11 agosto 2017


YO SOLO SOY UN NIÑO

Matilde Bueno Aguado





1 NIÑO

Niño era solamente un niño.
Cuando alguien le preguntaba: “¿Tú cómo te llamas, chaval?”
- Me llamo NIÑO.
Eso si contestaba. Y si podía, hacía como que no había oído. “Sordo, seguro que es sordo”.
“Y a ti que te zurzan”. Solo que no lo decía. Lo que más le gustaba era lo que nunca decía.
Para mamá siempre era mi niño. “¿Has visto qué guapo es mi niño? ¿Sabes que quiere ser bombero?”
Todavía notaba ese escozor en los ojos cuando pensaba en MAMÁ. Siempre.



2 BOMBERO

Lo primero que llama la atención de Bombero son los ojos. Y eso que todo él es atractivo: las piernas tan largas, la sonrisa franca, su aire indolente. Pero sobre todo los ojos color de miel.
- Y tú, chaval, ¿cómo no estás en la escuela?
No era la primera vez que veía a ese niño. Debía vivir cerca porque cruzaba el Parque de Bomberos por allí y a menudo siguiendo a un pájaro rarísimo.
A Bombero le gustaban los niños. Y éste, además de gustarle, le intrigaba.
- A ver, estoy esperando tu respuesta.
El que Bombero le hablara era algo tan emocionante que ni siquiera buscó una excusa.
- Me escapé.
- Lo haces con frecuencia. Te he visto muchas veces.
- ¿TÚ me has visto?
- Sí. Y también a un pájaro muy feo que va contigo.
- No es feo. Es un Ave del Paraíso. Y me quiere.
- Lo entiendo; pero cuéntame por qué te escapas.
- Porque me aburro y porque huele a borrego el colegio. El campo si que huele rico, menuda diferencia.
- Y si no estudias, ¿qué serás de mayor?
- Seré bombero como tú.
- ¡Vaya sorpresa! Quieres ser bombero pero no te interesa estudiar.
- Claro.
- Pues fíjate en mí. Yo tuve que ir muchos años al cole antes de dedicarme a lo que me gustaba.
Niño le mira pensativo.
- ¿De vedad?
- De la buena.
- Vale, pues… a lo mejor estudio. Pero ¿me dejas ser tu amigo?
- Ya soy tu amigo. ¿Quieres saber cómo me llamo?
- Ya lo sé. BOMBERO




3 MAMÁ

Tuvo un sueño precioso.
Paseaba por el bosque, rodeado de árboles altísimos. Olía a tomillo, a romero, a jara, a pino, a tierra mojada.
Encontró una casa acurrucada contra el tronco de un árbol hueco. Y de la casa salió MAMÁ.
Cuando lo abrazó, era tan suave y olía tan bien como NIÑO la recordaba. Pero su sonrisa aún más dulce.
La besó muchas veces. No se cansaba de besarla ni ella de sonreírle. Sin palabras. Solo queriéndose.




4 NEGRO

Mientras caminaba no iba triste porque aún estaba lleno de MAMÁ.
Se cruzó con un Negro de esos que dicen que llegan de muy lejos, en unos barcos que llaman pateras y que, según cuentan, a veces ni llegan, porque se quedan en el mar hasta morirse de frío.
Y piensa que antes de morir también soñarán con ver a su madre y con que les besa y les sonríe.
Por eso, cuando se cruzó con el Negro le dio la sonrisa más bonita que guardaba y el negro le contestó con su sonrisa más blanca.
Aquel día había sido maravilloso para él y hubiera querido compartirlo. Se rebuscó en el bolsillo para ver si tenía algo que ofrecerle. Sus bolsillos estaban vacíos, como siempre.
El Negro le pasó la mano por el pelo y le preguntó algo. Pero en un idioma muy raro que no entendía. Quizás fuera lo mismo que le preguntaba todo el mundo y, por si acaso, respondió:
- Me llamo Niño.
El negro dijo entonces:
- Adiós, Niño. Te quiero Niño.
Y Niño contestó:
- Adiós Negro. Te quiero, Negro.




5 CHICA

Chica lloraba y lloraba. Tenía un moratón debajo del ojo.
- ¿Qué te han hecho, Chica?
- Era un mal nacido.
- ¿Y por qué vas siempre con esos hombres tan malos?
- No parecen malos al principio. Y luego, ya ves.
La mira sin saber qué contestar. Está preciosa. El pelo rubio y lacio recogido en la nuca y los ojos casi iguales que los de Niño. Azules. Azules y con todo el firmamento dentro.
- Es que estoy muy sola. Y necesito que me quieran.
- Yo te quiero.
- Y yo a ti. Pero tú no lo entiendes. Sólo eres un niño.
Rebusca en su cabeza qué puede decir. Ella tiene razón. Sólo es un niño.
- Después de Mamá tú eres la chica más preciosa que he visto en mi vida. Y te pareces a ella. Muchísimo. Tan preciosa como ella.
Siempre le dice cosas como esa. Sólo es un niño.
- Quisiera ser mayor para poder casarme contigo. Cuando sea mayor voy a casarme contigo, si tú quieres.
- Ojalá… Cuando tu seas mayor yo seré casi una ancianita. Ojalá fuera posible.
- Bueno, pero tú has de encontrar un buen hombre, ya lo verás.
Ella sonríe y callan luego. Es un silencio bonito, de los que les gusta a los dos. Hasta que lo rompe Niño.
- ¿Esta casa es tuya?
- Sí. Era de mi abuela y ahora es mía. Es lo único que tengo.
Están sentados en un banco de piedra adosado a la pared. Tienen delante los refrescos de limón que siempre le prepara Chica. Nadie los hace como ella.
- ¿Por qué nunca veo a tu madre?
- Porque no tengo madre.
- Todo el mundo tiene madre. Si no se ha muerto, como la mía.
- Yo no.
Después de una pausa muy larga. Pensativo:
- ¿Y tu padre?
- No tengo padre. Ya lo sabes. No tengo a nadie. Sólo tenía a mi abuela. Y ahora tampoco.
Niño se abraza a ella mucho rato. Y luego, bajito:
- Pero me tienes a mí.




6 AVE

La naturaleza era su amiga. Siempre. Los árboles sus amigos. A ellos les contaba secretos y ello oían y callaban.
Y también se los contaba a Ave.
Decían que era fea, que perdía plumas y ensuciaba todo. No le importaba. Era su amiga y la quería.
Y ella también lo quería. Se sentía importante cuando la llamaba Ave del Paraíso.
- ¿Que por qué del Paraíso? Pero tonta, ¿no te vi bajar del cielo? Pues eso.
Sólo le fastidiaba su manía de andar un metro por delante de él.
- ¡Qué te va a pillar un coche, so tonta!
Y como si nada.
A ella le contó lo de padre un día que estaba muy triste.




7 PADRE

- Padre no es malo ¿sabes? Qué va, no es nada malo. A Mamá la cuidaba muy bien hasta que nos dejó. Pero luego me traía a la pedorra. Claro, yo lo entiendo, es que el pobre está muy solo. Como yo. Pero bueno, yo sólo soy un niño.
Y un día va y me pregunta:
- ¿Te gusta mi amiga?
Y yo:
- No.
Y él:
- ¿Por qué?
Y yo:
- Porque es una pedorra y además con las tetas gordas.
Y él venga a reírse.
- ¿Y qué tienen de malo las tetas gordas?
- No sé, a mi no me gustan. Si acaso un poco, como Mamá.
Ahí se puso más serio.
- Bueno, hijo, déjalo.
Pero él no lo dejó y un día aparecieron los dos muy contentos y ella venga a pavonearse y a hacerse la simpática.
- Ven aquí, hijito. ¿Te gusta mi traje?
Era horroroso, pero ¿qué iba a decirle?
- Sí, señora.
- Mamá. Ahora has de llamarme mamá.
- Sí señora.
- ¿No me oyes, monín? A mí has de llamarme mamá.
- Si señora.
- Pero bueno ¿este niño es tonto o se lo hace?
Y padre:
- Déjalo, mujer, ya se acostumbrará. Es que es muy suyo.
Yo no sabía qué era ser muy suyo, pero como sirvió para que me dejara en paz la pedorra, me gustó.
Y desde entonces, cuando algo no me interesa, digo:
- Yo es que soy muy suyo.




8 CHISPAS

Cuando él llego a la casa, Chica tendía la ropa de unas cuerdas. Ella no lo sabía, pero ¡qué bonita estaba!
La mirada embobada de bombero la hizo sonreír.
- ¿Sucede algo?
- ¿Es aquí donde venden fuego?
Lo contempla pasmada:
- ¿Cómo dices?
Y él, despierta.
- Perdona. Recibí el aviso de que aquí había fuego. Como ves soy bombero.
- Pues no, mira, de momento aquí ni hay fuego ni se vende nada. Creo que alguien te ha gastado una broma.
- No sé. En realidad fue una llamada muy extraña y brevísima. Un niño excitado que sólo gritó estas señas y añadió: “¡rápido, rápido!”.
Una luz se enciende en el cerebro de Chica. La misma que brilla en sus ojos. Y en los de él.
Porque cuanto más se miran menos entienden lo que está pasando.
Los ojos azules se han quedado atrapados en los ojos dorados. Y ha saltado la chispa.
¿Qué le ocurre a Chica?
¿Y qué le ocurre a Bombero?




9 Capítulo final YO


Hay una calle conocida.
Hay un bombero novato que no sabe que detrás del pajarraco siempre corre un niño.
Hay un frenazo. Gritos. Y un ave que vuela hacia el Paraiso.

Al escuchar el frenazo pego un salto que me arroja de la cama.
Pero no era un frenazo. Era el despertador, sobre la mesilla, que me arrancaba del sueño.
Y lamento que nunca conoceré el final de esta historia.



Julia Sánchez Tijero (detalle)











04 agosto 2017

Dolomitas. Patrimonio de la Humanidad


Texto y fotos de Julio Sánchez Mingo

Los pies de las imágenes de rocas son de Javier García Guinea, geólogo, profesor de investigación del CSIC en el Museo Nacional de Ciencias Naturales


A Marisol


Los Dolomitas, también llamados Montes Pálidos, Dolomites en ladino, la lengua autóctona del territorio, que no se debe confundir con la lengua de los sefardíes, Dolomiti en italiano, Dolomitis en friulano, Dolomiten en alemán, son un conjunto de grupos montañosos de los Alpes Orientales que se distribuyen por las regiones italianas del Véneto, Trentino-Alto Adigio y Friuli y, más concretamente, por las provincias de Belluno, Trento, Alto Adigio, Údine y Pordenone.
En 2009 fueron declarados Patrimonio Material de la Humanidad por la UNESCO.

Los Dolomitas toman su nombre del naturalista francés Déodat de Dolomieu (1750-1801), que fue el primero en estudiar el característico tipo de roca predominante en la zona, que en su honor fue bautizada dolomía, y que está formada principalmente por carbonato doble de calcio y magnesio, (MgCa(CO3)2). Esta composición química da lugar al fenómeno, denominado en italiano enrosadira, que proviene del término ladino que significa volverse rosa, por el cual las rocas dolomíticas adquieren un color rosa, que gradualmente va virando a violeta, al incidir sobre ellas los rayos del sol al atardecer.

Atardecer sobre el Gruppo delle Odle. Val di Funes

La génesis de este tipo de roca carbonatada comienza hace 250 millones de años, en el Triásico, en mares poco profundos y de aguas cálidas, alejados de la actual localización de los Dolomitas, con la acumulación de conchas, corales y algas calcáreas, en un ambiente marino y tropical similar a las actuales barreras de coral de las Bahamas y de Australia oriental. En el fondo marino se apilaron centenares de metros de sedimentos que, por su propio peso, y habiendo perdido los fluidos internos, se transformaron en rocas. La colisión de las placas europea y africana, orogénesis alpina, hizo emerger estas rocas que se alzaron más de 3.000 metros sobre el nivel del mar.

Montañas y grupos destacados de los Dolomitas son las Tres Cimas de Lavaredo, Pale di San Martino, Monte Civetta, los Dolomitas de Brenta, Gruppo delle Odle, Gruppo di Sella y el macizo de la Marmolada. Curiosamente siempre se dice que la Marmolada es la altura máxima de los Dolomitas con sus 3.348 m. a pesar de que no es un macizo estrictamente dolomítico, ya que en la composición de su roca dominan calizas blancas muy compactas, derivadas de escolleras coralinas, con inclusiones de material volcánico.

El paisaje de los Dolomitas se caracteriza por la presencia de grandes superficies de depósitos detríticos, fruto de la fuerte erosión causada por el hielo, la nieve, el agua, el viento y el contraste frío-calor.
Los Dolomitas son unas montañas bellísimas, agrestes, que surgen de valles cubiertos de bosques de coníferas de gran altura y de prados y pastos espléndidos.

La cubierta arbórea de los Dolomitas se compone del alerce, Larix decidua Mill., conífera caducifolia, la pícea, Picea Abies L., el característico árbol de Navidad, también llamada abeto rojo, el abeto blanco, Abies alba Mill., es decir, el abeto propiamente dicho, el pino silvestre, Pinus sylvestris L., el pino cembro, Pinus cembra L., y, a gran altitud, el pino mugo o pino negro de montaña, Pinus mugo Turra.
Todos ellos alcanzan portes elevadísimos, de hasta 40 metros, excepto el pino cembro, que sólo llega hasta los 25 metros y el pino negro de montaña que, por su elevada estación, sometido a condiciones climatológicas muy adversas, suele presentar carácter arbustivo o rastrero.
El alerce, la pícea y el pino cembro no existen silvestres en la Península Ibérica. El cembro es la única especie del género Pinus en Europa cuyas acículas se agrupan en número de 5 en cada braquiblasto, en lugar de 2 ó 3, como sucede con el resto.

En el mes de julio, período en que tiene lugar la primavera alpina, los Dolomitas son un inmenso jardín cuajado de flores, un verdadero paraiso.

No hace falta decir que los Dolomitas son una auténtica joya de la Naturaleza, que debemos preservar y conservar para deleite de todos nosotros y de los que vienen detrás.

Gruppo delle Odle, desde Santa Maddalena, Val di Funes. La aguja más alta es el Sass Rigais (3.025 m.)
Pequeña iglesia de San Giovanni en Ranui, pedanía de Santa Maddalena, con el Gruppo delle Odle al fondo
Val di Funes desde Ranui, con la pequeña iglesia de San Giovanni en primer término

Pale di San Martino desde el Passo Rolle
Pale di San Martino desde el Plan della Vezzana

Pastos en el Plan della Vezzana

Pasto de alta montaña por encima del Plan della Vezzana, sobre un acantilado que cae a plomo sobre la subida al Passo Valles. Provincia de Trento

En la primavera alpina, en el mes de julio, los Dolomitas son un jardín florido

Prado florido subiendo de Passo Falzarego a Forcella Averau

Amapola amarilla rética (Papaver alpinum L. sub. rhaeticum), captada en la subida a la Forcella Averau desde Passo Falzarego

Cardo de bellísima tonalidad

Averau (2.649 m.)

Panorámica desde el Nuvolau (2.575 m.)

Cinque Torri, academia de los escaladores de Ampezzo, y el valle del mismo nombre, con Cortina, al fondo

Libando de una raiz de bicho mayor, también llamada árnica borde o falsa árnica (Doronicum grandiflorum Lam.)

En primer término, un alerce. En segundo plano, píceas

Una pícea y un pino compiten con las agujas dolomíticas por alcanzar el cielo

Los Dolomitas de Ampezzo y, en primer plano, Cinque Torri, desde la ladera este del Averau (2.649 m.)

Gruppo delle Tofane. Dolomitas de Ampezzo

Tofana di Rozes (3.225 m.) desde el Plan del Menis

Las Tres Cimas de Lavaredo (2.999 m.), el grupo más emblemático de los Dolomitas

Panorámica desde el refugio Auronzo, a los pies de las Tres Cimas de Lavaredo, a primera hora de la mañana

Dolomía con inclusiones de óxidos de hierro

Formación de estratos verticales de dolomía con intercalaciones de margas carbonosas

Detalle de los planos de estratificación de las dolomías con margas carbonosas

Lago de Valdaora. Alto Adigio

Flores, prados, grandes coníferas, agrestes agujas y .... el cielo: Dolomitas

Para completar el disfrute y la admiración de la Naturaleza en los Dolomitas, nunca viene mal aprovechar el viaje y cultivar el espíritu con la contemplación de obras maestras de los grandes genios de la Humanidad en la Pinacoteca de Brera de Milán.


Pietà (detalle). Giovanni Bellini. Pinacoteca de Brera


Cristo morto e tre dolenti (detalle). Andrea Mantegna. Pinacoteca de Brera

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28 julio 2017

Estampas veraniegas
Vacaciones en la playa
Julio Sánchez Mingo

Las vacaciones en la playa son las chanclas, los michelines, el bikini, las marcas del bikini, las gordas, los embarazados, la tumbona, la silla plegable, el olor a fritanga, las picaduras de los mosquitos, el calor, el sudor, la crema bronceadora, la arena, la sal, el sol, las quemaduras del sol, la música atronadora, la toalla, el bañador, las sandalias franciscanas, las hamacas de la playa, el encargado de las hamacas, los esforzados que apilan las hamacas, jugar a las paletas, la paella que sirven media hora después de la ensalada cuando los niños se han comido el pan y los mayores atiborrado a cerveza, el camarero sudoroso, la expedición familiar a la vuelta de la playa, el coche al sol, los atascos, los pantalones piratas, las camisetas de tirantes de ellos, el apartamento para cuatro ocupado por ocho, las tribus familiares, la parejita acaramelada, la pareja aburrida, el chiringuito, la siesta, los canalillos, el socorrista, los guiris, los vendedores ambulantes, los puestos de vendedores de artesanía, las fiestas del pueblo, Paquito el Chocolatero, las atracciones de feria, los bailes de salón en el hotel, los bailones, el hideputa montado en un ruido, las adolescentes en el paseo, las panteras en la discoteca, las colchonetas hinchables, los patinetes, los patines, las bicicletas, el sinparar de hacer fotos con el móvil, las gafas de sol, las gafas de bucear, las aletas, la sombrilla, el cubito, la pala y el rastrillo, los manguitos, las gorras, el toples, la música bacalao, el Despacito, el reggaetón, el coche tuneado de música ensordecedora, la abuela en el paseo llamando a voces por el móvil a Bilbao, los niños desaforados en la piscina, la misa de los domingos de los últimos irreductibles, las moscas, la compra en Mercadona, las colas en la farmacia, el mercadillo, el bar de los holandeses ruidosos, los ingleses borrachos, el camping, la barbacoa en el camping, el club naútico, el caricaturista en la plaza, el músico callejero, los madrugadores corriendo por el paseo al amanecer, las negritas senegalesas haciendo trencitas, las noches de calor sofocante en un apartamento de cuarta línea de playa, la chicharra...... y la luna, esa cálida y naranja luna llena que está brotando ahora mismo del mar.

Altea, 9 de julio de 2017

Fotos del autor

14 julio 2017

Intuición
Jesús Ramos Alonso


El rojo de la sangre brotando de la herida en la frente, solo me produjo vacío en el estómago; en cambio el carmín pintando sus labios me repugnó. Quizá la similitud de los colores fue la que produjo un cortocircuito en mi mente y las imágenes se mezclaron en una amalgama macabra, sin explicación aparente. Pero vayamos por partes.
Paseaba con mi mujer y, al ver de lejos el bulto, supe lo que era. No sé cómo pero lo supe.
—Anita, ahí hay un muerto.
—¡Por Dios, no me asustes! —respondió.
Poco antes ella me había dicho:
— ¿No notas algo raro?
— ¿Algo raro? —dije extrañado.
—No sé, el aire tiene algo diferente.
— ¿Pero qué? —insistí.
—No sé…pero hay algo —dijo de tal manera que lo acepté como un axioma.
A veces, elementos aparentemente irracionales disparan mi imaginación y, como si no dependiera de mí, crean una historia que mi conciencia acredita como cierta. Es como si viajara por un túnel invisible que me conecta con una realidad ajena: seguramente simple intuición. Esta fue una de esas veces.
El campo era llano, la hierba tupida apenas presentaba ondulaciones y aquel bulto era un borrón de tinta en un folio en blanco.
Aunque la luz de la mañana era limpia, el bulto presentaba un contorno impreciso y difuso. Al acercarnos vimos que estaba aureolado por una nube de moscas, las vacas pastaban cerca. A la distancia en que nos encontrábamos no se distinguían los detalles pero, por las extremidades, comprendimos que era un cuerpo humano. Retrocedimos asustados hacia el pueblo, a mitad de camino ya había cobertura para el móvil; hablamos con el alcalde pedáneo y le explicamos lo que pasaba y donde nos encontrábamos.
Media hora después apareció un todoterreno de la Guardia Civil. Sentada detrás venía una mujer vestida de paisano; tras saludarnos y pedir que nos identificáramos nos dijo que estaría a cargo de la investigación. Era rubia y muy guapa, parecía recién duchada y todo en ella irradiaba frescura; “como ha cambiado la Benemérita”, pensé. Delante iban el conductor y un acompañante, les conocíamos de vista del cuartelillo; presentaban un aspecto desaliñado, el uniforme arrugado y sin afeitar, como si llevaran mucho tiempo de guardia. Dos caras de la misma moneda.
Ramírez, que así se apellidaba la inspectora, se acomodó delante para dejarnos más espacio. El coche avanzó por la pista. Uno de los guardias explicaba las características del pueblo y de la zona que Ramírez no conocía, pues pertenecía al servicio de criminalística. Un bache nos hizo saltar en el asiento y la inspectora miró al conductor con cara de pocos amigos,
—¡Ponga más cuidado, cabo!
—La pista está muy mal, mi sargento —dijo éste, azorado, a modo de disculpa.
El otro número carraspeó y continuamos en silencio el resto del trayecto.
Al llegar a la altura del cadáver, Anita y yo permanecimos en el vehículo. Por la ventanilla se veía el cuerpo encogido, de lado y dándonos la espalda.
Mientras uno de los guardias tomaba notas al dictado de Ramírez, el otro hacía fotos del muerto, del terreno alrededor, de las huellas de pisadas, que habían tenido buen cuidado de no mezclar con las suyas…
Al terminar el reconocimiento la sargento se dirigió a nosotros:
—Parece que pudo ser ayer por la tarde, ¿notaron algo raro en el pueblo?
La miramos negando con la cabeza.
—Nada, este es un pueblo muy tranquilo — dijo mi mujer.
Nos mostró el DNI de Raimundo Fontiveros, la víctima, con la foto.
—¿Le conocen? —preguntó.
—Claro—respondí—es ganadero, en verano sube sus vacas a estos pastos.
La lozanía del rostro de la mujer había desaparecido y ella debió notar mi aprensión pues, ladeándose, se quitó los guantes de látex y sacó del bolso un espejito y un lápiz de labios, en un intento de recomponer la frescura perdida. Justo en ese momento me vino a la mente la imagen del muerto, pero con la cara de Ramírez.
Para el pueblo aquello fue una hecatombe. En verano se llenaban las casas, aunque no seríamos más de ochenta vecinos, todos conocidos cuando no parientes. Alguien debió ver pasar el todoterreno, o, aunque Raimundo vivía solo, echaron en falta la luz en su ventana, o quizá el pueblo lejos de ser un simple conglomerado de casas era algo vivo y detectaba la más mínima alteración de lo cotidiano cuyo ritmo atesoraba en la fuente, en el pilón o en el lavadero. Puede que la campana de la iglesia, con un extraño y desacostumbrado ronquido del viento en su interior, hubiera dado la noticia a los viejos y estos la hubieran transmitido a los demás. El caso es que cuando volvimos todos estaban en la calle y nos avasallaron a preguntas.
Después de aquello nada fue igual, la Guardia Civil hizo preguntas a todo el mundo, algunos volvieron a la ciudad esperando que el ambiente se calmara, Marcial, el del bar, no daba abasto para dar de comer y beber a los periodistas y veraneantes que se acercaban a curiosear…Nosotros nos quedamos pero cambiamos el itinerario de nuestros paseos.
El muerto tenía un balazo en la cabeza. El arma homicida no apareció así que la única hipótesis era el asesinato, pero las circunstancias no aportaban pista alguna ni del móvil ni de posibles beneficiarios de la muerte; en el pueblo no había secretos. Eso sí, a veces Raimundo, que era algo taciturno y sibilino, se ausentaba por unos días, lo que le daba una cierta aureola de misterio que no le importaba alimentar.
—¡No andarás tú con tías buenas!, una noche aquí y otra allá —, le espetaba un contrario en el mus.
—Envido a la chica — respondía serio.
Así era Raimundo, un tipo singular, y eso contribuyó a que comenzaran a circular rumores: que si narcotráfico, que si había una cuenta en Andorra, que si los asesinos eran sicarios y el crimen un aviso a navegantes o un escarmiento en la persona equivocada. La crueldad de la muerte daba pie a estas y otras explicaciones a cual más peliculera; por lo visto había un vídeo en el móvil del muerto…
A los pocos días, Ramírez nos citó en la comandancia, nos hizo pasar por separado, primero a Anita que estuvo muy poco tiempo. Luego entre yo a una sala donde estuvo mucho rato haciendo preguntas y, sobre todo, conjeturando, mientras hojeaba un libro. Hablaba despacio, con largas pausas en las que me observaba. La verdad es que aquello parecía más una charla de café que un interrogatorio, de hecho en algún momento me comentó que compartía conmigo los avances de la investigación por si me sugerían algo. Desacreditó las habladurías y afirmó que la mayoría de estos casos tenían una explicación local, que en el medio rural eran frecuentes las corrientes de odio o rencor que fluían entre generaciones y de repente se desbordaban. Yo no entendía muy bien qué hacía allí escuchando a Ramírez que, en esa ocasión, estaba especialmente radiante. Me enseñó el vídeo del que se hablaba en la calle, lo había grabado el asesino. Se veía a Raimundo con gafas de sol, como intentando defenderse. Congeló la imagen y amplio el detalle de las gafas en las que se veía, muy borroso, el reflejo del cámara-asesino. Ramírez me explicó que dispondrían en muy poco tiempo del patrón facial del individuo, lo que facilitaría la investigación. En ese momento se quedó callada, miró al gran espejo que había en un lateral de la sala y luego a mí, expectante, como si esperara que dijese algo. No sé por qué, pero la verdad es que me sentí un poco azorado, como si estuviese bajo la lente de un microscopio; no sabía qué decir.
Tras un largo silencio volvió a poner en marcha el vídeo, las imágenes de Raimundo gimiendo y tapándose la cara con los brazos, el cañón de la escopeta apuntándole a la cara, luego el sonido del disparo, el cuerpo desinflándose (me vino a la memoria la maravillosa fotografía del miliciano), y finalmente una toma del ánima del cañón echando humo...—imaginé las volutas atornillándose en el aire e impregnándolo con su letal contenido.
Cuando paró el vídeo me preguntó por el calzado que llevaba ese día, mis botas de montaña…
—¿Dónde están ahora? —preguntó.
—En la casa del pueblo —contesté.
—Tendrá que dejárnoslas.
Tras dirigir la mirada al espejo una vez más, me dijo que iban a venir unos colegas a “cumplimentar unas formalidades”, esas fueron sus palabras exactas. Seria, se levantó y salió de la sala.
Mientras esperaba me entretuve con el libro que hojeaba Ramírez, “Las tres caras de Eva”; leí la síntesis en la contraportada; la protagonista de la novela alternaba en su vida diaria entre personalidades diferentes.
En ese momento me puse a divagar pensando en quién podría ser el asesino del pobre Raimundo, y en qué tendrían que ver mis botas con todo aquello. De repente, sin saber por qué, intuí que en adelante iba a disponer de muchísimo tiempo; así que me apunté el título de la novela.     

05 julio 2017


Pero haberlos, haylos

Carmen Picazo Hernández


Pedro no creía en fantasmas. No le parecía posible que alguien del más allá, con independencia del tiempo que, o bien reposara en la tumba o bien hubiera sido sometido a cremación, fuese a presentarse a seres vivos por algún motivo, ya fuera una reclamación, un recordatorio o una dádiva. Y sí, creía en el espíritu, en l'âme-esprit, como lo llaman algunos franceses, una entidad que abandona el cuerpo físico en el momento del fallecimiento de una persona, algo en lo que no coinciden todas las opiniones de los entendidos: porque algunos creen que tardan hasta días en abandonar definitivamente ese cuerpo en el que hasta entonces habían morado.
Aunque no creyese en fantasmas, Pedro se había deleitado leyendo cuentos de tipo humorístico como El fantasma de Canterville de Oscar Wilde y también había conocido historias de los fantasmas más celebres, tanto de Madrid como de otras ciudades y pueblos. Cada vez que pasaba junto a la Casa de las Siete Chimeneas, tan cercana a la calle de Alcalá, no podía por menos que recordar la historia de esa bella mujer, vinculada a la casa real de los Austria, que se paseaba de vez en cuando por los tejados de ese edificio en el que vivió y que fue, al parecer, un regalo regio.
Incluso en el pueblo del norte de Guadalajara en el que la familia había pasado muchos veranos durante su adolescencia, en la casa rehabilitada de los abuelos de Pedro, se contaba la historia del Ahorcado, que en noches de luna llena se paseaba por la carretera y espantaba a cualquier despistado que, en época estival, no hubiera evitado quedarse en casa y hubiese preferido darse una vuelta por el lugar más fresco, precisamente las eras, a no más de diez metros de la casa del Ahorcado. Pedro no había llegado nunca a verlo, porque sus amigos del pueblo se negaban a salir de la plaza, no fuera a ser…
Él razonaba consigo mismo, sin llegar a ponerlo en palabras, que por qué no puede haber ningún fantasma feliz, que todos tienen a sus espaldas alguna historia terrible, como dicen los que se han ocupado en investigar su pasado. ¿Por qué aquellos que han tenido una vida dichosa no vuelven para contarlo? Eso era algo que a Pedro le extrañaba, que la finalidad de esta "gente" fuese la de repartir miedo y no la de animar, con la de sufrimiento que hay ya en el mundo actual… Si es que, como se dice, el espíritu se convierte automáticamente en algo mejor y más sabio una vez que deja el cuerpo. Pero callaba, sin ganas de discutir.
El tiempo pasó, Pedro se casó con Ana, con quien tuvo hijos, que crecieron y le dieron nietos. La casa del pueblo de Guadalajara era ahora suya, desde que fallecieran sus padres hacía décadas.
Verano de 2015. Calor insoportable en toda la Península Ibérica e incluso en Centroeuropa. Ana y él se fueron a pasar los tres meses, desde mediados de junio a mediados de septiembre, al pueblo de Guadalajara, donde al menos por la noche se podía respirar y dormir bien tapados. Un domingo en que el calor apretó desmesuradamente, la noche se presentó excepcionalmente cálida; pudieron, incluso, cenar en el porche sin tener que abrigarse como era lo normal. Hasta tal punto sintió Pedro la acumulación de calor que decidió proponer a Ana darse un paseo hasta la Fuente Buena, llamada así supuestamente para diferenciarla de la del pilón de la plaza, que no debía reunir garantías suficientes de salubridad para los lugareños. En opinión de Pedro, la Fuente Buena era llamada así por las mozas de otros tiempos, que iban allí a llenar los cántaros y los botijos y tener sus ratos de expansión con los mozos. Ana rehusó salir: estaba cansada porque habían pasado el fin de semana con ellos los hijos y los nietos y había tenido que guisar, preparar desayunos y meriendas, recoger todos los trastos que los críos habían dejado esparcidos por todas partes. Pedro lo entendió y se marchó solo.
Para ir a la Fuente Buena tenía que cruzar el lecho seco y pedregoso de un arroyuelo que sólo llevaba agua en invierno, otoño y primavera. Ahora tenía que encontrarse en la estación en la que prácticamente era sólo un recuerdo del pasado mes de mayo, hasta que volvieran las lluvias de octubre. Así que, con la poca luz de su linterna de bolsillo, se puso a atravesar lo que él creyó era esa franja seca y llena de piedras. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró con los pies metidos en agua y, al avanzar, el agua subió rápidamente, casi hasta su cintura. Al mismo tiempo tropezó en una gran piedra que debía estar en el fondo y cayó, haciéndose mucho daño en la rodilla izquierda. Intentó sin éxito levantarse, forcejeó y luchó por salir, pero el agua iba subiendo apreciablemente de nivel.
Desesperaba ya de lograr estabilizarse y salir de aquella corriente que Pedro nunca había visto tan arrolladora. De pronto, sintió que algo rozaba su mano: era una cuerda y parecía que en el otro extremo alguien la sujetaba con fuerza para intentar ayudarle a salir. Aprovechó la firmeza del tirón para poner de su parte y salir a la orilla del arroyo, convertido casi en caudaloso como por arte de birlibirloque. Fuera ya, se sentó y se palpó la rodilla, al tiempo que buscaba con la vista a su salvador. Éste estaba recogiendo la cuerda que había salvado a Pedro y, al llegar al dogal que había quedado en tierra, se lo pasó por el cuello, como si fuera algo totalmente natural. Pedro pensó que el detalle de la cuerda al cuello era muy revelador, pero por el momento no preguntó nada.
—Buenas noches, ¡¡¡muchísimas gracias!!!
—Bah, no es nada, son cosas que pasan con estas crecidas. Por cierto, a usted no lo conozco. Claro que no conozco a todos los que ahora viven en el pueblo…
—Soy Pedro Fernández, mi familia, mis abuelos, eran de aquí, los Quintanilla.
—Ah, sí, los conozco. Y usted ¿de dónde es?
— De Madrid, venimos a quedarnos todo el verano y el resto del año todos los fines de semana, la Semana Santa, etc.
—¿De Madrid y se vienen aquí, con lo que se aburrirán? ¿Y cómo no se quedan para poder ir al cine o a bailar, o a las tiendas? Aquí, en este pueblo, no hay nada.
—Venimos, sobre todo, por el fresco que hace por las noches. Y con la televisión, la lectura y las partidas de brisca, aparte de los paseos en cuanto se quita el sol, lo pasamos muy bien…
—Yo he sido pastor de cabras, no me hable del fresco de las noches, que cuando tenía que marcharme al Pico todo el verano con el rebaño, ¡anda que no he pasado frío! Luego, cuando bajaba, ya era cada día más frío, no daban ganas de alejarse de la lumbre. Éste es un pueblo rodeado de montañas por todas partes.
—Claro, igual que los demás pueblos de la Arquitectura Negra.
—¿De la qué?
—Los llaman así porque están todas las casas hechas de pizarra.
—Claro y ¿de qué las íbamos a hacer si no?
Pedro se atrevió a hacerle la pregunta que le llevaba quemando los labios: ¿Es usted el que llaman el Ahorcado?
—Pues claro, ¿de dónde cree que sale esta cuerda? Fue un asunto de cuernos, no quiero contar más, fue muy mala cosa. Así que me voy a marchar, creo que con esta vara que hay aquí usted podrá volver a su casa y secarse junto a la chimenera. Si quiere le acompaño…
—No, por Dios, que usted bastante ha hecho ya. Y le repito que muchísimas gracias. A usted le debo no ahogarme.
—No las merezco. Y disculpe la bromita de la crecida del arroyo, es que a veces me aburro mucho y hago alguna travesura. No creí que fuese usted a caerse y golpearse la rodilla… Bueno, a mandar.
Y desapareció como por ensalmo. Pedro, mientras renqueaba apoyado en la vara hacia su casa, se planteaba lo que había pasado. Comenzando con la crecida extemporánea del arroyo, que sin duda era algo sobrenatural, según el Ahorcado había reconocido, y siguiendo con la aparición del fantasma. Un fantasma con muy buena voluntad, y eso que llevaba su calvario, y su cuerda providencial, a cuestas. Una experiencia que no contaría a nadie, porque nadie iba a creerlo.