado a él. Tomó su apodo del nombre de su ídolo de siempre: Chick Corea. “A partir de ahora, llamadme Chick”.

Chick podía permanecer varias horas tocando sin descansar, siempre que fuera la música que a él le gustaba: música de los grandes. Era el mayor de nosotros y también el vocalista, con tal facilidad para modular su voz, que conseguía entonar cualquier tema de cualquier autor. Además, su inglés era perfecto. Cuando se quedó viudo le dio por pintar. Cogía su vieja Nikkon fotografiaba antiguas ventanas de madera para luego pintarlas al óleo. Decía que las ventanas eran como los párpados de la vida; que si pudieran contar todo lo que habían visto, se podrían escribir libros como para llenar bibliotecas enteras y que por eso, para que dejaran de fisgonear, las pintaba cerradas. Y el caso es que había gente que le compraba aquellos extraños cuadros. 

—¿Y qué quería Chick? 

—Me dijo que estaba en contacto con Charly y que se vieron a menudo en estos últimos meses.

Charly fue nuestro batería. Siempre presumía de tener el ritmo metido en el cuerpo, mientras hacía movimientos frenéticos con los brazos, como tocando una batería imaginaria. Poco tiempo después de la disolución del grupo, nos contó que dejaba de tocar para casarse con una hippy reformada, hija de un importante hombre de negocios de la zona. Por lo visto, el padre le prometió a su hija que si olvidaba aquellas tonterías de niña rica para casarse como Dios mandaba, el negocio sería para ella y para su marido. Y si no, que tendría que alimentarse de las margaritas que tenía tatuadas por todo el cuerpo. Ella se lo pidió, y Chick, enamorado como un adolescente, aceptó. Así, Charly pasó de promesa del rock a propietario de una fábrica de jamones, más aún tras morir su suegro, cuando su mujer le confesó que siempre quiso abandonarlo todo para volver a Ibiza con su antiguo novio hippy. Charly le concedió ese deseo: “Prefiero tu felicidad a la mía”. Se comprometió a hacerle llegar su parte del beneficio, además de pedirle perdón por no haber conseguido hacerla feliz a su lado. Su novio hippy, tan viejo como ellos, se la llevó en una Transporter rosa con grafitis, pero Charly nunca la olvidó.

El Melenas retiró mi vaso vacío. Cuando me puso otro whisky delante, oí que murmuraba: “Que se joda el medicucho ese tuyo”.

Su cara cambió al mascullar:

—Case… Charly se muere. Nuestro Charly. Le quedan unos pocos meses.

Oír aquello me hizo más daño que si un peso pesado me hubiera alcanzado con un croché en la sien. A ciertas edades, cada vez menos cosas consiguen conmover. Como si el paso del tiempo se encargase de devaluar los sentimientos. Charly: quizá la mejor persona que he conocido nunca. Antes de dejar el vaso sobre la barra, apuré el whisky de un trago. “Charly. Charly se muere. Me cago en la puta vida… “.

Si no fuera por mi esposa, enferma en silla de ruedas desde hacía años y a la que de momento cuidaba nuestra hija ―que vivía con nosotros desde que rompió con su último novio tras recorrer con él medio mundo en bicicleta―, hubiera preferido mil veces que me dijeran que mi jubilación se retrasaba diez años o que un infarto me haría caer fulminado, solo, esperando a los posibles compradores de un triste apartamento sin amueblar en las afueras, por una comisión de mierda.

—¿No dices nada?

—¿Y qué coño quieres que diga?

El Melenas descolgó su Gibson y comenzó a tocar Moonflower. La parejita que ocupaba una de las mesas del fondo dejó de hablar de sus cosas para acercarse a nosotros, igual que los clientes de varias mesas, además de un tipo que esperaba en la barra, que prefirió no interrumpir.

“El que se siente músico, sirva copas en un bar, pinte cuadros raros o venda jamones o apartamentos, será músico hasta el día que lo entierren”, pensé.

Cerré los ojos, que se me llenaron de lágrimas, con un gesto instintivo elevé mi mano izquierda hasta el hombro y me llevé la derecha hasta la barriga, para acompañar al Melenas simulando tocar mi Fender.

Como si las últimas notas que tocó el Melenas hubieran tenido un efecto paralizante, nadie se movió. Devolvió la guitarra a su sitio y sonrió, como si hubiera adivinado lo que pasaba por mi cabeza: “Parece que toca mejor que antes… el hijoputa este”.

El Melenas me miró a los ojos y lo soltó:

—¿Lo hacemos por él? —me preguntó—. Tú llamas a Chick y yo a Charly para quedar aquí, mañana a esta hora, a ver qué pasa.

—Mañana nos vemos —respondí antes de salir.

Cuando llegué a casa saqué mi Fender. Lo acaricié como hacía siempre que me sentía triste y, pensando en Charly, toqué Black Magic Woman con una soltura que me sorprendió.

Llamé a Chick. Aceptó antes de terminar de oír mi propuesta. No pude pegar ojo en toda la noche. “Charly se muere, se muere, se muere… “.

Atendí los compromisos pendientes durante la mañana y aplacé los de las tardes. Poco antes de las siete, doblé la esquina y vi que Charly entraba en el bar con el bombo que sacó de la furgoneta de reparto de su empresa, aparcada en la puerta. Cuando llegué, los tres se afanaban en instalar los amplificadores, los micrófonos, los bafles…

Saludé al Melenas, abracé a Chick y luego a Charly, que me hizo sentir como un chaval cuando hizo un gesto para que esperara, me entregó un paquete envuelto con esmero: “Toma, que la memoria todavía me funciona bien”, y me pidió que lo abriera. Dentro encontré una caja de quesitos en porciones. En su honor, saqué uno de su envoltorio y, como cuando éramos jóvenes, lo devoré de un bocado, mientras Charly reía a carcajadas.

Aquellos ensayos se convirtieron en auténticos conciertos, y cada tarde aparecía gente nueva en el bar, atraída por la curiosidad de ver cómo se desenvolvían aquellos cuatro vejestorios, mientras nosotros seguíamos a lo nuestro, sin caer en la cuenta de que aquello era lo que siempre habíamos soñado.

Alguien dijo que vio, entre la multitud, y como intentando pasar desapercibidos, a la mujer del Melenas acompañada de sus dos hijos, a la mía con mi hija y su exnovio, e incluso a una pareja de hippys viejos, que llegaron a bordo de una Transporter rosa con grafitis.

La enfermedad de Charly comenzaba a hacer estragos. Una tarde no se presentó y fuimos a verle. “Lástima que no pueda agradeceros estos últimos meses”, fueron sus últimas palabras.

Tras darle sepultura, el Melenas volvió a su bar, Chick a su vieja Nikkon y a sus cuadros de ventanas cerradas y yo a casa, donde mi hija me esperaba impaciente con una gran noticia: “Vuelvo con mi novio ciclista. Me marcho con él, a recorrer en bicicleta el otro medio mundo que nos dejamos pendiente”.

Para poder cuidar de mi mujer, mandé a la mierda al dueño de la inmobiliaria, cuando insistió en que volviera a trabajar por las tardes. De vez en cuando, aparezco por el bar del Melenas para hablar un rato. Nos gusta recordar lo que hicimos, mientras me tomo un whisky… o dos.



17 junio 2022

La ucraniana

Julio Sánchez Mingo


Aterrizó en Madrid en el otoño de 2010. Contaba 51 años de edad. Rubia, de ojos claros, prototipo de mujer eslava. Sólo hablaba ucraniano y ruso. La situación económica en su país era pésima y quería enviar dinero a su tierra para ayudar a su familia y poder comprar una casa. Se le habían adelantado una tía, y el marido de ésta, y un primo, el hijo de ambos, casado, con niños pequeños. Muy religiosa y practicante, empezó a acudir a la Iglesia Evangélica Ucraniana de Vallecas, que también funge de centro social, de oficina de empleo, de lugar de encuentro de inmigrantes provenientes de las antiguas repúblicas soviéticas. Allí se celebran fiestas y conmemoraciones y las mujeres se intercambian compulsivamente la ropa desechada que les dan. Todos se conocen, apoyan y ayudan. Son muy trabajadores y competentes. Ellos se emplean en oficios especializados y ellas en el servicio doméstico, al cuidado de niños y ancianos. El idioma es la gran barrera. España, un país generalmente muy racista y clasista, los acoge razonablemente bien. En invierno, sus niños y bebes usan gorritos con pompón como los nuestros. A los sirios los tenemos abandonados a su suerte en los campos de refugiados de Grecia y los negros del África Central vagabundean durante años por el Magreb a la espera de saltar la valla o embarcarse en una patera.  

En Ucrania dejó a su hija, casada y con una niña pequeña, que ahora, gracias en parte al esfuerzo y el trabajo de la abuela, estudia Medicina. Años después nacería otro nieto, un varoncito. A principios de 2011, a través de una hermana en Dios rusa, consiguió un trabajo para cuidar de una señora muy mayor, actividad a la que se ha dedicado desde entonces, pasando de unos empleadores a otros. Era obsesivo su afán por ahorrar y poder remitir a su patria dinero y grandes paquetones de ropa y comida, de tal forma que su comportamiento rayaba la tacañería. No se permitía el menor desembolso para sí misma. Le gustaba cocinar y aprendió rápidamente a preparar los platos de la comida casera española.

A finales de 2013 se le declaró un cancer de mama que alcanzó grado 3 por lo que hubo de ser operada y sometida a tratamiento de quimioterapia y radioterapia. Perdió el pelo y una vecina de su antigua patrona, en un loable gesto de empatía, le regaló la peluca de rigor. Muy simpática y zalamera, siempre tuvo facilidad para trabar amistad con la gente. La enfermedad le dejó como secuela un notable linfoedema en uno de los brazos.

Y al final, después de tanto esfuerzo, de sufrir la lejanía de la familia, del impacto de una grave enfermedad, de soportar una pandemia, la guerra lo desbarató todo. Ahora vive angustiada, se pasa el día trabajando y llorando. Su hija, miembro de los servicios de información ucranianos, y su yerno, un jefe de policía, han tenido que abandonar su hogar y paran en lugar que no pueden revelar, comunicándose clandestinamente con sus hijos, la joven estudiante y el niño de corta edad, de quienes se ha hecho cargo una hermana de nuestra protagonista que ha huido de los bombardeos de Kiev y comparte con sus sobrinos la casa familiar, en una población relativamente tranquila, por ahora, del suroeste del país. ¿Hasta cuándo durará su dolor y su congoja y Ucrania, azotada en el pasado por feroces hambrunas, granero de África, Oriente Medio y Europa, dejará de sufrir? Mientras, todo el mundo, en lugar de forzar la paz, refuerza sus arsenales militares y trafica con armas, desarrollando aún mas el gran negocio de sus industrias bélicas, al tiempo que los 100 millones de egipcios no tienen pan que echarse a la boca.

10 junio 2022

Comunidades de vecinos

Julio Sánchez Mingo

Hay vecinos que matarían por un euro. Sin embargo, se dejan sisar o timar cientos de euros por los gestores de su comunidad. La ignorancia, la incultura, la dejadez, la desidia, el qué más da, incluso en ocasiones la vanidad, la presunción, son factores que permiten esos injustificados y hasta criminales hechos. Según la ley, las funciones del presidente de una comunidad de vecinos —que no deja de ser es un copropietario más— son: representarla ante los tribunales de justicia, convocar la junta fijando los puntos del orden del día, presidir la correspondiente asamblea y cerrar el acta que refleje los acuerdos alcanzados. Extralimitaciones de los titulares de este cargo representativo se dan todos los días en infinitud de colectividades de toda España, con la aquiescencia, la pasividad, la cooperación o la complicidad del administrador de fincas de turno. Las tareas que dictan las normas legales para éste son:

  • Velar por el buen régimen de la casa, sus instalaciones y servicios, y hacer a estos efectos las oportunas advertencias y apercibimientos a los titulares.

  • Preparar con la debida antelación y someter a la junta el plan de gastos previsibles, proponiendo los medios necesarios para hacer frente a los mismos.

  • Atender a la conservación y entretenimiento de la casa, disponiendo las reparaciones y medidas que resulten urgentes, dando inmediata cuenta de ellas al presidente o, en su caso, a los propietarios.

  • Ejecutar los acuerdos adoptados en materia de obras y efectuar los pagos y realizar los cobros que sean procedentes.

  • Actuar, en su caso, como secretario de la junta y custodiar a disposición de los titulares la documentación de la comunidad.

  • Todas las demás atribuciones que se le confieran por la junta.

Sin embargo, se hacen obras por importe de miles de euros sin autorización del órgano soberano y ejecutivo, la junta de propietarios. Casi siempre no son urgentes ni de mantenimiento ni de ejecución obligada por la ley. Incluso no se solicita licencia municipal aunque sea preceptiva. En casi todas partes prima la política de hechos consumados. Nadie quiere meterse en camisas de once varas y en España la justicia es muy lenta y farragosa como para andar impugnando acuerdos o denunciando irregularidades. Las actas de las reuniones muchas veces no responden a lo hablado o acordado, llegando a reflejar justo lo contrario.

Un par de casos reales de nefasta gestión, verdaderamente sangrantes. Se contrata a un portero y se dan las pertinentes instrucciones al administrador para que sea dado de alta en la Seguridad Social, según indica el acta de la correspondiente sesión, mandato que es saltado a la torera. Pasan los años, el empleado fallece y su viuda demanda a la comunidad. La multa impuesta hace crujir los cimientos del edificio. Al final, el incompetente e indolente administrador tiene que hacer frente al pago de ese dineral porque el cabal acuerdo del alta del trabajador constaba en acta. El mismo administrador, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, ordena talar un árbol porque algún propietario protesta porque le oculta las vistas. Resultado: multa del ayuntamiento que, por el momento y si nadie lo remedia, ha pagado el conjunto de los vecinos. Aunque parezca mentira, el gestor de marras, el mismo en ambos ejemplos, que también hace obras sin aprobación de la propiedad ni licencia municipal, sigue trabajando para ese sufrido y estulto vecindario.

En la mayoría de las fincas la buena conservación y el mantenimiento brillan por su ausencia, por lo que a la larga no queda más remedio que acometer obras que hubieran sido innecesarias de haberse hecho las cosas bien y a tiempo. Las obras no se supervisan adecuadamente, la calidad de su ejecución y de los materiales empleados suele brillar por su ausencia, se contrata a la baja con chapuzas, no con auténticos profesionales, y generalmente carecen de buen gusto. En el portal de casa hay tres rótulos, cada uno de ellos con diseño y estética diferente. Poco a poco los inmuebles se van deteriorando. Me fijaba el otro día en unas rampas construidas hace pocos años que se han desintegrado —literalmente— por utilizar un mortero de una clase infame.

Hay un grave problema de fondo. Los honorarios de los administradores de fincas son muy bajos, por lo que estos tratan de redondear sus ingresos con las comisiones por la contratación de obras, arreglos, mejoras innecesarias y suministros varios, especialmente el del combustible para las calderas de la calefacción y el ACS. Lamentablemente, en este país la corrupción no está socialmente mal vista y no se censura hasta que alcanza cotas siderales. Hay mejoras absurdas como instalar un pasamanos adicional en unas escaleras que ya tienen uno. Escaleras que no usa nadie, excepto el que suscribe que es el único chiflado que sube a pie, porque el edificio está dotado de ascensores. Para más inri, ahora tenemos dos pasamanos de diseño y estética distintos, uno a cada costado. El latrocinio puede ser todavía más oneroso para el bolsillo de los comuneros cuando presidente y administrador están conchabados.

La mayoría de las cuentas que se presentan a la aprobación de la junta suelen ser ininteligibles e incompletas, incluso para financieros avezados. Los criterios de reparto de los gastos —por partes iguales, por coeficiente o por consumo— en algunas ocasiones son irracionales. No responden al principio básico de que cuanto mayor es la superficie de un piso, más cabida tiene y, por tanto, puede haber más personas haciendo uso de los recursos del inmueble y sus instalaciones y servicios. Aunque hay costes que no están asociados a la superficie dada de una vivienda o local.

Los árboles son casi siempre un origen de conflictos. La ignorancia de ayuntamientos, promotores inmobiliarios, constructores, administradores, jardineros y vecinos en lo relativo a sus características, su crecimiento y al máximo porte que pueden alcanzar, provoca situaciones de enfrentamiento y frecuentemente termina con la tala de magníficos ejemplares, inocentes de la estupidez humana. En los tres vecindarios en los que estoy involucrado se han erradicado plantas injustificadamente. Las víctimas han sido píceas, un soberbio pino piñonero y varios algarrobos. Nunca se ha consultado a las correspondientes juntas de propietarios. En la última reunión a la que he asistido, una comunera de mediana edad se quejaba de que el terreno sobre el que se asienta la urbanización es de una calidad pésima —cascotes, vertidos, residuos metálicos— y que por este motivo las plantas no crecen. Sin embargo, un pino, en menos de treinta años, cubrió una fachada, fue condenado a muerte y ejecutado. Eso sí, sin proceso judicial con un mínimo de garantías. También hay un pinabete que me temo que tendrá el mismo trágico final. Al mismo tiempo otros asistentes censuraban al ayuntamiento por la forma en que se podan unos plátanos de sombra plantados en la amplísima calle peatonal que bordea la finca. No saben ni lo que quieren ni lo que dicen. Al final llegué a la conclusión de que les gustaría que la copa de esos árboles esté tratada como la de los ejemplares de la misma especie de La Concha de San Sebastián, algo para lo que se ha llegado demasiado tarde, pues su tamaño es considerable, han crecido mucho a pesar del suelo que criticaba la edafóloga. Los jardineros de hoy día solo saben cortar el césped y podar setos, armados de potentes y ruidosas herramientas mecánicas. Plantar y cuidar con mimo las especies vegetales no forman parte de su vocabulario.

Regular el uso de las piscinas y decidir sus horas de apertura y su calendario anual son objeto de tensos debates. En los condominios todo se prohíbe. Están plagados de cartelitos del tipo Propiedad privada, prohibido el paso, Perros no, No jugar al balón, No hacer uso de la piscina en las horas de descanso, No pisar el césped, No tirar colillas ni despedicios, Hagan uso de las papeleras, Respetad las plantas... Así hasta el infinito. Todo el mundo hace caso omiso, las papeleras están vacías y veo a un zafio conserje arrojar colillas al suelo.

Los estatutos, aunque se incorporen en la división horizontal de la finca y formen parte del título de propiedad de cada piso o local, generalmente no se respetan. ¿Para qué?

Capítulo aparte merecen las asambleas de copropietarios. De chaval me gustaba acompañar a mi padre a las juntas para ver como se peleaban los concurrentes. En una ocasión casi llegaron a las manos dos —a priori—respetables señores: un registrador de la propiedad y un ingeniero de caminos. En las sesiones la gente se atropella y no se respeta el turno de palabra. Todos gritan al tiempo. Las señoras chillan con insoportable voz aguda que perfora el tímpano del más pintado y los hombres, violentos ellos, amenazan. Parece que aquel que más vocifera es el que se lleva el gato al agua. Salen a relucir odios, contenciosos y viejas disputas. Unos y otros se agrupan en clanes que mantienen posiciones irreductibles. El administrador más cínico, gracias a su piquito de oro, termina diciendo y haciendo lo que le viene en gana. Ya veremos en qué termina el enfrentamiento entre la edafóloga y un señor que el otro día, en mitad de la discusión general, le afeó su conducta de aparcar en un lugar prohibido. Ella se revolvió como una hidra afirmando que lo haría cuantas veces le apeteciera.

Para terminar, una anécdota que tiene su miga, digna de una antología del disparate y que demuestra la poca consideración y estima que se tienen unos vecinos a otros y el administrador a todos ellos. La última junta ordinaria anual mantenida tuvo lugar con los asistentes de pie —en posición erecta—, en la calle, en el exterior de uno de los portales, en una zona ajardinada que da a la vía pública, eso sí, dentro del recinto de la urbanización. Continuamente era interrumpida por otras personas que pasaban por medio de aquello que parecía un encuentro de amiguetes. Hay que aclarar que en ese mismo portal hay un local con sillas donde estaba convocada y donde se ha celebrado en otras ocasiones y que en los bajos del edificio hay unos amplios soportales al aire libre, por lo que la COVID no justifica el dislate. Alguna de las señoras presentes superan los setenta años y a un niño como yo le gusta conversar y dialogar sentado, aunque el diálogo entre comuneros es muy difícil.


27 mayo 2022

Mi árbol favorito

Julio Sánchez Mingo


La biblioteca pública Miguel Hernández de Madrid ha convocado un concurso de fotografía con el lema Tu árbol favorito. Para participar basta remitir una imagen de tu árbol predilecto, indicando las razones de esa preferencia.

Yo he enviado la fotografía que encabeza este texto, tomada en la terraza de casa, en Madrid. Son brinzales de encina, Quercus ilex L. subsp. ballota o rotundifolia, nacidos esta primavera de 2022, cuando germinaron unas bellotas que recogí el otoño pasado en El Retiro, en el pequeño bosquete de carrascas que rodea el Observatorio Meteorológico. Crecen en el alféizar jardinera de mi habitación. Espero que este verano algún alma caritativa cuide y riegue estos jóvenes ejemplares que, si el vandalismo humano lo permite, un día serán unos árboles centenarios, ejemplo de longevidad, equilibrio, riqueza natural y fuente de salud y sustento de muchas otras especies animales y vegetales. Obviamente yo no lo veré, es mi legado para las generaciones venideras.

¿Por qué es la encina mi árbol favorito? Tiene carácter circunmediterráneo y es el más representativo y abundante de la Península Ibérica. Es especie clímax en toda la Meseta y, como he escrito más arriba, la encina es longeva, noble, rústica y austera, fuerte y resistente, exige poco y da mucho, cobija en invierno y da sombra en verano. Soporta sequías intensas y tanto calor como frío extremos. Rebrota del fuego. Fuente de riqueza, su leña es óptima, de gran poder calorífico, con la que se hacía carbón. Sus frutos, las bellotas, son el alimento del cerdo ibérico, tan apreciado por su jamón. Forma parte del paisaje que me ha rodeado toda la vida. Está enraizada en mi cultura. Aparece citada en dichos y refranes populares y multitud de escritores la han glosado o incluido en sus textos. Nuestro gran poeta Antonio Machado le dedicó un antológico poema, Las encinas:

¡Encinares castellanos

en laderas y altozanos,

serrijones y colinas

llenos de oscura maleza,

encinas, pardas encinas;

humildad y fortaleza!

Mientras que llenándoos va

el hacha de calvijares,

¿nadie cantaros sabrá,

encinares?

……………

¿Qué tienes tú, negra encina

campesina,

con tus ramas sin color

en el campo sin verdor;

con tu tronco ceniciento

sin esbeltez ni altiveza,

con tu vigor sin tormento,

y tu humildad que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda

nada brilla,

ni tu verdioscura fronda

ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante

en tu porte, ni guerrero,

nada fiero

que aderece su talante.

Brotas derecha o torcida

con esa humildad que cede

sólo a la ley de la vida,

que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo

árbol en ti, parda encina.

Ya bajo el sol que calcina,

ya contra el hielo invernizo,

el bochorno y la borrasca,

el agosto y el enero,

los copos de la nevasca,

los hilos del aguacero,

siempre firme, siempre igual,

impasible, casta y buena,

¡oh tú, robusta y serena,

eterna encina rural

de los negros encinares

de la raya aragonesa

y las crestas militares

de la tierra pamplonesa;

encinas de Extremadura,

de Castilla, que hizo a España,

encinas de la llanura,

del cerro y de la montaña;

encinas del alto llano

que el joven Duero rodea,

y del Tajo que serpea

por el suelo toledano;

encinas de junto al mar

¿en Santander?, encinar

que pones tu nota arisca,

como un castellano ceño,

en Córdoba la morisca,

y tú, encinar madrileño,

bajo Guadarrama frío,

tan hermoso, tan sombrío,

con tu adustez castellana

corrigiendo,

la vanidad y el atuendo

y la hetiquez cortesana!...

Ya sé, encinas

campesinas,

que os pintaron, con lebreles

elegantes y corceles,

los más egregios pinceles,

y os cantaron los poetas

augustales,

que os asordan escopetas

de cazadores reales;

mas sois el campo y el lar

y la sombra tutelar

de los buenos aldeanos

que visten parda estameña,

y que cortan vuestra leña

con sus manos.

A la encina, en catalán, se le dice alzina, el apellido de la madre de mi madre. Mi abuela materna fue una mujer de aspecto delicado, fuerte ante la adversidad, de gran nobleza de espíritu, discreta, sufrida, austera, longeva, sustento moral y material de doce hijos, que dio mucho y exigió poco, como la encina. Creo que hay motivos suficientes para que esta especie arbórea sea objeto de mi predilección.

También aprecio mucho las grandes fagáceas de hoja caduca, el roble carballo, el haya y el castaño y dos representantes de la vegetación mediterránea, el algarrobo y el madroño. El carballo requiere suelos húmedos, aunque el ambiente sea seco, mientras haya y castaño necesitan tanto atmósfera como sustrato húmedos. Por ello, en un lugar como Madrid podemos considerar esas tres especies como exóticas, aunque existan pies relictos de Quercus robur, L. en la Casa de Campo y El Retiro, como uno, verdaderamente singular, cercano al Salón del Estanque de este parque, de cuyas bellotas del pasado otoño he obtenido un brinzal que regalaré por su cumpleaños a un amigo, que comparte conmigo aficiones botánicas. El algarrobo, muy presente en las huertas del Levante español, me ha acompañado muchos veranos transcurridos a orillas del Mediterráneo. Hace años planté uno —nacido de garrofines tomados en el Ágora de Atenas— en un bancal de unos jardincillos del casco viejo de Altea, en la vertiente del pueblo que mira a Oriente, a Grecia, a sus orígenes, a la cuna de nuestra cultura. Se trata de un magnífico ejemplar que este otoño cumplirá diecisiete años.

Algarrobo griego. Altea. Agosto 2020.

Creo que los regalos simbólicos, no necesariamente materiales, son los mejores, los que transmiten mayor afecto y más ilusión nos produce hacerlos. El otoño pasado, con ocasión de una corta estancia en Gaeta para visitar a mi amigo il Dottore, pensé que sería un bonito detalle plantar un par de árboles dedicados a sus nietos, Aurora y Leonardo. Me decidí por una encina —leccio— y un madroño —corbezzolo—. Como el pequeñín no hablaba todavía, le di a la mayor la oportunidad de elegir especie. Supongo que prefirió el arbolito del escudo madrileño porque sus hojas son verdes y perennes, da flores blancas y los frutos maduros son rojos. De hecho se le considera el Árbol de Italia por los colores de su copa, los de la bandera del país transalpino.

El madroño de Aurora. Gaeta. Mayo 2022.


Cómo disfruté, yo, solo, conduciendo por el Agro Pontino la minúscula 500 de mi amigo con las ventanillas abiertas, a la búsqueda de un vivero de plantas forestales donde comprar un ejemplar de encina que cupiera en ese minúsculo y molón cochecillo y así poder transportarlo hasta su casa. También adquirí un roble para ofrecérselo a él. Y a la vuelta, en un día veraniego, pude apreciar la belleza de la Costa Pontina, una sucesión de playas y acantilados de abundante vegetación bañados por el Tirreno, gozando de la refrescante brisa marina. Por la tarde, entre todos, plantamos los arbolitos de los niños en lugares relativamente protegidos de manos arboricidas.

 

La encina de Leonardo. Gaeta. Mayo 2022.

Cuando el roble sea de mayor tamaño, lo emplazaremos en unos parterres del paseo marítimo de Porto Salvo, Lungomare Caboto, que bordea el golfo de Gaeta, donde también quiero poner un rosal en recuerdo de su vecina María1, recientemente fallecida.

Cambiando la maceta del roble de Il Dottore. Gaeta. Lungomare Caboto. Septiembre 2021.

Ya estoy pensando en plantar este verano una jacaranda dedicada a...


1 J. S. M.: Mi vecina de Porto Salvo.

20 mayo 2022

San Isidro

Argimiro Rubio Cuadrado

Acaba de celebrarse en Madrid la festividad de su santo patrón, san Isidro, y me acordé de cuando también lo era mío o, más bien, de mis padres. San Isidro es el patrón de los labradores, y mis padres lo eran cuando yo era un crío.

No era fiesta local ni nacional y tampoco recuerdo que el 15 de mayo de cada año hubiese ninguna celebración especial en mi casa. Así pues, ese día no te vestían de domingo, ni había comida de fiesta, ni pasteles de postre, como si sucedía, por ejemplo, cuando se celebraba alguna fiesta de carácter nacional, como la Virgen del Carmen, que, además, era la patrona de mi parroquia y la sacaban en procesión, acompañada de todos los niños que el mayo anterior habíamos hecho la primera comunión.

A mí, el día de la Virgen del Carmen me huele a verano. Aún tengo en la memoria el olor a incienso en la iglesia y el de tomillo en la calle, pues durante la procesión se tiraban pétalos de flores y tomillo al paso de la virgen y el olor impregnaba las calles del barrio toda la tarde, y por la noche se celebraba la correspondiente verbena, pero para san Isidro, nada. Se ve que no era un santo VIP, además de ser , por decirlo amablemente, un tanto flojo, pues unos ángeles le araban las tierras mientras él se dedicaba a la oración y a predicar. Hoy, tal vez, sería enlace sindical.

En el colegio, cuando se aproximaba una festividad, teníamos que hacer en el cuaderno de los dictados un encabezamiento bonito, que dibujábamos primero a lápiz, luego lo repasábamos a tinta ―con plumilla y tintero, no todo el mundo tenía estilográfica y los bolígrafos estaban prohibidos para esas tareas― y finalmente lo iluminábamos con los lápices de colores Alpino. Los más habilidosos copiaban, además, el dibujo del santo que venía en la enciclopedia Álvarez ―intuitiva, sintética y práctica, como rezaba en la cubierta― que usábamos entonces ―de hecho, a los dibujos que venían en los libros los llamábamos genéricamente santos― y escribíamos al dictado una semblanza del santo que leía el maestro. Y eso era todo.

Distinta era la celebración, cada 29 de septiembre, del día de san Miguel Arcángel, patrón de los hortelanos. Con el tiempo, mis padres, sin dejar del todo la labranza comenzaron también a trabajar algunas huertas y, por tanto, también fueron hortelanos. Los hortelanos de mi pueblo se habían constituido allá por el siglo XV en gremio, como los carpinteros, los canteros o los curtidores y mantenían el espíritu de hermandad que caracterizaba a aquellas asociaciones. Copio, a continuación, parte de un texto publicado por Julio V. en el blog Ferial 49 de septiembre de 2017.

“La desamortización empujo a las cofradías gremiales a la desaparición por la pérdida de los recursos necesarios para sus fines. Estas antiguas hermandades serán sustituidas por unas nuevas sociedades encargadas de cumplir los fines humanitarios de las desaparecidas.

En el caso de los hortelanos de mi pueblo, en 1883 promovieron una sociedad profesional denominada Sociedad de Socorros Mutuos de los Hortelanos a fin de ayudarse en la necesidad, socorrerse en la enfermedad y acompañarse en el camino a su última morada. Con la creación, por parte de los poderes públicos, de un sistema de previsión social, esta nueva sociedad perderá su principal razón de ser, pero el vínculo social, de hermandad y profesión se mantendrá en el tiempo; celebrándose anualmente la festividad de su patrono, san Miguel, el 29 de septiembre.”

El caso es que, así como los labradores no tenían ningún sentido de pertenencia a un grupo, los hortelanos celebraban su patrón por todo lo alto: misa, comida de hermandad en el local de la asociación y baile. A la celebración no faltaba ni una sola familia. Era tal el arraigo de esta festividad en la villa que, aunque los hortelanos no eran, ni mucho menos, el grupo social o laboral más numeroso, todo el mundo sabía que ese era su día.

No se que méritos tendría el arcángel san Miguel para que los hortelanos lo eligiesen como patrón, pero teniendo en cuenta que a San Isidro le hacían el trabajo unos ángeles y, aún así los labradores lo habían elegido como patrono, san Miguel no debía haberse esforzado mucho para merecerlo.

14 mayo 2022

El mundo del fútbol ya no es lo que era

Julio Sánchez Mingo

A los queridos compinches


Estadio Santiago Bernabéu, Madrid, en los años 60.

Los sábados por la tarde, de chavales, unos cuantos compañeretes del colegio íbamos al cine. Las películas estaban clasificadas por su —presunta— idoneidad moral, por lo que, teóricamente, sólo podíamos acceder a ver las autorizadas, las permitidas a menores de 16 años. Como no se manejaba mucho el carné de identidad —que ahora todo el mundo llama pomposamente DNI (documento nacional de identidad) y que solicitan en todas partes, hasta en los lugares más absurdos e insólitos—, intentábamos colarnos para disfrutar de las señaladas para mayores, confiando en la buena voluntad, o el mal tino calculando edades, del portero de la sala de exhibición de turno. En una ocasión en que fuimos al cine Carlos III a ver una comedia playera vedada para nosotros, con el pánfilo Tony Curtis y las espectaculares Claudia Cardinale y Sharon Tate —tristemente asesinada unos años después—, el defensor de aquella moral se cebó con nosotros. No nos permitía entrar a la mitad, por lo que, por solidaridad, nos fuimos todos, lamentando habernos perdido la visión de aquellas bellezas en bikini. No recuerdo si terminamos en la bolera que había en el sótano del local cinematográfico, ahora reconvertido en un establecimiento de hostelería con distintos ambientes. En Madrid todo desaparece para dar paso a bares, restaurantes y terrazas, incluso la propia vía pública y lugares tan emblemáticos como el Teatro Real, en proceso de ser transformado en una gigantesca cantina con una sala teatral anexa.

Habíamos acudido también al Carlos III, a una sesión autorizada para todos los públicos. Unos minutos antes de comenzar la proyección del consabido noticiario NO-DO, preámbulo obligado de cualquier función de cine, emitido para mayor gloria del régimen y adoctrinamiento de los españoles, ocuparon sus localidades justo a nuestras espaldas, en la última fila del gallinero, los jugadores del Barça, que ese domingo se enfrentaba en partido de liga a alguno de los equipos madrileños. Impecablemente trajeados, pantalón gris, camisa blanca, chaqueta azul y corbata, con el escudo y los colores del club respectivamente, aquellos mocetones tomaron asiento rodeados de un público mayoritariamente adolescente. De inmediato reconocí al negrito Mendoza, que en las temporadas anteriores había jugado en el Metropolitano y el Calderón con el Atleti, y al rubio Charly Reixach, un delantero muy fino al que conocía por haber visto jugar con Cataluña el campeonato de España de selecciones regionales juveniles en el desaparecido campo del Plus Ultra, en la Ciudad Lineal, frente a los estudios cinematográficos de la CEA. Su presencia no causó mayor expectación y alboroto más allá del cuchicheo y las miradas de todos nosotros. Esta escena es impensable en el mundo actual, con las estrellas rodeadas de guardaespaldas. ¿Imagina el lector a Messi o Cristiano, en el gallinero de un cine? Bueno, estos locales ahora no tienen gallinero. A Reixach me lo encontré muchos años después en Fez, en el hotel Palais Jamais, que se asoma a la medina. Desde los balcones de sus habitaciones se disfruta del espectáculo único de ese enjambre de callejuelas y de la llamada a la oración de los almuédanos desde lo alto de los alminares de las mezquitas. Estuvimos recordando, en una breve conversación de diez minutos, aquellos tiempos de los partidos en la Ciudad Lineal.

Ahora, para acceder al Bernabéu, hay que pasar un estricto control de seguridad y atravesar un torniquete que se libera ante la presentación de la tarjeta o abono, según corresponda. Entonces mucha gente se colaba, o era colada por los porteros. Se falsificaban o manipulaban las entradas y los carnés de socio o se lanzaba a la calle desde un balcón del primer anfiteatro el propio carné para que entrara con él un amiguete, como hicimos en una ocasión con el bueno de un compañero. No es de extrañar que, en los partidos de mucho tirón, el aforo estuviera más que sobrepasado en las zonas de las localidades de pie, con el grave riesgo de que se produjeran las temidas avalanchas de espectadores.

El mal estilo se ha adueñado de este deporte. El otro día, en el campo del Barça de la categoría inferior, no permitieron a los seguidores del Sabadell pasar con sus bufandas y banderas si no se situaban en la reducidísima e insuficiente zona acotada para los aficionados del equipo visitante. Había más vallesanos que culés en el estadio. Argumentaron que había sido por seguridad, para que no se produjeran altercados. El domingo pasado, los jugadores del Atleti no le hicieron el pasillo a los del Madrid, que se habían proclamado campeones la jornada anterior. Estas reprobables actitudes las fomentan los dirigentes de estas sociedades mal llamadas deportivas. Bernabéu estaba hecho de otra pasta. Era un populista patriarcal, de fuerte carácter.

06 mayo 2022

Escenas matritenses 2022

Julio Sánchez Mingo


Calle de la Rúa. Madrid. J. S. M.


El barrendero del siglo XXI, con cascos y sopladora mecánica, atronando a los vecinos desde las ocho de la mañana.

Los seguratas del metro echándose un pitillo, junto a la boca del subterráneo.

El vejete que se dobla a duras penas para recoger la blandita y calentita que acaba de deponer su perrillo en mitad de la acera.

Las adolescentes con el ombligo al aire, despechugás, en pantaloncitos, con bolso chanel.

Los camiones cuba, versión moderna de la manga riega que aquí no llega, que ríete de los cañones de agua de los grises.

Un adulto descerebrao circulando en patinete eléctrico por la acera.

Cuatro pasajeros de un coche del metro, sentados, enfrentados a otros tantos, sin mirarse, consultando todos su correspondiente móvil.

Ciudadano frente a una ventanilla de registro de una oficina pública, donde ha tenido que pedir cita previa para ser atendido y presentar sus papeles, al que espera una solitaria funcionaria que sólo lo atenderá a él en toda la mañana.

Unas señoras bien con sus playeras blancas de Prada, ¡de 690 euros!, casi idénticas a las de mercadillo, ¡de 10 euros!, que calza la camarerita que las atiende.

Los camareros de bares y restaurantes de negro de luto riguroso, olvidados del blanco inmaculado.

Miles y miles de alcorques vacíos —trampas para viandantes despistados—, privados de sus correspondientes árboles, que son su razón de ser y el alivio del ruido y la contaminación de la ciudad.

Una venerable anciana que avanza renqueante por la acera, cogida del brazo de su joven cuidadora foránea, que no para de hablar por teléfono.

Un mes de obras a cargo de una cuadrilla de operarios, rompiendo todos los días el tímpano del vecindario con el martillo neumático, para mover seis metros un paso de peatones —cambio de bordillos, nuevos rebajes de acera y eliminación de los viejos, nivelación de la mísma y de los registros y arquetas de los suministros y servicios, nuevo solado, traslado de semáforos, sustitución de una pareja de semáforos con pulsador de verde por otra sin esa función, reconstrucción de un alcorque—, en una calle sin tráfico, para pasmo de los agentes de movilidad municipales.

Un mendigo casi en la cincuentena, que pedía a la puerta de un mercado y cuidaba de los chuchetes de la clientela, reconvertido en el chico de los recados de los tenderos, empujando un pequeño carro de supermercado con pedidos a domicilio y saludando a todo el barrio.

Cuatro señoras muy mayores, sentadas en una terraza del bulevar de la calle Ibiza, merendando y hablando sin cesar, con dos andadores y dos sillas de ruedas estacionados a su lado.

Multitud de colegios e institutos públicos muestran el rótulo de centro bilingüe, donde muchos profesores no hablan ni papa de inglés.

Un hombre joven, en la cuarentena, bien vestido y aseado, hace juegos malabares con bolas de colores en la calle Narváez, sin que nadie repare en él ni le eche moneda alguna.

Un chófer de VTC (vehículo de turismo con conductor), vestido con chaqueta y corbata, al volante de un cochazo en el que viaja repantigado un jovencito con el pelo teñido de rojo, que devora con la mirada la pantalla de su móvil, ajeno al mundo que lo rodea.