Gringolandia:
250 años
Julio
Sánchez Mingo
 |
| John Trumbull (1819). |
Existe
una percepción generalizada de que el papel prepotente y avasallador
que vienen practicando los EUA en la actualidad es algo que se ha
producido a raíz del ascenso de Trump a la
primera magistratura de ese país. Pero no es así. Su comportamiento
es el resultado, no la causa, de un proceder que se gestó hace
cientos de años y que, según ha ido evolucionando el mundo, ha
alcanzado ahora su paroxismo. Este nieto de un inmigrante alemán,
casado con una nacida en la bella Eslovenia, se ha limitado a
destapar la olla cuyo guiso huele a podrido desde finales del siglo
XVIII, a abrir el tarro de las esencias, fecales, que ese país de
Norteamérica contiene. Exterminaron, cuando eran todavía unos
colonos holandeses e ingleses, a las tribus indias de Nueva
Inglaterra. Una vez independizados de sus metrópolis, en breve se
cumplirán 250 años de su archipregonada Declaración de
Independencia, conquistaron las llanuras del Oeste, edificando su
gran epopeya nacional, el genocidio de los nativos de las grandes
llanuras. Se apropiaron definitivamente de Texas en 1845 y del resto
de gran parte del territorio mexicano, más o menos los actuales
estados de California, Nevada, Nuevo México, Arizona y Colorado,
entre 1846 y 1853. Eso sí, conservando la esclavitud que los
mexicanos habían abolido durante las
guerras de Independencia con Miguel Hidalgo, 1810, y José María
Morelos, 1813, y ya, desligados de la monarquía hispánica, con el
presidente Vicente Guerrero, en 1829.
Agredieron a España en 1898, arrebatándole Cuba, Puerto Rico y
Filipinas, aprovecharon la Gran Guerra para construir su imperio
industrial que consolidaron con la guerra al III Reich y Japón.
Su
trayectoria, sobre la base de la desigualdad, el supremacismo blanco,
la esclavitud y la explotación del hombre negro, el capitalismo
salvaje y el desprecio al diferente, al otro, no tiene desperdicio.
Han aplicado cuando les ha convenido y como les ha convenido la
Doctrina Monroe para América, saltándose a la torera leyes y
tratados internacionales, que no son proclives a firmar. Si lo hacen,
no los respetan. La cooperación internacional va contra sus
principios y si están en alguna organización supranacional es con
carácter de mandamases y con derecho de veto.
Recordemos
sus intervenciones en Panamá, Guatemala, República Dominicana o
Nicaragua, Honduras y Granada. Eso sí, cuando toparon con gente muy
amarrada a un difícil territorio salieron trasquilados, caso de
Vietnam y Afganistán, jungla y montañas descarnadas,
respectivamente.
Tampoco
han respetado nunca los derechos humanos. El bloqueo de Cuba clama al
cielo y las detenciones en Guantánamo, sin proceso ni juicio, bajo
tortura, desde hace más de veinte años, de sospechosos de
terrorismo, retratan
su
falta de humanidad. Colman aviones de inmigrantes que son recluidos
en las siniestras cárceles de Bukele. Son cómplices del genocidio
palestino, que, sin su apoyo, no habría tenido lugar. Son maestros
en ejecuciones extrajudiciales. Me impactó mucho, produciéndome
gran inquietud y desasosiego, la imagen de Obama y adláteres
siguiendo en directo la operación de captura y asesinato de Bin
Laden, como si asistieran a la proyección de una película de
aventuras. Precisamente de Obama escribía hace unas semanas Antonio
Muñoz Molina: “… El simbolismo tan celebrado de que un hombre
negro ocupara una Casa Blanca construida con el trabajo de los
esclavos no dio mucho de sí. Obama no habría llegado a la
presidencia si hubiera sido descendiente de esclavos, o si el color
de su piel no viniera corregido por una madre blanca y por el sello
de un doctorado en Harvard, gracias al cual los multimillonarios de
Wall Street que financian al Partido Demócrata podían verlo casi
como uno de los suyos. Obama reanimó a la fiera racista que ha
latido siempre en Estados Unidos, pero no se molestó en desmontar el
tremendo aparato de vigilancia y represión urdido a partir del 11-S,
ni emprendió reformas verdaderas contra la omnipotencia de los
tiburones financieros que provocaron la crisis de 2008. Se fue como
había llegado, decorativo y cool,
aunque
con el pelo agrisado, y a continuación él y su esposa, que sí es
descendiente de esclavos, se
dedicaron
a ganar dinero,
y
a no levantar apenas sus voces contra la grotesca tiranía de su
sucesor”.
En
los últimos meses, también Trump asiste en directo al bombardeo y
hundimiento de las llamadas narcolanchas,
donde tantos inocentes, que lo son mientras no se demuestre lo
contrario, son eliminados. Es un viejo gagá que responde a las
directrices de los representantes de la oligarquía que le rodean,
con el aplauso de la ciudadanía blanca. En ese país, que
nominalmente es una democracia representativa, lo que manda es el
dinero, tanto es así que los altos cargos de la administración se
obtienen como compensación a los donativos que
se ofrecen a los
partidos políticos mayoritarios y que mantienen bien engrasada toda
esa estructura simoníaca, en todo lugar y momento. Hace dos semanas,
presentó sus cartas credenciales en Madrid su nuevo embajador. Un
anciano de origen cubano, propietario de una cadena de hospitales en
Miami, donante del Partido Republicano, sin experiencia alguna en
relaciones exteriores y diplomáticas. En
la Monarquía Hispánica, el fin de la venta de oficios y altos
cargos se produjo en 1750.
Hay
que reconocer que las clases dirigentes y dominantes gringas han sido
a lo largo de los años unos maestros en la construcción del relato
de que su país era y es un bastión de la democracia y la libertad.
Desde luego nada más lejos de la realidad. Con tanta desigualdad no
hay democracia y los más desfavorecidos son esclavos de un sistema
social que los asfixia y les impide disfrutar de libertad alguna.
Pero todo el mundo, incluso todos sus ciudadanos oprimidos, les hemos
comprado ese relato, que impera por todas partes: “Somos la nación
de la libertad, la democracia y la justicia”.
La
cultura —algo
allí muy minoritario—,
la ciencia y la técnica desarrolladas en EUA a lo largo del siglo
XX, fueron creadas mayoritariamente por inmigrantes, negros y judíos
huidos de la barbarie nazi. En definitiva, por personas
pertenecientes a las minorías despreciadas.
¿Qué
se puede esperar de un lugar donde en el siglo XXI no existe la
sanidad pública universal o donde sobrevolando Las Vegas de norte a
sur
la
vista salta de contemplar barriadas enteras de infraviviendas y
caravanas, donde habitan los empleados sin salario, que viven de las
propinas, explotados en los rutilantes hoteles casino, a ver estos
centros de derroche donde manadas de cuerpos abotargados por la
comida basura, las hamburguesas, los chuletones y el alcohol, juegan
a las máquinas tragaperras? ¿O donde se abandona a su cruel destino
a miles de zombies devorados por el fentanilo que vagan por las
calles de San Francisco o Filadelfia?
Magnífico
es el análisis que realiza Pablo Bustinduy del momento actual al
otro lado del charco: “… es la deriva que sigue Estados Unidos
bajo el yugo de unas élites fundamentalistas, milicias
parapoliciales descontroladas y una oligarquía de grandes fortunas
vinculadas a algunas de las mayores multinacionales tecnológicas del
planeta. La acumulación obscena de riqueza en unas pocas manos, que
dominan a su vez los nuevos mecanismos de control social y los
resortes de un poder político que busca deshacerse de cualquier
límite jurídico e institucional, es ya la principal amenaza a
nuestras democracias y a la libertad y seguridad de millones de
personas”.
Mi
primer impacto de la prepotencia y chulería de esa gente lo recibí
de chaval. Cerca de casa, había una calle que daba a un descampado,
en cuya acera limítrofe los bares de enfrente instalaban sus
terrazas con el buen tiempo. Allí sesteaban toda la tarde, bebiendo
cerveza, los soldados de la potencia expansionista destacados en la
base de Torrejón, que habitaban en una cercana colonia de
chalecitos. En una ocasión, un camión de reparto de una industria
cervecera paró para descargar su mercancía. Entonces, uno de
aquellos indolentes atravesó la calzada, tomó una litrona de vidrio
—en
los primeros 60 ya existían—,
la abríó de un golletazo y se puso a beber a morro. ¡Qué pena que
no se cortara! ¿Para qué iba a llamar a un camarero, pedirle su
consumición y abonársela?
Una
gran tragedia para muchos habitantes del planeta es la atroz
colonización cultural a la que nos someten. Su música, su
cinematografía, su televisión, sus redes sociales, su pensamiento
político, económico, empresarial y social permean tantas sociedades
las cuales, poco a poco, van perdiendo su identidad. A través de sus
redes sociales, amén de explotarnos económicamente, nos inoculan
odio, soledad y falsedades que erosionan nuestra convivencia.
Deberíamos tratar de proteger nuestro territorio, nuestro bien más
preciado: nuestra mente.
Y
no olvidemos que su actitud negacionista frente al cambio climático
puede conducir a un colapso de la vida sobre la superficie terrestre.