La buena muerte
Julio Sánchez Mingo
No todo el mundo muere igual. No es lo mismo expirar dulcemente, en casa, o en una residencia, con cuidados paliativos o incluso sedado, con tratamientos apropiados brindados por profesionales y al calor de la familia, que en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables que se prolongan durante días, incluso semanas. Afortunados son los que fallecen de súbito, inesperadamente, sin llegar a sufrir —por ejemplo a causa de un infarto— aunque ello sea muy traumático y desgarrador para sus deudos.
Lamentablemente, la situación socioeconómica condiciona mucho la calidad del tránsito, tanto por la ayuda y el soporte que profesionales y familiares puedan aportar como por el entorno donde se desarrolla el último viaje. Imaginemos la mansión de un millonario, en un acantilado con vistas al Pacífico, incluso con helipuerto, o un pisito de 50 metros cuadrados en un barrio obrero de Madrid, donde conviven hacinadas tres generaciones, o un piso patera repleto de inmigrantes, con niveles de intimidad, salubridad e higiene mínimas, donde los residentes ni se conocen ni siquiera hablan la misma lengua. No quiero pensar en tantas muertes horribles que se suceden a lo largo y ancho del mundo en lugares de pobreza y miseria infinita o en situaciones límite propias de noticiarios de sucesos, como sesiones de tortura en mazmorras lúgubres e infectas. O en el triste final de los reclusos del manicomio Colonia de Barbacena en Brasil.
No solo la forma de vivir nos distancia a unos y a otros sino también la forma de morir. Como humanos que somos, todos merecemos una buena muerte, lo que se llama una muerte digna, que debería ser un servicio social imprescindible y universal. Nos atienden entre algodones a la llegada, cuando nacemos y, por la misma razón, deberíamos ser mimados cuando nos vamos. Como es una situación por la que indefectiblemente hemos de pasar todos, cuánto nos ayudaríamos a nosotros mísmos si las administraciones sanitarias y sociales ofrecieran las prestaciones asistenciales adecuadas a cada caso, de forma plena y bien regulada, independientemente del lugar de residencia o del patrimonio o los ingresos del paciente. Somos tan necios que, en países relativamente ricos como el nuestro, estamos apoyando con nuestro voto la desaparición de un bien preciadísimo: la sanidad pública universal gratuita, un logro social heredado de las sufridas generaciones anteriores.
Algo que ennegrece mucho el último viaje de una persona es la mala relación personal entre miembros de la familia: padres e hijos que no se ven, hermanos que no se hablan. También la presencia de esos buitres que esperan el óbito para salir corriendo con el dinero o los bienes de la herencia, lo que causa una tensión y un mal ambiente repugnantes. Esos cuchicheos, esas tomas de posición, esas alianzas que hemos contemplado en persona o que hemos leído relatadas o representadas de forma magnífica en un escenario o una pantalla, ¡que deplorables son! En ocasiones, hasta el moribundo capta todos esos movimientos, lo que acrecienta grandemente su malestar.
Una buena muerte, especialmente en su aspecto afectivo, nos la tenemos que trabajar todos los días de nuestra vida con nuestros allegados, manteniendo siempre relaciones afectuosas con todo el mundo. Así nuestro final podrá ser, si no feliz, porque parece que en nuestra cultura ello es imposible, al menos plácido y transcurrir en un ambiente de paz.

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