Una Dolorosa del siglo XXI
Julio Sánchez Mingo
La vida es para una persona, para un humano, su único bien absoluto. El derecho a vivir debería ser siempre respetado, en todo momento y lugar. Por ello, quien desata una guerra, un enfrentamiento que causa muertes, independientemente de cualquier justificación, de los argumentos aportados —siempre refutables—, se convierte automáticamente en un asesino, al igual que el gobernante de cualquier país que reprime a su ciudadanía y quita la vida a cualquiera de sus connacionales. Lo vemos a diario en Darfur, Minneapolis, Teherán, Managua y tantísimos otros lugares del planeta.
Si además la víctima es un menor, un niño, ¿qué podemos decir? No hay pretexto alguno para cercenar el futuro de una criaturita como la que aparece en la fotografía que muestra, en la imagen de portada, una pobre mujer, rota por el dolor. Es una de las tantas víctimas de Minab a la que se ha arrebatado una adolescencia presumiblemente feliz, una juventud llena de ilusiones, aunque sobre ella planeara la amenaza de la represión del truculento régimen de su país. Querido lector, ¿no se te quiebra el corazón? ¿No maldices al que se arroga el derecho de decidir sobre la vida y la muerte de sus prójimos, siempre tan vil que no es capaz de confesar sus intereses reales, descargando la culpa de sus execrables actos en los demás?
