Amanecer en Altea. Foto de Julio Sánchez Mingo

Amanecer en Altea. Foto de Julio Sánchez Mingo
Amanecer en Altea. Agosto 2015. Fotografía del editor

viernes, 6 de enero de 2017

Julio... César, unos niños de Madrid

Julio Sánchez Mingo

Enero 2017

Este escrito es un regalo de Reyes para Cesítar, mi entrañable amigo y compañero

- ¡Julio... César, estaos quietos! - vociferaba reiteradamente la señora que vigilaba a los alumnos en los trayectos del autobús del colegio.

César y yo jugábamos todas las tardes en un descampado cercano a nuestras respectivas casas, fundamentalmente al fútbol. También cazábamos saltamontes, arte en el que habíamos alcanzado una notable pericia. Reunimos tres ejemplares. Los llamamos Felipón, Quisquilla y otro nombre que no consigo recordar. Eramos capaces de distinguirlos. Felipón era el más robusto. Quisquilla el de menor tamaño. Los alojamos en una caja de zapatos, con sus correspondientes orificios de ventilación, a la que sustituimos la tapa por un plástico transparente, sujeto con una goma alrededor de su perímetro, con el objeto de que los pobres animalitos pudieran ver y disfrutar de iluminación. Depositamos tan elemental cubil en el alféizar de una ventana del piso que yo compartía con mis padres y mi hermana. Una vez al día los alimentábamos con hierbajos que recolectábamos.
Inopinadamente, un día desapareció uno de ellos. No supimos por dónde. Por las aberturas practicadas en el cartón no cabía un saltamontes. Al poco tiempo, con gran pesar nuestro, desapareció otro. Decidimos liberar al tercero para que no estuviera solo. Al saltar y emprender el vuelo de la libertad, un gorrión, que estaba al acecho posado en alguna ventana o resalte de la fachada, como un ave de rapiña, se lanzó en picado sobre él, lo cogió con el pico y se lo llevó. Cabe imaginar nuestra desolación, nuestro desconsuelo y la sensación de impotencia que se apoderó de nosotros. Aquél día un tierno y frágil pajarillo se convirtió en un predador brutal y desalmado.

Mi madre guardaba los botes de leche condensada La Lechera en un armario blanco que estaba en el cuarto donde solíamos jugar cuando no estábamos en la calle, que era casi siempre. En Madrid, por aquel entonces, los coches aún no habían expulsado a los niños de la vía pública. Era un producto que Nestlè fabricaba en La Penilla, Santander. Muy dulce, pegajoso, muy calórico y contundente. Toda la familia lo tomaba para desayunar o merendar, rebajado con agua o café. A los chavales nos encantaba. César y yo cogíamos las latas y practicábamos dos agujeros con un destornillador, de tal forma que por uno entraba aire, lo que nos permitía libar tan delicioso néctar por el otro. Dejábamos todas los botes mediados, abriendo uno nuevo sin agotar el anterior. Mi madre nunca se quejó. La multitud de veces que hizo la vista gorda con nuestras trastadas.

César y yo jugábamos a las chapas, los cierres metálicos de las botellas de vidrio de cervezas y refrescos. No existían los briks ni las latas de lámina de acero, con tapa y culo de aluminio y anilla de apertura. Había dos modalidades de juego: las carreras ciclistas y los partidos de fútbol. Recortábamos de Marca, o de las páginas de huecograbado de ABC, la efigie de jugadores y de esforzados de la ruta que colocábamos en el fondo de la chapa, cubierta con un vidrio redondeado ajustado a su forma circular y asegurado con cera. Antes quitábamos el corcho que hacía el cierre estanco. El trozo de cristal lo cogíamos de cualquier vertedero, basurero o montón de escombros, tan frecuentes en cualquier descampado o solar sin construir del Madrid de la época. Lo redondeábamos haciendo palanca en la holgura entre una reja de forja practicable de la tronera de una sala de calderas y su marco anclado a la fachada. Calentábamos una vela y dejábamos caer la cera líquida sobre el vidrio, que, una vez solidificada, eliminábamos en su casi totalidad, excepto los bordes, para que se viera la imagen de nuestros deportistas. Bahamontes, el Águila de Toledo, ganador del Tour, era la figura de mi chapa para carreras ciclistas. La correspondiente al portero de los equipos de fútbol era cuadrada, para que se pudiera mantener de canto y cubrir más portería. Unos martillazos bastaban para darle esa forma. El balón era un garbanzo.
Un cierto día, debía hacer muy mal tiempo, seguramente estaba lloviendo porque para nosotros el frío no existía, decidimos echar en casa un partido de fútbol de chapas. Y no se nos ocurrió mejor idea que marcar el campo de juego, con sus áreas y demás líneas, sobre las juntas del pavimento marrón, un burdo terrazo de posguerra, con cera DACS de dibujo. Blanca, naturalmente, para darle mayor realismo. Al terminar la partida el pánico se adueñó de nosotros. Mi madre no estaba y no había presenciado el estropicio pero, a su regreso, la bronca estaba asegurada. Nos hicimos con todos los productos de limpieza que encontramos en la cocina y nos pasamos el resto de la tarde fregando, frotando y restregando. La tarea resultó vana. Aquellas malditas juntas negras ya no lo eran enteramente y quedaba un delatador leve color blanco. Cuando mi madre volvió, estoy seguro que se percató del desaguisado, no dijo nada. Otra trastada que pasó por alto.
Para no volver a tentar la fortuna y la buena predisposición de la Signora, como la llamaba Ugo, otro amigo mío, construimos en clase de Applicazioni Tecniche, Manualidades, un campo de fútbol para las chapas. Utilizamos una lámina de cartón que pintamos de gouache marrón. El verde se obtenía de mezclar azul y amarillo y, por tanto, era difícil de igualar. Además, por aquel entonces, todos los terrenos de juego de Madrid eran de tierra, excepto Chamartín y el Metropolitano. También le montamos unas porterías de madera. Estábamos en I Media, el equivalente al 1º de Bachillerato de entonces, que se cursaba con once años.

Años después, cuando César se fue a casar, me llamó para que le hiciera de conductor y le llevara a la iglesia el día de la boda. Supongo que quería sentirse libre para esperar a la novia, ansioso y nervioso, a la puerta de Santa Bárbara. Así que, el día de la ceremonia por la mañana me apresuré a lavar el viejo coche de mi familia, un Seat 124 blanco, M-835178, protagonista de tantas correrías y anécdotas, y por la tarde le conduje a la ceremonia. Para mí fue un gran honor que me eligiera para ese menester, un detalle de confianza y una deferencia.


Ahora, casi sesenta años después de habernos conocido, todos los miércoles los dos niños vamos a la Sierra, nuestra sierra de Guadarrama, a subir cuestas, hablar de todo lo divino y lo humano y disfrutar de la naturaleza y el paisaje. César no para de hacer fotos y decir: - ¡Qué bonito, qué bonito.

Federico Martín Bahamontes

6 comentarios:

  1. Cosas de la vida o más bien de la época, yo también jugaba a lo mismo, con la variante de que las chapas no las cubríamos con vidrio, sólo plástico y las rellenábamos con plastilina en lugar de cera ya que se trataba de que cogieran peso para transmitir más empuje al "balón". Un saludo y Feliz Año, Julio.

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  2. Un bonito regalo, también para tus lectores. ¡Felicidades Julio¡

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  3. Muchas gracias Julio que regalo más. ......bonito ,qué bonito!!
    Ya me extrañaba en alguna de nuestras excursiones por la Sierra por las preguntas que me hacías sobre nuestros saltamontes ¿Para qué me hará estas preguntas tan raras? Mira tu lo que estaba preparando el Julito, menudo zorro.
    Es muy "emocionante" recordar anécdotas de la infancia, y las que se te han quedado en el tintero, pero para mí lo realmente importante es que entonces se fundamentó una amistad que sigue tal cual con el paso de los años.
    Hemos pasado temporadas importantes sin estar casi en contacto directo pero siempre sabíamos que el otro estaba ahí para lo que hiciera falta

    Hablas tú de tus sentimientos al ser mi chofer en mi boda, qué puedo decir yo cuando apareciste por el hospital mientras que mi padre era sometido a una muy delicada operación, y yo no te había contado nada. Emocionante fue que me pidieras leer tu escrito de homenaje a tu madre en su funeral, fue un placer por ti y por ella.
    En fin Julio espero seguir siendo durante muchos años tu compañero y amigo del colegio, tu "colega" del barrio y ahora tu acompañante por la Sierra.
    Muchas gracias por todo amigo.
    Un abrazo muy fuerte.

    César

    Por favor haz un poco la vista gorda a las faltas de acentuación, de puntuación. ...no se da nada bien escribir en estos trastos.

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  4. Totalmente identificado con tus memorias Julio. Yo nunca tuve un amigo de mi misma clase como tú, tal vez porque iba andando al colegio, pero recuerdo las carreras de chapas con Sandro Corradi en Fuente del Berro o las que organizábamos en el cortile del Liceo donde dominaba Martín Rico con una chapa super-dopada de Rick Van Stenberger. Al fútbol con chapas jugué mucho con los hermanos Lo Forte y con Alfonso Prieto. Eso sí, las de fútbol las forrábamos con tela que quedaba ajustada con el corcho de la chapa y pegábamos la foto del jugador en la parte superior de ésta. La tela producía una fricción con las baldosas más controlada. En mi opinión nuestra niñez fue más creativa que la actual. Nuestros dedos no necesitaban manipular móviles o tabletas para entetenernos : con una simple chapa podíamos crear emocionantes subidas al Tourmalet o golazos en el Bernabeu...

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  5. Oda a nuestra infancia y, sobre todo, a la amistad...
    Me ha encantado!Aunque también me ha recordado la envidia por no poder participar en los juegos "de chicos", hubiera estado mal visto y además no creo que vosotros nos hubiérais dejado... Había otro juego que se jugaba con un clavo. Cómo se llamaba?

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Pachi.

      El juego que mencionas era el clavo.

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