26 mayo 2017

Una joya botánica cercana a Madrid


Julio Sánchez Mingo

Fotografías del autor, excepto la que abre este artículo ilustrado, obra de César Rodríguez

Mayo 2017


C.R.

Gracias a una querida amiga y compañera, geógrafa, redactora del Atlas Nacional de España, supe de la existencia de la App IGN Mapas de España, del Instituto Geográfico Nacional. Esta aplicación para teléfonos inteligentes, basada en Oruxmaps, permite visualizar en línea los mapas topográficos de España, hasta la escala 1:25.000, así como su descarga para un posterior uso sin conexión de datos. De esta forma, tanto con cobertura como sin ella, con saldo de datos móviles o sin él, en mitad de la naturaleza, podemos fijar, sobre el correspondiente mapa, nuestra posición y seguir cualquier camino delineado o una ruta predefinida mediante waypoints.

Ello me permitió descubrir un PR, sendero de pequeño recorrido, que, partiendo de una pequeña localidad del valle del Lozoya, alcanza el cordal de los Montes Carpetanos. Sigue el tradicional camino que, desde esa población, iba hasta Segovia, cruzando la crestería por un puerto de montaña en desuso.


Todas las semanas hago, al menos, una excursión por la Sierra, siempre en buena compañía.
A mis acompañantes, agradecimiento y disculpas por soportar, con infinita paciencia, el tiempo que tomo haciendo fotografías.
Para afrontar las cuestas con mayor energía, siempre nos regalamos un buen desayuno antes de comenzar a caminar.


El pasado 10 de mayo decidimos seguir ese sendero, al igual que, en una segunda ocasión, el día de San Isidro, 15 de mayo.
En esta época del año el valle del Lozoya está precioso. Los prados están completamente verdes, plagados de vacas que no han sido conducidas todavía a las alturas para el estiaje. Los fresnos del llano ya han echado las hojas, al igual que los robles de las laderas situados a menor altitud y en orientaciones menos expuestas al frío y al viento. Los brotes del resto de los rebollos ya asoman y su color verde amarillento contrasta fuertemente con el verde intenso de los pinos silvestres, que dominan el bosque por encima de los 1.600 m.




Lamentablemente, las heladas tardías de finales de abril, posteriores a los calores veraniegos de Semana Santa, han quemado las yemas de muchos ejemplares, según se puede apreciar en la imagen siguiente.


Yo esperaba encontrar y atravesar un robledal joven, de rebollos, - Quercus pyrenaica, también llamados melojos, del latín malum folium, mala hoja - , como tantos que salpican la sierra de Guadarrama. Mi sorpresa fue mayúscula al hallar ejemplares centenarios de esta especie, de gran porte, muy bien conservados, con un sotobosque rico y variado. Una verdadera joya botánica muy cercana a Madrid.
El origen del vocablo Quercus es celta y significa árbol hermoso. Por algo será.













El camino está casi totalmente invadido por la vegetación, desaparecido en la mayor parte del recorrido. Sólo gracias a la aplicación del IGN es posible seguir su antiguo trazado. No avistamos a ningún humano en las dos jornadas realizadas, pero, eso sí, un jabalí cada día.
Fotografié un mimetizado batracio.


El espectáculo de la naturaleza allí, ahora, en mayo, es emocionante.
Los pájaros trinan desaforados. Por encima de todos destaca el canto del cuco. Hay flores por todas partes y abundancia de mariposas, índice de aire limpio, pero con presencia de pocas variedades.
Estamos en la estación primaveral.












El cortejo arbóreo del rebollo incluye acebos, de tamaño reducido, algún avellano y unos pocos enebros rastreros.






Es de destacar la abundancia de majuelos, espinos, rosales silvestres - escaramujos - y zarzas, que, a partir de una cierta altitud, forman una barrera impenetrable que nos impidió llegar al pinar que precede al cordal de esta parte de la Sierra y obligó a renunciar a nuestro objetivo de alcanzarlo, para poder disfrutar de la relajante panorámica de la llanura de las tierras segovianas.


Las lluvias caídas entre las dos excursiones han propiciado la aparición de gran cantidad y variedad de setas.




No quiero desvelar la ubicación de este paraíso, esta joya de la naturaleza.
La afluencia extrema daña los entornos delicados, que mueren de éxito, como está sucediendo con muchos lugares del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.
Por ejemplo, el sendero desde la fuente de La Campanilla hasta el collado del Piornal se ha erosionado y deteriorado hasta límites alarmantes, dada su cercanía a la entrada por el valle de la Barranca, cuyos aparcamientos se colapsan los fines de semana. Incluso la propia Administración, según publica la página web del parque, desaconseja realizar el camino a la laguna de Los Pájaros, tan fácilmente accesible desde el estacionamiento del puerto de Cotos, que también se satura sábados y domingos.

Lectura recomendada: Juan Ruiz de la Torre. Árboles y arbustos de la España Peninsular. Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes. Madrid 1971, pp. 232-236.




19 mayo 2017

En gris

Matilde Bueno Aguado

Allí otra vez.

Demasiados años de ausencia. Siempre con la sensación de ese algo incompleto dentro de ti.

Recuerdos. El desgarro de la separación. La certeza de saber que aquello que dejabas atrás nunca volvería a ser igual. Esas personas que son parte de tu vida. Que son tu vida.

Y también los lugares: la bocacalle que desemboca en la plazuela con su quiosco, donde comprabas tebeos que te gustaban tanto, donde se iban los ahorros de la semana. Y, de vez en cuando, el libro que te habían regalado y que compartías en horas felices de lectura con aquella otra niña, tu hermana, la hermana que tanto habías añorado casi desde tu nacimiento y que te fue dada por casualidad en una compañera de colegio. Una niña toda ojos y piernas larguísimas, como tú misma.

Ni siquiera recuerdas bien por qué erais tan amigas. El flechazo de la amistad, que también existe y no todo el mundo tiene la suerte de encontrar. Sí recuerdas, en cambio, cómo os reíais juntas por cualquier bobada. El mismo sentido del humor, del ridículo. Sin cansaros nunca de charlar o compartir.

Vuestros paseos interminables por la Gran Vía madrileña. Arriba y abajo. Desde Callao hasta la iglesia de San José. Y vuelta a empezar. Paseos en los que os cruzabais con el torero que tanto os gustaba, el actor pelirrojo y zanquilargo que a veces hasta os sonreía y tantos y tantos famosos que frecuentaban y parecían disfrutar, como vosotras, de una avenida archifamosa y entrañable. Pero sobre todo la certeza de encontrar, sentado siempre a la misma mesa y tras una larguísima luna de cristal, al defensa del Madrid, tan guapo, que os traía locas.

Y era allí, frente a aquella cafetería, (¿que se llamaba?...ya no me acuerdo), donde siempre os despedíais, hasta mañana. Ella, Gran Vía arriba, camino de su casa. Tú, Alcalá hacia abajo, camino de la tuya.

Y nunca era hasta mañana porque todavía existía el teléfono para compartir cualquier nadería de última hora.

Y tu hogar, todavía completamente tuyo. El amor de tus padres. De tus hermanos, desesperados de que ya estuvieras enganchada al teléfono, que ellos también necesitaban para hablar de chorradas tan importantes como las tuyas.

Sales de tu ensoñación al ser empujada por alguien a quien pides disculpas sin pensar siquiera que no eres tú quien debe disculparse. Pero llevas tanto tiempo allí, parada como un pasmarote, que has perdido el sentido de la realidad.

-Hoy no había polución– comenta mi hermano horas después. -Habrás podido contemplar esa puesta de sol sobre el cielo de Madrid que tanto te gustaba. Has tenido suerte.
-Vosotros sí que habéis tenido suerte.
Me mira perplejo. Sé que no me entiende, pero no me importa.
-Pablo, ¿recuerdas cómo se llamaba aquella cafetería que estaba a la entrada de la Gran Vía, casi frente a la iglesia de san José?
-¿Dolar?
-No, un poco más arriba.
El nieto de mi hermano, que pasa en ese momento por allí:
-Ya estáis hablando de la prehistoria, tíos. ¡Anda que no sois antiguos!
Y Pablo que me mira resignado:
-¡Mira que están mal educados estos críos de ahora!…. No hermana, no me acuerdo.

===============


J.S.M.

13 mayo 2017

Comisión de servicio
César Rodríguez
13 de mayo de 2017
A mi hija, en el día de su boda


Corría el mes de abril de 1978. En marzo me había incorporado, como sargento eventual de Complemento, al Grupo de Artillería Autopropulsada APT XII de la División Acorazada Brunete, (la Brunete, tan tristemente célebre a raíz del posterior golpe del 23-F de Tejero y otros), para cumplir los preceptivos seis meses de prácticas. Estaba en el último ciclo de la IMEC (milicias universitarias), para completar mi servicio militar, entonces obligatorio. EL cuartel estaba en El Goloso, Madrid, a unos 20 km de casa.
Llevaba poco tiempo en la unidad y estaba intentando acoplarme a mi nuevo estado, situación y responsabilidades. Si yo daba una orden, todos los soldados obedecían inmediatamente. Ésto era totalmente nuevo para mí, nadie me había obedecido hasta entonces. Yo era “mi sargento…” Mis ocupaciones consistían en practicar con la tropa orden cerrado , es decir la instrucción normal (un dos, un dos, izquierda … derecha ..), dar clases teóricas y prácticas de armamento, el fusil CETME, el subfusil, la pistola, y practicar con los cañones que utilizábamos en la batería, que eran como tanques, bueno, carros de combate en la terminología militar. Para hacer todo esto previamente tuve que aprenderme bien todo el “temario” para salir airoso con los soldaditos que encima como me veían novato intentaban buscarme las vueltas.
La verdad es que se pasaban los días sin monotonía. Siempre había cosas que hacer, pero yo allí estaba “haciendo la mili” y lo que quería era que llegase lo antes posible el mes de septiembre para finalizar las prácticas, licenciarme y ponerme a buscar trabajo. También he de decir que en los seis meses de prácticas cobraba como sargento unas 17.000 pts al mes que, la verdad, me venían muy bien.
Un jueves, que discurría de forma normal, en un descanso de la instrucción (un dos, un dos, izquierda … derecha ..) aparece un soldadito de oficinas que pregunta por mí y me entrega una especie de carta/documento de estilo militar en la que alcanzo a leer algo como “Comisión de Servicio” ¡¡¡Toma ya!!!!. Abro el documento y entre extrañado y un poco asustado me pongo a leer “Por orden de … de acuerdo con …Vd ha sido asignado …. 40 mozos del remplazo …. Cuenca …… Campamento de Marines, Valencia ……. Lunes, Gobierno Militar de Cuenca”. Lo leí una y otra vez y siempre entendía lo mismo. “Esto no es para mí, no puede ser para mí, si yo estoy haciendo la mili y esto parece algo importante y serio” me decía.
- A la orden mi teniente. Por favor, mire lo que he recibido. Creo que debe haber un error, alguien se ha equivocado - le solté al teniente Alonso, mi jefe directo en la batería, hombre ya veterano, serio y con muy buen fondo.
- No hay error César, es para ti y está muy claro. Ésto es una comisión de servicio que se te ha asignado. El lunes te tienes que presentar en el Gobierno Militar de Cuenca, antes de las (no recuerdo exactamente la hora), para hacerte cargo de 40 reclutas y conducirlos en tren al campamento de Marines en Valencia. Te acompañará el cabo fulanito de tal (no consigo acordarme de su nombre), del Regimiento Alcázar de Toledo, una unidad de tanques, también ubicada en El Goloso – me contestó, creo que conteniendo la risa por la cara de primo y de susto que debía tener yo.

¡Madre mía! Se me cayó el mundo encima. “¿Pero cómo voy a hacer eso?”
- No te preocupes – me decían los veteranos sargentos profesionales de la batería, también muertos de risa.
- Es muy fácil y, además, te escaqueas unos días del cuartel. Vas a viajar y hacer turismo gratis – No me convencieron del todo.
A lo largo de la mañana se me presentó el cabo que me iba a acompañar.
- A la orden de Vd. mi sargento se presenta fulanito (sigo sin recordar su nombre). De acuerdo a lo que está escrito aquí – y me enseñó un documento similar al que había recibido yo – tengo que presentarme a usted y ponerme a sus ordenes.
- Vale … (no consigo acordarme del nombre). Según las ordenes, el lunes muy temprano nos vemos en la Estación de Atocha para ir a Cuenca en tren. Vete vestido con la ropa de paseo, llévate ropa para pasar una noche y, si quieres, llévate ropa de paisano para la vuelta – le dije.
- A la orden mi sargento.
- No te retrases.

El lunes, tempranísimo, el sargento Rodríguez, es decir el que suscribe, y el cabo fulanito (mira que no acordarme del nombre) se subieron a un tren camino de Cuenca. Por el camino, entre el madrugón y el traqueteo, el pobre cabo se quedaba dormido y yo le decía:
- Oye …… hay que tener mucho cuidado, que no se nos escape o pierda ningún chaval de éstos, que nos meten un puro que se nos cae el pelo.
- Sí, sí, no se preocupe mi sargento – me contestaba casi sin abrir los ojos y con la boina negra de la División Acorazada ladeada.
- Antes de subir al tren hay que reunirlos y decirles que ni se les ocurra bajarse en las estaciones en las que paremos. Mira, vamos a nombrar un responsable en cada compartimento del tren para que se ocupe de mantenerlos todo lo tranquilos que pueda.
- Sí mi sargento.- decía con la boina cada vez más ladeada.
- Cuando el tren se pare tú te bajas al andén para vigilar y yo lo hago desde una puerta del vagón. ¿Te estás enterando?
- Sí mi sargento. – y daba un respingo.

Llegamos a Cuenca y nos presentamos en el Gobierno Militar y allí “me entregaron” a los 40 mozos, reclutas, con sus correspondientes petates y pasaportes militares para el viaje hasta Valencia.
La documentación que me dieron era muy curiosa pues había una serie de listados completos ordenados alfabéticamente con los nombres de todos los mozos; pero había 3 o 4 listados genéricos que eran en los que se firmaba la entrega y la recepción en los que se decía que se entregaba, por ejemplo, a Abad Antonio, el primero de la lista, y 39 mozos más y 40 petates. Estos papeles a su vez me los debían firmar en el Campamento de Marines en Valencia en la “entrega” que tenía que hacer.
Subieron a los mozos en camiones y nos fuimos a la estación de Renfe de Cuenca. Allí en el andén pasamos lista para comprobar que estaban todos. El tren era un tren civil y nos habían asignado un vagón solo para nosotros, el de cola. “Mejor” pensé “todos juntos en un vagón, y que sea el último de la composición, hace que todo sea más fácil de controlar”
Antes de subir al tren, me fijé, con detenimiento, en los 40 chavales. Los había de todo tipo. Algunos estaban un poco alborotados, inquietos, nerviosos. Otros más tranquilos, casi tristes con la mirada baja; para algunos igual era la primera vez que salían de su casa. En todos lo que si había era incertidumbre con lo que les esperaba en los próximos meses Eran unos críos de 21 años, y me miraban con respeto ¡a mí que tenía 26 y que estaba casi tan nervioso como ellos! Entonces fue el momento en el que les solté “la charla” a los pobres, anunciándoles todas las penas del infierno si durante el viaje molestaban a “civiles o civilas” o si alborotaban y no te digo si “se perdían”. Prohibido totalmente bajar del tren en las estaciones en las que se parase. Subieron al tren y se distribuyeron en los compartimentos como les pareció. Una vez acomodados, el cabo y yo intentamos identificar en cada compartimento al más “espabilao” y le nombramos responsable de lo que allí pasara. Empezaron bien la mili los pobres.
- Oye – le dije al cabo – como ocupamos un solo vagón, cuando paremos no hace falta que bajes al andén. Nos ponemos cada uno en una plataforma y así los controlamos perfectamente.
El cabo y yo nos sentamos en nuestro compartimento y empezó el viaje. Cuando había pasado un cuarto de hora, o así, le dije al cabo que se asomara y echara un vistazo a ver cómo iban los chavales. - Muy tranquilos mi sargento - me dijo a la vuelta.
- Bueno, parece que va bien la cosa, a ver si llegamos pronto. Oye, a todo esto Carlos (por fin me he acordado, el cabo se llamaba Carlos). ¿En la vida civil, tú a qué te dedicas? – le pregunté, ya bastante más relajado.
- Pues yo, mi sargento, estudio y también soy payaso – me contestó
- ¿Qué dices? ¿payaso? – le dije, totalmente sorprendido.
- Sí, sí, mi sargento mire - y me enseñó una foto en la que aparecía el típico payaso con la cara pintada y a su lado un señor “normal” con un muñeco. En la foto aparecía el nombre artístico del “trío” y el número de teléfono – Yo soy éste y este otro es mi padre, que es ventrílocuo. Somos valencianos y actuamos en hoteles, fiestas, comuniones ….
- ¡Qué bueno! – yo alucinaba – ¿Y te gusta lo que haces? ¿De dónde eres? ¿De Valencia capital?
- Sí, mi sargento. Y me lo paso muy bien trabajando con mi padre.
- ¡Fenómeno! Oye mira, cuando estemos solos, tutéame y me llamas César. Si al fin y al cabo los dos estamos haciendo la mili - le dije, ya un poco azarado con tanto “mi sargento”.

Estaba Carlos detallándome sus habilidades cuando, de repente, “toc, toc” unos golpes y vemos a través de los cristales del compartimento a un chaval. - Es uno de los responsables que hemos nombrado-. Le hago señas de que pase.
- Perdone, mire, es que hay uno de mi compartimento que quiere ir al váter a mear. Que si puede salir – dice el pobre bastante nervioso.
- Sí, sí, que vaya desde luego, pero que no se despiste – le contesto.
Miré a Carlos y nos reímos, pobrecillos. Se corrió la voz de que podían salir del compartimento para ir al servicio y proliferaron las peticiones y luego ya salían sin ellas. Fueron cogiendo confianza y formaron algunos grupos en el pasillo, pero sin molestar a nadie. Y no se bajó ninguno en las paradas, que fueron bastantes.

Finalmente llegamos a Valencia. El último recuento y ¡seguía habiendo 40 chavales! Nos estaban esperando con camiones y nos fuimos para el campamento de Marines. Allí se repitió la operación de entregar/ recibir a Abad Antonio y 39 mozos más y 40 petates. Se firmaron los documentos pertinentes y la comisión estaba “casi terminada”. Nos ofrecieron un refrigerio, a mí en el bar de suboficiales y al cabo en la cantina de tropa.
Para dormir teníamos reservado alojamiento en el Gobierno Militar de Valencia, en donde nos teníamos que presentar.
- Oiga mi sargento, digo César, que como yo vivo en Valencia si te parece podemos ir a cenar y a dormir a casa de mis padres y así también los veo – me plantea Carlos.
- Me parece abusar un poco de tu familia ¿no? – le contesto, sorprendido ante la propuesta.
- ¡Qué va! Si es por ellos, encantados - replica con entusiasmo.
- Pues vale, vámonos – la idea de dormir en el Gobierno Militar no era muy atractiva.

En el Gobierno Militar de Valencia, con el capitán de Cuartel, el responsable a esas horas de la dependencia militar:
- Sargento, por nuestra parte no hay ningún problema si no quieren utilizar los alojamientos que tienen reservados. Pero le advierto que el cabo pasa a ser responsabilidad absoluta de usted – me comenta el responsable en el Gobierno Militar, muy solemnemente.
- No hay problema mi capitán – le respondí y, después de firmar un par de justificantes, nos fuimos.
Y nos fuimos a Valencia, a casa de Carlos. Allí me presentó a sus padres y a su hermana, que era más joven, gente muy amable y encantadora, y cenamos, muy bien por cierto.
- César, que yo tengo aquí a la novia – me dice Carlos después de cenar – ¿podría salir con ella a dar una vuelta esta noche?
Me volvió a sorprender Carlos con la pregunta y me acordé del Capitán del Gobierno Militar.
- Bueno, vale, vete con ella, pero no te metas en ningún lío que como te pille la Policía Militar nos empapelan a los dos. – Escenas algo parecidas a ésta las he vuelto a vivir años después con mis hijos, pero entonces era la primera vez que alguien me pedía permiso para salir o ir con la novia.
- Sí no se/te preocupe/s - me respondió Carlos más contento que unas castañuelas.
La verdad es que Carlos parecía buen chaval, tenía cara de buena persona y, jolín, era payaso, que son buena gente.
En esto me dice el padre de Carlos, el ventrílocuo:
- Oye César, yo esta noche actúo en el hotel Rey Don Jaime ¿porqué no te vienes conmigo? Te lo pasarás bien, ves la actuación y te tomas unas copas.
Y para el Rey Don Jaime que nos fuimos. Yo me encontraba totalmente relajado, vestido de paisano, después de las “tensiones del día” y disfruté de la actuación del ventrílocuo y de otros, me pareció muy divertido. El hombre era muy amable y atento y me presentó a mucha gente que andaba por allí y no hubo forma de que yo pagara una consumición. “Es el sargento con el que ha venido Carlos a Valencia, pero no es militar, en realidad es ingeniero “. Así me presentaba el buen hombre a todo el mundo. Fue una velada muy agradable.
Cuando volvimos a casa Carlos ya dormía plácidamente. El madrugón y la novia tendrían algo que ver.
A la mañana siguiente dimos una vuelta por Valencia con la novia. Carlos se empeñó en que fuera con ellos. Tomamos el aperitivo y fuimos a comer a casa de los padres. Compré un postre como agradecimiento por las atenciones recibidas.

Teníamos billetes de vuelta a Madrid en el TER. Yo en 1ª y Carlos en 2ª, así que le pagué un suplemento y volvimos los dos juntos en 1ª, recordando las incidencias de la “Comisión de Servicio”.
El día después volvimos a la rutina cuartelera.
Hasta que terminé mis practicas me crucé unas cuantas veces con Carlos por El Goloso. El me saludaba marcialmente, yo le respondía al saludo y le paraba “¿Qué tal te va? ¿Qué tal tu familia? Dales muchos recuerdos de mi parte cuando los veas o cuando hables con ellos.”
Han pasado ya muchos años pero sigo recordando con mucho cariño a los mozos de Cuenca, el tren, al payaso, al ventrílocuo … ¿qué habrá sido de ellos?
En fin, ¡Historias de la mili!

=================

07 mayo 2017

Día de la Madre

Fernando Moya Molina

El primer domingo de mayo se celebra en España el Día de la Madre. Esta festividad se conmemoraba el día 8 de diciembre pero, en 1965, se trasladó a la fecha actual.

Ese día, en las ciudades españolas, se ve por las calles a mucha gente portando ramos de flores. Es una jornada señalada en la que los hijos que viven fuera del hogar materno hacen un hueco para visitar a sus respectivas madres. Me gusta creer que, en caso de imposibilidad, al menos hagan una llamada de teléfono. Algo mejor que el WhatsApp, que tan vertiginosamente se ha extendido por nuestro país.

En muchos, si no en todos los colegios, en las etapas infantil y preescolar, durante la semana anterior a tan señalada fecha, los maestros ayudan a sus discípulos a preparar algo para sus madres, pidiéndoles que escriban algo cariñoso, ya sea una frase o un pequeño poema, en una tarjeta generalmente dibujada por ellos mismos.

Esta madrugada, como muchas otras, estaba escuchando la radio antes de levantarme. Los responsables del programa de turno habían preparado varios cortes de audio donde las madres de los presentadores y colaboradores del espacio contaban lo que sus respectivos hijos solían regalarles cuando eran pequeños. En todos los casos comentaban que aún guardaban con cariño las felicitaciones que habían recibido con cada regalo.

Mi madre también conservó esas tarjetas. Yo tengo en mi poder algunas de ellas, como la que se puede ver en las imágenes de este escrito. Mis dos hermanas mayores y yo no éramos buenos dibujantes. Solíamos comprar el tarjetón ya impreso y escribíamos en él lo que deseábamos expresar. Cuando preparamos esta tarjeta teníamos 8, 7 y 4 años, respectivamente. En el dorso de la mísma se aprecia la dedicatoria y las firmas de los tres.














Por desgracia, hace unos años que mi madre ya no está entre nosotros y quiero dedicarle un recuerdo muy especial. Estoy seguro de que lo recibirá con una amorosa sonrisa donde quiera que ahora se halle.

A todos aquellos que aún tenéis la fortuna de tener a vuestra madre con vosotros, no creo que sea necesario recalcaros el tremendo y maravilloso regalo que recibís día a día. Por favor, dadle un fuerte abrazo y un tierno beso.


Os deseo a todos lo mejor y un feliz Día de la Madre.

28 abril 2017

I Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid

Queda este instante, relato de Mar Doménech, ha resultado ganador del I Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid.
¡Enhorabuena a Mar!

Muchas gracias al resto de autores participantes por su notable aportación.

El jurado calificador ha estado compuesto por Teresa Albert, Menchu García Delgado, María Luisa Sánchez Mingo, Marisol Martínez, Gonzalo Silván Lago y César Rodríguez González, a los que se agradece su difícil labor.

En breve será entregado a Mar Doménech el correspondiente galardón, un óleo del acreditado pintor y miembro del jurado Gonzalo Silván Lago, más abajo reproducido. 


Queda este instante

Mar Doménech Morante

Estoy sentada en el coche lista para iniciar el camino que me llevará al trabajo. Son las 07:45. Me miro en el espejo retrovisor para constatar que el maquillaje que acabo de extenderme por la cara, parezca lo más natural posible. Me pinto los labios y pongo la radio. No tengo ninguna preferencia especial entre las emisoras que suelo escoger. Voy cambiando el dial aleatoriamente. Solo espero a encontrar una melodía que me agrade en ese momento. Es mi elección de música de fondo para un momento del día que he calificado como de esencial.
Tengo bien calculado la duración del trayecto: de casa al trabajo, que contrariamente a lo que podría pensarse, no es igual que del trabajo a casa. A la ida voy en dirección contraria al tráfico imposible de la ciudad donde vivo. A la vuelta no tengo tanta suerte, suelo coincidir con la salida de empleados de muchas de las oficinas situadas cercanas al lugar donde trabajo, y es en ese momento donde hay que armarse de una paciencia infinita.
Salgo temprano, porque todavía se lleva fichar en la empresa donde trabajo varias veces al día: por la mañana, marcando el comienzo de la jornada laboral; a mediodía dos veces, cuando vas a comer y cuando terminas de comer; y por la tarde, una vez cumplidas, como mínimo, con las 8 horas obligatorias. La política de la empresa es controlar la presencia de los empleados de la manera más eficiente posible. Hay cámaras por los lugares más insospechados, vamos “uniformados” con distintas tarjetas que debemos colocar en un lugar visible de nuestro cuerpo. Para acceder a la calle, a los baños, a los ascensores…traspasamos puertas de seguridad que se accionan con un lector de presencia. De esta manera es posible saber si un empleado está o no en su puesto de trabajo y lo que tarda en volver.
Quiero llegar cuanto antes para que el reloj de control demuestre con su exactitud, que he cumplido con mis horas laborales y que puedo despegar sin demora, a las 17:30 en punto. La mayor parte de los días me descubro mirando el reloj del ordenador con insistencia a partir de las 17:15. Deseo que pase ese cuarto de hora que me queda, para escapar cuanto antes. No quiero regalar ni un minuto de mi precioso tiempo a este lugar que me parece tan frío y desalentador.
El ascensor me lleva directamente al garaje de casa. Tengo un coche pequeño, eso sí, un cuatro puertas, ya que me resulta mucho más cómodo para el tipo de uso que le doy. Se trata de un utilitario sin grandes comodidades, sin pretensiones, comprado y elegido con la sola condición de que no me deje tirada nunca. Solo imaginarme en medio de la M-30 parada, con el coche echando humo o con cualquier otro tipo de avería, me da escalofríos.
Debería de llegar puntual y ponerme a hacer el trabajo que me está pidiendo a gritos que lo termine sin demora, ese trabajo que va creciendo en montones de papeles que ya no tienen control. Me limito a ir apilando y apilando y por cada papel que deposito, me vienen a la mente la cantidad de preciosos árboles que están muriendo para que mi torre siga creciendo hasta que algún día, ya no pueda más y se desmorone.
Me niego a pisar el acelerador. Voy cómodamente sentada buceando entre mis pensamientos, recorriendo con la mirada a mí alrededor, abriendo la ventanilla para que entre el frescor del aire, aunque a veces se trate de un frío intenso, disfrutando del sosiego que me proporciona el no tener que hablar con nadie, no tener que escuchar a nadie… El interior del coche se ha convertido en un oasis donde encuentro el momento del día que tiene más sentido para mí.
Reconozco que no siempre es así, a veces me invade la presión y el stress y me asalta la tentación de apretar el pedal para llegar cuanto antes. Sin desearlo, me descubro pensando en lo que ya a esas horas me está esperando: mesas con los ordenadores encendidos, compañeros inmóviles como estatuas con la mirada fija en la pantalla, teléfonos sin parar de sonar…Pero, por fortuna, es solo un instante de debilidad, miro el cielo, observo las nubes, la luz diurna, descubro nuevamente que hoy es un día para estrenar y me tomo un precioso instante en el que vuelvo a ser consciente de lo valioso de este tiempo. Vuelvo a mi mantra liberador: vive este momento.
Existen personas que adoran Madrid. Una ciudad llena de museos, cine, gentes diversas, parques…hay una oferta infinita de actividades para estar distraído, un enorme abanico de atractivas ocupaciones. Podrías estar días, semanas, meses enteros sin dejar de hacer cosas. Es muy fácil dejarse seducir por tanta variedad de posibilidades. Pero, y esto es algo indiscutible, nos falta tiempo y nos falta, sobre todo, la energía necesaria para movilizarnos y disfrutar de tanto esparcimiento.
En el asfalto, los atascos se han vuelto predecibles, las distancias se agrandan más y vivas donde vivas, te ves envuelto en el enredo de los coches, de la contaminación, del ruido…Creo, que no hay nada tan desquiciante para un urbanita que el estar metido dentro de un coche formando parte del embotellamiento en masa. Es aquí donde nos transformamos y sacamos lo peor de nosotros mismos. Solo tienes que observar de reojo, disimuladamente, al conductor que está a tu lado. Unos calman su ansiedad, mordiéndose las uñas, otros dan golpes repetitivos al volante desahogando su impotencia. No es extraño ver cómo los rostros se tensan y las bocas se agrandan exageradamente, pudiendo adivinar como las palabrotas y groserías burbujean y estallan frente a la luna del coche. En esos momentos, aparece el duende travieso que hay en mí, y se me pasa por la cabeza sacar el teléfono móvil y grabarles. Estoy segura de que, si tuvieran la oportunidad de verse, les embargaría un sentimiento de vergüenza que les haría sentir, como mínimo ridículos.
Me gusta cuando está lloviendo por las mañanas. Las gotas de lluvia impactan en el cristal del coche y poco a poco se desploman con suavidad hasta que llega un momento que ya no las veo. Dejan a su paso una estela húmeda que se va deslizando lentamente y que me recuerdan la huella metódica que dejan las lágrimas en el rostro. Apago la radio y me concentro en el sonido tranquilizador del agua. Es un ritmo constante, que varía según la intensidad con que se desprende la precipitación. La naturaleza es sorprendente. Es capaz de crear una hermosa melodía con sus propios recursos. No necesita ningún instrumento más, ningún aditivo. Es agua mágica que te transporta, con su movimiento y consonancia, a un estado de calma y meditación.
Esta media hora que permanezco en el coche, me incita a la reflexión. Aparecen en la mente, sin querer, situaciones que estoy viviendo, personajes que están vinculados a mi vida, o escenas pasadas que ya no seré capaz de recuperar jamás. Van y vienen como nubes que se pasean por el cielo infinito. Lo que marca la diferencia, con cualquier otro momento del día, es la forma en que se manifiestan. No son imágenes agresivas, ni estresantes, aunque no todas evoquen sosiego. Llegan a mí de una manera pausada y apacible. Sé que en esos momentos, me transformo en el observador que se limita a contemplar sin juzgar. Soy el espectador neutral que se limita a vivir el presente sin resistencia.
Es cuando me doy más cuenta de determinadas situaciones que vivo a diario. Como la de ciertas conversaciones que se repiten una y otra vez en ambientes laborales. Son frases hechas que, a base de tanto reproducirlas han perdido su verdadero significado. Se han convertido en coletillas aburridas que imitamos inconscientemente. El verdadero motivo no es otro, que el de rellenar de alguna manera, esa soledad que todos sentimos pero que nadie revela.
Me refiero a los comentarios típicos el primer día después del fin de semana: “Uff que mal llevo los lunes, voy a tomarme otro café a ver si me despierto”. Los miércoles los diálogos se animan un poco más: “bueno ya estamos a mitad de semana, y va quedando menos para el viernes”; y al fín cuando llega el día más deseado, las expresiones se animan: “¡menos mal que es viernes, parecía que no iba a llegar nunca!”
Y así se van pasando las semanas, más bien diría la vida, esperando ávidamente la llegada de ese sábado y ese domingo, como si fuera obligatorio ser feliz esos dos días, como si no hubiera posibilidad de sentirse uno desalentado o apenado, como si no tuviéramos el derecho de ser dichosos en ningún otro momento.
Voy en mi coche por la mañana y me digo que cada día es una oportunidad para pasarlo bien, para hacer cosas nuevas… No quiero esperar a que llegue el fin de semana llenándolo de planes, dando por hecho que las pequeñas cosas maravillosas no pueden aparecer espontáneamente. Estoy convencida que no hace falta programar nada, lo más probable es que las sorpresas y acertijos de la vida, se presenten solos, sin necesidad de llamarlos. Intento justificar la ignorancia atrevida de cómo vamos pasando por la vida envolviéndonos de miedos y cobardía, e intuyo que es la propia rutina la que nos hace estar tan ciegos, o es algo más profundo, como la prepotencia humana al creer que este trayecto personal no tiene fin.
Y yo no digo que tengamos que buscar amigos en el trabajo, porque un Amigo es alguien selecto y muy especial. Hablo de compañerismo, de grupo. Sería fabuloso olvidarse para siempre de la competitividad. Ser competitivo está de moda, se lleva la arrogancia y la soberbia y si quieres entrar en el juego de la empresa, no te queda otro remedio que someterte. Por eso, las personas, que como yo, buscan en su vida sensatez y equilibrio, se les invita discretamente a ocupar lugar nebuloso poco visible. Pero sinceramente, eso ya no me preocupa, aunque confieso que hubo un tiempo que esto me provocaba conflictos. Ahora, sé que nadie ni nada tienen el poder suficiente como para romperme.
Sonrío al comprobar el sitio tan mundano donde se alimenta y nutre mi entendimiento. Nadie diría que un pequeño utilitario pudiera convertirse en el espacio elegido para desconectarse del mundo. Pero lo cierto es que solo necesito ese rinconcito único, para sentirme bien. Es el instante donde se despierta toda la energía dormida y los pensamientos más íntimos se manifiestan.
Estoy llegando al aparcamiento del trabajo. Sé que necesito mantener este estado de bienestar al que he llegado. Con calma, saco de la guantera del coche la tarjeta que me permite el acceso al garaje. Quito la radio y me dirijo a la primera plaza libre que encuentro.
Aparco, apago el motor y me regalo un instante. Cierro los ojos, respiro profundo, y voluntariamente dibujo una sonrisa en mi rostro.

-----------------------------------------------------

Herramientas, de Gonzalo Silván Lago