Amanecer en Altea. Foto de Julio Sánchez Mingo

Amanecer en Altea. Foto de Julio Sánchez Mingo
Amanecer en Altea. Agosto 2015. Fotografía del editor

jueves, 28 de abril de 2016

Impresiones de México

Julio Sánchez Mingo
Abril 2016

A María Luisa de la Garza

Este invierno he estado en México un mes largo. La mayor parte del tiempo en Ciudad de México, con escapadas a Puebla y Teotihuacan, y una semana en Yucatán.

Estas impresiones son personales. Cualquier otro visitante puede tenerlas muy distintas y pueden también diferir del sentimiento de cualquier residente mexicano. La realidad absoluta no existe. Cada persona se forja su propia realidad. Por eso las opiniones sobre cualquier tema pueden ser tan dispares. Obviamente llama la atención aquello que es distinto a lo que cotidianamente se ve.

A mi llegada, al subirme al taxi en el aeropuerto para dirigirme a mi residencia en Ciudad de México, mi primera sensación fue negativa. Un tenue olor a sulfuroso lo invadía todo. El taxista lo justificó diciendo que debían estar limpiando alguna instalación. El sentido del olfato es adaptativo. En los días siguientes ya no olía nada. Lamentablemente esta megaciudad de 20 millones de habitantes es reconocida por sus altos índices de contaminación atmosférica. Me llamó muchísimo la atención que por el mismo centro de la población circulen enormes camiones con gigantescos remolques.

Atravesar la ciudad, mirando por la ventanilla del taxi, te da una idea de lo que te vas a encontrar. Para un madrileño como yo, es decir, un paleto provinciano de una población grande al norte de la Mancha, con todo lo que ello conlleva de ciudadanos con muchas ínfulas, poco conocimiento y cultura y nada cosmopolitas, que no paran de mirarse el ombligo, Ciudad de México es toda una experiencia. Se siente uno abrumado. Una ciudad de ese tamaño, tan poblada, mestiza, multicultural de verdad, impresiona. Es apabullante.

Los mexicanos son simpáticos, afables, amables, corteses, muy educados. Su urbanidad es exquisita. Y les gusta mucho pegar la hebra. He hablado largo y tendido con gente en el metro, por la calle, en hoteles, restaurantes y cafés. Con taxistas, un policía federal, un mariachi, unos carniceros del mercado de la Merced, con camareros, un ama de casa de religión evangélica, alguna funcionaria, profesionales, artesanos, comerciantes, visitantes de museos, recepcionistas y porteros de hotel, vendedores ambulantes, cocineros, celadores de museos, funcionarios de la Corte Suprema de Justicia, regentes de puestos callejeros de comida, un ferretero, peregrinos a Guadalupe y hasta pedigüeños. Encantadores. Además, aunque parezca mentira, los españoles somos muy bien acogidos.

En la plaza de la Tres Culturas, en Tlatelolco, hay un mural de piedra, de notables dimensiones, con la siguiente inscripción grabada: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtemoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.
Allí mismo se produjo la matanza de 1968, que recuerda un monolito con su correspondiente leyenda.

México es un país de grandes desigualdades sociales, económicas y culturales. La escala social va de personas, demasiadas, que viven en el nivel de subsistencia a millonarios, pocos, que atesoran grandes riquezas, ingentes riquezas, con una distribución de la renta injusta y desequilibrada.
He visto en Macario Gómez, estado de Quintana Roo, a hombres que habitan en barracas y viven de recoger leña en la selva. También he visitado El Palacio de Hierro de Polanco, centro comercial situado en uno de los barrios más selectos de Ciudad de México, que aloja, exclusivamente, tiendas de las grandes firmas de lujo, Hermès, Louis Vuitton, Tiffany, Chanel, Cartier.... Todas ellas tienen una superficie mayor que las de sus homólogas de Madrid y los precios ¡más altos!
En Ciudad de México pasas de barrios como el referido Polanco o San Ángel, plagado de mansiones, a grandísimas aglomeraciones de infraviviendas.
Me dolió enormemente ver golfillos descalzos jugando en la calle y multitud de perros vagabundos. Estas imágenes no las había presenciado en España desde hace más de cuarenta años.
Morelos, uno de los padres de la patria mexicana, hace 200 años, en la lectura de los Sentimientos a la Nación, declaró que uno de los objetivos de las leyes era “....que moderaran la opulencia y la indigencia”.

También es un país de grandísimos contrastes. Conviven la semiaridez del altiplano con la exuberancia de la selva tropical y la desolación de los desiertos del Norte. En lo social, la modernidad más absoluta con el atraso cultural más infame. Prueba de ello es la coexistencia de movimientos por la dignidad humana, la liberación de la mujer y los derechos humanos con el machismo más cavernario y las creencias más retrógradas.
En la puerta de muchos establecimientos públicos hay un cartel que reza: “En este establecimiento no se discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física o socioeconómica ni por ningún otro motivo”.

El Metro de Ciudad de México es una maravilla. Trenes con composiciones de nueve coches y una frecuencia de paso de uno o dos minutos. Las instalaciones están correctamente mantenidas. Ya quisiera Londres tener un metro así. Lo usan muchedumbres. A las horas punta, en que los coches van abarrotados, se reservan los tres de cabeza para las mujeres y los niños menores de 12 años. Me produjo una ridícula y chovinista satisfacción, deberíamos considerarnos todos ciudadanos del mundo, ver que muchos de las unidades están manufacturadas por CAF, la empresa de material ferroviario de Beasain, en Guipúzcoa. ¡Mis hacendosos vascos!

La moda de la delgadez y el aspecto anoréxico que impera en España no ha llegado a México. Allí las mujeres tienen curvas y ¡qué curvas!

Un viaje en Metro cuesta 5 pesos, unos 25 céntimos de euro. Un policía federal gana 450 € al mes, un camarero 100 pesos al día, unos 5 €, más las propinas, que, de alguna manera, son obligatorias, aunque su importe es a discreción del cliente. Pagué 40 pesos, ¡2 €! por una consulta médica de veinte minutos. El joven facultativo que me atendió me pareció un excelente profesional. Y lo hizo sin prisa. Una asistenta cobra 3 € la hora. Los treintañeros españoles expatriados no bajan de los 100.000 € al año. El alquiler de un piso de 100 metros cuadrados, con una hermosa terraza de 30 metros cuadrados, en un barrio de clase media, asciende a 1.200 €. Un menú a mediodía, en una digna casa de comidas, tiene un precio de 50 pesos, 2,5 €. Con la propina, 2,75 €. Una opípara cena en Cipriani, un selecto restaurante en el exclusivo Polanco, costó 35 € por comensal, propina incluida. Unos calabacines, en el Mercado de la Merced, estaban marcados a 40 céntimos de euro, unos pimientos verdes, rojos o amarillos a 90 y unos tomates pera a 0,65 €. La cesta de la compra no es barata considerando lo bajos que son los salarios. Con estas estructuras de precios la desigualdad está servida.

La sociedad mexicana es muy clasista. El dinero marca las barreras. Es una herencia de la cultura española y de las estructuras políticas y sociales que se implantaron con la conquista.
Los españoles, hombres de bragueta fácil, se volvían locos por las indias. No eran racistas pero sí clasistas. No tenían empacho en desposar a una belleza local si era princesa. Eso sí, primero la bautizaban. Por ello los aborígenes no fueron exterminados sistemáticamente en la América Hispana y fueron utilizados como mano de obra barata, siervos y semiesclavos, al contrario que en Estados Unidos, donde la población autóctona prácticamente desapareció. Todo ello dio paso al país mestizo y clasista que es México. La gran tragedia fue la introducción de enfermedades contra las que los mexicas, mayas y demás etnias no estaban inmunizados, lo que provocó una gran mortandad. Por esta razón desaparecieron los pocos habitantes del Caribe.
Recomiendo la lectura de La época colonial hasta 1760, de Bernardo García Martínez, especialmente las pp. 75-79, en Nueva historia mínima de México, editada por el Colegio de México.

Las carreteras mexicanas son un tanto chuscas, tienen su gracia. En la autopista de peaje, de cuota, dicen ellos, Valladolid-Mérida, en Yucatán, me he cruzado con ciclistas y carros a pedales, cargados de leña de la selva, circulando, para más inri, a contramano. En el arcén de la autopista de peaje Ciudad de México-Puebla los camiones de gran tonelaje, y demás vehículos, paran y aparcan en el arcén, delante de restaurantes, colmados, tiendas y puestos callejeros. Las autopistas no están valladas.

México es el país de las estatuas. En cualquier lugar se levanta una estatua en honor de alguien, o de algo. Son abundantísimas. Ello denota que la clase dirigente, al menos, es culta, mucho más que la española. He visto estatuas dedicadas a Cantinflas, a Agustín Lara, al cantante Juan Gabriel. Ésta última está en una bocacalle de la plaza Garibaldi donde, cada diez metros, en ambos lados, hay una estatua de un artista popular. Las de Hidalgo y Morelos son infinitas. El infame Carlos IV tiene una, a caballo, de gran tamaño, en el Centro Histórico de Ciudad de México, que llaman el caballito. Lleva cubierta por un andamiaje varios años. También en Ciudad de México, en el paseo de la Reforma, en los dos costados, cada cuarenta metros, hay una estatua de un notable. Esta vía tiene kilómetros de longitud. En la misma población, en la plaza de la Villa de Madrid, hay una réplica de la fuente de la Cibeles a ¡tamaño natural! En otra plaza cercana te encuentras con el David de Miguel Ángel. Los exiliados españoles en México, contagiados del espíritu iconográfico de los lugareños, erigieron un monumento en recuerdo del presidente mexicano Lázaro Cárdenas, que tanto hizo por ellos y que protegió a Azaña y a su mujer de las garras franquistas. Creo que en Madrid no hay ningún reconocimiento a la figura de ese mandatario mexicano en forma de estatua o vía pública. Eso sí, tenemos la plaza de Margaret Thatcher, en Goya esquina a Castellana. Su decisión de torpedear y hundir el crucero General Belgrano hace que muchos historiadores, analistas y ciudadanos de todo el mundo la consideren una criminal de guerra.
En las colonias, barrios, Polanco y Anzures, en Ciudad de México, las calles están dedicadas a personalidades de la Ciencia, las Artes y la Cultura mundiales. Yo he residido en la calle Víctor Hugo, entre Leibniz y Shakespeare. El centro comercial El Palacio de Hierro está situado entre Homero y Horacio y flanqueado por la calle Molière. En el Centro Histórico hay una calle rotulada Calle de López-Vía del Exilio Español y en Polanco otra con el nombre de Emilio Castelar, insigne orador y parlamentario y presidente de la I República Española.

La comida mexicana es muy distinta a la nuestra. Los ingredientes son muy variados y, como es de todos sabido, añaden picante a muchos platos. En el Palacio Nacional, sede de la presidencia de la República, antiguo palacio de los virreyes españoles, junto a los murales de Diego Rivera hay una lápida con el siguiente epígrafe: “EL MUNDO DEBE A MÉXICO: El MAIZ, TLAYOLLI – EL FRIJÒL, ETL - El TABACO, PICIETL – El CACAO, CACAUATL – EL ALGODÒN, ICHCATL – EL HENEQUÈN – EL TOMATE, TOMATL – EL GITOMATE, XITOMATL, EL CACAHUATE, TLALCACAUATL – LA TUNA, NOCHTLI – EL MAGUEY, METL – EL AGUACATE, AUACATL – LA PIÑA, MATZATLI – EL CHICLE, TZICLTLI – EL CHICO ZAPOTE, TZICTZAPOTL – EL ZAPOTE BLANCO, IZTACTZAPOTL – EL ZAPOTE PRIETO, TLILTZAPOTL – EL MANTE, COZTICTZAPOTL – EL MAMEY, CUAUTZAPOTL – EL CAPULIN, CAPULLIN – LA PAPAYA, PAPAYAN – EL CHILE, CHILLI – LA YUCA, CUAUCAMOHTLI – LA JICAMA, XICAMATL [sic]”. Según te vas introduciendo en los vericuetos de la comida mexicana descubres que es muy sabrosa y bastante natural y que puedes comer infinidad de platos sin picante, algo a lo que estómagos como el mío no están acostumbrados y no soportan. Lo que es difícil para un panero como yo es prescindir de nuestro pan blanco y comer todo con tortillas, ya sean de maíz o de trigo.

México es un país laico, con separación absoluta de Iglesia y Estado. Sin embargo los ciudadanos son religiosos y, en particular, muy devotos de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen, en su basílica, está arropada por la bandera mexicana, la bandera de su pueblo. Me emocionó especialmente ver a muchas familias completas, desde los abuelos hasta los nietos, algunas muy humildes, muchas de ellas indígenas, los desfavorecidos del país, acercarse con gran emoción, con devoción infinita, a venerar a su Virgen. El papa Bergoglio estuvo allí dos o tres días después.
Hay altares y hornacinas con imágenes de cristos, vírgenes y santos por todas partes. Por la calle, entre los puestos de los mercados, en los pasos subterráneos. En un puesto callejero de comida corrida he visto un gran panel donde se agradecía a Dios los dones diarios. Todo ello con una estética muy kitch.
La bandera nacional corona la Catedral Metropolitana de Ciudad de México. Hay quien acusa a la jerarquía eclesiástica mexicana de olvidarse de socorrer a los más necesitados, de las necesidades espirituales de los fieles, de vivir demasiado a la sombra del poder político y de ocupar su tiempo en intrigas. El primero, el propio papa, como puso de manifiesto en su encuentro con el obispado mexicano. Además, Francisco, en su discurso ante la presidencia de la República, con Peña Nieto al frente, reprendió a la clase dirigente diciendo: “Cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte”. Le aplaudieron como si esos problemas no fueran con ellos.
Yo creo que la bandera mexicana representa al país, a los ciudadanos, no al estado, como sucede en España, donde, además, es origen de conflictos.

La educación pública es laica. Tiene fama de escasa calidad,. En la fachada de muchos centros educativos públicos unos grandes cartelones dicen: “MADRE Y PADRE DE FAMILIA: ESTA ESCUELA ES PÚBLICA, GRATUITA Y LAICA. La SEP (Secretaría de Educación Pública) es responsable del pago de todos los servicios del plantel: luz, agua, predial, teléfono, etc... Nadie podrá condicionar la permanencia de tu hijo o hija en la escuela, exigiéndote un pago por cualquiera de estos conceptos. SI ALGUIEN LO HACE, DENÚNCIALO AL TELÉFONO 36017175”

Los mexicanos, como buenos herederos de la cultura española, la cultura de la desidia y la dejadez, son poco amigos de la cosa pública. Así, generalmente, las calles y plazas están sucias y descuidadas, las aceras y calzadas desportilladas, el mantenimiento de muchos edificios no existe, lo que acelera su ruina y provoca que muchos de ellos se caigan a pedazos, los parques y jardines lucen abandonados y las instalaciones públicas se muestran en un estado lastimoso. Unos urinarios públicos, de propiedad privada y de pago, en la calle Seminario de Ciudad de México, a cuarenta metros del Palacio Nacional, a un paso del Templo Mayor de Tenochtitlan, frente al Sagrario Metropolitano, que forma parte del complejo de la Catedral, son dignos de los que usaban, no los conquistadores del Imperio Mexica, sino sus antepasados medievales extremeños y andaluces.
Sin embargo, cuando se lo proponen, los mexicanos son capaces de ofrecernos verdaderas maravillas de factura, utilidad y mantenimiento. Para mí el caso paradigmático es el Museo Nacional de Antropología, en el Bosque de Chapultepec. Una moderna y notable construcción de 1964, que no ha envejecido, con unos fondos excepcionales mostrados espléndidamente, limpia y bien mantenida. Es uno de los mejores museos del mundo, que justifica un viaje a México.
Igualmente, hay establecimientos públicos, tiendas y restaurantes, que destacan por su tamaño y diseño. No los he visto iguales en Europa. Desde luego es el país de los grandes contrastes, del lujo y la opulencia a la miseria y la pobreza.

Algo que impacta de México es la lacra de los desaparecidos, los asesinatos masivos y los crímenes derivados del narcotráfico.
Una lápida en el suelo, en la entrada del bosque de Chapultepec, resume esta tragedia. Su inscripción dice así: “SOY NEPOMUCENO MORENO NÚÑEZ FUI ASESINADO POR BUSCAR A MI HIJO EL 28 DE NOVIEMBRE DEL 2011 EN HERMOSILLO, SONORA. Soy amiguero y bromista, me encanta la canción de Mi Linda Esposa, también cocinar mariscos, preparo una Cahuamanta deliciosa. Me acribillaron por exigir justicia a funcionarios de la procuradoría del estado de Sonora, para que investigaran y encontrar a mi hijo secuestrado, él sigue desaparecido, mi asesinato sigue impune. Pido que lo que me pasó a mí nunca te pase a ti, que mi muerte y la de miles más no sean en vano y ustedes, la gente, luche con entrega y valor para exigir al Estado Mexicano que se comprometa a revivir la Justicia, la Verdad y la Paz en México. Como siempre dije: “¡¡Todo pa' delante... nada para atrás...!!” NEPO 28 de marzo del 2014 [sic]”.

En ningún lugar del mundo he encontrado tantos policías como en México. Solos, en parejas, en grupos más o menos numerosos, siempre ves agentes por todas partes. En la calle, custodiando edificios oficiales, centros comerciales o de celadores en los museos. Pero no parecen muy eficaces. No tienen reparo en estar charlando plácidamente o comiendo en público. He visto a dos uniformados platicando tranquilamente en una puerta lateral del Palacio Nacional, abstraídos de su labor de vigilancia, mientras a uno de ellos un limpiabotas le lustraba los zapatos.
He contado varios cuerpos. Policía Federal, Estatal, Municipal, Auxiliar y de Tránsito. En las ruinas de Chichén Itzá había policías federales patrullando con traje de campaña, chaleco antibalas, casco de última generación y fusil de asalto. En las carreteras principales existen controles permanentes, con garitas como las de los peajes de las autopistas, en las que unos pasivos guardias dormitan, ajenos al flujo de los carros. La Policía Auxiliar está financiada al cincuenta por la Administración y al otro cincuenta por ciento por la entidad, pública o privada, para la que, en un momento dado, presta servicios. Así, los miembros de este cuerpo ejercen de celadores de museos o de vigilantes en centros comerciales, armados hasta los dientes, con armas largas. También es numerosísima la seguridad privada, especialmente en edificios de oficinas y establecimientos de hostelería.

Una de las peculiaridades de México es la infinita oferta comercial disponible, basada, en gran parte, en la venta ambulante y en la vía pública. Hay millones de puestos callejeros de comida, alimentos y todo tipo de mercancías.
En ciertas zonas de Ciudad de México los comercios se agrupan por gremios y así, entre el Zócalo y el Palacio de Bellas Artes, existen multitud de ópticas y joyerías, muchas de ellas localizadas en galerías comerciales monotemáticas, de tiendas minúsculas, muchas de ellas reducidas a un simple mostrador. Allí cerca descubrí un mercado, de cientos de puestos, dedicado exclusivamente a artículos de papelería y escritorio. Cerca de la basílica de Guadalupe se encuentra otro donde se venden imágenes y objetos religiosos.
El mercado de la Merced merece una visita. Los puestos se cuentan por miles y despachan todo tipo de mercancías y alimentos.
Todos los días laborables, a mediodía, en la calle Miguel de Cervantes Saavedra, frente a la gigantesca torre de oficinas de Telcel, los museos Soumaya y Jumex, el acuario Imbursa y el teatro Telcel, todo ello parte del imperio de Carlos Slim, se instala, en uno de los carriles de la calzada, un mercadillo de puestos de comidas y comestibles para satisfacer las necesidades alimenticias de miles de empleados del magnate mexicano. Es digno de señalar el contraste entre la modernidad y el lujo de los edificios y la sencillez extrema de los tenderetes del mercadillo.

Los mexicanos han heredado los vicios y defectos de las estructuras territoriales y organizativas y de la burocracia del período colonial. Un ejemplo: en la colonia Anzures de Ciudad de México se encuentra la representación del estado de Oaxaca en la capital federal. Como si de una embajada o consulado para oaxaqueños se tratara, estaba llena de personas esperando para ser atendidas. Para acceder a las ruinas de Chichén Itzá hay que pagar dos entradas, una de la administración federal y otra de la administración del estado de Yucatán. Si se paga en efectivo, una sola señorita cobra y entrega dos boletos diferentes al visitante. Cuando se abonan las entradas con tarjeta de crédito, una empleada carga en un datáfono el importe de la parte federal y otra, en otro datáfono, la parte estatal.

En México, todo el suministro eléctrico de media y baja tensión es aéreo. También el cableado telefónico. El resultado es que todas las calles son bosques de postes sosteniendo marañas de cables y cablecitos. Lo de Telefónica en España, con sus conductos dañando todo tipo de edificios históricos y singulares, parece una chiquillada. Bueno, Telefónica con la connivencia de los ayuntamientos.
¿Será que la alta sismicidad no permite el despliegue subterráneo o es algo derivado de la dejadez mexicana?

En Ciudad de México, en la puerta de muchos establecimientos comerciales y restaurantes, unas palanganas llenas de agua esperan para saciar la sed de los perros de clientes y viandantes. En la terraza de un restaurante, el camarero nos trajo unos de esos recipientes para Lola, la perrita callejera adoptada por mis anfitriones que, es tan sociable, que se acerca a saludar a cualquier persona con la que se cruza. Nunca nadie le hace un mal gesto. Parece que los chilangos aman mucho a los chuchos.

El viaje a México, y algunas lecturas complementarias posteriores, me han hecho meditar mucho sobre las desigualdades sociales y económicas, las estructuras políticas y los intereses de unos y otros. También sobre el hecho de gobernar con arreglo a principios de justicia y mirando por el bien común y nuestro medio físico o, por el contrario, con el único objetivo de ejercer una gran presión fiscal que permita mantener el entramado de los estados, sustentando la corrupción y el provecho de los grandes grupos económicos y de las multinacionales. Cuestiones, todas ellas, que afectan, en mayor o menor grado, a todos los países y pueblos de la tierra.

No quiero extenderme más y aburrir al lector con más impresiones personales de México, que, por cierto, es un maravilloso país.

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