12 enero 2024

El despacho de mi padre

Julio Sánchez Mingo


El despacho de mi padre estaba situado en la última planta del viejo palacio que mandara construir en el siglo XVIII una reina española, nacida portuguesa, como convento, colegio y residencia para jóvenes doncellas de la nobleza. Fue requisado por el Estado en 1870 para destinarlo a Palacio de Justicia y sede del Tribunal Supremo, entre otras instituciones.

Era una estancia muy luminosa y soleada, orientada a suroeste. En invierno disfrutaba de una buena calefacción de convección, de la que estaba dotado el edificio. A pesar de sus gruesos muros, en verano, en aquel espacio, hacia un calor de mil demonios que, mejor o peor, se mitigaba con una primitiva máquina de aire acondicionado de ventana. Como mi padre no soportaba la corriente directa del flujo frío, durante la noche y las mañanas mantenía las hojas de las ventanas abiertas, que cerraba a mediodía cuando se iba a comer y dejaba aquel estrepitoso artilugio a todo meter. A su vuelta, paraba el artefacto, abría las ventanas y entornaba las contraventanas. Era su particular manera de hacer frente a la tórrida canícula madrileña.

Funcionarios y empleados acudían a aquel centro de trabajo con traje y corbata, andando, en metro o autobús, dotados de calefacción para el invierno pero sin aire acondicionado para las temperaturas sofocantes de julio y agosto. En el estío, en el interior de aquel edificio, casi todos se movían sin chaqueta, con la camisa remangada y el cuello de ésta aflojado, excepto los inferiores del escalafón, ordenanzas y ujieres, que lo hacían vestidos de riguroso uniforme.

Aquel despacho era un tanto —llamémoslo— peculiar. Todo en él me llamaba la atención. Frente a la puerta de entrada, apoyada contra el muro interior de la fachada, había una enorme caja fuerte, que casi llegaba del suelo al techo. Un magnífico tresillo —sofá y dos sillones— de cuero marrón claro, un tanto gastado, era el contrapunto a su escritorio de madera de roble que había salvado de ser pasto de las llamas como astillas para la caldera de la calefacción de carbón. En casi todas las dependencias del antiguo cenobio, salvo en las zonas nobles, aquellos feísimos muebles de oficina metálicos de color gris, cubiertos de vidrio, habían sustituido a los de leño. "Son más prácticos", se decía. El teléfono, por supuesto, tenía el cable forrado de tela, el timbre era de campanillas y el auricular y el micrófono de baquelita y metal. Como tenía muy mala letra, para que se entendiera aquello que escribía, lo hacía con una Underwood de los años 20.

En el mismo corredor estaban las dependencias del siniestro TOP, Tribunal de Orden Público. Mi padre pasaba un mal trago cuando en el pasillo se cruzaba con un grupo de detenidos esposados, escoltados por grises —agentes de la Policía Armada–, que iban a prestar declaración en los correspondientes juzgados tras su paso por los calabozos de los sótanos del caserón de la Puerta del Sol. Casi siempre eran chicos jóvenes y mostraban signos evidentes de haber sido sometidos a brutales palizas.

Durante la dictadura franquista, la seguridad en el inmueble era muy laxa para tratarse nada menos que de la sede del Tribunal Supremo, las Audiencias y el Colegio de Abogados. Tras el zaguán de la puerta principal, que da a la plaza de la Villa de París, espacio que ocupó el huerto de las monjas durante siglo y pico, una pareja de indolentes grises, repantigados en sus respectivas sillas, simplemente preguntaban al visitante dónde se dirigía. La entrada por la puerta de la Audiencia, desde la calle de Marqués del la Ensenada, era un perfecto descontrol por el ir y venir de abogados, pasantes y demás personal que acudían a las vistas. Por la puertecilla de General Castaños— diminuta en comparación— se accedía a la sala donde, como en un mercado persa, se afanaban los procuradores. Menudo guirigay.

En invierno o con mal tiempo, los viejos del barrio ocupaban los bancos instalados en los soportales cerrados del claustro y mataban las horas, calentitos y al sol, con sus tertulias. En uno de los ángulos de la galería de la planta baja, camino de los ascensores, había un estanco. Los edificios públicos eran públicos de verdad. Tanto bullicio contrastaba con el silencio y el sosiego que dominaban en la escalera principal y la planta noble.

En pasillos y corredores había dispuestas escupideras de brillante latón dorado. Siempre me pregunté quién se encargaría de su vaciado y de mantenerlas tan refulgentes. Oficio repulsivo donde los hubiera.

Una tarde, aquel probo funcionario, a la vuelta al trabajo tras la comida, se topó con unos turistas sudamericanos que, frente a la fachada principal, mostraban interés por la arquitectura y las magníficas trazas de tan sólida construcción. Les invitó a conocerla, a lo que respondieron encantados afirmativamente. Les mostró la suntuosa escalinata principal, la primera planta, alguna de las salas de vistas e incluso los introdujo en el despacho privado de Castán, el entonces presidente —una eminencia del Derecho Civil cuyo texto se estudiaba en todas las facultades de leyes—, y en la Rotonda, el despacho oficial y ceremonial de la presidencia. Así pudieron apreciar el escritorio que perteneciera al rey consorte Francisco de Asís, conocido por el vulgo como Paquita Natillas. Aquellos insólitos visitantes pretendieron dejar unos billetes en uno de los cajones de tan magnífico mueble, como si estuvieran pagando la entrada a un museo.

El bueno de Castán se movía por Madrid en su coche oficial que era un vetusto haiga absolutamente desfasado, mientras los ministros del Régimen lo hacían en modernos SEAT 1500. Así, en tan estrafalario vehículo, apareció en una boda a la que yo asistí con mis padres y él fue testigo por parte de la novia. Y muchos mediodías, cuando yo volvía del colegio, lo veía estacionado frente a su casa, en Goya, 46. Una placa puesta por el ayuntamiento recuerda que allí vivió el ilustre jurista.

Una de las salas de la Audiencia Provincial fue utilizada para el rodaje de una película protagonizada por la popularísima Sarita Montiel, sin duda la mujer más deseada de España en aquellos días. —No recuerdo bien si se trata de El último cuplé o de Pecado de amor—. El revuelo que se organizaba a la llegada o la salida de la estrella alteró bastantes días el correcto funcionamiento de los tribunales. En las pausas de la filmación, nubes de magistrados y otros funcionarios, habitualmente serios y circunspectos, revoloteaban a su alrededor y no cesaban de lanzarle requiebros.

El palacio de las Salesas albergaba personajes de armas tomar, de soberbia, vanidad y prepotencia infinitas. A continuación, una muestra. Hubo un presidente de Sala del Supremo, para más inri padre de un ministro de Franco, que en una ocasión hizo arrodillarse ante él para que le pidiera perdón en público, por no sé que leve falta cometida, a un humilde ordenanza. El pobre diablo se la juró. Posteriormente, otro día, el magistrado le pidió un vaso de agua. El subalterno orinó en el recipiente, lo vació y, sin lavarlo, lo llenó de nuevo con agua, que aquel déspota bebió con ansia y fruición. En la estación de Atocha, acompañando a mi padre que le tenía que entregar unos papeles, coincidí con este mismo sujeto que abordaba un coche cama del expreso de Barcelona junto a dos sobrinitas. Un día de vacaciones que estábamos en familia disfrutando del mar en la Playa Larga de Tarragona, envió a su chofer para que, literalmente, secuestrara a mi padre para que fuera a comer con él a El mirador, un restaurante de postín de la ciudad, en el Balcón del Mediterráneo, y allí discutir sobre no se sabe qué importantes asuntos. El enfado de mi madre marcó época.

Aquella fauna también incorporaba ejemplares de una ralea completamente opuesta. Cuando a mí, entonces un chaval de doce años, le dió por la pesca con caña, un simpático y castizo agente judicial nos acompañó a mi padre y a mí a Rafa, un establecimiento especializado en caza y pesca deportiva existente en Espoz y Mina, semiesquina a la Puerta del Sol, recientemente cerrado, para asesorarme en la compra de mi equipación. Con posterioridad, en un concurrido pasillo de los juzgados de General Castaños, a la vista de todo el mundo, con sedales y anzuelos desplegados sobre su mesa, me estuvo impartiendo unas nociones básicas de cómo montar y manejar una caña. También a esa edad, más o menos, desarrollé bastante afición a la historia medieval de España. Mi padre tomaba en préstamo de la biblioteca del Supremo los tomos de la Historia de España de Antonio Ballesteros Beretta correspondientes a ese período, los traía a casa y yo, literalmente, los devoraba.  

El establecimiento fundado por doña Bárbara de Braganza y devenido la sede del Poder Judicial era, en tiempos de Franco, uno de los mayores centros de corrupción y tráfico de influencias del país. Allí, el valor de la persona se medía no por su cargo o posición sino por su capacidad de hacer favores o por los favores que se le debían o por la información que poseía o los silencios que guardaba. Todo ello respondía, y responde, a la propia condición humana.

Mi padre era muy respetado y especialmente las viudas y huérfanos del gremio lo adoraban. Muchos de éstos pudieron estudiar e incluso alcanzar la magistratura gracias a su ayuda. Nunca fue ambicioso. Se limitaba a gestionar, entre otras cosas, las ayudas sociales para los funcionarios de la Administración de Justicia y sus familias desde aquel soleado despacho con una caja fuerte llena de papeles que valían oro: las pólizas judiciales.


Visita virtual a las Salesas:

https://www5.poderjudicial.es/visitavirtualTS/visita_virtual.html

 

2 comentarios:

  1. Tiempos oscuros, pero muy interesante el relato, que se lee como lo que es: un episodio de la Historia ( con mayúscula). Y realmente divertidas las anécdotas que nos refieres a lo largo del artículo, especialmente " Paquita Natillas " y el episodio del subalterno humillado que supo como tomar su pequeña venganza.

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  2. Me ha encantado , me has llevado a ese lugar y ese tiempo tan realista que he podido ver y hasta oler aquel lugar y esos días. Gracias

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