Mi maestra
José Luis Chaparro
Nunca pensé que mi vida se quedaría tan callada. Un silencio que pesa, que se mete en lo más profundo de mi ser. Es como si todo lo que tenía sentido se hubiera ido con ella.
Mi madre se fue sin hacer ruido. No molestó a nadie, pidió muy poco y siempre dio mucho. Era muy anciana. Su edad ya no se medía en años sino en historias de vida, en manos arrugadas y en una mirada que lo había visto todo. Aun así, cuando cerró los ojos por última vez, me sentí huérfano. Y eso a mi edad.
Siempre he dicho que soy un hombre justo. No porque la vida me haya tratado muy bien, sino porque ella me enseñó a medir las cosas con el corazón, no con una balanza. Decía que la justicia no está en tener razón sino en saber escuchar, incluso cuando duele. He vivido así, intentando no desviarme del camino.
Trabajador. Eso lo aprendí de ella. Mi madre se levantaba antes del amanecer. No hablaba del esfuerzo que hacía, simplemente lo hacía. Sus manos estaban llenas de arrugas, cada una de ellas era una batalla ganada sin testigos. Yo solo seguí sus pasos.
Honrado. Repetía esta palabra como una oración. «Mírate al espejo sin bajar la cabeza», me decía. Ahora, cuando me miro, no solo me veo a mí mismo, también la veo a ella detrás de mí.
Dicen que tengo carácter. Puede ser. Pero el mío es solo una sombra del suyo. Mi madre era fuerte como un roble en medio de una tormenta. No gritaba ni imponía, su silencio era suficiente para poner orden.
También dicen que soy orgulloso. Y es cierto. Pero no me enorgullezco de lo que tengo sino de lo que soy. Todo lo que soy se lo debo a ella.
Y, sin embargo, también me enseñó a ser humilde. Me enseñó que la vida no es nuestra, que solo estamos de paso. Me enseñó a dar gracias por las cosas pequeñas.
Valiente. Eso me cuesta decirlo. Ahora no me siento valiente. Me siento como un niño que ha perdido su refugio. Pero si alguna vez lo he sido, ha sido por ella.
Mi vida ha sido una prolongación de la suya. Como un río que nace de otro río. Ella fue mi origen y mi camino. Yo solo seguí fluyendo.
Ahora que se ha ido me doy cuenta de que no la he perdido del todo. Está en cada cosa que hago. Pero, a pesar de eso, duele decir adiós a quien te enseñó a vivir.

Qué preciosidad
ResponderEliminarRealmente nunca tenemos edad para perder a nuestra madre y qué real es que la tenemos en cada cosa que hacemos, y también en las que no hacemos
Cuando se ha querido tanto siempre está presente
Desde el amor tan grande que os teníais no podías haber narrado mejor tu orgullo y tus sentires, ellas tus dos rosas te leen desde arriba.
ResponderEliminarEs increíble como se puede decir tanto en tam pocas palabras, me encanta, me gustaría que cuando yo no esté mis hijas sintieran ese cariño y orgullo que se refleja en estás palabras
ResponderEliminarBuenas tardes José Luis, tu escrito es impecable, escrito desde el corazón como todo lo que escribes.
ResponderEliminarTu madre donde sea que se encuentre no podría sentirse más orgullosa de ti, por ser una persona justa, trabajadora, honrada, tambien valiente y de una gran calidad humana. Puedo decir sin lugar a dudas que tu madre lo consiguió. Siéntete también orgulloso de eso. Te admiro!!!
Precioso Julio y muy cierto yo quería mucho a tu madre era una gran persona
ResponderEliminarUn abrazo
¡Qué bonito, José Luis! Muchas gracias por compartir y mis condolencias, aunque, como bien dices, ella no se haya ido del todo.
ResponderEliminarNo se puede expresar mejor el cariño a tu madre y despues de trabajado contigo uno cuántos años pude ver todos esos valores en tí. Un abrazo
ResponderEliminarDesde el principio de la sociedad humana, la mujer es la encargada del hogar; área donde maneja y forja la crianza de los niños. De allí el dicho popular, tomado de un poema de William Ross Wallace, “la mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo”. Las madres construyen la matriz, proyectando nuestro futuro, siendo causa y origen de procederes que gobernaran nuestras acciones. La experiencia de vida que otorga a los que superamos el medio siglo de existencia, hace que exaltemos también, el gran mérito de aquellas madres que hacían malabares administrando escasos recursos, y a su vez nos hacían vivir una niñez plena, de sentimientos gratos y vivos, sin ningún resentimiento por las carencias de una época que, en definitiva, solo nos traen recuerdos de una infancia feliz, sumergida en una limpia y sencilla alegría. Cobijados en el calor y las atenciones que fortalecieron nuestro espíritu le rendimos un justo homenaje y eterno agradecimiento. Madres que nos quieren y cuidan todos los días de su vida y lloran de emoción porque nos acordamos de ellas una vez al año. Muy bueno tu texto, José Luis. José Luis Castellano. Buenos Aires, Argentina.
ResponderEliminarMuchas gracias por vuestros generosos comentarios. Lo escribí desde el corazón con la tristeza de la pérdida, aunque agradecido a la vida por disfrutar de su legado espiritual.
EliminarMe gustó mucho. Me siento identificada.
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