10 agosto 2026

El veraneo de un jubilado

Julio Sánchez Mingo

A Andón, el niño Muñoz y Ughino


J. S. M.

A partir de una cierta edad, según se van cumpliendo años, vuelven a entretenerte aquellas cosas sencillas que ocupaban tu tiempo de joven, adolescente y niño. Supongo que por ello muchos abuelos se entienden tan bien con sus nietos, les gusta jugar con ellos y divertirse con inocentes correrías. Además, importa un bledo lo que diga o piense la gente. Lo que se trata es de ser feliz, como lo eran el otro día unos chavalines con un señor, más que mayor, a los que vi en el puerto pescando pececillos. Me trajo a la memoria cuando, con nuestros trece años, un vecino francés nos llevaba a mi amigo Ugo y a mí a pescar al curri curricán, cacea en el Cantábrico por la bahía de Altea, con su barquita dotada de un motorcillo de un caballo y medio.

En verano, en la playa, íbamos a todas partes andando. No todos teníamos bicicleta. Algunos dieron el salto directo del coche de San Fernando* al vehículo contaminante y ruidoso, dotado de motor de explosión. Ahora, también voy a cualquier lugar andando o en una bicicleta que tiene un solo piñón, no tiene cambio. El trasto contaminante lo reservo para acudir los martes al mercadillo de frutas y verduras y cargar género para toda la semana. El resto del tiempo lo pasa bronceándose todo el día al sol. El pobre ingenio mecánico también tiene derecho a volver tostadito a Madrid.

Una noche, en tiempos de Franco, volvíamos a casa en bici haciendo eses por la parcheada carreterilla de la playa cuando, de improviso, detrás de un cañaveral, nos salieron dos siniestras figuras apuntándonos con una linterna y dándonos el alto. Era una pareja de la Guardia Civil, con sus correspondientes mosquetones colgados al hombro. Nos pidieron la documentación, que no teníamos, y nos preguntaron que adonde íbamos. A casa, ahí al lado respondimos. Yo creo que ante la presunción de poder meterse en camisas de once varas y salir más trasquilados que nosotros, nos dejaron ir. ¡Menudo vecindario teníamos!

Estos días, mi mayor diversión y entretenimiento es plantar árboles y regarlos y cuidarlos. Unos directamente obtenidos de semilla, otros comprados, prácticamente brinzales, en vivero. Cada ejemplar procuro dedicarlo a una persona. Me ayudan en estas lides Andón, un búlgaro fortachón, que aporta fuerza bruta cuando hay que darle a la azada en un terreno duro los demás ya no tenemos la espalda para bromas y el niño Muñoz, que pasa los veranos más cerca del cielo que de la tierra. De hecho, duerme todas las noches a cuarenta y tres metros sobre el suelo. Las tareas que hay que realizar para practicar esta afición son bastante variopintas y en muchas ocasiones hay que desarrollar imaginación y buscarse la vida como cuando de chaval estabas todo el día en la calle, de la ceca a la meca, ojo avizor para tomar y aprovechar cualquier cosa que encontraras y te fuera de utilidad. Así, el almocafre se pide prestado. Los tutores se obtienen de cañas, utilizando un palo viejo de escoba, o, el último, de una rama rectilínea de una odiosa especie de acacia invasora, que alguien había cortado y tirado en la carreterilla que pasa por detrás de casa. A un extremo, para clavarlos en el alcorque, se le da forma puntiaguda con la tijera de podar, con la que también se eliminan, si es preciso, las ramillas laterales de la pieza que sostendrá el arbolillo cuando sople la fuerte brisa de levante que viene de Ifach. Para sujetarlos al tronco se les ata con tiras de goma que se obtienen cortando cámaras viejas de neumático de bicicleta. Son elásticas y, si no se anudan apretándolas fuertemente sin holgura, no dañarán la corteza del tallo de la planta.

Habrá que ver a un jubilado trepar por los bancales bajo el mirador Blanco de Altea, arañándose con los rosales, y deslomarse para conseguir un hoyo de tamaño y profundidad adecuados que acoja una jacaranda con su cepellón, desarrollada de semilla adquirida en los viveros de Chochimilco. Nada de comprar mantillo en un centro de jardinería, un mercadillo, un supermercado o un vivero. El más barato lo ofrece, en su gigantesco bazar, Mateo, un chaval chino de unos treinta años, nacido en Italia, que habla y se expresa en español mejor que la mayoría de sus clientes locales.

A Nikol, la hija pequeña del atlético y fornido búlgaro, le hace mucha gracia el nombre científico del madroño a ella dedicado: Arbutus unedo. Unedo procede de edo, comer en latín, y unus, uno. Es decir, comer sólo uno, que alude a la propiedad de emborracharse con sus frutos si se abusa de ellos o desarrollar una diarrea tremenda. Al madurar fermentan y contienen alcohol. Menudos quebraderos de cabeza nos ha producido el dichoso arbolito. Al plantarlo, en una jardinera de un mirador con espectaculares vistas sobre la bahía que ocupó una palmera seca y talada de la que sólo queda el tocón, descubrimos, al cavar su alojamiento definitivo, los italianos dicen con buen criterio mettere a dimora a la acción de plantar— que salvo el diámetro estricto del ejemplar muerto, toda la tierra reposaba sobre el solado primigenio de ese espacio turístico. Habían construido un murete circular sobre unas baldosas y habían rellenado de tierra su interior. Con treinta centímetros de sustrato, la planta no sería viable por falta de drenaje y de espacio para desarrollar sus raices. Al final, los bañistas que se dirigían el otro sábado a la playa miraban, entre asombro y conmiseración, a una pareja de descerebrados trabajando, bajo un sol de justicia, para perforar el suelo y dotarlo de unos orificios por donde escurra el agua y penetren las raíces. Ello a base de maza, un redondo de acero, a falta de cortafrío, y fuerza física. Realmente, como siempre sucede en España, el jubilado miraba y el búlgaro se dejaba el alma con cada martillazo.

En los primeros años de la vida de un árbol, el riego es fundamental. Especialmente si el verano es tórrido y no llueve ni gota. Así que una de las tareas que ocupa horas al que suscribe y sus desprendidos colaboradores es el riego, con mayor desorden y poca coordinación, de tres algarrobos, una jacaranda y un madroño. Para evitar accidentes y tener que trepar por el lugar que ocuparon los antiguos muros defensivos de Altea, la jacaranda se irriga desde una altura de unos tres metros, en un alarde de puntería y precisión. ¿Qué pensarán los turistas apostados en el mirador Blanco cuando ven a unos vejestorios vaciar una botella de litro y medio de agua en el vacío, porque la planta no es visible desde arriba? Eso sí, lo más reconfortante y anhelado es el desayuno de los sábados, a la vuelta de alguna de las tareas impuestas por esta bonita afición, que me devuelve a los años del zascandileo.


* Coche de San Fernando: Un ratito a pie y otro andando.

1 comentario:

  1. Una preciosidad de relato sobre todo cuando el que lo lee es jubilado como yo,y encima aficionado a las plantas,Julio

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