24 julio 2020

Maltratados en Italia

Ubaldo Baldinotti
Traducción, adaptación y notas de Julio Sánchez Mingo

Los veteranos italianos de la I Guerra Mundial, a su retorno del frente, o de los campos de prisioneros, encontraron un país que los rechazaba y donde al poco se encontraron sin trabajo, ni oficio ni beneficio. Muchos de ellos, permeables a los cantos de sirena de Mussolini, pasaron a engrosar las huestes fascistas que condujeron a Italia al apocalipsis. ¿Sería el clasismo imperante en la sociedad italiana de la época lo que produjo ese repudio? La tropa se nutrió de las clases humildes y las clases pudientes y los profesionales conformaron la oficialidad del ejército. He aquí un testimonio personal y directo, y muy didáctico, de esa tragedia de hace poco más de 100 años.

Estación de Pistoia en 1918.
El 20 de diciembre de 1918 nos pusimos en marcha, de vuelta a casa. La primera etapa, desde el campo de concentración alemán hasta la frontera helvética, la realizamos en tren, cómodamente, en coches de pasajeros muy limpios, de tercera clase. En las estaciones del recorrido la acogida a los prisioneros italianos fue cálida y festiva, especialmente en Suiza. A nuestro paso nos ofrecían rica y abundante comida y, de regalo, tabletas de chocolate, puros y cigarrillos.
El trayecto duró todo el día y cuando llegamos a Domodossola, tras atravesar el túnel del Simplón, ya era de noche. En esta población nos esperaba la primera gran decepción. Nada más tocar suelo italiano, nos hicieron cambiar de convoy y abordar uno compuesto por vagones de transporte de ganado, rotulados con la leyenda: "Ocho caballos y cuarenta hombres". Era la recompensa por tanto sacrificio y sufrimiento, primero en las trincheras, luchando por nuestro país, y después en un campo de concentración, en un durísimo régimen de encarcelamiento. La segunda gran desilusión fue verdaderamente amarga. En cada furgón que nos habían hecho ocupar, habían situado a un recluta de guardia, con fusil y bayoneta calada, como si fuéramos criminales en traslado de un penal a otro, en lugar de soldados liberados de un campo de prisioneros de guerra. Afortunadamente, la mala impresión que sufrimos inicialmente se atenuó ante el comportamiento indeciso de nuestros escoltas, todos ellos jóvenes de la quinta de 1900. Se adivinaba su temor, incluso su miedo. Les hicimos comprender que no debían recelar de nosotros, que no pretendíamos causarles problema alguno. Los invitamos a sentarse a nuestro lado y les obsequiamos con algún pedazo de pan blanco y onzas de chocolate, puros y cigarrillos, que teníamos en abundancia. Se percataron rápidamente de nuestra situación y se acomodaron junto a nosotros, sobre la mullida paja. Una vez superada su inicial desconfianza, nos preguntaron sobre nuestras andanzas en el frente, cómo nos habían hecho prisioneros, sobre nuestra estancia en cautiverio. Todos nosotros, unos más y otros menos, teníamos algo que contar de nuestra experiencia en la guerra así como de nuestra reclusión en Alemania y satisficimos ampliamente su natural curiosidad.
Salimos de Domodossola ya de noche, pero, como el tren avanzaba a paso de tortuga, llegamos a Milán a las siete del día 24, la víspera de Navidad. Pero los disgustos y las amarguras no habían terminado. Incluso fueron mayores, porque tanto los ciudadanos como el personal de servicio de la estación nos acogieron con una frialdad y un desafecto que mostraba su desagrado y desconfianza ante la llegada de nuestro convoy, como si nosotros en lugar de ser los restos de un ejército victorioso, que se había batido por ellos, fuéramos unos apestados, transmisores de una epidemia. Qué diferencia entre la recepción calurosa y festiva que nos habían dispensado a lo largo de nuestro trayecto por Suiza y el desconcertante recibimiento en la capital lombarda, que nos causó un grave daño moral y nos alteró profundamente. Mal debía estar Italia para, habiendo ganado la guerra, otorgarnos tal acogida, carente de cariño y amabilidad y llena de gestos despectivos. Paradójico comportamiento la de aquellos que habían evitado el frente y no habían soportado grandes sacrificios, que no se sentían obligados a darnos calor, aliento y afecto.
El tren circulaba tan despacio que, cada cierto rato, se veía a alguno de los compañeros tirarse en marcha. Preferían hacer a pie el recorrido hasta su cercano hogar para llegar lo antes posible y poder disfrutar de la noche de Navidad en familia.
A eso de la una del mediodía llegamos a Bolonia. El deseo del reencuentro en fecha tan señalada, después de tanta calamidad, nos invadía. Continuamos víaje por la línea de la Porrettana, pero siempre muy despacio, lo que acrecentaba nuestras ansias por llegar. Nos informaron que nuestro destino era Tarquinia, un campo de concentración cercano a Roma. Entonces le dije al teniente que nos acompañaba que, aprovechando la fulgurante velocidad a la que circulábamos, al llegar a Florencia me bajaría en marcha, que mi mayor deseo era disfrutar de la Navidad con mis ancianos padres, tras los más de dos años transcurridos desde mi último permiso invernal. El oficial, con semblante sonriente, me respondió que tenía orden de conducirnos a Tarquinia y que si me escapaba podría meterme en líos, a lo que yo le contesté que nada sería peor que lo padecido en el frente y durante el cautiverio en Alemania.
Procediendo muy lentamente llegamos a Pistoia. Tras una breve parada se reanudó la marcha para a continuación volver a detenerse unos minutos en Montale Agliana. En media hora más alcanzamos Prato, desde donde ya se respiraba aire florentino, dada la poca distancia a la metrópoli toscana. Era noche cerrada cuando dejamos la ciudad de las hilaturas. Pasamos por Calenzano y Sesto Fiorentino. Al llegar a Castello, a lo lejos, divisé la capital toda iluminada, donde destacaban la cúpula del Duomo y la torre del Palacio Viejo. Me conmoví al tiempo que sentí una gran alegría.
La estación anterior a la Central de Florencia era Rifredi, donde yo pensaba, como fuera, abandonar el tren. Al entrar el convoy en el cambio de agujas y aminorar la velocidad para detenerse en el apeadero, aprovechamos, otros cuatro y yo, para bajarnos en marcha, saltando por el lado opuesto a la salida de los víajeros, por la parte de las vías, conocedores de la existencia de un paso a nivel cercano, que nos facilitaría la huida evitando los controles existentes. Tras caminar unos metros por la escarpadura de la plataforma, nos topamos con una pareja de carabineros, un guardia y su adjunto, un granadero, asignados a la vigilancia de la linea férrea. El responsable nos preguntó de dónde veníamos y nos solicitó la documentación. Respondimos que acabábamos de dejar el tren que estaba allí estacionado y que no disponíamos de ninguna identificación, que a bordo todos eran soldados italianos liberados de los campos de prisioneros en Alemania, de donde procedíamos. Según escuchó nuestra respuesta, el granadero se dirigió a su superior diciendo: "Deja que se vayan, pobres hijos. Así podrán llegar pronto a casa, a pasar la Navidad con sus padres o con la mujer y los hijos". El carabinero nos dijo que nos fuéramos corriendo y que si alguna patrulla nos paraba no reveláramos este encuentro, porque de lo contrario les crearíamos graves problemas y podrían ser castigados duramente.
Alcanzamos la carretera que se dirigía a Rifredi y nos montamos en un remolque del tranvía 8 que estaba allí parado. Como cobrador había una señorita que nos pidió el importe de los billetes. Le contestamos que sólo teníamos marcos alemanes, que rechazó por no poder aceptarlos. Nos conminó a apearnos para ella poder tocar la señal de trompetilla de orden de marcha, a lo que le repliqué que tuviera paciencia, que podía tocar la trompetilla o el trombón, pero que nosotros no nos bajábamos, porque teníamos prisa por llegar a casa. Mientras discutíamos con la tranviaria, se entrometió un anciano y distinguido señor, que, de forma arrogante, nos reprochó que no era una forma educada de tratar a una dama. Resentido le respondí que tenía razón, pero que nosotros no podíamos tener dinero italiano, porque, aún siendo italianos, eramos también, desgraciadamente, soldados italianos1, repatriados y provenientes de campos de prisioneros en Baviera. En cuanto escuchó mis palabras, el caballero cambió de tono y su actitud mutó de arisca a benévola, se dirigió a la cobradora, la tranquilizó, le pagó nuestros billetes y comentó lo mucho que debíamos haber sufrido. Al llegar al final de trayecto, en vía de los Pecori, se empeñó en llevarnos al bar Italia. Nos invitó a café, nos ofreció cinco cigarrillos a cada uno y nos dio dinero para poder coger el tranvía. Deseándonos felicidades, nos estrechó cordialmente la mano, se despidió y se fue a paso vivo.
Llovía y yo estaba en vía de los Pecori, esperando el tranvía 15 para casa. Vestía de forma desaliñada y estrambótica, ni de civil ni de uniforme militar. Llevaba unas polainas alemanas, un chaquetón de color amarillento de soldado italiano, una chaqueta que me había hecho confeccionar por un sastre en Bilburg, aprovechando un abrigo que me había regalado un prisionero francés, y me cubría con una gorra de paño de aire deportivo. Cargaba un baúl de madera con todas mis pertenencias. Llevaba tiempo allí y había tenido que dejar pasar dos o tres unidades porque mi voluminoso equipaje me impedía abordarlas. Rondaban la parada una pareja de carabineros que, por dos veces, me habían echado un atento vistazo, esperando mi reacción. Quizá mi extraña indumentaria les había levantado sospechas. Tras un rato de cavilaciones, decidí lo que consideré más conveniente, alejarme caminando, no fuera que a los uniformados les diera por interrogarme y terminara en el cuartelillo, perdiéndome la celebración de la Navidad en familia. Me encaminé hacia mi casa, pasando por la plaza Antinori, la Cruz del Trebbio, la plaza de Santa Maria Novella, la plaza Manin, recorrí parte del Lungarno Vespucci, que me llevó al puente colgante, donde crucé el Arno. Tras atravesar el barrizal de vía Bronzino, tomé la vía Pisana. Desde este punto hasta casa de mis padres había algo menos de dos kilómetros. Empecé a tener la sensación de que no llegaba nunca, como si, en lugar de avanzar, retrocediera, como si el camino no tuviera fin, tan grande era mi deseo de recorrer esa distancia rápidamente. Mi mente, cansada, comenzó a elucubrar, pensando si mis padres estarían vivos, si habrían tenido fuerzas para soportar tantos tormentos, especialmente mi madre a quien había dejado dos años antes delicada de salud. Con estos fúnebres pensamientos rondándome la cabeza, la fatiga acumulada y las fuerzas disminuidas , parecía que el camino no terminaba jamás.
Me dí ánimos para sortear el desfallecimiento. En la acera derecha de la vía Sant'Angelo me detuve para cambiarme el pesado baúl de hombro, a unos 120 metros de mi ansiado destino final. Me adelantó una pareja y el hombre, al verme, dijo a su acompañante: "Mira, María, este soldado vuelve a casa por Navidad". Él no me había reconocido pero yo me percaté de que era un viejo amigo de mi padre, por lo que me dirigí a él diciendo: "Cecchino, ¿qué tal va?". Me miró al oírme y, al darse cuenta de quien era yo, se ofreció a llevar mi equipaje. Recorrimos los pocos metros que nos quedaban hasta la morada de mis padres, en el número, en aquellos tiempos, 394. La casa no daba propiamente a la calle, sino a un pequeño patio, donde había otras dos viviendas. La puerta estaba abierta. Pensé que el conocido de mi padre, que se había adelantado, habría anunciado mi presencia. Entré directamente, saludando: "Buenas noches, ¿cómo va?". Mi pobre madre, que estaba junto al hogar, con el fuelle en la mano, gritó: "¡Mi niño!", y se me colgó del cuello, llenándome la cara de besos. Casi perdí el sentido por la emoción. Cuando me recuperé, pasado algún minuto, la garganta me ardía porque me habían hecho ingerir una taza de café con coñac muy caliente.

1 En la Gran Guerra, la existencia de imperios multinacionales como el otomano, el austrohúngaro o el ruso, y las grandes bolsas de irredentismo, condujeron a que muchos soldados combatieran bajo bandera distinta a la de su identidad nacional.
 
Ubaldo Baldinotti (1890-1970), nació en Florencia, hijo de un modesto zapatero. Fue un alumno aplicado que tuvo que dejar los estudios muy joven para ayudar a su familia, trabajando como orfebre y colaborando también con su padre. En 1911, fue llamado a filas y enviado a la guerra contra Turquía, aunque fue licenciado pronto por ser hijo único. Nuevamente reclutado en 1915, luchó en el frente del Trentino y en las trincheras del Carso. Hecho prisionero tras la debacle del ejército italiano en Caporetto, fue internado en un campo de concentración en Baviera hasta el final de la guerra. Durante su cautiverio padeció la gripe española de 1918. Escribió unos diarios que cubren todo el período de la Gran Guerra, conservados en el Archivio Diaristico Nazionale de Pieve di Santo Stefano, http://archiviodiari.org/. Maltrattati in Italia es un capítulo de esas memorias.

17 julio 2020

Elucubraciones de una lagartija

José Luis Chaparro



Cuando el gordo de mi jefe me llamó a su oficina, me invitó a tomar asiento y me habló poniendo cara de pena, sudando como recién salido de una sauna, se confirmaron todas mis sospechas. Lo que iba a hacerme era como cortar la cuerda de un alpinista en pleno descenso vertical, negar agua a un perdido en el desierto o robarle el abrigo a un esquimal en plena tormenta de nieve. Sentí la misma impotencia que sentiría una lagartija al ver, aterrorizada, cómo se agrandara sobre ella la sombra de una bota del 45 con refuerzo metálico.
—Lo siento mucho canija. Tengo que despedirte. El negocio no va bien, a la gente ya no le gusta pintar sus coches, los seguros pagan poco…
El mundo, el universo entero tenía la culpa, menos él, que era el dueño del negocio y de la bota. Apartó las llaves de su nuevo Mercedes, me colocó delante unos papeles y, con toda amabilidad, me ofreció su exclusivo Caran D’Ache de oro. «Eso es mentira. Quieres darle mi puesto al inútil de tu yerno», pensé mientras firmaba.
—Abre bien los ojos —dije conteniendo el impulso de decirle a la cara lo de su yerno— o llevarás este negocio a la ruina.
Cuando firmé, me arrebató el boli de la mano, recogió su copia con rapidez, supongo que temiendo que pudiera arrepentirme, y me entregó un sobre. «Cuéntalo si quieres», dijo, pero ni siquiera me molesté en hacerlo.
—El verdadero motivo de tu despido es para contratar a mi yerno —me espetó, como si se sintiera orgulloso de haberme engañado y soltó una sonora carcajada que hizo balancear su gelatinosa papada—. Espero no volver a verte la cara —añadió.
—Ojalá sea así. La porquería de sueldo que me pagabas tampoco me compensaba por aguantar la tuya… no te creas —repliqué resignada.
Me levanté, doblé el sobre y lo metí en un bolsillo trasero de mis vaqueros.
Una vez oí decir que guardar algún documento, por ejemplo una tarjeta de visita, en el bolsillo de atrás, era como hacer un desprecio a la persona que te lo entregaba. Lo hice adrede, por si mi jefe también lo había oído, y salí.
Por fin era libre para morirme de hambre. A mis cuarenta, a pesar de ser muy buena en mi profesión, el futuro no se me antojaba fácil.
En eso pensaba mientras caminaba absorta quitando restos de pintura de mis cutículas, cuando me sobresaltó el estruendo del claxon de un coche negro, detenido a un centímetro de mí. Del susto, faltó poco para que diera con mi pellejo en el suelo. El conductor, gigante como un luchador de wrestling, bajó del coche fúnebre con cara de asesino, como si quisiera convertirme en su cliente allí mismo, cuestionándose a gritos si yo era idiota mientras reprimía el gesto de propinarme un guantazo en toda la cara, lo que seguramente me hubiera dejado lista para ocupar la parte trasera de su coche.
Siempre pensé que si algún día fuera atropellada, prefería que lo hiciera una ambulancia o un elegante coche fúnebre como el que tenía delante, dependiendo de la gravedad de las lesiones. Así todos nos ahorraríamos muchas molestias. «No es momento para estas absurdas disquisiciones», pensé. Supongo que consciente del daño irreparable que me provocaría un solo bofetón suyo, ni siquiera demasiado fuerte, la ira del conductor pareció ir disminuyendo por segundos y aproveché para disculparme por el despiste.
El matón me dio la espalda, masculló una maldición y se metió en su coche. Mientras se alejaba memoricé la matrícula. Teniendo en cuenta que seguía viva después de mi encuentro con aquel mastodonte, pensé que si me moría pronto, sería de justicia devolverle el favor, sobre todo para bien de su negocio.
Mientras pensaba en ello noté que me dolía la rodilla izquierda. De nuevo me sentí tan insegura como una lagartija, esta vez, sorprendida tomando el sol en el patio de un colegio a la hora del recreo. Después de recorrer dos calles volví a ver el coche aparcado frente a una funeraria que no sabía ni que estaba allí, a pesar de que pasaba por la puerta a diario. Lo más probable es que no la hubiera visto hasta ese momento, ya que no entraba en mis planes morirme pronto.
Ensayé un poco la cojera dando cuatro o cinco pasos; di la vuelta, repetí y, por fin, me decidí a entrar.
—Hola. Quisiera hablar con el conductor del coche que está ahí fuera —pedí al magnífico ejemplar masculino del mostrador, que me dedicó una sonrisa mientras me observaba con curiosidad.
—Espere un segundo, por favor. Ahora mismo le aviso —respondió mientras descolgaba el teléfono y pulsaba un botón.
Era guapo y además, educado. Calculé que tendría treinta y pocos.
—Gracias —respondí, mientras oí que decía: «Papá. Te buscan aquí fuera».
Sonó una puerta y el matón apareció por el pasillo mirando al suelo. Me parecía imposible que ese bigfoot fuera el padre de aquel monumento del mostrador. Cuando el bigfoot levantó la cabeza y me vio, se detuvo un instante paralizado por la sorpresa y de repente aceleró su paso hacia mí.
—¿Qué pasa ahora? —masculló con malos modos, mientras colocaba su brazo sobre mi hombro empujando un poco para dirigirme hacia uno de los rincones, lejos de la puerta de entrada y alejado también del mostrador.
—Me duele la pierna. —dije señalando hacia abajo.
Eso lo descolocó y decidió retirar su mano, como si hubiera sufrido una descarga eléctrica.
—¿La pierna? ¿Y a mí qué me cuentas? ¿Qué te crees que esto es un hospital? Creí que sabías que a nuestros clientes ya no les duele nada.
—Eso ya lo sé. No necesito de vuestros servicios. Lo que quiero es que me des tus datos para el seguro —respondí casi susurrando— perdí mi trabajo hace un rato y necesito dinero. Si no, iré al médico y luego a la policía para contarles que me atropellaste —añadí para parecer convincente.
—¿Qué te atropellé? ¡Pero si ni siquiera te toqué!
—¡Ya! Tú y yo lo sabemos, pero ellos no. Además, a ti qué te importa. Tendrás seguro ¿no?
El matón se acarició la barbilla mientras me inspeccionaba de pies a cabeza. Creo que por un momento pensó en asesinarme allí mismo. Hubiera sido fácil. Después podía meter mi cadáver en una caja de las más baratas y sacarme de allí, teniendo en cuenta que a nadie le resultaría raro verlo salir con un fiambre.
—¡A ver! Tú, ¿qué sabes hacer… aparte de ensuciarte las manos?
—Reparo y pinto carrocerías. Soy experta en pinturas y tengo las manos limpias. Esto es pintura y no se quita. Ya viste lo que pasó cuando intentaba limpiarme las uñas. Por poco me cuesta la vida —respondí mostrándole el dorso de mis manos.
Quería mirar al monumento del mostrador, pero la imponente figura de su padre tapaba todo mi campo visual. Parecía hacerlo adrede.
—Así que reparas y pintas… ¿eh? Y eres una experta en pinturas. Vale. Si te doy trabajo… te olvidas ¿de lo otro? No es que me preocupe demasiado, ya que no podrías demostrar nada, pero tengo un puesto vacante y necesito cubrirlo.
—¿Que me darías trabajo? De qué.
—Pues de reparadora y pintora de carrocerías. De qué va a ser. Espera aquí un momento.
Mientras esperaba me acerqué al mostrador, pero él debió sospechar algo porque tardó menos de un minuto en regresar para entregarme un compact-disc dentro de una funda de plástico transparente.
—Te estudias bien esto durante el fin de semana y, si te interesa, el lunes vienes a las nueve, pero con las manos limpias. Si no, por tu bien, será mejor que no vuelvas a aparecer por aquí.
Cogí el disco, y si el mamut que era su padre no hubiera permanecido vigilante hasta que salí, hubiera cogido también a su hijo para llevármelo a casa. De todas formas, antes de salir le guiñé un ojo con disimulo, como haría cualquier lagartija habilidosa y él me devolvió una sonrisa que podría fundir acero.
Entonces me pasó como a sus clientes habituales: que ya no me dolía nada.
«Los sumerios, los egipcios, los romanos… preparaban los cadáveres, los perfumaban y los vestían con sus mejores galas para que los amigos y familiares pudieran verlos y despedirse de ellos…».
Así comenzaba el curso acelerado que debía aprender antes del lunes. Tres horas y media hablando de difuntos, que multiplicadas por cuatro veces que lo vi… pues eso: más muertos que en una película de Tarantino.
El lunes, a las nueve en punto, estaba en la funeraria. Al verme llegar, el modelo del mostrador me sonrió de nuevo, y no esperó para llamar a su padre. Todavía no sabía que estaba a punto de convertirme, por el momento, solo en su compañera de trabajo.
—¿Sabías que algunas religiones creen que el cuerpo no es más que una especie de carrocería? ¿Un envase no reutilizable? Es decir: que cuando muere el cuerpo, creen el espíritu lo abandona en espera de que se le conceda otro —me explicó el mastodonte, matón, bigfoot filósofo que después supe que se llamaba Juan.
—Apasionante.
Con la cara de asesino que puso, de nuevo me sentí lagartija; pero esta vez me duró menos.
—Como debiste ver en el curso, tu trabajo consistirá en reparar, maquillar y peinar a los fallecidos, además de perfumarlos y vestirlos para los velatorios.
—Vale.
—Si se trata de una mujer es probable que se te dé mejor, ya que pueden pedirte cosas como que le pintes los ojos y los labios de un determinado color porque en vida siempre lo hacía así; incluso algunos familiares desean que sean enterrados con sus joyas u otros objetos personales —decía mientras recorríamos el pasillo.
—De acuerdo. No hay problema.
Entramos a una sala. Tumbado sobre una camilla vi un bulto grande cubierto por completo por una sábana, excepto los pies.
—Ese será tu primer trabajo —dijo señalando hacia la camilla—. Tiene los ojos abiertos como platos. Lo recogimos ayer por la tarde. Se daba una comilona en un restaurante de lujo y, según dijeron, se atragantó con un trozo de solomillo al roquefort. Ahí tienes los utensilios, tu bata, su traje y una bolsita con sus efectos personales. Su familia desea que los lleve.
—Está bien —dije dispuesta a olvidar para siempre mi empleo anterior.
Como dijo mi jefe, lo más probable es que nunca más volviéramos a vernos las caras.
—Me marcho. Aquí encima te dejo estos papeles para que los leas y los firmes. Es el contrato.
Apenas presté atención a lo que leía. Cuando vi el sueldo y recordé la sonrisa del mostrador, supe que lo que me convenía era firmar. Necesitaba un bolígrafo y busqué entre los efectos del difunto.
Allí lo encontré.
Un exclusivo Caran D’Ache.
Y era de oro.

11 julio 2020

El atentado

Julio Sánchez Mingo

Fiscalía de Ciudad de México
El atentado cometido hace un par de semanas contra el secretario de Seguridad de Ciudad de México reúne todos los ingredientes que, día a día, minan, corroen el país norteamericano. Una situación ante la que todos, vergonzosamente, miramos para otro lado. Nos encogemos de hombros y nos autojustificamos pensando que, dada la estructura política, social y económica de México, es inevitable que sea así y que nadie puede cambiar nada. Cada cual trata de mantener su propio statu quo, mientras se encomienda a la guadalupana para que el desastre no lo golpee. Resignación y egoísmo a raudales.

Menudo cóctel se sirvió aquella infausta mañana de la agresión: violencia desatada, maldad infinita, crueldad, desprecio por la vida ajena, narcotráfico, un estado fallido, desigualdad, corrupción que todo lo impregna y todo lo ensucia, lo mejor y lo peor de los modos de vida, restaurantes de lujo en Polanco y un puesto callejero de quesadillas a la salida del metro Auditorio, infraviviendas en el extrarradio y mansiones en Lomas, alta tecnología para hacer el mal, balas perforantes del 50 (12,7 mm) y granadas de fragmentación, despliegue ostentoso de medios de autodefensa de un responsable gubernativo que no puede evitar la muerte de dos servidores públicos, una humilde familia que acude unida a trabajar y queda rota, una actividad económica irregular, informal como allí la llaman, y, poniendo la guinda, el furgón, supongo que robado, rotulado con una de las marcas que maneja el hombre más rico de la nación, uno de los diez mayores potentados del mundo, que los asesinos utilizaron como barrera.
Balance: unas abuelitas con mascarilla llorando desconsoladas en la acera, mientras se desarrollaban las labores periciales, y una familia sin recursos para poder dar tierra dignamente al sostén de todos ellos, que ese fatídico día reanudaba su actividad tras el confinamiento. ¡Qué pena!

06 julio 2020

Los próximos serán la bomba

Julio Sánchez Mingo

Recordando a Mercedes

Baile de la alpargata. Nuevo Casino. Pamplona. (pamplona.es)

Chon, como tantos pamploneses, está soñando todo el año con Sanfermines. Da gusto escucharle contar lo que le gustan y lo bien que lo pasa durante las fiestas. Es la pura imagen de la felicidad, de la ilusión, que transmite a todos los que la rodean.
Pero este julio no habrá Baile de la Alpargata en el Casino, encima del Iruña, donde siempre se ha divertido como una loca, marcándose unos pasodobles y desayunando chocolate con churros.
Es muy familiar y, todos los años, a la hora del chupinazo, el 6 de julio, reúne en su casa a parientes y amigos a brindar con tinto y champagne francés, y tomar lo que ella llama un tentempié. Siendo gente de buen yantar, nos podemos imaginar lo que zamparán: las ricas tortillas de patata que prepara, y rabas y croquetas y... Con esta juerga no creo que pueda terminar ni el morlaco del coronavirus, que menudos pitones tiene y terribles derrotes tira. San Fermín se merece la celebración y Chon disfrutar de ella.
Como es positiva y optimista se toma la suspensión de las fiestas con buen humor y no deja de pensar en las próximas, libres del microbio. Seguro que serán la bomba, marcarán época.

27 junio 2020

Convocatoria del V Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid


Se convoca el V Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid, el blog de Julio Sánchez Mingo, con arreglo a las siguientes bases:

1.- Podrán concurrir todas las personas que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad, con un máximo de 5 trabajos, excepto el vencedor de la IV edición de 2019.

2.- Las fotografías presentadas deberá reunir las siguientes condiciones:
a) Ser originales e inéditas.
b) No haber sido premiadas ni estar participando en ningún otro certamen.
c) El tema es libre.

3.- Los originales, en formato digital, se remitirán por correo electrónico, antes de las 24 horas del 30 de septiembre de 2020, a la dirección diariodemadrid@yahoo.com, con la mención en el asunto V Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid. En el mensaje se indicarán los siguientes datos: nombre y apellidos del autor, su dirección, teléfono, dirección de correo electrónico y títulos de las imágenes.

4.- El editor de jsanchezmingo.blogspot.com designará al Jurado. Éste estará compuesto por un mínimo de tres personas y realizará la elección final de la obra ganadora.

5.- Antes del 30 de noviembre de 2020 se publicará el fallo del Jurado en jsanchezmingo.blogspot.com. Simultáneamente será comunicado por teléfono y correo electrónico al autor triunfador, en cuyo momento se le informará también del lugar de entrega del correspondiente galardón, obra de un artista plástico de reconocido prestigio.
El trabajo vencedor será publicado en jsanchezmingo.blogspot.com en los días sucesivos a la proclamación del resultado, junto con una selección de obras presentadas al concurso.

6.- El premio no podrá declararse desierto. La decisión del Jurado será inapelable.

7.- No se mantendrá correspondencia con los autores de los trabajos presentados desde la publicación de la convocatoria hasta después del fallo del Jurado, excepto para la aclaración de cuestiones relativas a estas bases o a la correcta recepción de los trabajos presentados a concurso. La resolución de todas las cuestiones que puedan surgir o plantearse sobre este certamen son de exclusiva competencia del editor de jsanchezmingo.blogspot.com, en calidad de convocante.

8.- La participación en este concurso supone el conocimiento y aceptación de las bases que lo regulan, así como el acatamiento de cuantas decisiones adopte el editor de jsanchezmingo.blogspot.com en lo relativo a su interpretación y aplicación.

Madrid, junio de 2020

Diario de Madrid, el blog de Julio Sánchez Mingo

19 junio 2020

Relato ganador del IV Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2020
Un cuento para Sara
Jose D. Torres
Un cuento para Sara, de Jose D. Torres, de Puebla del Caramiñal (Galicia, España), ha resultado vencedor del IV Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2020.
Al mísmo han concurrido 182 trabajos que han sido enjuiciados por un jurado compuesto por 29 miembros, de México y España, a los que se agradece su labor. Sin ellos, este certamen no hubiera sido posible.
A todos los participantes, de América, Italia y España, muchas gracias por su esfuerzo y contribución y una efusiva enhorabuena al triunfador.
El correspondiente trofeo, una pintura del reconocido pintor Gonzalo Silván Lago, le será entregada al ganador este próximo otoño.

El editor dedica esta publicación a la memoria de Mercedes Lanz Piniés y al recuerdo de Cristina Pérez Gabrielli y su buen hacer artístico

Cristina Pérez Gabrielli (1952-2019)

Cuando ya la noche despertaba, Sara y Ana se juntaron en la habitación.
¿Qué cuento quieres esta noche? — preguntó Ana, mientras Sara se deslizaba bajo las sábanas.
El qué tu quieras. Esta noche eliges tú— respondió Sara.
Está bien, entonces voy a contarte la historia de Traste— dijo Ana mientras se acomodaba en la silla de madera cerca de la cama.
¿Ese cuento no será de una malvada bruja?, porque si es así, ya me lo sé — afirmó Sara de forma tajante.
No, no es de una bruja malvada— sentenció Ana.
Cuando Ana estaba a punto de pronunciar la primera palabra del relato, Sara levantó su mano derecha como quien pide permiso en clase para ir al baño.
¿No será la historia de siete enanitos que van al bosque? — susurró Sara.
No, tampoco. No es la historia de siete enanitos— declaró Ana con una mueca en su rostro.
Vale, venga, entonces sigue, que hoy te estás entreteniendo mucho— regañó Sara.
Ana carraspeó su garganta con la intención de aclarar su voz y dar comienzo a la narración.
Érase una vez, en un pequeño pueblo bañado por el mar, vivía una niña pizpireta de dientes separados y pícara sonrisa, a la que todos llamaban Traste.
Pero Ana, ¿de verdad en este cuento no sale ninguna bruja malvada?, ¿ni enanitos?, ¿ni siquiera una bella durmiente a quien un príncipe encantado despierta con un beso?— interrumpió Sara levantando su cabeza de la almohada.
Ana cerró los ojos con la intención de encontrar, en algún lugar de aquella oscuridad momentánea, una brizna de paciencia.
¿Quieres que el cuento tenga una bruja malvada, o siete enanitos, o una bella durmiente a quien despierte un príncipe encantado? — interpeló Ana resignada.
No, por favor, qué lata, mejor el de Traste.
Muy bien, pues entonces no me interrumpas— demandó Ana sonriendo.
Traste vivía con sus padres y su hermana pequeña Clara, con quien jugaba a la rayuela, la peonza e, incluso, a indios y vaqueros.
Los fines de semana ayudaba a su madre a confeccionar collares de conchas marinas que luego vendían en el mercado que se organizaba los viernes por la mañana en el pueblo. Con las exiguas ganancias, podían comprar una pastilla de jabón o una botella de leche si ese día tenían suerte y conseguían vender todo el género.
Un viernes, durante el rato que su madre se ausentó, una señora se acercó a su pequeño puesto. Para sorpresa de Traste aquella mujer compró todos los abalorios, dándole además una propina. Traste no podía creer la suerte que había tenido y al ver que su madre regresaba, guardó la moneda extra en el pequeño bolsillo de su vestido. Era, sin duda, su pequeño tesoro y su gran secreto.
Durante días, Traste le dio vueltas a la cabeza. No sabía que hacer con aquella moneda. Pensaba que debía dársela a sus padres, pero también que podía usarla para comprar algo, pero cuanto más cavilaba, menos sabía qué hacer.
Una tarde, mientras daba un paseo, vio como la tienda del señor Santos abría sus puertas y decidió entrar.
En el interior se disponían en una hilera perfectamente ordenada unos botes de cristal llenos de chocolates, caramelos y regaliz. Frente al mostrador se acomodaba todo tipo de material de papelería; cuadernos escolares de una raya como hilos de cometa, de dos rayas como las vías del tren, o cuadriculadas como su tía Avelina, al menos eso era lo que solía decir su madre. También había gomas de Milán, que no venían de la ciudad italiana, sino de la fábrica de Albacete en la que trabajaba su tío Sebastián. Y lápices de todos los colores como las flores que plantaba su tía Consuelo.
Traste caminó a lo largo del pasillo hacia el fondo del local. Allí encontró una estantería de madera con varios libros alineados cuyas portadas actuaron como un imán. Ojeó cada uno de ellos y en aquel preciso instante supo, con toda certeza, en qué invertiría su moneda.
¿Me quieres decir que Traste cambió una bolsa de chocolates por un libro?— interrumpió Sara abriendo los ojos como platos en señal de desaprobación.
No la cambió, simplemente se dio cuenta que lo único que quería era un libro— le aclaró Ana acariciando su mejilla con la yema de sus dedos. —Traste se fue al mostrador y pagó con su moneda la nueva adquisición.
Durante días se refugió en su habitación. Tendida en su pequeña cama navegó en búsqueda de una isla que escondía el tesoro de un famoso pirata. La emoción de sentirse alzada en el palo de mesana, apoyada sobre la cofa y gritar al viento, envolvió a Traste en un ciclón de sensaciones tan profundas que, cuando terminó de leer aquel relato, supo a qué dedicaría el resto de su vida.
No me digas que Traste se convirtió en pirata, ¡con lo mal que les huelen los sobacos!— censuró Sara.
No Sara, Traste no se convirtió en pirata. Después de leer aquel libro decidió ser escritora. En su interior sentía que se acumulaban miles de historias, tan fantásticas, como aquella que acababa de leer.
Pasaron los años y Traste escribió sin parar. Consiguió hacer reír de tristeza a muchos lectores y llorar de alegría a otros tantos.
Sin embargo, con el tiempo, su lucidez se fue apagando y sus personajes se perdieron entre sombras caliginosas, a las que no era capaz de reconocer. Sus relatos languidecieron relegados a meros objetos inertes para ella.
Ana notó que Sara se había quedado dormida. Se incorporó y le dio un grácil beso en la frente deseándole dulces sueños. Al salir, apagó la luz y abandonó la habitación.
Camino a su habitación su madre asomó la cabeza por la puerta del salón y preguntó: —¿Se ha dormido ya la abuela?
Sí, aunque le ha costado un poquito. Ya sabes que a la abuela Sara le gusta participar en los cuentos. Siempre ha sido muy traste.

Cristina Pérez Gabrielli


12 junio 2020

El parque de las llantas
Maricarmen Rizo
Fotos de la autora


DRAE. Llanta (América): Neumático.

Es el mejor parque de diversiones para los niños de la comunidad, no conocen muchos más lugares de entretenimiento, pero ahí pasan las mejores horas de su día, brincando de una llanta a otra. La mayoría de los pequeños que ahí van a distraerse jamás han visto juegos mecánicos, circos, ni mucho menos Disney. Sin embargo, viven momentos de alegría, bajo un sol abrasador, ideando nuevas formas de jugar con lo único que tienen: llantas y más llantas; las más codiciadas están pintadas de color.
Nuestro mágico parque está ubicado en alguna zona rural de Cancún, Quintana Roo, México, pero nada tiene que ver con el conocido atractivo turístico que ofrece está paradisíaca ciudad. En este emplazamiento improvisado no existe pavimento, ni alumbrado público, mucho menos una palapa o algo que los cubra del sol, la lluvia o el viento; los pequeños tienen que aprovechar la luz del día para jugar.
Y ahí, en ese inusual lugar, en un sábado de primavera, antes del coronavirus, cuando el termómetro marcaba 40 grados centígrados, pero con la sensación de 45 grados o más, apareció Leonel. Estaba descalzo, sin camiseta y con unas bermudas que apenas le llegaban a la rodilla. Detrás de él estaba Valentina, su hermana, ambos de entre 7 y 5 años de edad. Fueron los primeros en el punto de encuentro y esparcimiento de la zona.
Los pequeños llegaron corriendo y con una enorme sonrisa, habían hecho una reta para ver quien tocaba primero alguna de las decenas de llantas colocadas una detrás de otra a la intemperie. Algunas estaban colocadas en forma de gusano y tienen color gracias a que el papá de alguno de los niños puso manos a la obra para hacer más agradable el parque improvisado.
Es contrastante y conmovedor ver ese ingenioso centro de recreo en la considerada joya del Caribe, ahí donde se gastan miles de pesos y de dólares diariamente, pero que no alcanzan o no son bien distribuidos hacia todos sus habitantes. Está desigualdad parece no importar a los pequeños, que, al menos por ahora, no entienden y desconocen la desproporción de la que forman parte. Sin embargo, sí tienen un sueño: que algún día “traigan más llantas y algo pa' taparlas porque pican con el sol”. Así de simple, así de emocionante es lo que ellos esperan y así de triste para quienes conocemos otra realidad.
El reflejo en sus caritas es de felicidad auténtica, aquella que no necesita de lujos para jugar, imaginar, soñar y convivir. Son sentimientos contradictorios los que un adulto, con un poco de sensatez, siente al estar ahí frente a ellos. Por un lado, la alegría producto de la creatividad e imaginación, pero por otro ver de frente la cruda realidad de la gran desigualdad que tenemos en nuestro país, en una misma ciudad, en una misma colonia. Tomemos el ejemplo de la maravilla de maravillarse y disfrutar de unos simples neumáticos, de la belleza de las cosas simples, pero siempre aboguemos y ayudemos a los más desafortunados desde nuestras posibilidades.


05 junio 2020


Ligero de equipaje

Ugo Picazio


Después de diez años nos habíamos dejado. Mas para mí no se había acabado del todo... En estas cosas casi nunca hay coincidencia, uno de los dos sufre, puede que, incluso, los dos. !Menudo descubrimiento el de este tío raro! Lo que voy a narrar no tiene nada de original.
Por ello, querido lector, te doy las gracias por tu benévola atención.

Se conmemoraba en Livorno la fundación en 1921 del Partido Comunista ―no te asustes, no voy a hablar de política―. Tren de Formia a Roma y, desde allí, en autobús, hasta el lugar de la celebración.
Yo sabía que ese día ella iría a la capital, a su curso de pintura. Después de varios meses sin vernos, le pedí que hiciéramos el viaje juntos hasta Termini. Ella tenía que subirse en Fondi. Coincidir en el mismo coche no supondría problema alguno gracias al móvil, que hace tan fácil ciertas cosas. Mis jóvenes compañeros, prevenidos, guardaron para ella el asiento contiguo al mío. Yo disimulaba indiferencia. En Fondi no me contuve, me asomé a la ventanilla y allí, en el andén, estaba ella.
Cálmate, apacíguate corazón. Qué guapa es, demasiado para mí.
Aparece, la presento a los amigos más cercanos y nos acomodamos juntos.
¿Qué le voy a decir?
Qué bien te cae esa chaqueta...
Gracias Ugo― y me regala media sonrisa... Se pone enseguida, relajadamente, a consultar su Facebook. Podía dejarlo, pero no. Monte San Biagio, Priverno, Latina... su mirada siempre clavada en la maldita pantalla. De vez en cuando una risita por algo gracioso que oculta con el dedo.
Coño― pienso yo, menuda metáfora sutil. Tantos años juntos y ni siquiera me pregunta: ―Gilipollas, ¿cómo te va?
Mi corazón ha restablecido su frecuencia normal, algo ha cambiado. Las mujeres, como dice la canción, saben cuando el juego se ha acabado. Mi cariño ya no se refleja en ella, no encuentra en ella el espejo que multiplica las emociones. No hay luz que brille... rien ne va plus!

Yo, para todo viaje,
siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera,
voy ligero de equipaje.

Me viene a la cabeza, no se por qué, este poema de Machado... Ya no hay tercera en los trenes y los asientos no son de madera. Pero, ligero de equipaje, eso sí me siento. Don Antonio realmente no habla de maletas, habla de un viaje interior sin apegos, disfrutando del momento presente, sin tener prisa por la llegada a la estación de destino, austero y humilde. Y también sosegados tienen que ser los pensamientos... Ya está bien de rumiar siempre lo mismo: ―¿Que mal le he podido hacer? No es justo que ya no me quiera. Necesito una cura milagrosa, estas elucubraciones mentales me dañan. Tengo que cambiar, tengo que decidirme ya —decidir, cortar, caedo, caedis—, algo parecido al corta y navega que decíamos nosotros los chavales en una lejana Madrid de otros tiempos, imitando con dos dedos unas tijeras.
Yo con mis reflexiones. Ella ahora en Instagram.
Campoleone, me levanto y, por fin, me dirige la palabra: ―Sigues con tu ansiedad, !todavía faltan diez minutos para la llegada!
Me arrepiento de mi contestación, mientras le digo: ―A ti tampoco se te ha pasado la costumbre de romper los cojones. !Me levanto porque no quiero estar a tu lado ni un minuto más!
Nos bajamos del tren con nuestras banderas enrolladas, a toda prisa, los autobuses no esperan.
Su voz me persigue: ―Ugo espera, ¡dime qué pasa!
No pasa nada.
Cuando estoy enfadado camino muy rápido y nadie me alcanza.
Regresamos muy tarde, tenía la voz enronquecida de chillar eso de: ―Viva un gran partido comunista―, con una intensidad que poco tenía que ver con mis pasiones políticas.
Mucho mas ligero de equipaje, empieza otro capitulo de mi vida.
A ti, mi amigo lector, y también a mí mismo, deseo felices singladuras y fuerza y tesón frente a las tempestades. Ad maiora!