31 agosto 2018


Verano en Soria
Carmen Picazo
Recuerdo muy bien algunas cosas puntuales de aquel verano, a pesar de que por entonces yo tendría, como mucho, cinco o seis años.
Mi tía, hermana de mi madre, quiso llevarme unos días con ella y su marido a la tierra de él, Soria, a un pueblo, Bayubas de Abajo, cercano al de él , Quintanas de Gormaz. Luego, andando los años, me enteraría de que mi bisabuelo materno también había nacido en Quintanas, aunque se hubiera ido de joven a Madriguera, en Segovia, y allí se hubiera casado.

Todavía no sé cómo pudo mi padre acceder a que me llevaran mis tíos con ellos de veraneo, era poco aficionado a que yo me marchara con nadie. Supongo que mi madre le convencería, pero eso es otra historia.

Recuerdo que llegamos al pueblo por la tarde, en lo que entonces se llamaba el coche de línea, es decir, un autocar que salía de Madrid e iba parando en todos los pueblos del recorrido. Al bajar del autocar vi que prácticamente todo el pueblo estaba en la plaza esperando su llegada. Era, al parecer, el único entretenimiento que tenían. Yo me sentí como una extraterrestre al ver cómo nos observaban, sobre todo mi ropa, que era de lo más común en Madrid pero totalmente exótica en aquel pueblito en aquellos tiempos sin televisión ni Internet. Me avergoncé hasta de mis calcetines de perlé y mis zapatitos blancos. Mi madre no había consentido que fuese a un lugar tan frío como Soria, ¡en pleno verano!, en sandalias.

Nos afincamos en una casa de una especie de parientes de mi tío, que nos alquilaron una habitación, estando comprendida la alimentación, desayuno, comida y cena. Para las dos comidas principales ponían un cuenco muy grande en el centro de la mesa y todos metían la cuchara, excepto mi tía y yo. A nosotras nos ponían plato y nos servían aparte. A la hora de la merienda llegaba el momento de avergonzarme de nuevo, porque mientras yo tomaba un bollo y una onza de chocolate, una niña de la casa que merendaba al tiempo que yo se comía un trozo de cebolla con pan. Por cierto, la niña iba vestida todo el tiempo con una especie de sayón y un delantalito.

Un buen día, a mi tío se le ocurrió la idea de visitar su pueblo, a unos siete kilómetros de distancia atravesando el pinar, lo he averiguado buscándolo en Internet, y me dijo que me fuera con él. Nos prepararon en la casa una hogaza con unas magras con tomate y nos pusimos en camino. No recuerdo en qué pasamos el día en Quintanas desde que llegamos hacia mediodía, supongo que mi tío saludaría a algunos parientes que le quedaban en el pueblo. Y ya, a media tarde, nos despedimos y pusimos rumbo a Bayubas, de nuevo atravesando el pinar.

Caminar por un pinar siempre ha sido algo casi mágico para mí. Ver esos altos pinos que parece que te cobijan de todo mal es una experiencia maravillosa, casi mística. Así que anduvimos, anduvimos, anduvimos… hasta que mi tío confesó que nos habíamos perdido.

En ese momento yo recordé todos los cuentos que conocía de niños perdidos en el bosque, todas las Caperucitas, los Hansel y Gretel, etc. se me vinieron a la cabeza. Estaba muy cansada porque en lugar de los siete kilómetros debimos hacer dos o tres más intentando que mi tío encontrase el camino de vuelta. En un momento dado tuvo que subirme sobre sus hombros porque yo ya iba rendida.

Cuando ya desesperábamos de llegar, vimos a lo lejos una luz que era ¡¡¡¡el reloj del Ayuntamiento de Bayubas de Abajo!!!! Estábamos salvados…

Hoy, recordando aquello, he querido buscar en la red ese reloj, que representó para una niña pequeña como yo era entonces el símbolo de la salvación. Y lo he encontrado, aunque hoy día el edificio es una Oficina Comarcal de la Junta de Castilla y León. No sé si de noche seguirán iluminando el reloj y si le ha servido a alguien más de orientación nocturna como nos ocurrió a mi tío y a mí en aquella noche de hace tantos años. Pero me ha dado mucha alegría comprobar que mis recuerdos se conservaban intactos y que aquel bendito reloj existía. Y que siga existiendo por muchos años.

Bayubas de Abajo (Soria).



24 agosto 2018


Altea, martes de agosto. Mercadillo de frutas y verduras

Julio Sánchez Mingo

A Coralita


 —A mí los pepinos me gustan de color verde, no de esos negros que hay por ahí.

¿A cómo está el aguacate?

¡Qué calor!
No señora, es el bochorno, la humedad.

Los tomates los tengo todos al mismo precio, a 3,40, peros son mejores estos, que son de mi tío.

No me ha devuelto los 50 céntimos.
Sí señor, se los he devuelto.
Yo he visto como se los ha dado.
¿Ve usté?

Vamos, que se acaba.

Deme una bolsa.

Póngame 10 kilos de naranjas de zumo.
¡Vaya familión!

Pog favog, seguía tan guentil de dagme trois pimientas vegdes y dos gojas.
Madan, la pimienta es otra cosa. Estos son pimientos.

En Madrid he visto los melocotones a 80 céntimos, aquí a 1,50. ¡Qué barbaridad!
La semana que viene, cuando se vayan los turistas, bajarán.

Deme perejil.

¡Pero qué señora mas guapa y más joven!
Ya tengo ochenta.

El pepino quita la sed.
¡Hay que ver, qué fijación tienen estas señoras con los pepinos!

¡Vaya melones que tengo, vaya melones que tengo!
Ya, ya, señora.

¿Qué pasa, a mí no me pesa? Yo estaba antes.

Jefe, pruebe estos higos, que están muy dulces.

Estas uvas son contra el cáncer. Tienen pepita.

¿Estará buena?
Está como la miel.

Yo utilizo estos tomates para el gazpacho. Mire qué pulpa.
Yo lo hago con tomates pera.

No le quite los rabos.

A ver, Messi, campeón ¿qué te pongo?

Está de muerte

Gracias, tesoro.

Ya no hay huevos blancos.
No, sólo morenos.

Hoy hay coliflor.
No, gracias.
Con lo buena que es, reina.

Buenos días, moreno.

Señora, se le ha caído el pepino.

¿Mezclo melocotones y chatos?
Sí, no creo que se peleen.

Tengo una alegría en el cuerpo...alegría Macarena.


Estos me han hecho trabajar hoy. Uno se quiere comprar una moto, otro no sé qué. Yo estaría tumbao en la playa con tres rubias…. de cerveza.

PD. Transcripción de frases y diálogos escuchados en el mercadillo de frutas y verduras de Altea de los martes, en agosto de 2018.

J. S. M.


17 agosto 2018


El verde de tus ojos


Jesús Ramos Alonso



Hoy he recordado los días en que nos conocimos. Todo ha sido por una revista del corazón que he leído en la consulta del dentista; traía una semblanza de Liz Taylor a raíz de no sé qué efeméride. Ya sabes lo que siempre me ha gustado esa actriz.
Cuando te conocí llevaba unos meses bastante desquiciado. Al principio lo achaqué a la muerte de mi abuela, justo después de aprobar las oposiciones que me habían dejado para el arrastre. La quería mucho, ella me había criado y había sido el padre y la madre que no conocí.
Además tenía el turno de noche en la maternidad del Gregorio Marañón y, aunque ya llevaba tres meses con ese horario, no conseguía acostumbrarme a irme a la cama cuando todos se levantaban.
Sería eso o no, el caso es que me encontraba desubicado y de mal humor. No conseguía aprovechar mis horas libres, que desperdiciaba con cualquier cosa. Los fines de semana salía con compañeras del hospital o antiguas conocidas, íbamos a cenar o a tomar copas y cuando se terciaba terminábamos en la cama, pero en seguida cortaba: con ninguna me encontraba lo suficientemente a gusto como para prolongar la relación. Luego, en el hospital, cada vez que participaba en un parto, según fuera la mujer que daba a luz, imaginaba al adulto en que se convertiría ese proyecto de persona. Y esas fantasías me llevaron a obsesionarme con la madre que no tuve. Buscaba sus gestos en las mujeres a las que ponía el termómetro o curaba los puntos; intentaba encontrar su aliento, sus caricias o su voz, en el aliento, las caricias y la voz de las parturientas, y, como un brujo, daba vida en mi interior a la que con amoroso cuidado me habría visto crecer. Y me perturbaba la idea de que yo podría haber sido alguien distinto; quizá más inteligente, más audaz, menos lacónico…pero sobre todo más feliz que el pobre hombre que veía en el espejo: el huérfano al que acababa de descubrir.
Ya habíamos coincidido algunas veces por cambios de turno y desde el principio me caíste bien. Así que un día, al terminar, te invité a desayunar. Al parecer, ni tú ni yo teníamos sueño y después del desayuno pedimos otro café y luego otro y empezamos a charlar de cosas de nuestra vida. Recuerdo que me pediste que te hablara de mi familia y entonces yo te conté lo que nunca antes le había contado a nadie, que crecí creyendo que mi abuela era mi madre hasta que me dijo la verdad cuando yo tenía once años. Me lo ocultó sí; es muy duro decir a un niño una cosa así y es natural que dejara pasar el tiempo. Me quería mucho, lo sé; recuerdo cuando llegaba por las tardes, derrengada, después de hartarse limpiando la mierda de otros, y lo ancha que se ponía cuando me contaba que las vecinas le decían “la del niño guapo”; por lo visto yo, de niño, lo era. Un día al ir a recogerme a la salida del colegio, me vio hablando con unos chicos mientras estos la señalaban. ¿Qué te decían esos niños? me preguntó. Lo que me decían es qué quién era esa que me venía a buscar, que mi madre no podía ser tan vieja. Se debió quedar con el comecome y una tarde, de repente, me atrajo hacia sí, y al abrigo del abrazo me contó que mis padres murieron en un accidente de tráfico, siendo yo aún bebé. Lo recuerdo como si estuviera ocurriendo ahora mismo, en la tele ponían “Cleopatra” y mi abuela, sin apartar la vista de la pantalla, dijo: Tu madre tenía los ojos más bonitos del mundo.
También me acuerdo que en ese momento me acerqué para besarte pero tú me detuviste con una pregunta: ¿Cómo era tu madre?dijiste. Yo me quedé pensativo, esa era la pregunta que me llevaba haciendo tanto tiempo, “¿cómo era mi madre?” y, tras unos instantes, contesté que sus ojos eran verdes, como los de Liz Taylor. Y mientras lo decía caía en la cuenta de que tú también los tenías de ese color.
Tienes que enseñarme fotos suyas dijiste. Yo entonces te mentí, te contesté que sí y luego sellé mi mentira con el beso que había quedado en el aire.
Todavía me asustaba enfrentarme con la verdad. Esa verdad que no descubrí hasta que murió mi abuela y me traje a casa sus cuatro cosas en una bolsa de El Corte Inglés. ¡Qué ironía, toda una vida en una bolsa de plástico! Esa verdad que me reconcomía por dentro y solo fui capaz de contarte mucho después de casarnos. Esa verdad que lo explicaba todo, oculta en la bolsa junto a una foto mía y otra de mi padre, dentro de una carpeta con recortes de periódico: que el cadáver de mi madre apareció en un descampado, desnudo, sucio y violado, con los ojos arrancados y un mensaje esculpido a punta de cuchillo en el mármol de su vientre: “PAGA CABRÓN”; que mi padre era un narcotraficante y que poco después le colgaron de una soga bajo un puente.
Mi abuela tuvo que renunciar a todo por mí, marcharse fuera como una apestada y empezar una vida nueva.
Más tarde nos divorciamos. No hemos tenido grandes broncas ni nos hemos sido infieles pero, sin saber por qué, lo nuestro dejó de funcionar.
Hoy, leyendo la revista, me he enterado de que los ojos de Liz Taylor eran de color violeta.


07 agosto 2018


Apuntes de viaje

Julio Sánchez Mingo
Fotos del autor1

A la valiente de las cumbres tempestuosas y a Lola Alegre y Gonzalo Silván, mis pintores de cámara

Hace muchos años acudí a la Galería Doria Pamphilj de Via del Corso, en Roma, a conocer el retrato de Inocencio X que pintara Velázquez, obra cumbre de este género de pintura. Muestra, con maestría inigualable, los rasgos físicos y psicológicos del pontífice. El ceño fruncido, su fealdad, sus arrugas, su demoledora y penetrante mirada transmiten un carácter saturnal y casi agresivo, muy humano y nada devoto, todo ello sobre un frenesí de rojos: cortinaje rojo, sillón rojo y ropajes rojos. Troppo vero— dijo el papa Pamphilj al ver el trabajo terminado, según cuenta la leyenda.

Velázquez: Inocencio X. Galleria Doria Pamphilj. 

Fui afortunado porque durante la media hora, más o menos, que estuve a solas frente al cuadro, nadie, ni siquiera un celador, apareció a interrumpir mi contemplación y deleite en la pequeña sala que, a mediados del 800, mandó construir su descendiente Filippo Andrea V Doria Pamphilj, para mostrar, en exclusiva, la joya más preciada de su colección.
Años después, en el 96, el cuadro viajó a Madrid para ser exhibido en el Prado durante unas pocas semanas. Largas colas, la sala Ariadna del museo atestada de gente, codazos por ver el famoso retrato.... Toda la ciudad quería estar allí. El triunfo del marketing, la comunicación y la publicidad.
Seguramente muchos de los concurrentes habrían pasado por Roma con anterioridad y, habiendo podido disfrutar de la obra sosegadamente, no lo habían hecho.

La semana antepasada, en el Belvedere de Viena, hordas de chinos, especialmente mujeres jóvenes, se afanaban por hacerse un autorretrato, vulgo selfie, con El beso de Klimt de fondo, desdeñando obras colgadas en el palacio, ahora museo, que mandó construir el príncipe Eugenio de Saboya como residencia de verano, y que son, a mi parecer, más interesantes, como las de Egon Schiele.

Gustav Klimt: El beso (detalle). Galería Belvedere.

Egon Schiele: Autorretrato (detalle). Leopoldmuseum.

El sábado de esa misma semana, en el Kunsthistoriche, fui de nuevo afortunado. Durante al menos un cuarto de hora, pude disfrutar de la contemplación, de nuevo a solas, repantigado en un comodísimo sofá, los hay repartidos por muchas de las salas de la colección de pintura, de los tres autorretratos de Rembrandt que posee el excepcional museo vienés. Lo es no sólo por el contenido sino también por el continente, el magnífico edificio que hizo erigir el emperador Francisco José.

Con semejantes sofás, ¿quién no disfruta de la pintura?

Al final me vi interrumpido por un mocetón, chino, como no, que entró en la relativamente pequeña sala, la recorrió de punta a punta, sin detenerse ni siquiera ante las obras del maestro holandés, para desaparecer por la puerta de entrada. La salida, que da a otra estancia, está temporalmente cegada por los trabajos de montaje de una exposición temporal de Brueghel. ¿Cómo se comportaría en la sala anterior, donde cuelga El Arte de la Pintura de Vermeer? ¿Qué buscaría en la pinacoteca?

Rembrandt: Autorretrato grande de 1652 (detalle). Kunsthistoriches Museum.


Vermeer: El Arte de la Pintura (detalle). Kunsthistoriches Museum.

Tampoco un matrimonio español, con su hijo treintañero, dedicó mucha atención, no más de dos minutos, a Velázquez, en concreto a los retratos de la infanta Margarita, impresionismo puro, y al retrato del malogrado príncipe Felipe Próspero, máxima expresión de ternura de un pintor a sus modelos, en este caso el infante y su perrillo.

Velázquez: Infanta Margarita Teresa. 1654 (detalle). Kunsthistoriches Museum.

Velázquez: Infanta Margarita Teresa. 1654 (detalle). Kunsthistoriches Museum.

Velázquez: Infante Felipe Próspero (detalle). Kunsthistoriches Museum.

Velázquez: Infante Felipe Próspero (detalle). Kunsthistoriches Museum.

En el Leopoldmuseum de Viena, para conmemorar el centenario de la muerte del popularísimo Klimt y de su amigo, y en cierto modo discípulo, el excepcional pintor expresionista Egon Schiele, fallecidos en 1918 en un breve lapso de tiempo, se celebran dos exposiciones dedicadas, respectivamente, a cada uno de ellos. Allí sólo hay público local. Los chinos están desaparecidos.

Egon Schiele: Mujer recostada. 1917 (detalle). LeopoldMuseum.

Por cierto, los ingleses, puritanos ellos, censuraron la publicidad, preparada al efecto para ser mostrada en autobuses, metro y grandes edificios de Londres, de la exhibición de Schiele del Leopoldmuseum. Incluso, desde el ayuntamiento de la ciudad británica la tildaron de pornográfica. Los políticamente correctos alemanes de Berlín repitieron el desatino. En ambos casos, las autoridades austríacas se vieron obligadas a cubrir los genitales de las reproducciones de las obras de Schiele de los carteles de la campaña de promoción con la frase: “Cien años ya, pero aún demasiado atrevido”2.

Publicidad censurada en el Metro de Londres.

Como recuerda Borja Hermoso en su artículo de El País, en el frontón de la fachada del Pabellón de la Secesión3, que los vieneses llaman el repollo de oro, reza, en alemán: “A cada tiempo su arte. A cada arte su libertad”.

Pabellón de la Secesión. Viena.

1Excepto la imagen del retrato de Inocencio X, tomada de www.doriapamphilj.it, y la foto del Metro de Londres.
3 Movimiento modernista vienés en el que participaron Schiele y Klimt, que fue su primer presidente.

29 junio 2018


La broma infinita*

Jesús Ramos Alonso

Con Dios me acuesto, con Dios me levanto…”. En el colegio había aprendido que Dios era un amigo, así que todas las noches le hablaba. Las oraciones formaban parte de una serie de ritos, como la misa de los domingos o el potaje de los viernes que, en conjunto, obedecían a la misma lógica: sé bueno o irás al infierno. Era igual que cuando mi padre me mandaba callar, una de dos, obedecía o me soltaba un guantazo.
Así que la relación con Dios era fácil, ni le veías ni te hablaba pero sentías que estaba ahí: si copiabas en un examen solo tenías que confesarte y cerrar los ojos apretando fuerte hasta que sentías dolor de contrición, que se notaba porque veías estrellitas, luego rezabas los padrenuestros de rigor y quedabas en paz. El problema era el tutor que, más de una vez, me había puesto la cara del revés.
Un día, en clase de dibujo, por hacer una gracia, le clavé el compás en el culo al compañero de delante. Como me hice el despistado, nadie me vio y a Joaquinito, que se sentaba a mí lado, le cayó una buena. Aquello me hizo dudar de lo que hasta entonces había creído a pies juntillas, pero cuando realmente me di cuenta de que las cosas no eran tan simples fue tiempo después. Tendría yo doce años y por hacerme el hombrecito solté en la mesa un “¡Otra vez sopa, me cago en Di…!”. Aún recuerdo la cara de mi padre, el manotazo que pegó con la cuchara en la mesa, los pegotes de fideos en las flores del empapelado, y lo rojo que se puso mientras se quitaba el cinturón y, amenazante, levantaba el brazo; luego, de repente, como si le hubiera alcanzado un rayo, cayó al suelo. La apoplejía le dejó con cara de luna y sentado en una silla para los restos.
A las palizas ya estaba acostumbrado y me parecía lo propio de su carácter pero, ¿por qué siendo yo el pecador, era él quien recibía el castigo?
A partir de entonces dejé de rezar por las noches y empecé a sacar suspensos. Me tenía que quedar castigado después de clase y allí me juntaba con la flor y nata del barrio. Un año después, el Tato y yo robábamos en la tienda de comestibles, amenazando al tendero con una navaja. Con el dinero nos fuimos de bares y nos pusimos ciegos de tapas y de “gin-tonics”. Llegó un momento en que todo me daba vueltas y de lo que ocurrió después solo recuerdo flashes: el Tato gritando “¡Vámonos de putas! “, más gin-tonics apoyados en una barra, un pasillo con luces rojas y una negra con las tetas enormes… y luego el frio de la calle mientras echaba la pota tiritando. Cuando me desperté con la cabeza como un bombo, me acordé del sexto mandamiento, el que más desataba la ira de Dios; me puse de rodillas, agaché la cabeza arrepentido y pedí perdón: « Fue sin querer, me dio vergüenza decir que no, estaba mareado y no sabía lo que hacía…», recé.
Los días siguientes el picor no me dejaba dormir y al mear sentía un dolor espantoso, como si millones de minúsculos cristales bajaran arrastrados por el líquido pestilente que, embravecido, pugnaba por salir de mi vejiga a punto de explotar, erosionando a su paso las pústulas que colonizaban mis vías urinarias. El escozor me hizo reflexionar y en todo aquello vi la mano de Dios.
Como castigo por lo del tendero me encerraron en el reformatorio, y al salir, mi madre me metió en el taller donde había trabajado mi padre. No me importó, al salir del curro me iba de parranda con los otros aprendices y, además, estaba harto del colegio, así que recuperé la fe en la justicia divina.
Luego me casé y poco a poco mi fe se ha ido acrecentando, sobre todo en los finales de mes, cuando la nevera está vacía y vamos a las hermanitas de los pobres a por la bolsa de ayuda: el sueldo del taller no da para mucho y los niños comen como fieras, además la Charo gasta en trapos lo que no tiene.
Yo procuro agradecer a mi manera lo que Dios hace por mí: bendigo la mesa, voy a misa los domingos (me pilla de camino al bar), y a veces hasta le hablo como cuando era niño. Ayer, sin ir más lejos, estaba en casa desinflado, tumbado en el sofá; me habían despedido por lo de la crisis y no sabía por dónde tirar; de repente me encontré gritando al techo como si hubiera alguien allí:
¡Oh Dios, ¿por qué me haces esto?! —exclamé.
Al instante sonó el timbre de la puerta. Era Él que me enviaba dos agentes judiciales con un mandamiento de desahucio por lo de la hipoteca.

* Título tomado de la novela de David Foster Wallace

Miguel Ángel Buonarroti: Capilla Sixtina (Detalle).



22 junio 2018

Convocatoria del III Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid

Se convoca el III Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid, el blog de Julio Sánchez Mingo, con arreglo a las siguientes bases:

1.- Podrán concurrir todas las personas que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad, con un máximo de 5 trabajos.

2.- Las fotografías presentadas deberá reunir las siguientes condiciones:
a) Ser originales e inéditas.
b) No haber sido premiadas ni estar participando en ningún otro certamen.
c) El tema es libre.

3.- Los originales se remitirán por correo electrónico, antes de las 24 horas del 30 de septiembre de 2018, a la dirección diariodemadrid@yahoo.com, con la mención en el asunto III Premio La Foto del Verano de Diario de Madrid. En el mensaje se indicarán los siguientes datos: nombre y apellidos del autor, su dirección, teléfono, dirección de correo electrónico y títulos de las imágenes.

4.- El editor de jsanchezmingo.blogspot.com designará al Jurado. Éste estará compuesto por un mínimo de tres personas y realizará la elección final de la obra ganadora.

5.- Antes del 30 de noviembre de 2018 se publicará el fallo del Jurado en jsanchezmingo.blogspot.com. Simultáneamente será comunicado por teléfono y correo electrónico al autor ganador, en cuyo momento se le informará también del lugar de entrega del correspondiente galardón, una aguada del insigne pintor Antonio Lago Rivera (1916-1990).
El trabajo vencedor será publicado en jsanchezmingo.blogspot.com en los días sucesivos a la proclamación del resultado, junto con una selección de obras presentadas al concurso.

6.- El premio no podrá declararse desierto. La decisión del Jurado será inapelable.

7.- No se mantendrá correspondencia con los autores de los trabajos presentados desde la publicación de la convocatoria hasta después del fallo del Jurado, excepto para la aclaración de cuestiones relativas a estas bases o a la correcta recepción de los trabajos presentados a concurso. La resolución de todas las cuestiones que puedan surgir o plantearse sobre este certamen son de exclusiva competencia del editor de jsanchezmingo.blogspot.com en calidad de convocante.

8.- La participación en este concurso supone el conocimiento y aceptación de las bases que lo regulan, así como el acatamiento de cuantas decisiones adopte el editor de jsanchezmingo.blogspot.com en lo relativo a su interpretación y aplicación.

Madrid, junio de 2018

Diario de Madrid, el blog de Julio Sánchez Mingo
jsanchezmingo.blogspot.com







15 junio 2018



Cosas de madre

Luis Miguel de Blas

"Seguro que así huele el cielo", pensó. En la mente del niño no podía ser de otra forma. No podía haber en todo el mundo nada que oliera tan bien, o sea que solo en el cielo podía oler así.

Se había levantado algo menos temprano de lo habitual, ya que, al ser domingo, no sólo no había colegio sino que tampoco era necesario que ayudara a su padre en las labores del campo. Sus hermanos, algo mayores que él, seguían durmiendo aún, seguramente por haberse acostado más tarde de lo habitual, Como casi todos los sábados, días que aprovechaban para rondar de noche por el pueblo con otros de su edad, riendo, bebiendo, gastando bromas y despertando con sus cánticos a quienes se retiraban a horas más tempranas. Cuando salió de su cuarto, junto al chiscón, y antes de empezar a descender los peldaños de madera de la desvencijada escalera, ya empezó a olisquear el ambiente, disfrutando de los aromas que le llegaban de la cocina, donde su madre seguro que llevaba algún tiempo trabajando, pues el alba la cogía siempre levantada y raro era el día que alguien de la casa podía pillarla, por muy temprano que fuera, sin estar metida en alguna faena.

Pero el niño sabía que este domingo era especial. Se acercaban las fiestas del pueblo y en todas las casas se preparaban, con algunos días de antelación, los dulces, pastas y guisos especiales que solo se hacían en tales ocasiones. En su casa era costumbre que su madre empezara justamente el fin de semana anterior. El viernes por la tarde advertía a la familia para que nadie contase con ella para nada que obstaculizara su labor si deseaban tener todo lo que les gustaba. El sábado cogía de un cajón la vieja llave de la despensa y se dedicaba a sacar de los armarios, donde reposaban de año en año, las cazuelas para los grandes guisos, los moldes para bollos y pastas y los utensilios para los quehaceres especiales, como el extraño hierro con redondeadas formas en la punta que más parecía servir para marcar ganado que para freír las dulces flores de sartén. Los iba limpiando uno a uno y colocando en los lugares ya pensados de la cocina; después revisaba la alacena comprobando las existencias en la casa de harina, leche, azúcar, etc., y cuando tenía ya todo controlado salía camino del colmado para aprovisionarse de lo que faltara. Tenía tal maña y costumbre que raro era el año en que, tras volver a casa y hacer otra comprobación de rutina, echara algo en falta y hubiera de volver a salir o mandara a alguno de los hijos con el recado, tras lo cual dejaba para el domingo las preparaciones, salvo alguna masa que hubiera de fermentar durante la noche.

A la mañana siguiente, bien temprano, se arreglaba poniéndose un mandil con bordados de hilo blanco, recuerdo de su ajuar de novia que siempre guardaba para estas ocasiones, se ataba un pañuelo en la cabeza cubriendo sus cabellos para que no blanquearan con la nube de harina que solía formarse y empezaba la jornada entrando en la cocina y encendiendo la vieja cocina de leña con unas hojas de periódicos y algún resto de una vieja escoba, antes de salir al corral para ordeñar a los animales y coger algo de leña. Luego ponía al fuego la leche, añadía unas varas de canela y, mientras esperaba que hirviera para seguir con la preparación de los dulces, comenzaba a limpiar y pelar las verduras y hortalizas para los guisos, las troceaba según su costumbre y las dejaba preparadas para cuando llegara el momento de empezar a preparar los pucheros para los estofados, siguiendo las viejas recetas de su madre y el mismo ritual de largas horas de lenta cocción y más de una jornada de reposo para la mejor combinación de los sabores ancestrales.

El pequeño terminó de bajar los escalones despacio, procurando no hacer ningún ruido que delatara su presencia. Le gustaba asomarse a la cocina casi a escondidas y observar el trajín de su madre sin que lo viera, disfrutando al mismo tiempo con los aromas de la leche perfumada con la canela, la nata con azúcar reposando en un cuenco, los olores de matalauva y naranjas confitadas y mil perfumes más esperando su turno con la miel, las almendras y los orejones. Soñaba con los dulces que en unos días llenarían la mesa cuando llegara el día de la fiesta y todos se reunieran en el pequeño comedor al regreso de la romería a la ermita de la patrona. La boca se le hacía agua imaginando las rosquillas cubiertas de azúcar, los pestiños con su miel, las ansiadas perronillas con su suave gusto a manteca,.... y, sobre todo, las roscas borrachas, el dulce más típico y apreciado de la aldea.

Pero aun faltaban unos días para la fiesta del pueblo y, aunque un par de días antes ya estuviera la labor terminada, su madre no les dejaba probar nada hasta que llegara el momento. Mientras tanto, sólo le quedaba disfrutar de los olores que le llegaban de todos los rincones de la cocina, y del ballet que su madre ejecutaba de un lado a otro de la pieza, colando la leche a una gran vasija, troceando las frutas, amasando la harina con la manteca, anisando la masa fermentada, dando forma a algunas de las labores y metiendo otras en el viejo horno de arcilla donde lo mismo cocía panes que asaba tostones y lechazos. Su progenitora gustaba de hacerlo todo en casa, ella sola desde que murió la abuela, y nunca fue de las que se juntaban en la tahona del pueblo, cada una con sus preparaciones para el horno comunal y que no se sabía si lo hacían por no disponer de horno propio o para entregarse, como al descuido, al cotilleo vecinal, a compartir recetas o a darse nuevas de lejanos parientes.


Los días volaban despacio. La impaciencia que los hacía eternos, deseando disfrutar de los anhelados dulces, quedaba mitigada por los juegos sin fin, pues no volvía a haber escuela hasta después de la fiesta grande, y a los hermanos se les pasaban los días en un suspiro, ya fuera con los amigos de correrías por los campos o entre ellos tres compitiendo en el patio de la casa, unas veces a la herradura, otras a la taba o incluso en carreras de chapas que el mayor había confeccionado con unos trozos de corcho para aumentar su peso y a las que había pegado unos recortes con las caras de sus ciclistas favoritos, lo que ocasionaba discusiones sobre las preferencias de cada uno, pues no se ponían de acuerdo en quién era Bahamontes o quién Ocaña, aunque fuera cual fuera la elección casi daba igual pues el hermano mayor, mas ducho en esas lides, solía alzarse casi siempre con la victoria para disgusto de los otros dos, lo que provocaba nuevas discusiones y alguna pequeña pelea de la que, aunque nunca llegó la sangre al río, especialmente por el afecto que se profesaban, no por ello evitaba que aparecieran por la casa con algún chichón de más o algunos pelos de menos.

En uno de aquellos juegos andaban ocupados al final de la tarde de la víspera de la fiesta, ganándose unos a otros constantemente las brillantes canicas de irisados colores, cuando un choque entre dos bolas, más fuerte de lo habitual, tuvo la mala fortuna de hacer que un poco de tierra saltara con el impacto y se le metiera al hermano mediano en un ojo. El escozor que le produjo dio al traste con el juego, pues tuvieron que entrar en la casa para que un poco de agua aliviara el problema. Cuál no fue su sorpresa al dirigirse a la pila de la cocina, pues, al revés de lo acostumbrado, no solo no estaba en ella la madre, sino que había dejado la puerta abierta al tener que salir unos instantes por un llamado urgente de una vecina a la que hubo de calmar del ataque de pánico que la había producido ver a su bebé de pocos meses con la cabeza encajada entre los barrotes de madera de la cuna. La buena mujer se había asustado más de la cuenta al ver llorando a su hijo y su mente se había bloqueado y era incapaz de pensar o reaccionar por sí misma, pero había tenido la lucidez suficiente para implorar la ayuda necesaria de quien más cerca tenía.

La visión que contemplaron los hermanos en la cocina los dejó boquiabiertos, pues sobre la gran mesa estaban dispuestas varias tablas alargadas y en cada una de ellas se encontraban, perfectamente colocados, los dulces recién hechos, reposando del reciente calor del horno y en espera del siguiente día cuando serían colocados en fuentes y llevados al comedor. Los hermanos no se podían creer su suerte. Nunca habían podido probar los dulces antes de la fiesta, pues su madre dejaba siempre cerrada con llave la cocina y atrancada la ventana para que ni gato, ni perro, ni ave pudieran entrar y estropear los manjares. Empujándose unos a otros corrieron hacia la tabla donde reposaban las roscas borrachas, que, no solo eran las más típicas del pueblo en estas fiestas, sino también sus preferidas y empezaron a comérselas con toda la velocidad que les permitía el poco tiempo que llevaban fuera del horno. Casi habían acabado con la mitad de la tabla cuando les sobresaltó un grito desde la entrada de la casa. La madre acababa de volver y nada más entrar escuchó la algarabía y comprendió su error al salir sin cerrar con llave, pensando que estaría de regreso antes de que los hijos se cansaran de sus juegos. Según corría hacia la cocina agarró del paragüero el viejo bastón que había usado su anciana madre en sus últimos años y blandiéndolo en alto se lanzó en pos de los tres rapaces, propinándoles cuantos bastonazos la fue posible hasta que se les pasó la sorpresa por el ataque y consiguieron reaccionar y salir huyendo de la cocina, con la madre persiguiéndoles hasta que lograron abrir la puerta de la casa y salir al refugio de la calle.

Aun con los nervios a flor de piel y un tanto alterada, pues no era frecuente que tuviera que enmendar la plana de tal manera a sus hijos, volvió la buena mujer a su cocina y comprobó la magnitud de los daños. La mayoría de las tablas estaban intactas, aunque de la tabla de rosquillas habían caído al suelo algunas de un extremo, seguramente como consecuencia de la refriega, pero la de las roscas borrachas era un desastre total. Faltaba más de la mitad de la tabla y el resto apenas presentaba unas cuantas enteras. Se sentó desolada en un viejo taburete y reclinó la cabeza en la pared intentando recobrar la calma necesaria.

Los tres hermanos siguieron corriendo hasta llegar al final de la calle, giraron por un pasaje lateral y siguieron hasta llegar a una bocacalle que daba a la plaza, casi enfrente de la iglesia. Se detuvieron unos instantes, recuperando la respiración hasta que se les serenaron los pulsos. De repente se encontraron sin saber qué hacer. La huida había sido algo inesperado, no habían tenido tiempo de pensar en nada, pero ahora se encontraban en un dilema. No era cuestión de volver a casa de inmediato, pero tampoco era plan pasar la noche al raso o en algún pajar, pues dada la hora faltaba poco para que en la vivienda se echaran la llave y el cerrojo a la puerta de entrada, con lo que volver más tarde estaba descartado. Vagabundearon por el pueblo sin rumbo fijo. Cuando entraron en la cantina para calentarse del frío de la noche, los parroquianos les miraron extrañados por la poca costumbre de contemplar tal acontecimiento, pero nadie les hizo pregunta alguna suponiendo que quizá era consecuencia de ser víspera de la fiesta o que incluso llevaran de juerga al hermano pequeño por primera vez con tal ocasión. Dieron vueltas por el pueblo sin atreverse a llamar a la puerta de algún amigo, pero con la esperanza de toparse con cualquiera de ellos a las puertas de cualquier bar o taberna, pero fue inútil.

Sin otra idea mejor se acercaron a su casa por ver si escuchaban algo que les diera pistas sobre lo que les podía pasar al día siguiente o alguna conversación sobre el suceso entre sus padres, pero nada se oía. Al rodear la casa y el corral intentaron entrar a éste por el ventanuco que se abría junto al tejado pero les fue imposible alcanzarlo. Pensaron con resignación que si hubiera sido verano el carro estaría fuera y habrían podido subirse a él para alcanzar la abertura. Desolados, iban a decidirse por buscar algún pajar abierto, cuando el mayor les detuvo con un gesto. Les señaló con la mano el otro extremo de la casa donde, junto a la puerta trasera, se veía una luz que nunca había estado allí. Cuando se acercaron vieron un quinqué de aceite prendido sobre un taburete que sujetaba la puerta entreabierta. Aun más extrañados que antes decidieron entrar, no sin antes coger el quinqué, apagarlo y cerrar tras ellos la puerta trasera.

Con todo el sigilo que les fue posible se dirigieron cada uno a su cuarto intentando no despertar a nadie y sin comprender del todo lo que pasaba. Había sido una gran sorpresa encontrarse la puerta no solo abierta sino incluso señalada con la luz, pero aún fue mayor la que tuvieron al entrar cada uno en su habitación. En cada mesilla había una bandeja con un bocadillo y un platillo tapado con una servilleta. Y cuando la levantaron se encontraron con lo que nunca hubieran imaginado en sus actuales circunstancias: debajo de la servilleta había un cuenco de leche fresca y una deliciosa…. ¡rosca borracha!



08 junio 2018


Salir a flote…

María Yáñez


¿Qué sabe el pez del agua donde nada toda su vida? Albert Einstein

Parte I
¡Te van a salir escamas!

Para muchos, la piscina, también llamada alberca, es un lugar lejano, de vacaciones, de terror por miedo al agua o hasta por miedo a las bacterias que se puedan generar. En eso, prefiero no abundar, porque muy pocas veces eso mata.
De niña fui sola a inscribirme a clases de natación, era un verano, recuerdo perfecto. Un día nos llevaron a nadar al deportivo Venustiano Carranza, en mi natal Morelia, Michoacán, a solo 3 horas de la capital mexicana. En ese deportivo había una alberca olímpica, yo aún no sabía nadar, siempre fui temeraria, como muchos novatos, agarrada de la orilla, no pisaba ni veía el fondo.
Afuera de la alberca, el instructor cuidaba a decenas de entusiastas primerizos, le avisé que me soltaría, que me cuidara, así que me lancé muy confiada. A media alberca, saqué la cara con cierta desesperación, el maestro ni sus luces. La opción para regresar a la orilla, era yo misma, tragando agua y chapoteando. Lo logré, y así empezó mi historia con el agua.
Mi pasión por muchos años fue nadar. Tuve la fortuna de estar en el equipo de nado sincronizado de Michoacán, cada día le dedicaba horas, horas absurdas para muchos; mientras que para mí, esa etapa, fue prácticamente mi vida.
Cuando salía de clases, justo en la prepa1, lo primero que hacía, era irme a entrenar. Mis amigos se quedaban afuera de la escuela, el típico espacio para convivir, como si no hubiera sido suficiente, y yo solo pensaba en nadar. Aún tengo tatuadas las palabras de mi amiga Sol: ¡Qué vida tan aburrida tienes!—. Sin embargo, era mi pasión, uno de los momentos más plenos, llenos de libertad consciente. Al nadar fluía, disfrutaba ver y respirar abajo del agua.
Don Felipe, mi abuelo materno, era mi inspiración y empuje. Y cada noche, al regresar del entrenamiento me decía: ¿Para que nadas tanto? ¡Te van a salir escamas, eso no te va a servir de nada!—. Aquello me dolía, sobre todo, viniendo de mí admirable e intachable abuelo. Pese a ello, no dejé de nadar, era tan terca y orgullosa, como el mismo don Felipe.
Llegó el momento de entrar a la universidad. Yo había querido estudiar Biología Marina, carrera que no había en Morelia, la opción: esperar un año para viajar a Baja California o estudiar Ciencias de la Comunicación. Lo segundo, también me hacía ilusión, ser corresponsal de guerra era mi sueño, pero poco factible, solo había en universidades privadas, la beca era la opción. Mientras esperaba los resultados, me ofrecieron una tercera salida a mi estado de vida -para mí la menos apetecible, estudiar leyes-, carrera que en ese entonces, tenía fama de ser muy fácil, solo que te atropellaran en la avenida Madero, calle principal de Morelia, evitaría no pasar; mucha gente entraba por mientras, parecía mi opción. pero el día del examen de admisión, preferí otro tipo de prueba, el de nado sincronizado y ahí estuve sin ningún remordimiento. 
Llegó la beca para estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad Vasco de Quiroga, y mi pasión de nadar cambió por el periodismo. Parecía que la profecía de mi papá Felipe se cumplía, que nadar tanto había sido pérdida de tiempo, pues tuve que dejar el equipo de nado sincronizado para enfocarme a la carrera, era hora de ser adulta, aunque una temporada complementé mis gastos dando clases de natación a niños con capacidades especiales, desde autismo hasta un tema muscular; una etapa que me enseñó y me sensibilizó tanto, que no cambiaría por nada.
Pasó el tiempo, los años, mi vida se volvió el periodismo. Ya en la ciudad de México, en donde conocí a Tomás, otro periodista, con quien poco tenía en común, nos atrevimos a ser novios. Él era un tipo contenido, lo admito, pocas veces peleábamos, o más bien, pocas veces él me peleaba, por no decir que poco me pelaba.
Un verano de 2014, vinieron sus padres de Canadá para conocerme y nos fuimos los cuatro a Playa del Carmen. Estábamos en la alberca solo Tomás y yo, a unos metros en los camastros, sus padres. Su madre pidió tomarnos una foto, así que me acerque a Tomás, quien por cierto, estaba adentro de la alberca pero sin mojarse la cabeza, yo jugando y por joder un poco, se me hizo fácil salpicarlo con los dedos de las manos apenas rozando el agua, truco de nadadora mientras me acercaba.
Cuando llegué a su lado, le pregunté:
¿Y tu mamá, ya tomó la foto?
¿Cómo quieres que la tomé si estás con tus estupideces? me respondió, y me quedé a cuadros.
Nunca antes nos habíamos hablado así. Mi reacción fue mojarlo más, mucho más. Eso le enfureció y  su respuesta no se hizo esperar: me hundió. Realmente no sé cuánto tiempo pasó. Gracias a mi historia con el agua, nunca sentí ansiedad por la respiración. Incluso abrí los ojos, al voltear arriba y ver la cara enfurecida de Tomás, con tanto odio evidente, realmente me entristeció. Eso fue lo fulminante, no las decenas de segundos sin respirar.
Vi el rostro de Tomás, el odio con que me sumergía, esas ganas de eliminarme de su vida. El agua me enseñó a fluir, a limpiar lo malo de mi vida, y esta vez no sería la excepción. Hoy, querido abuelo, en dónde quiera que te encuentres, te cuento: en esta ocasión al menos, nadar tanto sí me sirvió.


Parte II
Se cierra la pinza

Un día de febrero de 2018, tras casi cuatro años de lo sucedido, el círculo se ha cerrado, como diría el escritor noruego, Knut Hamsun, uno de mis autores favoritos.
El tiempo había pasado, Tomás y yo podíamos vernos como colegas, no como los mejores colegas pero que de vez en cuando podíamos recurrir uno al otro para algún tema laboral.

En medio de este show de colegas disfrazados, le pedí vía whatsapp, su experiencia como extranjero en México, requería testimonios de canadienses para un análisis que debía escribir para el suplento “Norteamérica”, en mi nueva etapa de periodista independiente. Así, un par de días, estuvimos en comunicación por ese medio y solo con ese objetivo.
Al día siguiente, sin más, me escribió y me dijo:
Hola, Oye, te quería comentar antes de que te enteres por otros: ¡ya tengo pareja y es hombre… !
¡Sí! Leen lo mismo que yo, me contaba que al final de todo, ¡era gay, siempre lo fue!
Obvio, quedé en shock, tardé casi una hora para responder, me paré, me senté, le escribí a mi mejor amiga para contarle. Lo procesé como pude durante una hora, 60 minutos que quizá fueron eternos para Tomás, como aquel día en playa del Carmen cuando él me hundió en la alberca, como si así escondiera su realidad, sus miedos, su verdadera identidad.
Lo que siguió en la conversación está de más. Las piezas se acomodaron.
Esta historia termina aquí. Me afectó, no lo niego, sobre todo en la autoestima, mi molestia es conmigo, rabia que no lo libra de su mentira, hubo señales de esta confesión, pero no hice caso. En aquel entonces, yo tampoco me hice caso. No entiendo porque me anclé tanto tiempo a esa relación, aún cuando no me enamoré. Hoy, es una gran lección, un capítulo de mi vida al que sobreviví.
Él no salió de la alberca, salió del clóset2. Y yo: no me tiré al suelo, salí a flote. El barco sigue.

1 Escuela Preparatoria. En México, enseñanza secundaria, previa a la universidad.
2 Armario en el español de América.



María Yáñez es periodista mexicana.
@mariagyp