07 abril 2026

El miliciano

Julio Sánchez Mingo

En el texto Pequeñas historias que me contaron. El siglo XX en Madrid, publicado en este medio el 27 de mayo de 2016, se incluyó una versión reducida de este relato.

Largo Caballero rodeado por milicianos.


Otoño de 1936. Madrid. Calle Colón, 3, semiesquina a Fuencarral, a dos pasos de la iglesia de San Ildefonso, usada como polvorín en la contienda civil. Es el período de los paseos, las sacas de las cárceles, los fusilamientos masivos, las detenciones arbitrarias, las farsas procesales, las ejecuciones extrajudiciales, la tortura en las checas, las represalias, las venganzas personales, los crímenes sin justificación política ni militar. Los registros domiciliarios son frecuentes.

Unos milicianos aporrean con estrépito la puerta de la casa de Concha, en el cuarto y último piso de ese céntrico inmueble. Vestidos con monos azules de trabajo y ceñidos con correajes, al hombro cargan con sus correspondientes fusiles.

Se les franquea la entrada al piso. Se dispersan por las habitaciones. Buscan fugitivos contrarios a la República y miembros de la quinta columna.

Son carcas —grita uno de ellos, señalando a los habitantes de la vivienda—. Mirar lo que he encontrado —al tiempo que agita con su manaza la figura tallada de una Inmaculada.

Hijo, ¿acaso su madre no tiene una imagen de la Virgen en su dormitorio?— le pregunta Concha suave, dulce, casi maternalmente, al joven armado.

Sí, señora —responde el hombretón bajando la cabeza avergonzado, deposita la efigie sobre la mesilla de noche y, dirigiéndose a sus compañeros, brama— Vámonos.

Ella es una mujer mesurada y serena, castigada por la vida, que ha tenido doce hijos, algunos ya fallecidos a esas alturas. Como una de sus hijas mayores, a la que unas fiebres puerperales se habían llevado unos pocos años antes, dejando una criaturita de pocas semanas, la mayor de sus nietas. En el transcurso de la guerra, perderá de muerte natural a su marido y al hermano soltero de éste, que vive con ellos, al poco de finalizar la conflagración y asesinados, víctimas de la violencia política, a su hermano Pepe —regente del acreditado negocio familiar de fabricación y venta de artículos religiosos situado en la calle Bordadores que fundara su padre y donde ella trabajara antes de casarse— y a su sobrino Juan, un joven estudiante.

En los primeros 50, a la salida de una durísima posguerra, Concha vive en la calle Colón con una de sus hijas pequeñas, el marido de ésta y los dos hijitos de la pareja, una niñita de poco más de dos años de edad y un niño todavía de cuna. A la pequeña le gusta tomar la talla de la Purísima en brazos y pasearse por la casa acunándola, como si fuera un muñeco. Su madre la reconviene, temerosa de que se le caiga al suelo pero su abuela la disculpa diciendo: —Déjala, no se le va a escapar de las manos.

En la actualidad, aquella niñita, con dos nietos ya, conserva orgullosa en su alcoba la imagen de la Inmaculada Concepción de su abuela Concha.