08 mayo 2026

Mi maestra

José Luis Chaparro

Nunca pensé que mi vida se quedaría tan callada. Un silencio que pesa, que se mete en lo más profundo de mi ser. Es como si todo lo que tenía sentido se hubiera ido con ella.

Mi madre se fue sin hacer ruido. No molestó a nadie, pidió muy poco y siempre dio mucho. Era muy anciana. Su edad ya no se medía en años sino en historias de vida, en manos arrugadas y en una mirada que lo había visto todo. Aun así, cuando cerró los ojos por última vez, me sentí huérfano. Y eso a mi edad.

Siempre he dicho que soy un hombre justo. No porque la vida me haya tratado muy bien, sino porque ella me enseñó a medir las cosas con el corazón, no con una balanza. Decía que la justicia no está en tener razón sino en saber escuchar, incluso cuando duele. He vivido así, intentando no desviarme del camino.

Trabajador. Eso lo aprendí de ella. Mi madre se levantaba antes del amanecer. No hablaba del esfuerzo que hacía, simplemente lo hacía. Sus manos estaban llenas de arrugas, cada una de ellas era una batalla ganada sin testigos. Yo solo seguí sus pasos.

Honrado. Repetía esta palabra como una oración. «Mírate al espejo sin bajar la cabeza», me decía. Ahora, cuando me miro, no solo me veo a mí mismo, también la veo a ella detrás de mí.

Dicen que tengo carácter. Puede ser. Pero el mío es solo una sombra del suyo. Mi madre era fuerte como un roble en medio de una tormenta. No gritaba ni imponía, su silencio era suficiente para poner orden.

También dicen que soy orgulloso. Y es cierto. Pero no me enorgullezco de lo que tengo sino de lo que soy. Todo lo que soy se lo debo a ella.

Y, sin embargo, también me enseñó a ser humilde. Me enseñó que la vida no es nuestra, que solo estamos de paso. Me enseñó a dar gracias por las cosas pequeñas.

Valiente. Eso me cuesta decirlo. Ahora no me siento valiente. Me siento como un niño que ha perdido su refugio. Pero si alguna vez lo he sido, ha sido por ella.

Mi vida ha sido una prolongación de la suya. Como un río que nace de otro río. Ella fue mi origen y mi camino. Yo solo seguí fluyendo.

Ahora que se ha ido me doy cuenta de que no la he perdido del todo. Está en cada cosa que hago. Pero, a pesar de eso, duele decir adiós a quien te enseñó a vivir.



 

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