02 mayo 2020


Canis Lupus

Enrique R. Soriano Valencia


El pequeño preguntó al término de la lectura:
Pero, ¿eso es cierto, mamá?
Parece que sí. Eso dice tu libro Los mejores amigos. Todas las razas de perro tienen un origen común.
Es que veo muy diferentes al chihuahueño de mi prima y a nuestro boxer. No se parecen. ¿Cómo pasó?
Mañana le preguntas a tu profesora, yo no tengo idea. Ahora, a dormir.
Ciento cincuenta mil años antes, un grupo de niños, ancianos, mujeres y hombres caminaba en condiciones muy adversas. El frío se incrementaba por el viento. No obstante, el líder no ordenaba plantar los refugios que portaban.
Grok, ¿no te detienes por lo que hay detrás de los árboles? —preguntó Tack, que caminaba a su lado.
Sí.
Es solo uno. No viene en manada. La abandonó hace varias semanas.
También lo sé, Tack. Es un lobo extraño. Incluso con todo propósito nos ha permitido verlo, no se oculta. Eso me inquieta —respondió el líder.
¿Quieres que dejemos comida para retrasarlo y perderlo?
No es por comida por lo que nos sigue. De eso estoy seguro. Lo he oído cazar, pero no termina de comer las piezas. Por algo se niega a perdernos. Bajó de peso desde que va tras nosotros. Se alimenta lo necesario y de inmediato sigue nuestro rastro.
Es raro su comportamiento.
Algo pretende esa bestia y no logro imaginarlo. Insiste a las madres que no pierdan de vista a los críos. Lo saben, pero podrían descuidarse.
Grok por fin dio la orden de acampar. El viento terminó por convencerlo. Bien sabía que el clima podría empeorar. Tampoco le gustó quedar entre los árboles, sería más difícil protegerse en grupo. Pero era necesario para dar protección a los endebles refugios que podrían destruirse por el ímpetu del aire. Se dieron prisa en armarlos.
El viento se transformó en borrasca y la visibilidad bajó por los copos de nieve. A pesar de lo cercano, era casi imposible divisarse de una tienda a otra.
El líder apenas probó los alimentos ofrecidos por su pareja. Cada vez que pretendía asomarse fuera del refugio, el viento entraba impetuoso donde sus críos reposaban. Se dio por vencido, pero siguió sin comer. Fue una noche muy inquieta para Grok.
Por la mañana, Tack encontró que el líder ya recorría los diferentes refugios.
Uno fue destruido. Pide a dos hombres que vengan con nosotros. Los demás, que levanten el campamento y se reúnan con toda la tribu en el descampado de enfrente. Que el resto de hombres rodeen a las familias. Voy por mis armas.
Los cuatro integrantes del grupo se reunieron alrededor del refugio destruido. El viento y la nieve habían borrado todo rastro de la familia que lo habitó durante la ventisca.
Es de la mujer que perdió a su hombre hace varias semanas. Todos los hijos eran pequeños. No hay rastros de sangre, Grok. Fue la borrasca y no un animal. ¿Por dónde los buscamos?
El viento por la noche corría hacia allá. Sigamos esa dirección.
Grok se sintió sobresaltado porque no lograba divisar al lobo. Su ausencia le provocaba más angustia que alivio. Apuró su marcha.
¡Por acá! escuchó a Tack gritar.
Era una cueva poco profunda y dentro estaban la madre con sus cuatro hijos, todos sanos. Los mayores presentaban magulladuras, golpes y desgarres en las pieles de animal que los cubría, pero todos estaban bien. Las heridas eran menores. Comían con mucho ánimo carne de oso, recién cocida.
Se necesitan muchos hombres para matar a este animal dijo Grok, más tranquilo al ver el cadáver del oso destazado–.
Han sido fuertes y valientes.
Nos ayudó el amigo de Caneesek explicó el mayor. Asestó una fuerte mordida en una pata del oso, por la parte trasera. Eso hizo que nos diera la espalda el animal. Aprovechamos el momento para hincarle nuestras lanzas. A todos nos derribó su reacción, al girar hacia nosotros. Madre, que estaba del otro lado, propinó un gran golpe con una enorme roca. Eso nos dio tiempo para reponernos. De nuevo el amigo de Caneesek intervino y lo mordió por el cuello. Los demás aprovechamos para clavarle una y otra vez las lanzas. También apedreamos lo más fuerte que pudimos al oso. Su grasa ayudó a que pudiéramos encender una fogata y comer todos. Curtida su piel, nos repondrá la que nos desgarró. Fue una buena noche.
¿Qué amigo es ese? preguntó Grok
Caneesek señaló hacia los árboles. Ahí estaba el lobo, echado pero atento a lo que sucedía en la cueva.
¿Dejaste comida por todo nuestro camino? dijo molesto Tack.
El pequeño lo negó.
Entonces, ¿por qué nos sigue ese animal?
Caneesek se encogió de hombros y dijo:
Yo… solo acaricié su cabeza.

Enrique R. Soriano Valencia es autor mexicano, de Celaya (Guanajuato).

7 comentarios:

  1. Que maravilla, que ternura. El amor esta ahi, y nuestros amigos fieles, es lo que desean. Muchas gracias. Es estupendo comenzar la mañana con esta lectura.

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  2. LO que puede hacer una caricia. Gracias. precioso

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  3. Felicidades Enrique. He disfrutado de tu cuento.

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  4. Me ha emocionado tu relato, una entrañable manera de imaginar cómo surgió la estrecha relación entre el hombre y su mejor amigo.

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  5. Muy bien narrado, el relato te lleva a seguir el comportamiento del lobo que va tras la huella de la caricia recibida, todos perseguimos el amor.

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  6. Es una gran lección la que nos ofrece el relato. Cualquier animal en una situación de debilidad, como la de ese lobo aislado de la manada por las circunstancias, busca la cooperación con otros, aunque sean extraños, para luchar contra la adversidad.
    Cualquier animal menos uno que yo me sé.... Ahí lo dejo.

    VS

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  7. Moraleja: El lobo no es el mejor amigo del oso.

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