16 julio 2021

Crónica atípica

Luis M. de Blas

 


Fue por un dolor de muelas.

Hace bastantes años, tras varios días sufriendo dolores y con la esperanza de que no me arruinaran las vacaciones me decidí a acudir a un dentista de la pequeña localidad donde me encontraba.

En la sala de espera ya se encontraban varias personas así que decidí armarme de paciencia y me dispuse a pasar la presumible larga espera con una revista. Cogí la primera del montón sobre la mesa de la sala de espera. Se titulaba Cosas nuestras y tenía una preciosa foto de portada de un perro pastor recogiendo un rebaño de ovejas. La abrí y empecé a curiosear su interior, deteniéndome en las fotos de la zona que ilustraban sus reportajes. Tras pasar varias páginas un encabezado llamó mi atención. Miré la sección a la que pertenecía que resultó ser Ecos de sociedad, lo que me hizo volver a leer el titular. Decía: Vivir viuda, morir novia. Aquello prometía, así que me dispuse a prestar mi atención al artículo. Era el siguiente:

VIVIR VIUDA, MORIR NOVIA, por E. H. Gomezón

Pido disculpas a mis lectores habituales por la crónica de esta semana, tan distinta de las habituales, pero el hecho merece la pena y estoy seguro que ninguno de quienes me leen habitualmente quedará decepcionado. A los que no, bueno, la semana que viene volveré al redil.

Hace unas semanas recibí una extraña invitación. Se trataba de la celebración del cumpleaños y al mismo tiempo primer aniversario de la muerte de doña Angustias Lobo Martínez, viuda de don Enrique Ceballos, por lo que era más conocida, como muchos de ustedes saben, como la viuda Ceballos o abuela Ceballos, pues así la llamaba todo el mundo en la localidad, especialmente quienes de niños frecuentábamos su pequeña tienda, que más que de ultramarinos y prensa nos parecía un bazar del tesoro, pues no solo encontrábamos en ella tebeos y novelas de aventuras sino pequeños juguetes y golosinas de todas clases que, a veces, incluso nos regalaba. Siempre había gente en ella, revoloteando o sentada en los largos bancos corridos. A veces incluso era el lugar donde quedábamos los amigos, pues no nos importaba que alguno llegara tarde ya que la abuela Ceballos siempre estaba contando historias. De sus hijos, de sus nietos, pero sobre todo de su marido, muerto en la guerra muchos años atrás. A las jóvenes les hablaba de su época de novios y le encantaba contarles cómo le recitaba versos, con su voz que ella decía clara y fresca como el agua de un arroyo en una mañana de primavera, y les repetía el que más recordaba de tanto que se lo recitó:

Ojos claros, serenos.

Si de un dulce mirar sois alabados

¿por qué si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos más bellos parecéis a aquel que os mira, no me miréis con ira, porque no parezcáis menos hermosos.

Ay, tormentos rabiosos. Ojos claros, serenos, ya que así me miráis, miradme al menos.

Las jóvenes escuchaban embelesadas y alguna, un poco mayor que las demás y quizá ya empollando, se sonrojaba y volvía la cara hacia otro lado o fingía leer un libro. Muchos de mis lectores recordarán aquella tienda y seguro que pasaron más de una tarde entre sus paredes, hojeando tebeos, comiendo dulces y riendo entre amigos.

Tanta era mi curiosidad que decidí asistir a tan extraña invitación, sobre todo porque en la época de su fallecimiento me encontraba de prácticas en una provincia lejana, por lo que no supe de su muerte —de la que algunos murmuraban cosas extrañas— hasta tiempo después de mi vuelta. La cita decía como fecha: “El próximo 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, cuando el sol empieza a prestar su oro a las espigas”…

Llegado el día me puse una ropa no demasiado formal y me dirigí a la casa familiar de los Ceballos, una pequeña finca en las afueras. Desde la verja de entrada todo estaba adornado con flores y plantas silvestres, supongo que queriendo dar un aire de fiesta al lugar, lo que casaba con tan extraña celebración. Una vez dentro los adornos y guirnaldas corroboraban la intención de la familia. Había incluso un pequeño altar no sé de qué otra forma llamarlo— en el que se encontraba una foto de la abuela Ceballos, recostada en su mecedora con los ojos cerrados, con la mayor cara de felicidad que había visto en toda mi vida, sosteniendo una pequeña y extraña caja entre sus manos. En el margen inferior ponía una fecha: 29 de junio.

Charlé con algunos conocidos que recordaban hechos que yo tenía olvidados. Alguno reconoció tener aún en su poder algún libro no devuelto que la viuda Ceballos jamás reclamaba, pues decía que correr de mano en mano era su mejor destino. La tarde fue pasando y los invitados iban regresando a sus casas. En un momento dado, ya anocheciendo y con la casa casi vacía, me encontré sentado en un sofá con algunos de los hijos que reían con los recuerdos, sujetando de vez en cuando alguna lágrima. En uno de esos momentos hubo un silencio mayor de lo habitual y, para salvarlo, se me ocurrió comentar la foto de la anciana, preguntando si era antigua, de otro cumpleaños muy anterior. Vi aparecer unas sonrisas en sus rostros y creí descubrir unas miradas cómplices entre ellos. El mayor de los hijos, un tanto azorado, me respondió que no. La foto era del cumpleaños anterior, el último que celebró con vida, y la foto se tomó instantes después de su muerte, rodeada de su familia y de una visita inesperada.

Según me contó, acababa de soplar las velas y estaban cuidando que los nietos no lo pusieran todo perdido con la tarta, cuando vieron llegar una pequeña y extraña comitiva: dos jeeps con varios soldados, precedidos de dos flamantes coches negros, seguramente vehículos oficiales, dadas las dos banderas que lucía uno de ellos. Pararon frente a la entrada de la casa y de uno de ellos descendieron dos hombres, un militar de alta graduación, a juzgar por las estrellas y medallas de su uniforme, y un hombre mayor vestido con un elegante esmoquin. Pensaron que habrían errado el camino y buscaban ayuda, pero ellos preguntaron por la viuda y familiares de don Enrique Ceballos. Totalmente sorprendidos pero aún más intrigados les hicieron pasar, entrando con ellos cuatro soldados que portaban varias cajas de diverso tamaño y de contenido desconocido. Tras las presentaciones oportunas, en las que el hombre vestido de etiqueta resultó ser el agregado cultural de la embajada francesa, el militar explicó la razón de su visita, para lo que hubo de remontarse a los hechos ocurridos en los últimos meses de la guerra mundial.

En uno de los campos de concentración, el más habitado por españoles, se instaló como médico un personaje peculiar, el Dr. René Lefevre, un francés enamorado de España, que trataba con la mayor humanidad que le permitían a los presos, especialmente a los españoles. Dado su afán por saber y la cantidad de tiempo disponible, se propuso una labor casi imposible: deseaba crear un registro de los acentos de las diferentes tierras de España, para lo que fue tomando nota de los datos de todos los presos, especialmente su lugar de nacimiento y lugar de residencia, cuando era distinto del anterior, efectuando grabaciones de su forma de hablar, ya fuera leyendo pasajes de la Biblia, los que eran católicos, o de cualquier otro libro o manual a elección del preso.

Se sabía desde siempre que nadie sobrevivió a su estancia en aquel campamento, pero lo que no era del dominio público era que el buen doctor Lefevre conservó sus archivos, que pasaron a su muerte a propiedad de las autoridades francesas, quienes los custodiaron y conservaron. Fruto de la colaboración entre los dos países se creó un archivo con todas las grabaciones, efectuando copias en soportes más actuales, para preservar su conservación, buscando además las referencias necesarias para llevar a cabo una tarea aún mayor, que era la que les había traído hasta aquí. En ese momento el militar se volvió a los soldados y dio la orden de proceder. Los soldados sacaron de sus embalajes un antiguo gramófono, un disco de baquelita que manejaban con gran cuidado y una pequeña caja. Una vez estuvo todo dispuesto el militar y el agregado cultural francés se pusieron en pie. Los soldados formaron en posición de firmes tras los dos hombres y el militar hizo entrega ceremoniosamente de la pequeña caja, que dijo contener una grabación restaurada, copia del original, en nombre de los gobiernos de España y Francia. La viuda Ceballos sujetó la pequeña caja entre sus manos, sentándose en su mecedora, aun sin entender del todo lo que le estaban relatando. Entonces el agregado de la embajada francesa pidió a la anciana su permiso para continuar. Ella asintió sin saber qué otra cosa decir ni qué vendría a continuación. Entonces uno de los soldados, se atavió con unos guantes blancos, tomó cuidadosamente el disco de baquelita, lo colocó en el antiguo gramófono, dio vueltas a la manivela, giró la bocina amplificadora y posó la aguja sobre el disco.

Empezaron a sonar unos chirridos extraños, quizá por la antigüedad de la grabación, seguidos por una voz que, en pobre castellano pero con claro acento francés, decía que podía empezar la grabación. Después se oía un carraspeo, como el de alguien intentando aclararse la voz. Tras unos segundos de silencio se oyó una voz, clara y fresca como el agua de un arroyo en una mañana de primavera, que decía:

Ojos claros, serenos,

Si de un dulce mirar sois alabado,

¿por qué si me miráis, miráis airados?...

09 julio 2021

El pistolero sin nombre

Jesús Ramos Alonso

 


La última sesión del taller de escritura fue por zoom, un programa de videoconferencia. El zoom es como el cine dentro del cine. Estás sentado en tu butaca y al mismo tiempo dentro de la pantalla; te sientes desdoblado, partido en dos. La jefa del taller nos pidió escribir una novela corta, pero no sé si se dirigía a mi yo de dentro o al de fuera.

Pensé olvidar el asunto: no tengo nada que contar; pero estaba poseído por un insidioso desasosiego. Algo impedía al molesto compromiso deslizarse por el sumidero de la memoria y ese algo era lo que de niño me decía mi madre: “¡Hijo mío, qué corto eres!”. Al darme cuenta, la petición de la profesora me pareció llena de sarcasmo; a través del diabólico mecanismo del zoom se había infiltrado en mi cerebro, y allí, en una esquina del pasado, bajo un recóndito pliegue de neuronas, había localizado ese ¡qué corto eres! tan hiriente, despojado de la voz de mi madre.

Mi cortedad nacía de la fotofobia que padezco desde niño. Ese pensamiento me llevó a las fotos familiares donde siempre escondo la cabeza para protegerme del sol.

El rechazo a la luz derivó en un miedo generalizado a todo lo que venía de fuera. Sin saberlo, un compañero muy bruto fue el que me ayudó a librarme de esa tara congénita. Elizondo me zurraba día sí día también hasta que, una tarde al salir del colegio, espabilé, ¡qué iba a hacer! Harto de recibir, le endilgué una soberana tunda en el bulevar de la calle Ibiza.

Quizá por estas elucubraciones, el primer argumento que sopesé fui yo mismo. Domino el tema y, además, la autoficción está de moda; sí, una historia que girara alrededor de mis neuras podía resultar fetén.

En ese momento mi yo de dentro, dándome un codazo, dijo.

―No te emociones colega: puedes quedar como Cagancho en Almagro y ser el hazmerreír del grupo. Quizá tenía razón.

Seguí dándole al coco hasta que vino en mi ayuda Kirk Douglas. En ese momento, pasaban en la tele “El último tren de Gun Hill”. Con el tipo duro y simpático podía emprender cualquier aventura, aunque pensé: “¿que pinta Kirk Douglas entre mis demonios interiores?”.

Mis dos yos nos recostamos en el sofá a deliberar acerca de tan crucial cuestión mientras mi héroe, acariciando el revólver con su dedo índice, me interpelaba: “Vamos escritor: ¿dónde están los forajidos?, ¿dónde los cien mil dólares en oro?, ¿y los despiadados vaqueros pisoteando con sus caballos las lechugas de los hacendosos colonos?”.

―¡Eso eso!, ¿dónde está la historia? ―apostilló mi alter ego con un zarandeo virtual.

Estaba un poco harto, así que le solté:

―Mira guapo, si dibujas el personaje la historia sale sola... ¿hiciste pellas el día que lo explicaron?... la trama de un western se arma en un pispás.

―Eres un optimista recalcitrante, ¿no sabes la de vueltas que le das a las cosas, las de veces que corriges compulsivamente?

Tras el rifirrafe no me quedó otra que zambullirme en la trama. Necesitaba urgentemente un nombre y un atuendo adecuados, no podía ir al oeste en pijama y llamándome Inocencio Peribáñez.

Lo del nombre lo resolví por el expeditivo método de no ponerme ninguno; según evolucionara la historia me referiría a mi personaje como el forastero sinuoso o el zurdo evanescente… ¡que sé yo! Resuelta mi filiación, para la indumentaria busqué en el armario del trastero. Allí dormían, despiadadas, las capas del pasado. Con oscuros algoritmos estratigráficos localicé lo que buscaba entre abrigos años veinte, pantalones bombachos, katiuskas, trencas, trincheras y todo tipo de vetustos atavíos, alternando con lechos pétreos de mecanos, triciclos, trenes eléctricos, una tienda de campaña para seis personas con porche y cocina incorporados y hasta la bicicleta con la que me estampé contra un árbol de la chopera del Retiro y me tuvieron que dar siete puntos en el labio. Entre aquellos vestigios, debajo de una manta cuartelera, estaba mi traje de Jim el pecas. En los sesenta, todos los chicos queríamos un disfraz del legendario vaquero. A mí me lo echaron los Reyes y con él salgo en una foto amarillenta, abrazado a mi tía para protegerme del sol. Tengo que hacer un paréntesis para hablar de mi tía, es imprescindible que cuente quien fue, porque sin ella yo no existiría tal como soy hoy y la novela estaría muerta de antemano. No, no piensen cosas raras, no voy a decir que mi tía era mi madre: no es eso; es que mi tía, además de regalarme el traje de Jim el pecas, me tejía jerseys; todavía me acuerdo de uno verde que me puse la primera vez que salí con una chica, y aún conservo el marrón de lana gruesa, muy calentito, con coderas en las mangas de lo tazadas que están. Además de los jerseys y el disfraz, a mi tía le debo mi afición por el cine al que me llevaba muchos domingos; mi amor por ese tísico de OK corral, por El hombre que nunca existió, por Becket y tantos otros personajes. Y también le debo mi amor por los libros. Recuerdo la ilusión con que la esperaba los sábados, cuando se quedaba a dormir en mi casa; la rendija de luz bajo la puerta, mientras leía después de acostarnos todos. Mi tía fumaba, conducía su coche, viajaba y hacía lo mismo que los hombres pero mucho mejor que la mayoría de ellos, cuando muy pocas mujeres lo hacían.

El disfraz me quedaba un poco escueto. Corté el chaleco en dos, por la espalda, y até ambas mitades con gomas para poderlo abrochar. De frente daba el pego. Los zahones no llegaban a las rodillas y el sombrero bailaba sobre la coronilla, pero los revólveres colgaban desafiantes del cinto emitiendo unos destellos plateados impresionantes.

Ante la imponente imagen del espejo, mi yo de dentro soltó un sonoro ¡ole tus cojones! que me llenó de orgullo. Acababa de nacer el pistolero sin nombre.

Animado por el chute de autoestima agarré la botella de whisky: era preciso practicar las rudas costumbres de los hombres del oeste. Con el primer lingotazo, a gañote, tosí un poco, pero el calorcito me envalentonó y, mirando a Kirk Douglas de hombre a hombre, le espeté, “¡a por ellos camarada!”.

―¿A por quién? ―respondió perplejo.

Era urgente urdir una trama o Kirk se evaporaría por aburrimiento, pero por más vueltas que le daba, no se me ocurría nada; hasta que exultante grité: ¡No pienses, escribe!

En ese momento, Kirk Douglas se subía al tren. No sé que habría ocurrido si en lugar de esfumarse tras una densa nube de vapor, hubiera cogido del brazo a la novia de Anthony Queen, al que acababa de liquidar, para vivir felices criando vacas. Tampoco sé que habría pasado si el golpe con la bici hubiera sido en la sien, o si mi tía hubiera sido una zafia. La vida solo es un rosario de casualidades.

La película terminó, apagué la tele y me quité la mantita que me echo para no quedarme frío y, de paso, me sacudí al plasta del yo de dentro. En la cama me quedé sopa con el runrún de escribir la novela.

Al día siguiente intenté por todos los medios recuperar al actor. Entré en Google y descubrí consternado que Gun Hill no es ningún pueblo sino una estación de metro en el Bronx. ¿Como era posible que Kirk me dejara tirado con lo que lo admiraba? Seguí navegando y, al leer una noticia publicada en febrero del 2020, se me cayeron los palos del sombrajo: Douglass, definitivamente, me había dado esquinazo, palmando en Beverly Hills a los ciento tres años: ¡y yo que le creía inmortal!

Con tanto ir y venir entre Gun Hill y Beverly Hills, las lentejas que tenía en el fuego terminaron en el fondo de la olla exprés, hechas plastilina. Mientras despegaba aquella masa negruzca me maldecía por mi mala cabeza; con los años, cada vez se me va más el santo al cielo y no pude por menos que acordarme de lo que, en una comida de ex colegas, nos relató Manolo.

Ya jubilado, sin obligaciones fijas, tras levantarse y desayunar, Manolo se ponía a hacer cualquier cosa, lo que fuera, por ejemplo leer. De repente, cuando llevaba unas pocas páginas, se acordaba de un correo que tenía pendiente de contestar, lo que en ese momento le parecía más urgente; iba al despacho y abría el ordenador mientras pensaba los términos del mensaje, pero le entraban ganas de ir al baño y al terminar, sin darse cuenta, volvía al salón en lugar de al despacho y cogía de nuevo el libro, pero no había puesto el marcapáginas... y así una y otra vez, por despiste, por el teléfono o por..., el caso es que Manolo se pasaba el día yendo de un sitio a otro, buscando sus gafas de culo de vaso, montado en el estúpido tiovivo que movían el aburrimiento y la falta de horizontes, mientras escuchaba el rumor del tiempo al escurrirse entre sus dedos.

Poco a poco, escribir una novela del oeste se me iba haciendo más cuesta arriba. Podía inspirarme en alguna de las tramas de M.L. Estefanía, pero me daba una pereza mortal recorrer las librerías de la cuesta de Moyano a la caza de algún título.

Sobre la mesa seguía abierto el álbum de fotos y comencé a hojearlo. Ante mi desfilaban amigos y parientes; personajes que un día formaron parte de la historia de la familia. Al llegar a mi abuela paterna me quedé pensativo. Tal vez aquella maleta con la que llegaba a Madrid cada Navidad, forrada de una tela verdosa diseño “príncipe de Gales”, encerrara alguna historia. Y en el recuerdo, en busca de esa historia, acompañé a mi abuela al bajar del tren, llorando y riendo al mismo tiempo, totalmente feliz. Vine con ella desde la estación a mi casa por la Gran Vía, en uno de aquellos mil quinientos negros con la franja roja y el capó trepidando bajo el latido del motor diésel. Los guardias urbanos ordenaban el tráfico a golpe de silbato, con el abrigo por debajo de las rodillas, la porra al cinto y el casco que les daba aquel aire de exploradores. Y en el anuncio luminoso de la Caja de ahorros del paseo de Recoletos, la moneda, recortada en el negro de la noche, entraba en la hucha una y otra vez.

Ya en casa, la maleta, se transformaba en la chistera de un mago, de dónde salía una botella de vino de Cigales para mi padre, un pañito de ganchillo para mi madre, mantecados de Portillo y pan lechuguino y ¡qué sé yo! Todo rodeado de camisones, zapatos, agujas de ganchillo, bragas y chancletas.

Me pregunto si en esas cosas o alrededor de ellas, puede haber una novela aunque sea corta, y me doy cuenta de que no sé lo que es una novela, más allá de las simplezas que a cualquiera se le ocurren, y menos aún para qué sirve, si sirve para algo. Y en este afán me siento como la moneda que surge en mitad de la noche, pero es mentira, pues, de nuevo, desaparece en la hucha, una y otra vez; o como Manolo, que nunca acaba nada, quizá porque no tiene muy claro para qué lo hace; o como mi abuela que cada Navidad, al bajarse del tren, piensa que se acabó su soledad, pero año a año, tercamente, llega enero y tiene que volver a Valladolid, hasta que un día ya no necesita su maleta forrada de tela verde príncipe de Gales, y, en la que fue su casa, vive un escritor que siempre está empezando a escribir la misma novela.

02 julio 2021

Convocatoria del VI Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid

 


Se convoca el VI Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid, con arreglo a las siguientes bases:

1.- Podrán concurrir todas las personas que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad, con un máximo de 5 trabajos, excepto el vencedor de la V edición de 2020.

2.- Las fotografías presentadas deberá reunir las siguientes condiciones:

a) Ser originales e inéditas.

b) No haber sido premiadas ni estar participando en ningún otro certamen.

c) El tema es libre.

3.- Los originales, en formato digital, se remitirán por correo electrónico, antes de las 24 horas del 30 de septiembre de 2021, hora de Madrid, a la dirección diariodemadrid@yahoo.com, con la mención en el asunto VI Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid. En el mensaje se indicarán los siguientes datos: nombre y apellidos del autor, su dirección, teléfono, dirección de correo electrónico y títulos de las imágenes. Los menores de edad deberán, además, remitir el consentimiento de sus padres o tutores para poder participar.

4.- El editor de jsanchezmingo.blogspot.com designará el Jurado. Éste estará compuesto por un mínimo de tres personas y realizará la elección final de la obra ganadora.

5.- Antes del 30 de noviembre de 2021 se publicará el fallo del Jurado en jsanchezmingo.blogspot.com. Simultáneamente será comunicado por teléfono y correo electrónico al autor triunfador, en cuyo momento se le informará también del lugar de entrega del correspondiente galardón, obra de un artista plástico de reconocido prestigio.

El trabajo vencedor será publicado en Diario de Madrid en los días sucesivos a la proclamación del resultado, junto con una selección de obras presentadas al concurso.

6.- El premio no podrá declararse desierto. La decisión del Jurado será inapelable.

7.- No se mantendrá correspondencia con los autores de los trabajos presentados desde la publicación de la convocatoria hasta después del fallo del Jurado, excepto para la aclaración de cuestiones relativas a estas bases o a la correcta recepción de los trabajos presentados a concurso. La resolución de todas las cuestiones que puedan surgir o plantearse sobre este certamen son de exclusiva competencia del editor de jsanchezmingo.blogspot.com, en calidad de convocante.

8.- La participación en este concurso supone el conocimiento y aceptación de las bases que lo regulan, así como el acatamiento de cuantas decisiones adopte el editor de jsanchezmingo.blogspot.com en lo relativo a su interpretación y aplicación.

Madrid, julio de 2021

Diario de Madrid

jsanchezmingo.blogspot.com

25 junio 2021

Relato ganador del V Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2021

Bicicatrices

Héctor Vera Calderón

Bicicatrices, de Héctor Vera Calderón, de Lima (Perú), ha resultado vencedor del V Premio de Escritura Breve de Diario de Madrid 2021.

Al mísmo han concurrido 180 trabajos que han sido enjuiciados por un jurado compuesto por 34 miembros, de México, Italia y España, a los que se agradece su labor. Sin ellos, este certamen no hubiera sido posible. A todos los participantes, de América y España, muchas gracias por su esfuerzo y contribución y una efusiva enhorabuena al triunfador. 

El correspondiente trofeo, una obra gráfica del reconocido pintor Antonio Lago Rivera, le será remitido en breve al ganador.

 


Hoy volví a pasar por el parque Matamula. Algo que no puedo explicar me empujó hacia allá, y una presencia potente formulaba en mi cabeza aquella pregunta, con voz inconfundible: —Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera? Contesté mentalmente que sí, mientras sonreía, pero que esta vez cada uno montaría su propia bicicleta. Sonreí, es verdad… pero con tristeza. Mi añorado parque lucía fantasmal a esa hora de la mañana, entre verjas de hierro y privado de vida, probablemente por estar fuera de su horario de apertura al público. Cuando éramos chicos, el Matamula no estaba enrejado y se podía jugar allí a cualquier hora. Lo observé con melancolía desde el asiento de mi bicla. Hace un mes, y debido a problemas musculares en las extremidades inferiores —y también por estar sucumbiendo cada vez más a un alarmante sedentarismo—, un amigo doctor me aconsejó montar bicicleta aprovechando mis vacaciones en Lima. Para tal propósito me puse algo nostálgico y compré una bici azul de freno contrapedal, clásica y sin cambios ni mucho artilugio, como la que tuve de niño. La inactividad pedalística me pasó factura durante la primera semana, pues al descender de la cleta sentía una incomodidad inguinal exasperante que se hacía evidente en mi forma de andar: la de un vaquero pendenciero salido de algún western gringo, con las piernas muy abiertas. Pero a las dos semanas, los dolores —tanto de las piernas como de la región perineal— se desvanecieron, por lo que comencé a disfrutar mis paseos. Estando alojado en un hotelito de Pueblo Libre, mi circuito ciclístico comprendía la zona de la Plaza de La Bandera, quizás algunas calles aledañas y nada más. Mis incursiones por la metrópoli eran limitadas y cautas ya que el tráfico era imposible y los autos habían proliferado de una manera exponencial y peligrosa. Lima no era la que yo recordaba, y el instinto asesino de los micros y taxis era algo nuevo para mí. Pero hoy muy temprano —alentado no sé todavía por qué impulso —decidí alargar mis garbeos y muy resuelto me dirigí por la Avenida Brasil, y después de recorrer San Felipe, doblé hacia la Avenida Salaverry para pasar exactamente por la puerta principal del parque. Conforme me acercaba al Matamula, recordé las veces que mi padre nos llevó a mis hermanas y a mí a patinar y andar en bicicleta alrededor de los tres colosales caballos de bronce que se desbocaban irascibles en el medio de la enorme pileta central. Amarillentos almanaques y fotografías en blanco y negro atropellaron todos a una mi memoria. Tuve ganas de ingresar a mi viejo parque, escenario de pueriles juegos y traviesas aventuras, cómplice de las primeras borracheras nocturnas, mudo testigo de inexpertos besos púberes, y árbitro en una que otra pelea clandestina. Eso pensaba, cuando en ese instante sentí que algo tocó mi hombro, y giré la cabeza. Tonterías, deduje. Quizás fue alguna flor caída desde la rama de un árbol, bajos los cuales yo seguía pedaleando, en la ciclovía. Ya frente a la reja principal del parque, observé algo curioso: un niño flaco y espigado rodeaba la pileta central sobre su bicicleta roja, dando vueltas y vueltas. Imaginé que sería el hijo de alguno de los guardianes o trabajadores del parque, y sentí envidia porque me hubiera gustado a mí también ingresar y pedalear ahí dentro. A los pocos segundos, me pareció distinguir una bicicleta, también de color rojo, que pasaba a mi lado. Parpadeé y no hallé nada, pero volví a sentir ese toque en mi hombro y sonó la pregunta: “Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera?”. Mientras contestaba afirmativamente en mi cabeza, me estremecí, pues en ese mismo instante se me presentó vívidamente aquella ocasión en la cual Jorge Luis y yo intercambiamos bicicletas en el Matamula y el plan acabó convertido en un desastre mayúsculo. Sonreí con dulzura al recordar a Jorge Luis. El gran y querido Jorge. Jorge Luis fue mi primer amiguito, el primer niño con el que jugué y con el que desarrollé una amistad increíble. Nunca tuvimos un altercado. Jamás una pelea, mucho menos un insulto entre nosotros. Cuando yo nací, Jorge tenía dos años de edad y ya vivía en el tercer piso del edificio. Compartimos ese pasillo por veinte años, hasta que circunstancias de la vida (más precisamente el terrorismo y la inflación) obligaron a mi familia a buscar suerte en el extranjero, y me vi forzado a abandonar mi barrio. Poco antes de mi partida a Venezuela, al amparo de la noche, con la ayuda de un destornillador arranqué la placa con la numeración del edificio y la hice firmar al reverso por todos mis amigos del barrio. Demás está decir que Jorge Luis fue el primero al que le solicité firmar algo que yo consideraba era mío por derecho de antigüedad, aunque valgan verdades, si a alguien le correspondía quedarse con ese letrero era a Jorge y no a mí. Simplemente yo me fui primero del edificio y por eso me adjudiqué esa licencia. Como muestra de reconocimiento, la firma de Jorge está en el centro (en el lugar de honor) de la placa que todavía conservo entre mis tesoros más preciados, y alrededor de su nombre figura el resto de camaradas y amigas.

 

 

Respecto a retratos y fotos junto a él, hay poco o nada que decir. A pesar de que la nostalgia haga trampas y me quiera hacer creer que por ahí, enrevesadas en los nebulosos caprichos del tiempo y el desorden, puedan existir instantáneas nuestras de cuando niños en alguna fiestita infantil, la verdad es que sólo poseo una fotografía con Jorge, tomada la semana antes de irme a tierras caribeñas, foto en la cual aparecemos abrazados en la puerta de nuestro edificio. La tengo guardada en mi álbum. Jorge Luis siempre me defendió en el barrio. Creo que de alguna manera me adoptó como su hermano menor, ya que él era hijo único. Si algún bravucón de algún vecindario aledaño llegaba a la cuadra intentando buscarme pleito, Jorge lo corría sin demora. Se había desarrollado bastante en su pubertad y el estirón que pegó nos dejó a todos cortos. Las bromas y apodos no se hicieron esperar entre la muchachada, e incluso a mí se me escapó un día compararlo con el Profesor Jirafales de la televisión. La mirada de sorpresa y decepción que me dirigió bastó para que me sintiera un vil gusano y le pidiera disculpas por mi falta de respeto. Así era mi relación con Jorge: definitivamente un hermano mayor, al que le debía miramiento y absoluta consideración. En las vacaciones escolares de enero, partíamos a la playa una docena de palomillas en bicicleta por toda la Salaverry, hasta la bajada de Marbella. Después de jugar fulbito tres horas regresábamos en bici también, muertos de cansancio y acalambrados pero felices, al borde del colapso por la subida empinada y a través de las cincuenta y tantas cuadras que separaban a nuestro edificio de la canchita al borde del mar. Jorge Luis solía ir y volver en bicicleta también, o al menos eso creíamos. En una oportunidad descubrieron que bajaba su bicicleta de un taxi unos doscientos metros antes de llegar a la cuadra y surgía por la esquina pedaleando como si hubiera hecho todo el trayecto de regreso en su bicicleta. Y fue esa bicicleta la que intercambié con Jorge Luis esa vez en el Matamula. La de Jorge era marca Monark, color rojo, con los frenos a ambos extremos del manubrio, de esas palanquitas que se apretaban con las manos y que mediante un sistema de cables presionaban a su vez las llantas y las hacían detenerse. Mi bicicleta era una Velox, azul, de freno contrapedal que me permitía el aspaviento de quemar llantas en simultáneo al frenado y girar la rueda trasera, levantando polvo para darle más dramatismo y espectacularidad a la maniobra. Ese día fuimos al parque, y no sé en qué aciago momento, a insistencia de Jorge, se nos ocurrió trocar vehículos y realizar una carrera de veinte vueltas alrededor de los caballos de la pileta, pero en rumbos opuestos. Así, Jorge Luis comenzaría a rodear la pileta en el sentido de las agujas del reloj en tanto que yo lo haría en dirección contraria. El que perdía compraba las gaseosas. Todo comenzó muy bien, tomándonos la apuesta a la chacota. Cuando nos cruzábamos en algún punto del periplo, hacíamos muecas burlonas y todo tipo de mohínes grotescos y pachotadas, y también aprovechábamos para anunciar la cantidad de vueltas transcurridas. Pero conforme fue progresando la carrera, advertí que el punto en el que nos encontrábamos favorecía cada vez más a una ventaja de Jorge Luis, y yo me retrasaba paulatinamente. Decidí hacer algo al respecto y entonces le puse más empeño a mis piernas y apliqué más concentración a mi cerebro, para recuperar un poco el terreno perdido. Jorge Luis se percató de mis intenciones y desde ese momento la carrera se convirtió en una furiosa competencia en la cual solo nos avisábamos las vueltas completadas al pasarnos por el lado. El resto del tiempo no podíamos vernos porque los enormes caballos de la pileta nos tapaban la visión del uno al otro. La velocidad fue aumentando de forma vertiginosa y esa sensación de volar sobre el cemento era deliciosa. A escasas cuatro vueltas para terminar la contienda, delante de mí se cruzó intempestivamente una pelota surgida de un sector de los jardines, y detrás de la pelota un niño de unos cinco años que la perseguía. El impacto fue brutal. No pude frenar porque el instinto y la costumbre me indicaron usar el contrapedal, recurso impracticable porque estaba montando la bicicleta de Jorge Luis y sus frenos estaban en el manubrio. Impulsé hacia atrás los pedales y mis piernas se quedaron dando vueltas interminables en retroceso mientras la bici se empotró contra el niño, a quien hizo volar como quince metros. Tal fue la fuerza del choque, que la llanta delantera se dobló toda, el manubrio se torció y zafó de su lugar y yo terminé también magullado, con feos raspones en los codos, la muñeca derecha dislocada y un golpe tremendo en la frente como consecuencia de aterrizar de cabeza en el duro pavimento. Ante los insultos estridentes de la nana del niño, y asustado por lo ocurrido, huí del lugar arrastrando conmigo la bicicleta de Jorge, ahora inservible. Tampoco quería que él llegara y viera su bici así. El pánico me invadió y me fui directo a la cuadra. En el camino pensaba la manera en que le explicaría a Jorge Luis lo que pasó y por qué su bicicleta se encontraba en tal estado. El niño no me inquietaba tanto porque cuando recogí la bicla y me aprestaba a fugar del parque lo escuché llorando, así que por lo menos muerto no estaba. Esperé a Jorge en la puerta del edificio, sin animarme a subir a mi casa a atenderme las heridas sino más preocupado por lo que iba a decirle. Media hora después apareció Jorge Luis por la esquina, con las rodillas sangrantes, rengo, y empujando a duras penas mi bicicleta. Al llegar a mi lado me contó que faltándole pocas vueltas, se le atravesó por delante una niña con su perro y que al intentar frenar, utilizó sus manos pero no encontró las palancas habituales (olvidó que llevaba mi bici contrapedal) y colisionó con la niña, ambos volaron despatarrados y toda mi bicicleta se abolló. Jorge también había decidido abandonar la escena del crimen inmediatamente, pero el dolor en sus rodillas no lo dejaba caminar muy bien y vino descansando en su retorno al barrio. Cuando le narré mi accidente, se sentó junto a mí y comenzó a reír. Soltamos carcajadas, desparramados y policontusos a la entrada del edificio, compartiendo detalles de nuestras respectivas odiseas, y revisando y comparando lesiones. Supimos que la marca en mi frente y las de sus rodillas no nos abandonarían nunca, y las bautizamos como nuestras “bicicatrices”, huellas que sellarían con sangre y piel nuestra amistad. Convinimos asimismo en que cada uno se haría cargo de las reparaciones de sus propias bicicletas.

Jorge Luis falleció hace veinte años, poco después de cumplir los treinta y uno. Cargué su féretro hasta llegar a nuestra cuadra junto con otros amigos y presencié emocionado cómo desde las ventanas de los edificios le llovían pétalos de flores a la vez que vecinos y vecinas lloraban su pérdida, invadidos por una extraña mezcla de dolor y rabia. No he vuelto a ver semejante homenaje póstumo a nadie conocido. Extraño a mi amigo. Y lo extraño porque ya abrieron las puertas del parque y hay dos niños abrazados, pactando tal vez un intercambio de bicicletas o una carrera alrededor de los briosos corceles de la pileta central de nuestro amado y eterno parque Matamula. Y lo extraño todavía más, ahora que regreso de mi ejercicio diario hacia el hotel, pues lo veo a mi lado, flaco y espigado, pedaleando en su bici roja, y escucho su voz mientras toca mi hombro, preguntándome persistentemente: —Torec, ¿una carrera alrededor de la pileta? ¿Ah? ¿Una carrera?